Jonathan I. Israel y la Ilustración radical

Hace meses, hablamos aquí de Jonathan I. Israel, con motivo de haber publicado  la última parte de su trilogía sobre la Ilustración. Tras la inicial The Dutch Republic: Its Rise, Greatness and Fall, 1477-1806 (OUP, 1995), donde se gestó todo, vino un terceto encabezado por Radical Enlightenment: Philosophy and the Making of Modernity 1650-1750 (OUP, 2001),  al que seguirían Enlightenment Contested (OUP, 2006) y Democratic Enlightenment. Philosophy, Revolution and Human Rights, 1750-1790 (OUP, 2011). Pues bien, FCE  acaba de traducir la primera parte, en cuya introducción se lee:

ilustracion radical

Existen diversas maneras de interpretar la Ilustración europea, algunas cultivadas desde hace mucho tiempo en la historiografía y otras de origen más reciente. Una tradición académica imponente adopta una perspectiva predominantemente “francesa”, que considera el fenómeno europeo más amplio como una proyección de las ideas y las preocupaciones de intelectuales franceses, en especial Montesquieu, Voltaire, Diderot, D’Alembert, D’Holbach y Rousseau. Otro enfoque, el cual goza del respaldo no sólo de estudiosos anglófonos sino también de continentales, ve a la Ilustración como una reorientación intelectual inspirada fundamentalmente por la ciencia y las ideas inglesas, en particular por los esfuerzos de Locke y Newton. En años recientes, se ha puesto de moda declarar que no hubo una ilustración, sino toda una constelación o familia de “ilustraciones”, relacionadas entre sí pero bien diferenciadas, que crecieron en numerosos contextos nacionales distintos. Por último, también ha habido una tendencia incipiente a distinguir entre la ilustración dominante y “moderada”, y una ilustración clandestina y más radical, aunque en general se considera que esta última era marginal en relación con el fenómeno más amplio.

Uno de mis dos principales propósitos con esta obra es argumentar a favor de un modo diferente de acercarse al problema. Aunque tiene mucho que ofrecer, la perspectiva francesa sigue siendo muy vulnerable ante la acusación de que subestima la gran deuda científica y filosófica que los grandes pensadores franceses del siglo XVIII tienen con sus colegas de otros países europeos. El enfoque “inglés” podría parecer inicialmente más plausible, sobre todo si consideramos que la propuesta original de Voltaire estaba basada, casi en su totalidad, en Locke y Newton. Sin embargo, dada la lenta y esporádica recepción de Locke y Newton fuera de Gran Bretaña, y más aún por la penetrante crítica a la que fueron sometidas sus ideas, esta perspectiva en realidad es todavía más vulnerable no sólo ante la acusación de que infla demasiado el papel de una nación en particular, sino también ante el hecho de que no logra comprender el extenso juego de fuerzas involucrado. La idea de que estamos tratando con toda una familia de ilustraciones también enfrenta objeciones aparentemente insuperables, pues refuerza la tendencia a estudiar el tema dentro del contexto de la “historia nacional”, que decididamente es el enfoque erróneo para un fenómeno tan internacional y paneuropeo. Peor aún, este enfoque ignora o pasa por alto de manera inaceptable hasta qué grado las preocupaciones y los impulsos comunes le dieron forma a la Ilustración como un todo.

Por lo tanto, mi primera meta es tratar de transmitir, aunque sea de manera inexacta y tentativa, la idea de la Ilustración europea como un solo movimiento cultural e intelectual sumamente integrado, que en efecto no sucedió al mismo tiempo, pero que en su mayor parte se preocupó no sólo por los mismos “problemas intelectuales”, sino también con frecuencia por los mismos libros y entendimientos en todas partes, desde Portugal hasta Rusia y desde Irlanda hasta Sicilia. De hecho, se supone que desde la caída del Imperio Romano ninguna transformación importante en Europa presentó nada parecido a la impresionante cohesión de la cultura intelectual europea de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Pues fue entonces cuando Europa occidental y central se convirtieron por primera vez, en la esfera de las ideas, en buena medida en una sola arena integrada por canales de comunicación, de reciente invención en su mayoría, que iban desde los periódicos y las revistas hasta los salones y cafés, y por toda una red de recursos culturales novedosos, entre los cuales las publicaciones periódicas eruditas (inventadas en la década de 1660) y las bibliotecas “universales” fueron particularmente cruciales.

Mi segundo objetivo es demostrar que la “ilustración radical”, lejos ser un suceso periférico, constituye una parte vital e integral del fenómeno más amplio y , al parecer, tuvo aún más cohesión internacionalmente que la tendencia dominante de la ilustración. Con frecuencia, la tendencia moderada reaccionaba de manera consciente, e incluso desesperada, ante el pensamiento radical que en todas partes se percibía como una amenaza inmensamente peligrosa. Supongo que muchos académicos se sentirán bastante sorprendidos por la importancia dada aquí al papel de Spinoza y al spinozismo, no sólo en el continente sino incluso en el contexto británico, en donde, historiográficamente, no se ha querido reconocer que Spinoza hubiera tenido alguna influencia. Sin embargo, una lectura más atenta de los principales materiales sugiere fuertemente, al menos a mí, que Spinoza y el spinozismo fueron de hecho la columna vertebral intelectual de la ilustración radical europea en todas partes, no sólo en Holanda, Alemania, Francia, Italia y los países escandinavos, sino también en Gran Bretaña e Irlanda.

Desde luego, ni la Ilustraciónmisma y menos aún sus consecuencias se limitaron a Europa. El problema de cómo interpretar la Ilustración tiene una dimensión mayor. Pues si la Ilustración marca el paso más espectacular hacia la secularización y la racionalización en la historia de Europa, lo hace igualmente en la historia en general, no sólo de la civilización occidental sino, supuestamente, de todo el mundo. De ahí que haya sido uno de los puntos de inflexión más importantes en la historia de la humanidad. Por consiguiente, existe una vasta e imponente literatura sobre el tema. No obstante, comparativamente hay pocas obras interpretativas de análisis general y a gran escala, y podría cuestionarse si realmente recibe el énfasis que se merece en la enseñanza y estudio de la historia moderna, como sucede, por ejemplo, con el Renacimiento y la Reforma. Desde luego que éstos también fueron cambios extensos y fundamentales, en todo caso en la civilización occidental. Sin embargo, estos grandes movimientos culturales anteriores, limitados a Europa central y occidental, sólo son ajustes, modificaciones a lo que en esencia seguía siendo una sociedad regional ordenada y concebida en términos teológicos, basada en una jerarquía y una autoridad eclesiásticas, no universal ni igualitaria.

En contraste, la Ilustración —europea y global— no sólo atacó y fragmentó las bases de la cultura tradicional europea en lo sagrado, lo mágico, la monarquía y la jerarquía, secularizando todas las instituciones y las ideas, sino que (intelectualmente y hasta cierto grado en la práctica) echó por tierra efectivamente toda la legitimación de la monarquía, la aristocracia, la subordinación de la mujer al hombre, la autoridad eclesiástica y la esclavitud, remplazándolos con los principios de la universalidad, la igualdad y la democracia. Esto significa que la Ilustración tiene un orden de importancia diferente al de la Reforma o el Renacimiento para comprender el surgimiento del mundo moderno, y que la historiografía existente la cubre de una manera desproporcionada e inadecuada. Pero para evaluar su decidida y abrumadora importancia global, primero hay que estudiar la Ilustración como un todo, lo que desde mi punto de vista significa otorgar el peso debido a la ilustración radical y, de igual forma, deshacernos de la compulsión perniciosa a meter la Ilustración, tanto la radical como la dominante, dentro de la camisa de fuerza de la “historia nacional”.

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