La vida privada burguesa: incesto e influencia

Interesante la reseña de Norma Clarke en el Times sobre el último libro de Adam Kuper (el de Cultura. La versión de los antropólogos), volumen sugerente que lleva por título Incest and Influence. The Private Life of Bourgeois England (Harvard University Press, 2009). Leamos a la profesora Clarke, autora de The Rise and Fall of the Woman of Letters (2004) y de Queen of the Wits: A Life of Laetitia Pilkington (2008):

Cuando Charles Darwin regresó a Inglaterra después de su viaje de cinco años en el Beagle, pensó que probablemente había llegado el momento de casarse. Hizo dos listas con sendos encabezamientos:   “casarse” y “no casarse”. Había cosas a favor y otras en contra, además de otras cuestiones importantes como dónde vivir y cuándo hacer la escritura notarial, pero con quién casarse (no estaba enamorado) no requería tantas cavilaciones. Una de sus primas Wedgwood, Emma, todavía estaba disponible.

Lejos de estar mal visto, el matrimonio entre primos – junto con otras versiones de matrimonios entre parientes – era común en el siglo XIX. Adam Kuper aplica la comprensión de un antropólogo a lo que él llama “uno de los grandes temas olvidados” de la historia social y literaria: la preferencia de la burguesía inglesa por desposarse con sus parientes. El hermano de Emma, Joe, ya se había casado con la hermana de Charles, Caroline. Los Wedgwood y los Darwin se estuvieron casándose entre sí durante más de un siglo, creando una parentela que ofrecía “enormes beneficios colaterales”:  clientelismo,  información, asistencia profesional,  capital. Kuper explora varias de estas redes familiares, diferenciándolas de los matrimonios concertados de la aristocracia (aunque anotando de pasada  la importancia del ejemplo, empezando por la reina Victoria, que estaba casada con su primo). Traza clanes de banqueros y comerciantes, dinastías de abogados, jueces, sacerdotes, obispos, altos funcionarios, escritores, científicos y pensadores -una élite urbana. Su tesis es que las redes familiares proporcionaban la base para la consolidación de la burguesía en el siglo XIX, y que el matrimonio en el seno de la familia era una estrategia.

Lo que ofrece en este entretenido estudio es menos un argumento que un importante aperçu. La tesis se puede demostrar, pero no probar, salvo en el caso de los Rothschild. La Casa  Rothschild fue el banco más grande del mundo, una empresa familiar multinacional con cinco sucursales en toda Europa. Entre 1824 y 1877, treinta varones Rothschild se casaron con sus primas. Muchos de estos matrimonios fueron sistemáticamente convenidos para mantener los vínculos entre las distintas ramas, como James Rothschild explicó en 1839: “Yo y el resto de nuestra familia… siempre hemos criado a nuestros hijos desde su más tierna  infancia con el sentido de que su amor tendría que quedar confinado a los miembros de la familia, de que su apego mutuo les prevendría de tener cualquier idea de casarse con alguien que no fuera de la familia,  para que así la fortuna se quedara dentro de la familia “.

Mantener el dinero dentro de la familia también era importante para los banqueros cuáqueros. Barclays y Gurney se casaron, aunque los Gurney eran fervorosos partidarios de la endogamia: hijos, nietos y bisnietos se casaron con sus primos. Con lo que estas relaciones dieron lugar a ciertas complicaciones: los cuñados devenían suegros  y  las hermanas se convertían en consuegras. Timothy Bevan, que había estado casado con una Barclay, desposó luego a una viuda Gurney, de modo que era descrito  como “marido de la esposa del viudo de la hermana de la esposa” (wife’s husband’s wife’s sister’s widower). Kuper proporciona diagramas que ofrecen un apropiado tinte maniático, con líneas que unen triángulos (hombre) y círculos (mujeres) y dan vueltas arriba y abajo una y otra vez.

Las creencias religiosas u otros intereses también podían producir grupos muy cerrados y una preferencia por casarse dentro del círculo. Los evangélicos de la secta Clapham, inspirados por William Wilberforce, vivían casi como una comuna. Mimetizaban los  lazos de parentesco, se llamaban hermanos unos a otros  y legaron la idea del matrimonio endogámico  a las generaciones venideras. En el libro, la información de que en 1809  Wilberforce se llevo a sus seis hijos de vacaciones “a la misma casa en la que estaba ahora la propia esposa [de Henry Thornton] y sus ocho” está cargada de expectativas. La competencia por las piadosas hijas fue intensa. Las hermanas también estaban demandadas, aunque esto planteó problemas.

Cuando una mujer moría, su hermana era a menudo la sustituta preferida, salvo que el derecho canónico prohibía el matrimonio con la hermana de la esposa del difunto sobre la base de que el hombre y la mujer eran uno, con lo que una cuñada era una hermana, y por tanto  el matrimonio constituiría un incesto. Esta lógica dio lugar a uno de los grandes debates públicos de la era victoriana.   Para empezar, nadie estaba muy seguro de lo que era el incesto. En 1847, fue creada una Comisión Real  para investigar los “grados prohibidos de afinidad”, y el asunto hizo furor durante las siguientes seis décadas. El radical John Bright apeló al sentido común: en todo lugar “natural”, señaló, el matrimonio entre primos hermanos era más censurable que el matrimonio con una cuñada.   La Biblia daba orientaciones contradictorias. El Levítico parecía rechazar a las cuñadas, pero allí estaba Jacob, casado con dos hermanas, Raquel y Lea, que eran también sus primas. No fue hasta 1907 que se aprobó una norma que permitía a un hombre casarse con la hermana de su difunta esposa (aunque hasta 1949 no si estaba divorciada). Mientras tanto, los científicos naturales y los médicos se hicieron preguntas sobre la endogamia, y en la década de 1920 los eugenistas condenaban de forma rutinaria el matrimonio entre primos. Para entonces, las familias se habían reducido y la Primera Guerra Mundial había acabado con una generación de primos.

El último aliento de las grandes familias burguesas y sus maniobras estratégicas aparece en la sección final bajo el título “Los intelectuales”. A través de James Stephen, un temprano Claphamita, Kuper traza un camino que va del ímpetu cristiano y el activismo (en particular, y con éxito, contra la trata de esclavos) al secular activismo sexual de Bloomsbury. Éste es un terreno bien conocido, y será familiar para muchos lectores, pero la perspectiva de Kuper arroja una luz nueva.

Inesperadamente, la informalidad del Grupo de Bloomsbury sobre la intimidad sexual puede ser vista como parte de su herencia Clapham, junto con la exclusividad y la convicción de su superioridad. Cuando nació Angelica, la hija que Vanessa Bell tenía con Duncan Grant, el amante de Grant, David Garnett, anunció: “Creo que he de casarse con ella”, y lo hizo llegado el momento;  no era muy diferente de lo que hizo Edward White Benson, posterior arzobispo de Canterbury,  que puso a su prima Minny, de doce años,  sobre sus rodillas y le informó de que había decidido que se casarían cuando ella tuviera la edad suficiente.

La manipulación de los jóvenes es el lado oscuro de la historia, aunque por lo general sabemos muy poco. Angelica comprendió más tarde el motivo de su marido y se vengó, mientras que los hijos de Minny (ninguno de los cuales se casó) pensaron que su madre vivió  acosada e infeliz. Tíos casados con sobrinas; hermanos que se sentían atraídos por las hermanas, y viceversa; Lytton Strachey intentó besar a su sobrino en un rincón oscuro. Fueron numerosos los escritores que se enamoraron de sus primas  (lo que sugiere que un número no precisado de no-escritores tenían sentimientos comparables). La Mary, el gran amor de  Swinburne,   era en demasiadas ocasiones su prima: sus madres eran hermanas, sus padres eran primos hermanos y también lo eran sus abuelos.

Los novelistas prestaron atención a este potente brebaje: la primera muestra del talento de la Sra. Norris para juzgar mal en Mansfield Park es cuando asegura a la familia Bertram  que a sus hijos nos les causaría ningún daño llevar a la prima Fanny a vivir con ellos. No sólo Austen, sino también  Bronte, Dickens, Trollope, la Sra. Oliphant, Elizabeth Gaskell, Meredith y Thackeray, todos dramatizaron el amor entre primos, como lo hizo Elizabeth Barrett Browning en Aurora Leigh. Incluso el Benjamin Bunny de Beatrix Potter se casó con su prima Flopsy.

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