El orientalismo ruso y Edward Said

La especialista Rachel Polonsky reseñó en el TLS dos volúmenes sobre el orientalismo ruso. Uno de ellos apareció el pasado año, el Russian Orientalism. Asia in the Russian Mind from Peter the Great to the Emigration de David Schimmelpenninck van der Oye (Yale University Press). El otro es más reciente, así que nos detendremos en sus comentarios sobre este último. Se trata del volumen de Vera Tolz Russia’s Own Orient. The Politics of Identity and Oriental Studies in the Late Imperial and Early Soviet Periods,  (Oxford University Press).

En la última década, dice Polonsky , ha habido una vigorosa discusión académica (especialmente en la revista Kritika) sobre la relevancia de las ideas de Edward Said para el orientalismo ruso. Tölz lleva el debate en una nueva dirección al revelar las huellas de los estudios orientales rusos en el pensamiento de Said. A pesar de que no conocía directamente el trabajo de la escuela de Rosen [el arabista Baron Viktor Romanovich Rosen, 1849-1908, de la Universidad de San Petersburgo] Said fue heredero de su particular estilo de pensamiento a través de la mediación del marxismo y los intelectuales nacionalistas árabes poscoloniales  de principios de 1960. El egipcio Anwar Abdel-Malek, que influyó ampliamente en Said, estudió en la Unión Soviética en la década de 1950 y bebió directamente de la crítica de Sergei Oldenburg a la relación entre el conocimiento y el poder imperial en orientalismo europeo occidental. Siguiendo el curso de las grandes ideas a lo largo de un rastro de notas al pie, Tölz concluye que Oldenburg fue en muchos sentidos una influencia más importante en Said que Michel Foucault, a quien invoca explícitamente y quien fijó los términos para la imagen esencializada del orientalismo de “Occidente” y su polémica discusión del “discurso” orientalista . Aunque el legado de la escuela de Rosen es en muchos aspectos contradictorio, en particular en relación con la cuestión del desarrollo de la “conciencia nacional” en el contexto de un Estado imperial como Rusia, Tölz propone que los estudios poscoloniales contemporáneos sean vistos como un descendiente de la orientología rusa de principios del siglo XX.

La autoconfianza rusa sobre sus exclusivas ventajas académicas en este campo alcanzó su máxima expresión en una notable serie de conferencias, “La Historia del Estudio del Este de Europa y en Rusia”, de Vasily Barthold, dictadas con motivo de las bodas de oro de la Facultad de Lenguas Orientales de San Petersburgo, en 1905. Barthold llamaba a Rusia un “mundo científico aparte”, afirmando a la vez la naturaleza “científica” de la historia  y la inequívoca identidad cultural “Oriental” de la propia Rusia. Era un erudito de renombre internacional. Contribuyó con cientos de entradas sobre el Asia Central, Crimea y el Cáucaso -lugares fuera del campo de investigación de los estudiosos occidentales- en la Enciclopedia del Islam, publicada en Leiden entre 1913 y 1938. (…)

El estalinismo y la Guerra Fría se combinaron para privar a Barthold y a sus colegas de la posición que les correspondía, tanto en Rusia como en el extranjero. Sus descubrimientos alimentaron la imaginación de la élite creativa  e influyeron en los Euroasianistas de la década de 1920, afirmando la existencia de una diferencia fundamental entre Rusia y Europa. Crearon imágenes de “Oriente” – desde el imperio de Genghis Khan al Cáucaso – que inspiraron directamente a los poetas simbolistas y los pensadores Eurosianistas de principios del siglo XX  mientras reimaginaban el “exotismo propio” de Rusia en poesía,  misticismo, profecía apocalíptica y polémica antioccidental, invocando a Escitia y al patrimonio de la estepa. Algunos de estos escritores rechazaron explícitamente la idea del “ojo europeo” y volvieron, como Tolstoi hizo al final de su vida, al pensamiento indio y chino. Sin embargo, fue en nombre de la “falsa ciencia” de la historia, importada de Europa en los siglos XVIII y XIX, que la múltiple riqueza estética, filosófica y religiosa de Oriente, así como los propios orígenes orientales de Rusia, fueron sacados a la luz -en las aulas de Kazan y San Petersburgo, y en las publicaciones periódicas de la Sociedad Geográfica Imperial.

Vera Tölz termina sugiriendo que en la Rusia de Putin y Medvedev, cuando está de moda una vez más hacer hincapié en la herencia oriental de Rusia, el legado intelectual de los olvidados “de la escuela de Rosen” -que utilizaban las herramientas de la “ciencia” europea  para estudiar y celebrar las culturas y tradiciones no europeas- sería una fuente más rica de inspiración nacional que el agresivo revival del Eurosianismo que presenta a Occidente y a sus supuestos valores como una amenaza a la distintiva identidad cultural de Rusia.

[Por supuesto, sobre estos asuntos siempre hay que recomendar a Orlando Figes, porque en este caso lo cortes no quita lo valiente. Aunque creo recordar que no utiliza a Barthold ni a Rosen, El baile de Natacha (Edhasa), con sus pegas, me parece espléndido, aunque no soy especialista en el asunto y aunque la citada Rachel Polonsky opinó todo lo contrario en su día]

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