Historia cultural de la Gran Depresión

Señalábamos hace algunas semanas cuáles eran los libros que los suplementos culturales habían destacado de entre la producción impresa de 2009. Mencionábamos que el suplemento literario (Book Review) del NYT había sido uno de los primeros y que entre su selección estaba Dancing in the Dark: A Cultural History of the Great Depression (Norton), un volumen que ha cosechado cierto éxito.

Pasados los días, nos llega una reseña aparecida en The Times Higher Education, a cargo de una reputada especialista: Susan Currell, autora de March of Spare Time: The Problem and Promise of Leisure in the Great Depression (2005) y American Culture in the 1920’s (2009). Veamos lo que señala, porque no es oro todo lo que reluce.

¿Qué sucede con la cultura en un período de crisis económica? ¿Cómo responden los artistas, escritores, cineastas e intérpretes  cuando una crisis finaciera parece conducir al colapso del sistema? Estas cuestiones han adquirido recientemente mayor vigencia,  al tiempo que los recuerdos enterrados de la Gran Depresión de la década de 1930 resurgen y se dispara el temor de que estemos entrando en un período similar.

Como Morris Dickstein señala en su prefacio a Dancing in the Dark, la década de 1930 ofrece un estudio de caso incomparable sobre la función del arte y los medios de comunicación en un momento de crisis social. Artistas estadounidenses respondieron a la crisis en una multitud de formas, produciendo una escena paradójica de “espectáculo cultural en un contexto de miseria económica”.

Dancing in the Dark examina así algunas de las contradicciones de la época con una mirada amplia que atraviesa sus producciones culturales más conocidas. La primera parte se centra en el paisaje de la pobreza en la ficción realista y la poesía proletarias, en el de las duras películas sobre la delincuencia y en el de  las imágenes de los campesinos en la ficción y la fotografía. La segunda parte examina la representación cultural de los devaluados mitos del éxito y la movilidad social en el cine, la literatura y el teatro.

En la tercera parte, Dickstein sedetiene en el espectáculo de la elegancia en los musicales y comedias de la época, fijando finalmente su atención en el diseño Art Deco que ayudó a crear un marco de lujo y abundancia. La cuarta parte concluye con un examen de la estética del frente popular en el arte, las películas, la música y sobre todo en las expresiones del sentimiento colectivo de “inspiración folk”, sobre todo en las canciones de Woody Guthrie. Como muestra Dickstein, esa  cultura “podría transitar entre la exposición dura, la empatía cálida, la distracción burbujeante o el subidón enérgico”.

Mirar la década de 1930 en este sentido amplio conduce a Dickstein a algunas dificultades obvias. El análisis a menudo es dejado de lado para favorecer los distintos relatos. Para el no especialista esto puede ofrecer una agradable digestión de una maravillosa serie de películas clave, de novelas, de artistas e intérpretes, sin embargo  para quien esté más familiarizado con la producción cultural y académica  de la época esta reiteración de “Top Hits” y conocidas historias ofrece pocas novedades.

Lo mejor es que  el libro sintetiza una amplia gama de trabajos y estudios anteriores; lo peor, es que se reiteran las generalizaciones y los catecismos de investigaciones anteriores con un repertorio de ideas y frases  muchas de las cuales han quedado obsoletas, tales como la afirmación de que “la mayoría de los observadores coinciden en que a las mujeres les fue mejor que a los hombres durante la Gran Depresión “. Dickstein claramente ha caído en la trampa de utilizar las historias para escribir su historia: además de una breve mirada a Zora Neale Hurston y Ginger Rogers, las escritoras y artistas se dejan completamente de lado una vez más  en su enfoque del así  recordado “hombre olvidado“.

Si bien es habitual, el problema más grave del libro, con mucho, es la tendencia a tratar todas las formas de la cultura con el mismo pincel crítico. ¿Puede una película de Hollywood, producto de tantos creadores  y parte de un enorme negocio industrial,  transmitir realmente un mensaje social o político de la misma manera que lo hace un artista o un poeta? ¿Estaban los artistas financiados con un programa de asistencia social del gobierno para la transmisión de determinadas ideas de la misma manera que lo estaba un compositor de Hollywood?

Sin la consideración debida al contexto, Dickstein ve que toda la cultura “emerge” aparentemente como un relato de la crisis en un proceso que parece carecer de cualquiera de los  conflictos o tensiones (entre el Gobierno y el pueblo, entre el artista y la industria  o entre clases y razas) que sabemos que había en aquel  momento. Del mismo modo, si bien es muy difícil saber cómo el público responde a la cultura popular, para Dickstein ea audiencia experimenta un zeitgeist unificado y sin complicaciones. Sin embargo, los supuestos acerca de la mente colectiva basados en lecturas sobre el mundo del entretenimiento comercial rara vez se sostienen cuando se escarba a fondo.

Dickstein acierta cuando víncula  tendencias y temas a través de las décadas y obtiene una visión a largo plazo de la cultura de la Depresión,  nutrida  por los cambios culturales de la década de 1920 y que, a su vez, llega a la cultura de la posguerra.

Su estudio cálido e informal transmite claramente placer y entusiasmo por la cultura que producen los  tiempos difíciles, que podría ser a la vez radicalmente sombría y sorprendentemente hermoso. Sin embargo, si tomamos la famosa frase de LP Hartley, aquélla de que “el pasado es un país extranjero”, el libro de Dickstein no es el mapa con el que vamos a encontrar nuestro camino a casa. Sin embargo, nos proporcionará  una -no desagradable-  compañía  familiar para pasar el tiempo hasta la recuperación futura.

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Reseñas y entrevistas con Morris Dickstein

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2 Respuestas a “Historia cultural de la Gran Depresión

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  2. Dickstein acierta cuando víncula tendencias y temas a través de las décadas y obtiene una visión a largo plazo de la cultura de la Depresión, nutrida por los cambios culturales de la década de 1920 y que, a su vez, llega a la cultura de la posguerra.

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