Orlando Figes: el profesor, su esposa y la pluma venenosa

Ya lo habrán leído en las noticias de agencia:

Londres, 24 de abril (EFE).- El historiador Orlando Figes, una de las figuras académicas destacadas del Reino Unido, ha admitido haber sido el autor de unos comentarios anónimos favorables a su propio trabajo pero muy crítico con los libros de sus rivales.  En esos comentarios,  remitidos a Amazon, los trabajos de Figes eran calificados de “fascinantes”, mientras se tildaba de  “horribles” a los de otros historiadores. Figes ha admitido su “total responsabilidad” por estos comentarios: “He cometido -ha dicho- algunos errores tontos, y pido disculpas de todo corazón a todos”.

En fin, concluyen así dos semanas de divertida polémica. Añadamos que todo empezó cuando Rachel Polonsky revisó los comenatarios que distintos lectores habían hecho en Amazon a propósito de su libro sobre la cultura rusa, Molotov’s Magic Lantern. Al repasarlos, advirtió que, junto a los numerosos comentarios favorables, había justo muy crítico que lo condenaba por “denso” y “pretencioso”, uno de “esos libros que te hacen desear que no se hubiera publicado” (ese lector también denostaba las obras de Robert Service y Kate Summerscale ).  A partir de ahí, la cosa se fue complicando. Polonsky echó mano de algún amigo informático y prontó llegó a la conclusión de que al autor estaba en el entorno familiar de los Figes.  Y así pareció confirmarse finalmente con la atribución de tales opiniones a Stephanie Palmer, esposa de Figes. Este último llegó incluso a reconocerlo, como indicaba  The Guardian y recogieron con recocijo y estupefacción Independent, Sunday Telegraph, Mail on Sunday, GuardianGuardian Books Blog y el Times por partida doble, entre otros. A su vez, Figes amenazó con acciones legales a quienes le acusaban.

Orlando Figes, Rachel Polonsky, Kate Summerscale y Stephanie Palmer

Mientras tanto, la cosa se había ido enredando y la noticia había saltado al otro lado del Atlántico. La publicó el mismísimo New York Times, anunciando que el portal británico de Amazon había retirado los citados comentarios. Así que la señora Palmer estaba ahora expuesta al chismorreo público. Más aún, para The Independent debía haber sido obvio para todos que Orlando Figes no podía ser el autor de esas reseñas. Se trata de un buen escritor y los comentarios no tenían su estilo literario.   En fin, añadía, lo de Palmer era escandaloso. Al menos, cuando Rachel Polonsky reseñó el libro de Orlando Figes (El baile de Natacha) en 2002  lo hizo de forma honorable, firmando con su nombre en The Times Literary Supplement [hay que añadir que la crítica era demoledora]. La señora Palmer, en cambio, utilizó el anonimato. Además, ¿por qué lo permitió Amazon? Era, indicaba ese periódico al día siguiente, una muestra más del lado oscuro de la crítica literaria.

Pero la sorpresa del folletín estaba por llegar. Como señaló The Guardian, después de amenazar con acciones legales a quienes le acusaban,  Orlando Figes acabó asumiendo la paternidad de los comentarios en el Daily Mail.

“Asumo toda la responsabilidad”, decía. “He cometido algunos errores tontos y de todo corazón pido disculpas a todos los interesados. En especial, lo siento por la angustia que he causado a Rachel Polonsky y Robert Service. También pido disculpas a mi abogado, a quien di información incorrecta”.  El extraordinario mea culpa continuaba: “Estoy avergonzado de mi conducta y no comprendo plenamente por qué actué como lo hice. Fue una estupidez. Ahora veo que algunos de los comentarios eran estrechos de mente y poco generosos, pero sin intención de hacer daño”.

“Me entró el pánico cuando vi el correo electrónico remitido a distintos  académicos y a la prensa, dando instrucciones a mi abogado sin pensarlo racionalmente”.  “Los sucesivos acontecimientos me supusieron una mayor presión y ofrecí  una respuesta jurídica”.  “Mi leal esposa trató de salvar y proteger a nuestras familias en un momento de estrés intenso, preocupada como estaba por mi salud. Le debo una disculpa sin reservas”.

Y hasta aquí. Aunque no hay mal que por bien no venga, pues  Rachel  Polonsky está más contenta que unas pascuas. Su libro, el denostado por Figes, ha obtenido una publicidad impagable. Estaba cerca del puesto 1.600 en la lista de libros más vendidos de Amazon. Ahora está nuevamente entre los primeros 500. Robert Service, por su parte, ha preferido explayarse en las páginas del Guardian, donde no se muestra muy contento:

“El interés público de esta  sórdida historia es que si alguien es lo bastante rico y malicioso es posible intentar cercenar  la discusión libre y abierta en este país casi con impunidad. Estuve a punto de ceder, en ocasiones simplemente porque no tenía los recursos financieros que tiene Figes. Tenemos un conjunto de leyes sobre la difamación aparentemente diseñadas para producir otro Robert Maxwell. Al mismo tiempo tenemos medios electrónicos permiten que la tinta con plumas venenosas. En mi caso, esos dos rasgos de nuestra cultura se mezclaron una con otra como una mala hierba cruel. Necesitamos una reforma legislativa con urgencia”.

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