El enfermo imaginario: historia de la hipocondría

El pasado otoño apareció un volumen bastante curioso, Tormented Hope: Nine Hypochondriac Lives, del escritor irlandés Brian Dillon. El título lo dice todo, pues se trata de examinar las vidas de nueve céberes hipocondríacos: James Boswell, Charlotte Brontë, Charles Darwin, Florence Nightingale, Daniel Paul Schreber, Alice James, Marcel Proust, Glenn Gould  y Andy Warhol. Incluso el mismo Dillon padece esa enfermedad.

El libro apareció quizá demasiado tarde para estar entre los mejores del año, y por otra parte pertenece a un género confuso, del que sólo podemos decir que es un ensayo, y a su autor tampoco se le puede catalogar como algo más que escritor o crítico periodístico, a psar de que es filólogo de formación. Sin embargo, las reseñas han sido por lo general muy favorables. Lo alabaron de inmediato en en el Times, diciendo que era excelente; por dos veces en The Guardian/Observer, donde una vez lo aplaudían y en otra le reprochaban que quizá le faltara visión de conjunto; algo que también señalaba The Telegraph, a pesar de concluir que era fascinante; por su parte, el Daily Mail distaminaba que estamos ante un magnífico escritor cuya única rémora es que a veces se pasa de pensador abstruso, lo cual, viniendo de donde viene,  puede ser una ventaja para algunos de nosotros; en fin, parabines se pueden encontrar también en el Independent, New ScientistNew Statesman o la London Review of Books.

En esta bitácora hemos tenido confinada una entrada sobre el volumen desde hace semanas, por un olvido imperdonable, que ahora llega el momento de enmendar. Y lo haremos aprovechando la feliz coincidencia de que Eñe, la revista del diario Clarín, acaba de traducir un texto que Dillon publicó como adelanto de su libro en The Guardian, texto que curiosamente ya no podemos leer en inglés:

James Boswell

El sábado 6 de agosto de 1763, James Boswell, que tenía entonces veintidós años, abordó el paquebote Príncipe de Gales en Harwich, en la costa de Essex. El barco tenía por destino el puerto holandés de Helvoetsluys, desde donde Boswell se trasladó hasta la ciudad universitaria de Utrecht, en la cual, a insistencia de su padre, el escritor escocés iba a estudiar Derecho. Se lo castigaba por su escandalosa vida en Londres –en los últimos tiempos se había convertido al catolicismo y había tenido un hijo ilegítimo al que nunca vería–, pero nada de eso explica del todo su estado de ánimo desolado en los días anteriores a su partida para Holanda.

Su amigo y mentor Samuel Johnson lo encontró agitado, sombrío y abatido durante el viaje a Harwich que compartieron. Conmovido, el hombre mayor hizo un comentario sobre una mariposa nocturna que encontró la muerte en la llama de una vela: “Esa criatura fue su propio verdugo, y pienso que se llamaba Boswell.”

El estado de ánimo del renuente estudiante era aun peor para el momento en que llegó a Utrecht. Su alojamiento –ubicado junto a la catedral semiderruida de la ciudad– no lo alegró, y “suspiró con pesar ante la idea de pasar todo el invierno en un lugar tan horrible”. Al día siguiente se despertó embargado por una profunda desesperación y salió a la calle convencido de que estaba enloqueciendo. Gimió al alejarse de la plaza de la catedral, sollozó al atravesar los canales turbios de la ciudad y lloró abiertamente ante la mirada de los desconocidos con los que se cruzaba.

En el transcurso de las semanas siguientes, las cartas de Boswell dieron muestras de una lamentable declinación: a su amigo William Temple le describió una desolación que, insistió, nadie que no la hubiera padecido podía entenderla de forma cabal. “Mi melancolía”, escribió, “es en extremo horrenda y torturante”.

Boswell se esforzó por encontrar una cura para su malestar holandés. Al principio estaba seguro de que el problema se originaba en su haraganería innata: su organismo parecía rebelarse contra los rigores de la vida diurna. Él y Johnson habían imaginado una vez una máquina para levantar un cuerpo perezoso de la cama; ahora se decidió por un vigoroso régimen de ejercicios matutinos y rápida evacuación de vientre luego del desayuno. Por momentos pensaba que su problema era de índole sexual, pero no pudo decidir si el remedio residía en una piadosa abstinencia o en “violar a una joven holandesa”.

Pero lo más sorprendente de la lúgubre estancia de Boswell en Utrecht es la manía de planear y de escribir que lo dominó a medida que su estado de ánimo se ensombrecía. Llenaba diarios y notas con desesperadas intimaciones a elevarse en los planos moral, social e intelectual. Trataba de analizar sus días de antemano como si fueran frases o ecuaciones, pero sus noches estaban llenas de remordimientos por el invariable fracaso de su programa terapéutico.

¿Cuál era con exactitud la naturaleza de la enfermedad de Boswell? Para el fin de su primer semestre en Utrecht, se había autodiagnosticado como “nervioso” y “melancólico”. Veinticinco años más tarde, sin embargo, en las páginas de la London Magazine, dejó atrás su confusión juvenil y alcanzó lo que parecía un diagnóstico definitivo: durante toda su vida, afirmó, había padecido frecuentes brotes de “hipocondría”.

El término nos sorprendería si Boswell estuviera escribiendo, ya en el ensayo en cuestión, en el papel del Hipocondríaco, su enfermizo sucesor de The Rambler de Johnson y The Spectator de Joseph Addison. Lo que Boswell y su siglo querían decir con “hipocondría” es incierto. Se la consideraba un trastorno tanto físico como psicológico, un problema al mismo tiempo de la imaginación y las vísceras, una enfermedad en extremo común que también parecía apartar a quienes la padecían de las filas de los discapacitados y los inválidos.

La hipocondría era una enfermedad real con síntomas muy reales –entre ellos flatulencia, constipación, dolores de cabeza, vértigo, insomnio y palpitaciones– pero era también una dolorosa amalgama de miedo, autoengaño y un extraño tipo de percepción de lo que significaba ser un ente corpóreo.

En los dos siglos y medio que pasaron desde la muerte de Boswell, la medicina y el uso común fueron delimitando la definición de hipocondría a un punto más ajustado de ansiedad y autoengaño. La idea de que el hipocondríaco (o la menos frecuente hipocondríaca) padecía aprensiones insostenibles y falsas convicciones en relación con su cuerpo siempre había estado presente. En 1729, Nicholas Robinson escribe sobre los “miedos no pertinentes o infundados” del paciente.

En la actualidad, sin embargo, “hipocondría” suele significar poco más que esto: un simple caso de terror equivocado o convicción errada sobre el propio organismo. El hipocondríaco contemporáneo es un personaje que nos resulta muy conocido. Como arquetipo, él o ella tienen mala fama: con su simulación ponen a prueba nuestra capacidad de paciencia y empatía y, en el peor de los casos, son parásitos que aprovechan los escasos recursos de salud.

Sin duda los hipocondríacos son siempre otros. Somos pocos los que admitimos el grado de autoengaño y de egocentrismo que criticamos en la personalidad de los “preocupados”. Tiendo a decirme, por ejemplo, que mi propio caso de nerviosismo crónico en relación con la salud es cosa del pasado.

Durante mi adolescencia y a los veintitantos años, luego de la muerte prematura de mis padres, me convencí de que yo sería el que me moriría a continuación, y empecé a interpretar todo pequeño malestar como un síntoma de la enfermedad letal que acabaría conmigo.

Me hizo falta experimentar una completa crisis a los casi treinta años para convencerme de que mi organismo no tenía problema alguno, tras lo cual todos los “síntomas” empezaron a desaparecer. De todos modos, tengo que admitir que incluso ahora, más de diez años después, la fatiga, el estrés o un largo período de trabajo no productivo pueden volver a instalar los antiguos temores, y que con facilidad vuelvo a caer en los viejos hábitos de pensamiento, en la aprensión y la búsqueda de seguridades.

En esos momentos uno olvida la rica historia –desde El enfermo imaginario de Molière hasta las películas y el personaje público de Woody Allen– del hipocondríaco como recurso cómico de charlatanería médica o de nerviosa somatización existencial. La narrativa del refinamiento de la “hipocondría” de enfermedad real y sombría al nombre que damos a una imaginación médica hiperactiva –y el relato paralelo de lo que todavía podríamos aprender de nuestros temores– comienza con los griegos, para quienes el hipocondrio era la zona inmediatamente por debajo de la caja torácica. Ese significado persiste en la prodigiosa y errática Anatomía de la melancolía de Robert Burton, que se publicó en 1621. En su capítulo sobre los “Síntomas de la melancolía hipocondríaca flatulenta”, Burton menciona “fuertes eructos, fiebre intestinal, flatulencia y retortijones, dolor abdominal y estomacal”.

Al mismo tiempo, el hipocondríaco puede padecer terrores y angustias o imaginar que lo invadió algún parásito imposible como una serpiente o una rana. Un siglo más tarde, esa combinación de síntomas físicos y psicológicos estaba por completo establecida entre los escritores médicos. En 1733, George Cheyne llega a sugerir que ambos componen una “enfermedad inglesa” específica: un nuevo tipo de hipersensibilidad, consecuencia de la comodidad y el lujo modernos.

Cuando los victorianos hablaban de “hipocondría” todavía se referían a una enfermedad real y no sólo al temor persistente de padecerla. Sus síntomas, sin embargo, que ahora tenían mayor similitud con lo que hoy llamaríamos angustia o depresión, tendían a desdibujarse en los malestares adyacentes de la melancolía, la histeria y la neurastenia.

La hipocondría era ante todo producto de una sensibilidad exagerada. Tomemos la figura que protagoniza La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe. Roderick Usher, nos dice el narrador, es un hipocondríaco crónico susceptible hasta a los más mínimos sonidos, sabores, olores y sensaciones; hasta el aire de su vetusta mansión le parece maligno y horriblemente animado. Más avanzado el siglo, es el dandy súper sensible al que se califica de hipocondríaco; en la decadente novela de Joris-Karl Huysmans Contra natura, de 1884, la “hipocondría” del protagonista esteta, Des Esseintes, es otra manera de hacer referencia a su mórbida alergia a la vida común.

Fatiga y reclusión

Lo que comparten esas figuras atormentadas es un sentido enfermizo de su propia excepcionalidad, así como un desesperado deseo de soledad. La hipocondría victoriana parece haberse relacionado estrechamente con la necesidad de reclusión creativa, sobre todo en lo que se refiere a la vida y la escritura de algunas notables mujeres hipocondríacas.

Charlotte Brontë

Charlotte Brontë, por ejemplo, decía que había padecido su primer ataque hipocondríaco cuando enseñaba en Roe Head a los diecinueve años de edad. La enfermedad, escribió, “hizo de la vida una constante pesadilla diurna”. Brontë atribuyó la crisis a la penosa tarea de enseñar, que le dejaba poco tiempo para escribir. Sentía, dijo, “el pesado desaliento de tantas horas”. Los lectores de Jane Eyre pueden recordar que la noche anterior al día de la boda, Rochester minimiza el temor de Jane, que califica de “hipocondría” producto de la emoción y el cansancio. Pero la máxima expresión de la enfermedad de Brontë tiene lugar en Villette, cuando la narradora de la novela, Lucy Snowe, que vio invadida su privacidad y cuyos deseos ocultos quedaron al descubierto, sucumbe al “más extraño de los espectros la Hipocondría”.

Brontë parece haber usado la palabra para referirse a una mezcla debilitadora de desesperación y pánico, algo parecido a una “crisis” en el sentido moderno. No fue la única que explicó su crisis en términos de la completa falta de autonomía intelectual y social de una mujer joven.

En su angustiada polémica Casandra, Florence Nightingale deploraba la tiranía doméstica que había limitado sus primeros años: “No estar presente en la cena equivale a estar enferma. Ninguna otra cosa nos disculpa. La discapacidad corporal es la única disculpa válida.”

Florence Nightingale

Nightingale no se describió como hipocondríaca, pero su derrumbe físico y emocional al regresar de la guerra de Crimea en 1856 –como destaca Mark Bostridge en su reciente biografía, puede haber padecido una brucelosis crónica– tiene algo del “sufrimiento silencioso” de Brontë, si bien abordó su debilitamiento de forma más enérgica.

La enfermedad le permitió a Nightingale retirarse de la vida pública y dedicarse a una infatigable campaña a favor de la reforma médica desde el refugio de su lecho de enferma en el Hotel Burlington. Como escribió Lytton Strachey haciendo referencia a ella: “Descubrió que la maquinaria de la enfermedad no era menos efectiva como barrera contra los ojos de los hombres que el ceremonial de un gran palacio.” Una sensación similar de aislamiento sufriente pero industrioso rodea a Alice James.

La hermana menor de Henry y William fue durante toda su vida una inválida de tal ambigüedad de síntomas y temperamento, que parece consumirse en una categoría hipocondríaca propia, la de la simuladora irónica y alegre.

En su juventud se la diagnosticó como histérica y se la sometió a los tratamientos habituales en la época, pero ni la cura de reposo que aconsejó el neurólogo Silas Weir Mitchell ni el régimen de ejercicios que hizo en la clínica neoyorquina de Charles Fayette Taylor pudieron liberarla del deseo de morir ni de los síntomas físicos que se agravaban.

Para cuando llegó a los treinta y tantos años, ya se la consideraba incurable. Sufría trastornos estomacales, tenía problemas de columna; casi no podía caminar, pero seguía expresando sus opiniones sarcásticas e insolentes sobre el mundo en sus diarios y cartas, en especial en las dirigidas a William, que parecía entender mejor el carácter extraño de su caso.

Lo que diferencia a James de las hipocondríacas comunes de su tiempo es su curiosa respuesta a la noticia, que recibió a los cuarenta y dos años, de que estaba al borde de la muerte. El 27 de mayo de 1891 la examinó en su casa de Londres el prestigioso médico Sir Andrew Clark, que advirtió la “hiperestesia nerviosa” de larga data de su paciente, así como su “neurosis espinal” y su “tendencia reumática” habituales, pero ahora incorporó a la letanía un tumor de mama que sin duda iba a causarle la muerte.

Cuatro días después, James escribió en su diario: “¡Al que sabe esperar, todo le llega! Mis aspiraciones pueden haber sido excéntricas, pero ahora no puedo quejarme de que no se cumplieron.” Fue como si, luego de décadas de oscuros síntomas y pronósticos vagos, sin duda relacionados con su condición periférica en una familia brillante, James empezara en verdad a vivir en el momento en que supo que iba a morirse. Su enfermedad había sido un trabajo en progreso, y por fin estaba lista para presentar, en la forma de su propia muerte, una obra maestra en condiciones de rivalizar con las de sus hermanos.

La agudeza de James en relación con su propio caso, así como su aparente calma a medida que se acercaba el fin –”¿Por dónde llega la diversión?” preguntaba en sus últimos días haciendo referencia a la muerte–, casi basta para no autorizar un diagnóstico de hipocondría, ya que el paciente suele carecer de un sentido tan claro de su gravedad.

Charles Darwin, por ejemplo, parece no haber dado muestras de entender su hipocondría, excepto cuando dijo, en un fragmento autobiográfico, que “la mala salud (…) me salvó de las distracciones sociales y la diversión”. Al igual que Florence Nightingale, Darwin parece haber padecido de algún tipo de enfermedad orgánica auténtica, si bien aún no existe completa certeza respecto de los posibles trastornos que podría haber contraído durante sus viajes.

Charles Darwin

Su verdadera enfermedad tal vez no resida en ellos. El aspecto más curioso de la mala salud de Darwin es algo que hay que buscar en su concesión a dos entusiasmos victorianos: la dispepsia y la hidroterapia que tenía por objeto curarla. Darwin registraba con aplicación sus episodios de flatulencia y viajaba a Malvern, donde lo lavaban por dentro y por fuera con agua fría.

La atención que prestaba a sus malestares pone a Darwin en la selecta compañía de los hipocondríacos más creativos de su siglo. Tennyson, Dickens, Wilkie Collins, y Thomas y Jane Carlyle eran adeptos a la cura de agua y entusiastas observadores de sus propios síntomas, reales e imaginarios (Tennyson, por ejemplo, vivía obsesionado por las manchas que aparecían ante sus ojos: “Esos ‘animales’ (…) son muy molestos”, escribió). Unas décadas más tarde, sin embargo, se vieron superados en términos de debilidad y autodisección por la figura reclinada de Proust, que, encerrado herméticamente en su departamento del Bulevar Haussmann, envuelto en ropa de abrigo y ahogado en polvos medicinales, sobreviviendo con poco más que café y cerveza fría, se esforzaba por terminar su novela.

Marcel Proust

Los detalles de la declinación de Proust como consecuencia del asma –la habitación revestida de corcho y los hábitos nocturnos, su alergia a todo, desde el polvo de la casa hasta un pañuelo áspero– son tan conocidos que es fácil olvidar que En busca del tiempo perdido es una suerte de tratado sobre la hipocondría y sus usos artísticos. Proust, por lo que parece, conocía bien la explicación contemporánea de la hipocondría –a principios de siglo se pensaba que era un trastorno del “sentido común” o facultad “cenestésica”–, y el libro está lleno de instancias de hipersensibilidad fisiológica además de estética.

El hipocondríaco proustiano siente que el mundo lo presiona demasiado, confunde sensaciones por completo comunes con profundas aflicciones. (En el caso del propio Proust, el contacto con una toalla húmeda podía sumirlo en paroxismos hipocondríacos.) El genio de Proust consiste en parte en ver los paralelismos entre la sensibilidad enfermiza y el delicado rigor del sentimiento estético. Lo que para los románticos era un vago clisé –la palidez y la susceptibilidad del artista– se convierte en Proust en una cuestión de neurología.

La versión de Freud

A la luz de la importancia que las enfermedades del “sentido común” adquirieron para los psiquiatras de fines del siglo XIX, es llamativo que Freud haya escrito tan poco –y de manera desconcertante, si no desconcertada– sobre el tema de la hipocondría. Parece haber vacilado tanto en lo relativo a tratar de describir el trastorno como en lo tocante a sugerir una posible explicación. En 1887, en una carta a Wilhelm Fliess, Freud afirmaba, de forma más bien vaga, que la hipocondría era sólo un síntoma asociado a la neurastenia. En otra carta a Fliess, esta vez de 1895, sugería un origen sexual. Una vez más, sin embargo, nos dice muy poco sobre en qué podría diferenciarse la hipocondría de otras neurosis.

Quince años después, Freud daba una definición aforística –la hipocondría era “el estado de enamoramiento de la propia enfermedad”–, pero también admitía que el tema estaba “suspendido en la oscuridad” y era objeto de “meras suposiciones”. El texto de Freud en el que es posible percibir algo del horror de la hipocondría y aprender una asombrosa lección sobre cuánto puede apartarse un individuo de una concepción realista de sí es el ensayo de 1911 sobre los autoengaños de Daniel Paul Schreber, un juez alemán que durante treinta y cinco años padeció de forma casi constante una enfermedad mental que por lo general se manifestaba en sus extrañas convicciones sobre su cuerpo.

“Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente” se basa en las Memorias de mi enfermedad nerviosa del propio Schreber, en las que el no muy recuperado jurista pasa revista a sus síntomas extraordinarios. Schreber, a quien le diagnosticaron hipocondría en su mediana edad, experimentó una rápida declinación: entre innumerables ideas fantásticas, pensaba que se estaba convirtiendo en mujer, que su destino era que Dios lo fecundara, que había “hombrecitos” que colonizaban su cabeza y que se le había extirpado el estómago, por lo cual la comida se le acumulaba en las piernas.

La agonía de Schreber es un caso extremo de la aflicción hipocondríaca: una tergiversación generalizada y catastrófica del propio estado físico. Durante siglos, los médicos habían registrado casos igualmente extraños. El “delirio vítreo” que floreció a partir de fines de la Edad Media tal vez sea el más llamativo. El paciente imaginaba que estaba hecho parcial o enteramente de vidrio. En 1607 Thomas Walkington escribió sobre un “tonto” veneciano al que le daba miedo sentarse por temor a hacer trizas su “frágil trasero”.

Para mediados del siglo XX, la “hipocondría” había llegado a describir poco más que el miedo exagerado a la enfermedad o la convicción equivocada de su existencia. (La ambivalencia de Freud es en parte responsable de esa reducción etimológica; parecía que la “hipocondría” siempre había sido explicable en términos de otra neurosis sobre la que se había teorizado más.)

Glenn Gould

El trastorno, mientras tanto, había perdido su asociación frecuente, y hasta elegante, con el temperamento artístico. Eso, sin embargo, no equivale a decir que la hipocondría no puede seguir enseñándonos sobre la relación entre creatividad y encarnación, enfermedad e imaginación. Basta con considerar el caso del pianista canadiense Glenn Gould, cuyas numerosas excentricidades, tanto al piano como en su vida cotidiana –Gould usaba bufanda y guantes por más calor que hiciera, evitaba el contacto físico con los demás y llevaba un voluminoso registro de sus síntomas, que eran en su mayor parte imaginarios–, hablan de un retiro físico del mundo que refleja su retiro de la sala de conciertos en 1964. Así como el estudio de grabación se convirtió luego en la prótesis musical de Gould, su hipocondría le permitió relacionarse con el mundo a una distancia cómoda.

El artista plástico de fines del siglo XX que más supo sobre los peligros y placeres de la proximidad física y la distancia estética fue Andy Warhol, y no es una sorpresa enterarse de que fue toda la vida un hipocondríaco de fértil imaginación. Las fuentes de la incomodidad corporal de Warhol son bien conocidas –la caída del pelo, la mala piel, las huellas físicas y emocionales del atentado de 1968–, pero sus diarios registran una variedad mucho más amplia de temores: cáncer, tumores cerebrales, Sida (“la enfermedad mágica”) y la propia profesión médica. (En última instancia, ese último miedo aceleró su muerte: de haber consultado antes a un médico por una inflamación de la vesícula biliar, podría haber sobrevivido a los rigores del hospital, pero murió de un ataque cardíaco en 1987, unas horas después de la cirugía.)

Andy Warhol

Warhol es también nuestro hipocondríaco precursor: su vida y su arte parecen vaticinar con precisión las obsesiones –peso, piel, edad, estética, la virulencia de nuevas enfermedades y la eficacia de las curas para las anteriores– de una sociedad cuya imaginación médica está mejor informada que antes pero sigue siendo igualmente susceptible a las horrendas imágenes de la enfermedad y a la nerviosa profilaxis contra la declinación.

Si bien vivimos en una época en que se califica a la hipocondría de un trastorno nervioso más, solucionable con medicación y una terapia cognitiva conductista, hacemos bien en recordar las cuestiones fundamentales que nos invita a plantear en relación con la enfermedad y el bienestar, así como sobre la actitud apropiada ante nuestra mortalidad. Todo período histórico se consideró una era de mayor ansiedad hipocondríaca. El trastorno sigue existiendo, pero sus manifestaciones se desplazan, cambian y se superponen de un siglo a otro o de una década a la siguiente. La historia de la hipocondría es una radiografía de la historia más familiar y concreta de la medicina; revela la estructura que subyace en los deseos y temores que tenemos en relación con nuestro cuerpo.

La hipocondría del joven Boswell se prolongó, con idas y venidas, durante varios meses. Este trató de distraerse aprendiendo francés y enamorándose de dos mujeres al mismo tiempo, una de las cuales también afirmaba ser una hipocondríaca crónica. Consultó a médicos prestigiosos en La Haya y Leyden, los que le recomendaron completo reposo o actividad constante. Cuando por fin le hizo una visita a Jean-Jacques Rousseau, éste concluyó en relación con su nervioso admirador: “Es un convaleciente al que la última recaída destruirá de forma infalible”. Años después, Boswell escribió en la London Magazine, según dijo sólo para que él mismo y otros pudieran distraerse de su respectiva hipocondría: “Yo mismo con frecuencia me sentí aterrado y embargado por una funesta aflicción en ese sentido; y aún no puedo proteger mi mente contra ello en sombrías temporadas de abatimiento.”

© The Guardian y Clarin, 2010. Traduccion de Joaquin Ibarburu.

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