Cataluña: una identidad debatida

Cuando los árboles no nos dejan ver el bosque, no está de más recurrir a la mirada del otro, más fresca y menos agarrotada que la nuestra, aunque ese otro no lo sea tanto. Señalo lo anterior por el dossier que desde hace semanas lleva recopilando el portal La vie des idées con el título de La Catalogne, une identité débattue. Coordinado por par Jeanne Moisand y Ariel Suhamy, recoge unas pocas contribuciones entre las que no faltan las de pensadores españoles (Josep Ramoneda, Josep Mª Fradera). La última que se les ha unido es la de Stéphane Michonneau, que aun siendo francés no es ajeno a las querellas hispanas, pues es un conocido hispanista que ha trabajado mucho y bien desde desde su puesto de Directeur des études moderne et contemporaine en  l’Ecole des Hautes Etudes Hispaniques et Ibériques y en la Casa de Velázquez. Su texto, incorporado a principios de abril, lleva por título: L’invention du «problème catalan». Veamos algunos párrafos:

El catalanismo no es un secesionismo. Desde su nacimiento a mediados del siglo XIX, el catalanismo ha tomado una forma casi definitiva que no es difícil de detectar hoy en día: se trata esencialmente de un pensamiento de reforma de España y de un intento de conquista del Estado liberal entonces en construcción. En otras palabras, el catalanismo considera a Cataluña como una especie de Piamonte-Cerdeña español  cuyo destino es reunir a las distintas regiones peninsulares y ultramarinas para recomponer a su alrededor un nuevo estado. No obstante, salvo en raros momentos en que por razones políticas específicas el gobierno central se debilita  (la revolución de 1868, la proclamación de la Primera República en 1873 y de la Segunda en 1931, por ejemplo), este proyecto ha fracasado. El catalanismo hace, pues, de Cataluña una Prusia que hubiera fracasado en crear Alemania en 1871.

Este proyecto de refundación sigue con desconcertante coherencia las mismas cuatro directrices desde el siglo XIX y  el catalanismo surgido en 1894 no cambió mucho este contenido. Un famoso historiador, Josep Fontana, lo describió como industrialista: con este término, se refirió a un plan que rebasa con mucho los meros objetivos económicos que el término podría sugerir. En efecto, las élites catalanas mantuvieron durante el siglo XIX la defensa de los intereses industriales en un país dominado por una economía rural. Cataluña experimentó una revolución industrial tan temprana como el norte de Francia e Inglaterra y Barcelona fue considerada durante mucho tiempo como el Manchester español. La conquista del mercado y el proteccionismo fueron dos elementos clave en torno a los cuales se tejieron densas redes sociales entre la burguesía catalana. Estos temas federadores pudieron encontrar un eco favorable entre algunos círculos en España, incluyendo los comerciantes de Cádiz y Bilbao, pero rara vez consiguen  el consentimiento de las élites que dominan el gobierno y cuyos intereses están impulsados por la producción agrícola o minera. El industrialismo generó, pues,  una sociedad dominante con comportamientos singulares y un comportamiento endogámico . La cultura que crea está impregnada de un sistema de valores que recuerda a los industriales de Lyón o Mulhouse. En su expresión cultural, adopta de buena gana un cariz ruralista y nostálgico.

En segundo lugar – y el vínculo con la primera proposición es evidente – las elites catalanas son apasionadamente imperialistas: son los primeros en financiar las aventuras coloniales de España, que son abundantes en el siglo XIX y en el XX, contrariamente a un prejuicio bien establecido que haría de las independencias americanas a principios del XIX el canto del cisne del expansionismo ibérico. En Cuba, en Filipinas y luego en 1860 y en menor medida en Marruecos,  las ricas familias barcelonesas tienen gran participación, tanto es así que Cuba podía figurar como una colonia catalana. No perdamos de vista que es en Barcelona, en 1888, donde se construyó el monumento más grande jamás construido en honor de Cristóbal Colón: en la parte superior de la columna metálica que le sustenta, el descubridor apunta con su dedo al Mediterráneo, gesto que encarna perfectamente los ideales imperialistas de Barcelona.

En tercer lugar, el proyecto de reforma de España es anti-centralista. En el siglo XIX, Barcelona se imaginar que representa el último bastión de la tradición política liberal española que se remontaría a los tiempos más remotos de la historia de la península. Libertad es local y se hallaría encarnada naturalmente en las instituciones medievales: en aquel momento, la Corona de Aragón, que consistía en numerosas entidades territoriales débilmente unidas entre sí (el actual Aragón, el Principado de Cataluña, las Islas Baleares, País Valenciano, las posesiones del Mediterráneo) habría encarnado perfectamente ese ideal de la unidad en la diversidad y del respeto de la autonomía de sus partes. Es este modelo de Estado compuesto el que las élites catalanas defenderán rabiosamente, lo que equivale a solicitar para Barcelona un estatuto de capitalidad al menos igual que el de Madrid. Este estado compuesto, que implicaría una forma de federalismo (no es casual que el principal teórico del federalismo sea un político catalán del siglo XIX : Francesc Pi i Margall), no sólo podría reconstruir España, sino, aún más,  un vasto estado Ibérico que incluiría a Portugal. Las posesiones ultramarinas también encajarían en el juego: en otras palabras, el imperialismo no es un colonialismo catalán que implicaría establecer una relación de dominio entre una metrópoli y la colonia. Es esta visión plural de la unidad la que funda la pretensión principal del catalanismo, sin que esta última, como es comprensible, sea sinónimo de secesionismo: es exactamente lo contrario.

En fin, como última característica del proyecto de reforma de España, parte de la élite catalán defiende el catolicismo a ultranza: es el peso del legitimismo político -que en España se denominó carlismo- lo que está en juego. La visión escatológica del catolicismo es aquí virulenta, y la religión es menos barroca y   extrovertida que mística: Gaudí es la imagen de ese catolicismo ultra y su trabajo no puede ser comprendido sin tener en cuenta el extremo misticismo del autor. Pero esta religiosidad está asociada con la defensa de una jerarquía social, autoritaria y holística, donde el valor de la comunidad puede predominar sobre la del individuo. En general, la sociedad se concibe como un modelo reinterpretado de una sociedad de Antiguo Régimen donde los cuerpos autónomos de la sociedad, dotados de privilegios y derechos propios, se yuxtaponen y entrelazan, interconectados sólo por un principio de unidad patriótica. Se podría tildar a este modelo de comunidad de “republicano” en el sentido de res-publica, es decir, un conjunto donde cada uno asume la unidad “juntos, pero por separado” y “sin que ningún tipo de cuerpo pueda encarnar a la totalidad ” [Annick Lempérière, Entre dieu et le roi, la République : Mexico, XVIe-XIXe siècle. Paris, Les belles lettres, 2004]. Es por eso que la sociedad catalana lo es esencialmente de cristianos viejos.

La Renaixença, que la tradición nacionalista tiende a equiparar con los primeros pasos del nacionalismo catalán,  es realmente la afirmación celosa de este particularismo provincial de naturaleza fundamentalmente española. Pasa desde la década de 1840 por la promoción de la lengua catalana y el establecimiento de un mercado cultural cerrado donde la intelectualidad local se protege de la competencia que implica una castellanización profunda de la cultura popular. Eso implica una empresa de normalización cultural que retoma rasgos de la cultura popular catalana para homogeneizarla, estandarizarla y normalizarla de acuerdo con los criterios de las clases dominantes, burguesas y urbanas. Barcelona se impone en este momento como el gran crisol de esta nueva cultura nacional que da un colorido tan singular a la Renaixença. Pero si el pluralismo cultural tiende a crecer, no implica la afirmación de un proyecto político nacionalista diferente del del resto de España: el provincialismo exalta la diferencia catalana, pero los barceloneses no abandonan su pretensión de participar activamente en la construcción del Estado liberal.

Otra consecuencia importante es la relación especial que Catalunya tiene con la modernidad: la precocidad de la Revolución Industrial, la fuerza de la burguesía, la organización y la politización de la clase obrera son elementos que la han dotado desde antiguo de patrones históricos propios del norte de Europa. Del mismo modo, la fuerte influencia francesa hace de Cataluña la portadora de ideas vanguardistas y, en todo caso, el paso hacia España de muchas corrientes artísticas e intelectuales venidas del norte. A menudo se cita el wagnerianismo del público de Barcelona como ejemplo de esta sensibilidad ante la novedad. El culto de la modernidad se ha convertido en una segunda naturaleza de Barcelona. Periódicamente, la ciudad se embarca vigorosamente con los retos de la modernidad,  proclamando ante el mundo su plena participación en la Europa desarrollada y tranquilizadora: 1888 y la Exposición Universal, 1929 y la Exposición Internacional, 1992 y los Juegos Olímpicos,  2004 y el Foro de las Culturas. Añadamos que este gusto por la modernidad tiene como corolario un claro rechazo de aquello que pudiera identificar a Cataluña con el resto de España, considerada como atrasada y arcaica. En Barcelona, uno vive como alguien que perteneca a una parte de Europa y no estrictamente como peninsular. Sin embargo, este modernismo militante contrasta vivamente con una cultura burguesa voluntariamente ruralista y conservadora: y es que la revolución industrial ha generado en Cataluña una clase trabajadora numerosa, organizada y politizada. La feroz lucha de clases entablada alimenta tensiones sociales y políticas muy fuertes que hacen de Barcelona la “Rosa de fuego” de fines del siglo XIX. En el plano cultural, el modernismo es una solución para tratar de escapar de la conflictividad social extrema y de soldar nuevamente a través de un proyecto común a los grupos sociales divididos. Políticamente, el catalanismo tiene la misma función integradora, impulsado principalmente por las clases medias inquietas: es una respuesta local a problemas específicos que el resto de España ignora totalmente.

(…)

El catalanismo, ¿un modelo de posnacionalismo?

Atendiendo a algunas de las soluciones que recomienda, el nacionalismo catalán podría proporcionar una solución para pensar un futuro posnacional. De hecho, promueve una triple evolución política: 1 / En primer lugar, separa el Estado, agente de la unidad política e instancia de la organización de la ciudadanía, de la nación, comunidad de cultura. Si la comunidad política integrada por ciudadanos se distingue de la comunidad nacional, la integración política de los ciudadanos ya no depende de una reducción de las diversas identidades culturales, sino de su reconocimiento explícito. 2 / En segundo lugar, el catalanismo distingue la reivindicación de la soberanía de la secesión: la autonomía progresiva  permite satisfacer la existencia de la soberanía sin buscar la independencia. El caso demuestra que la afirmación catalanista no está asociada con una disminución del Estado, sino más bien con una redefinición del papel de este último como árbitro de la distribución del poder y de la riqueza entre los diferentes actores de la sociedad civil. Es si el orden negociado se trunca cuando el catalanismo puede ser secesionista. 3 / Por último, el catalanismo sugiere la disociación de nacionalidad y ciudadanía: la pertenencia a la nación catalana puede implicar el ejercicio de la ciudadanía en la política española, al igual que los miembros de otros países de la Unión Europea pueden votar si viven en España sin perder su nacionalidad.

Así, en un momento en que se reclama que el nacionalismo se articule en escalas infraestatal, estatal y supraestatal, Cataluña parece mucho mejor preparada para afrontar el futuro que los países que creen en el credo dl estado-nación .

Anuncios