La primera década del siglo XXI necesita un nombre

Como es sabido, los historiadores tenemos pocas prerrogativas. Ni siquiera conservamos el monopolio sobre el estudio y la interpretación de las acciones humanas en el pasado. Nos queda, no obstante, alguna que otra disputada facultad. Entre ellas está, por ejemplo, la delimitación cronológica y conceptual del pasado. Nosotros hemos establecido en nuestros libros una “guerra de los cien años” o  de “los seis días”, que hubo una “década moderada” o un “bienio progresista”, que el trienio liberal español se extendió entre 1820 y 1823, etc. Pero el presente siempre nos persigue y lo que aún acontece o apenas está feneciendo ya exige ser catalogado, por lo que otros pugnan por nombrar esa realidad efímera. ¿Cómo denominar, por ejemplo, a la década que ahora mismo concluye? Los de Time lo hicieron, decantándose por “Decade from Hell“, y la ONU, fiel a sus principios, le dedicó una sesión plenaria para concluir que la cosa merecía algo más: “International Decade for a Culture of Peace and Non- Violence for the Children of the World, 2001–2010“. Con mayores dudas y división de opiniones afrnto el enigma el New York Times y el ejercicio resulta curioso.

El truco, dice este periódico, consiste en encontrar un nombre claro pero lo suficientemente flexible para captar tanta agitación, cambio y preocupación. La década comenzó con un frenesí terrorífico, el miedo al problema que afectaría a los ordenadores en el cambio de milenio, cuando algunos expertos en tecnología anunciaron todo tipo de catástrofes  que causarían estragos por todo el planeta. Eso no ocurrió, pero fue susttuido por un complot para derribar las torres gemelas. Más tarde, buscamos en Iraq armas de destrucción masiva, que no encontramos. Buscando y buscando, hemos construido armas de caos financiero aquí, en casa, con las hipotecas, el apalancamiento y algo llamado CDO (Collateralized Debt Obligations).

Por tanto: ¿que tál la Era de la ansiedad?

“¿Por qué no Década de los transtornos?”, sugiere Walter Isaacson, ex editor de la revista Time y autor de una biografía de Benjamin Franklin. “Nos hemos deslizado por los años 90 con una exuberancia irracional. Desde la caída del Muro de Berlín y hasta la de las torres gemelas, no había nada que nos inquietara.  Era la década posterior a la guerra fría y parecía que se hubiera conseguido sin luchas globales”. “Entonces llegamos a una década que comienza con 11-S  y advertimos de que nos veríamos envueltos en una lucha global. Y la década contiene además varias perturbaciones financieras -la burbuja de las puntocom, Enron – que culminan en el último año. Ha sido una década de baches, mientras los años 90 fueron los alegres”. La ventaja de “trastorno” es que es lo suficientemente flexible para captar tanto la crisis financiera como las guerras en Irak y Afganistán. Pero ¿y si sólo queremos centrarnos en los problemas financieros?

“Ésta será recordada como la época en que el Norte fue al Sur“, indica Carmen Reinhart, economista y coautora de This Time Is Different: Eight Centuries of Financial Folly. Por Norte y Sur,  Reinhart no se refiere a la geografía, sino a economías desarrolladas y emergentes. “Si nos fijamos en la década de 1990, fue una década de crisis de los mercados emergentes”, añade. “La caída del peso en México en 1994 y 95. La de Asia irrumpe en el verano del 97 y la crisis asiática en el 98”.  Y así sucesivamente.  “Mientras tanto, el norte estaba en su fase de gran moderación”,  explica Reinhart. “Si nos fijamos en la discusión académica e incluso en la percepción pública, en los siete primeros años de esta década  la gente pensó que el Norte había vencido el ciclo económico. No solamente hemos demostrado de manera convincente que no habíamos dominado el ciclo económico, sino que estamos teniendo un tipo crisis al estilo de los mercados emergentes. Esto es algo que no hemos visto en la era de la posguerra y es algo que en los años de la Gran Moderación hubiéramos creído impensable “.

En realidad, el Decenio de lo impensable también es bastante bueno. Si no se puede decir nada agradable de los últimos 10 años, al menos no fueron aburridos. “Ha sido una década difícil para aquellos de nosotros que nos dedicamos al negocio de la predicción de futuro”, dice el futurista Paul Saffo, profesor de la Universidad de Stanford. “Las realidades siempre han superado nuestras más locas fantasías”.  Saffo dice que había luchado por mantener sus previsiones yendo unos pasos por delante de los tiempos, que parece ser la inspiración para la denominación de la década que ha elegido. “Exceso”, dice. “Ha sido una década de excesos“. ¿Excesos? “En los años 90”, añade,  “teníamos todos los indicadores de los problemas que venían y fuimos complacientes, no hicimos nada. El medio ambiente, el terrorismo, los mercados financieros “.  Ninguno de estos problemas surgió de la nada, dice. Pero como nadie actuaba, “los problemas, una vez que comenzaron, sobrepasaron a las instituciones que podrían haberlos resuelto”.  Y esto no es un problema que este profesor crea que vaya a desaparecer. “Sin duda, somos siete billones de personas conduciendo a la velocidad de la luz por una carretera oscura y brumosa, y no podemos ver más allá del parabrisas.”

Sea como sea, mos falta la distancia crítica que sólo el tiempo da, la que permite clasificar  la importancia duradera de los últimos años. Los años veinte, aparentemente, no fueronvistos como locos hasta unos años después de que hubieran terminado. Y aún con la distancia del tiempo, algunas décadas se resisten a ser etiquetadas.   Por ejemplo, en los años 90 había un montón de posibilidades -la era de Clinton, las guerras regionales, Pamela Anderson- pero han conseguido eludir los mejores esfuerzos por ponerles nombre.

Así pues, reparemos en la nota de advertencia de Paul Kennedy, historiador de Yale y autor de The Rise and Fall of the Great Powers. El impulso de nombrar momentos y épocas, dijo en una entrevista, es una aflicción común entre los historiadores, pero para hacerlo es  mejor cierta sobriedad. Paul Kennedy citaba una metáfora de EH Carr, un historiador que comparaba la historia con la experiencia de montar en una caravana de camellos a través de un desierto norteafricano. “A medida que te acercas a la montaña, los camellos toman una figura y formación particulares”, dice Kennedy. “Para cuando tu caravana se ha equiparado con las montañas, sus formas han cambiado. Y mientras avanza rauda hacia el norte, si es que miras atrás, su forma ha cambiado nuevamente”.

Afortunadamente, no todos son tan circunspectos como Kennedy. Por ejemplo, el autor de ciencia ficción David Brin, que parece haber estado esperando junto a su teléfono para dar  su veredicto acerca de la década. “Yo recomendaría el nombre de los Noughty-aughts. Nought significa cero. Y Aught,  nada. Las dos palabras juntas no contienen esencialmente nada, porque ésta fue una era en la que no se hizo ningún progreso”. Brin mira a los años 2000 como una gran pérdida de oportunidades, la década en la que “la alucinación generada por la autosatisfacción envenenó la alegría inherente a los norteamericanos a la hora de resolver los problemas de forma pragmática”. Perdimos la oportunidad de solucionar el calentamiento global, de arreglar nuestra tambaleante infraestructura, de encontrar una foma para que Estados Unidos fuera un frente de nuevos productos para todo el mundo. En lugar de eso, añade, nos desviamos a cauasa de la respuesta dada al 11-S, que Brin considera estúpida y costosa. Desde que comenzó la década todo “han sido quejidos,  lloriqueos y protestas, y un retraimiento de la ambición. Si vemos las cosas a gran escala, nuestros descendientes nos verán como una pandilla de llorones”. Eso si es que nos miran y si siguen obsesionados con la periodización. En un poema llamado “Nostalgia”, el laureado poeta Billy Collins satiriza esa urgencia por controlar el pasado dividiéndolo en unidades más fáciles de majejar. Empieza así:

¿Te acuerdas del 1340? Bailábamos una danza llamada La Catapulta.
Siempre te vestías de marrón, el color de moda de la década,
Y yo me ponía una de esas capas que eran populares,
bordadas con unicornios y granadas.
Todos hacían una pausa por la tarde para beber cerveza y comer cebollas,
Y por la noche jugábamos a un juego llamado “Encuentra a la vaca”.
Todos escribían las cartas a mano entonces, no como ahora.

“Existe esta cosa misteriosa llamada pasado”, dice Collins al teléfono. “Y la tentación es domesticarla, desmitificarla. Es el motivo que subyace en los humanos cuando nombran sus décadas”.  Collins piensa que nos costará muchos años catalogar los años 2000, porque será necesario mucho tiempo para entender qué sentimos que perdimos durante ese periodo, y por tanto, entender qué sentimos que nos conmovió o qué añoramos. “La nostalgia necesita fermentar durante un tiempo”, concluye.

¿Y para los que no puedan esperar? “Creo que deberíamos empezar poniendo nombre a las  décadas como lo hacemos con los  huracanes. Saltémonos la letra A. Llamemos a ésta Bob”.

No está mal, añadiría, esta ocurrencia de Collins con la que termina el artículo del NYT. Pero lo primero es ir a lo esencial. No sé si habrán reparado en ello, pero hemos hablado de los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa y ¿ahora qué? Es un problema de lenguaje, al menos en español. Parte de los anglosajones ya se nos han adelantado desde hace mucho. Allá por el 2002 empezaron a barajar términos, que si “twenty-hundreds”, “Os”, “double Os”, “nillies”, pero la cosa resultaba inexpresiva, así que se decidieron por los noughties, término que me resisto a traducir por si acaso, y la cosa ha quedado certificada, al menos en el Reino Unido de la Gran Bretaña y adyacentes. Y ¿qué define a los noughties? Ni ansiedad, ni trastornos, ni excesos, sino los momentos culturales. El Telegraph lo tuvo claro y apostó por Harry Potter, Obama y Dan Brown.

En fin, ya lo dijo Umberto Eco, parafraseando al benedictino Bernardo Morliacense: “de todo eso que desaparece sólo nos quedan meros nombres”. Otrosí digo: añadió el semiólogo, ante la sobreinterpretación padecida, que “el autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto”. Bien, la década ha fenecido, ahora ese camino allanado es nuestro.

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