Homo Digitalis (postorgánico)

Marc-Olivier Padis introduce el último número de Esprit, dedicado al “Homo Numericus”, haciendo un resumen de los textos que se incluyen.

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Respecto a nuestra relación con las nuevas tecnologías, es difícil separarla del miedo a perder contacto con la realidad, dice Padis.  Pero la idea de pérdida de realidad, la victoria del simulacro sobre lo real,  no describe completamente esa relación. Se trata de un sistema de vasos comunicantes entre dos mundos o de una difuminación de la frontera que los debería separar. Más bien, se impone una oposición semántica: lo real y lo posible. La realidad se caracteriza por el hecho de que no todo es posible. Pero el ámbito de los mundos virtuales  se caracteriza por la ubicuidad, las acciones simultáneas en múltiples universos paralelos. El riesgo de todo ello no es tanto  perder el sentido de la realidad, como devaluar lo real, que aparece, por comparación, plano, enfermo, uniforme. Y se pregunta Panis, ¿acaso la crisis financiera no ha puesto de manifiesto un exceso de posibilidades en la vida real y la necesidad de recuperar el sentido de la medida y de los límites?

El estatuto de la imagen en internet, especialmente a través de la importancia dada a los vídeos en línea, es otro aspecto importante, en la medida en que nos informa sobre la recomposiciones  de nuestra relación con la realidad. No sirve afirmar que Internet es un espacio sensible a los rumores, que está poco  controlado y que su naturaleza vertical desafía  las posiciones de autoridad. Lo que demuestra el examen de los rumores no es tanto el desarrollo de la creencia según la cual se supone que la imagen, especialmente a falta de algún tipo de discurso, debe decir la verdad en sí misma, “porque nuestros ojos lo han visto”. Por contra,  la falta de imagen puede establecer la inexistencia de la realidad. No es la credibilidad de las imágenes lo que está en duda, sino la credibilidad de aquello que carece de imágenes.

El rumor es también una buena manera de identificar los cambios de representación del cuerpo. La relación con nuestro cuerpo también queda transformada por estas tecnologías. Pero en lugar de pensar que lo digital desmaterializa el cuerpo, que promueve una desincorporación,  cabe señalar que el adiós al cuerpo no ha tenido lugar.  Por un lado, está el sueño o la pesadilla del “cyborg”, el híbrido de ser “mejorado” por la máquina, que sigue al nacimiento de la cibernética y que dió lugar a la ficción futurista o a manifiestos especulativos bien concretos.  Por otro, las nuevas formas de gobierno del cuepo, viendo que internet es también una herramienta para cambiar la relación entre médico y paciente en el campo de la salud.

En cuanto a la  gran ruptura de la revolución participativa, quizá habría que relativizar el impacto de las redes sociales, en el sentido de que eso no es una novedad, pues  sólo aprovecha lógicas que estaban ya presentes en la invención de la red de redes. Puede, en cambio, que haya ruptura significativa en la inversión del problema de la escasez: el almacenamiento y la difusión de obras en línea se hacen fáciles, de modo que aumenta la producción humana disponible en internet. En medio de esta exuberante e indefinida profusión, es la atención del internauta la que se convierte en problemática. ¿Cómo captar y retener la atención de un lector, de un oyente, del público potencial? En las páginas web, el ojo se desliza rápido, la selección se hace con un solo clic, se aprende a clasificar con la máxima velocidad. Pero esa navegación también deja huellas … Y estos rastros son valiosos para cualquier persona que  -por razones políticas o comerciales- trate de determinar un perfil,  cruce  la información sobre patrones de consumo con los intereses culturales, militancia, preocupaciones personales, contactos, redes de sociabilidad … todo eso que  la mayoría de los usuarios de internet muestran candorosamente en sus páginas personales y foros de debate.

Una segunda ruptura se refiere a la dispersión de internet fuera de su ámbito de origen. Ya no es necesario pasar a través de un ordenador personal para acceder a Internet. El teléfono se convierte cada vez más, especialmente en Europa y Asia, en la puerta de acceso a la red. En el futuro, todo tipo de objetos familiares podrán  estar relacionados los unos a los otros. Tal vez, finalmente, todos los objetos que nos rodean puedan ser enumerados, identificados, geolocalizados, rastreados gracias a chips digitales. A esto se le llama ahora  “internet de los objetos” (IDO). Con los teléfonos, la sociabilidad digital ha entrado en la era de la movilidad y es poco probable que vuelva a ser estrictamente sedentaria. Los usuarios viviremos en un “continuum digital”, en  conexión permanente con la mayoría de nuestros objetos familiares. Ya no se tratará de escamotear un poco de nuestro tiempo real para vivir en el mundo del simulacro  o de compensar una realidad decepcionante imaginando mundos paralelos, sino de  vivir una “realidad aumentada”.

¿De qué trata todo esto? Dado que los objetos que utilizamos están conectados a través de la red, recuperamos información de forma permanente, más precisa y más abundante que nunca, sobre nuestro entorno inmediato (pensemos en la imagen del software incorporado a los coches, que nos ofrece el nivel de consumo de combustible, la presión de los neumáticos, el estado de la carretera, las rutas recomendadas, y pronto…) y la tenemos a mano para tomar decisiones. De ese modo, lo real no será  opaco e indescifrable, quedará “aumentado” por una multitud de informaciones. Pero ¿habrá un botón para “desconectarse” de esta realidad ?

Addenda: En relación con lo anterior,  convendrá mencionar la reaparición de El hombre postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, de la argentina Paula Sibilia (FCE). Dice esta autora que “en la actual sociedad de la información, la fusión entre el hombre y la técnica parece profundizarse, y por eso mismo se torna más crucial y problemática. Ciertas áreas del saber constituyen piezas clave de esa transición, tales como la teleinformática y las nuevas ciencias de la vida. Esas disciplinas que parecen tan diferentes poseen una base y una ambición común, hermanadas en el horizonte de digitalización universal que signa nuestra era. En este contexto surge una posibilidad inusitada: el cuerpo humano, en su anticuada configuración biológica, se estaría volviendo obsoleto. Intimidados (y seducidos) por las presiones de un medio ambiente amalgamado con el artificio, los cuerpos
contemporáneos no logran esquivar las tiranías (y las delicias) del upgrade. Un nuevo imperativo es interiorizado: el deseo de lograr una total compatibilidad con el tecnocosmos digital. ¿Cómo? Mediante la actualización tecnológica permanente (…)”

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Plantea, además, diversos interrogantes: ” ¿aún es válido -o siquiera deseable- persistir dentro de los márgenes tradicionales del concepto de hombre? En tal caso, ¿por qué? ¿O quizá sería conveniente reformular esa noción heredada del humanismo liberal para inventar otras formas, capaces de contener las nuevas posibilidades que se están abriendo? ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Qué es lo que realmente queremos ser? Son preguntas de alto contenido político, cuyas respuestas no deberían quedar libradas al azar. Con la decadencia de aquella sociedad industrial poblada de cuerpos disciplinados, dóciles y útiles, decaen también figuras como las del autómata, el robot y el hombre-máquina. Esas imágenes alimentaron muchas metáforas e inspiraron abundantes ficciones y realidades a lo largo de los últimos dos siglos. Hoy, en cambio, proliferan otros modos de ser. Alejados de la lógica mecánica e insertos en el nuevo régimen digital, los cuerpos contemporáneos se presentan como sistemas de procesamiento de datos, códigos, perfiles cifrados, bancos de información. Lanzado a las nuevas cadencias de la tecnociencia, el cuerpo humano parece haber perdido su definición clásica y su solidez analógica: en la estera digital se vuelve permeable, proyectable, programable. El sueño renacentista que inflamaba el discurso de Pico della Mirandola estaría alcanzando su ápice, pues recién ahora sería realizable: finalmente, el hombre dispone de las herramientas necesarias para construir vidas, cuerpos y mundos gracias al instrumental de una tecnociencia todopoderosa. ¿O quizá, por el contrario, dicho sueño humanista ha quedado definitivamente obsoleto? La naturaleza humana, a pesar de toda la grandiosidad con que nos deslumbra desde hace cinco siglos, tal vez haya tropezado con sus propios límites. ¿Una barrera inexorable? Sin embargo, esa frontera empieza a revelar una superficie porosa, con ciertas fisuras que permitirían transgredirla y superarla.

Las artes, las ciencias y la filosofía tienen por delante una tarea esquiva: abrir grietas en la seguridad de lo ya pensado y atreverse a imaginar nuevas preguntas. La verdad, al fin y al cabo, no es más que “una especie de error que tiene a su favor el hecho de no poder ser refutada -como apuntó Michel Foucault parafraseando a Nietzsche- porque la lenta coacción de la historia la ha hecho inalterable”.  De las verdades consideradas eternas y universales, o de aquellas otras verdades efímeras constantemente exhaladas por los medios de comunicación, conviene desconfiar: hacer como si nada fuese evidente y ensayar nuevas refutaciones o provocaciones”.

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2 Respuestas a “Homo Digitalis (postorgánico)

  1. Al principio se menciona a Padis y luego a Panis. Luego se escribe: “…su naturaleza vertical desafía las posiciones de autoridad”.
    Creo que se quiere decir “…su naturaleza horizontal”..

    Bueno, sigo leyendo

  2. Gracias. Tienes razón. Como siempre, las prisas, que sólo son buenas para toreros infames y ladrones. En mi desacargo, el original de “Padis”: “Il ne suffit pas en effet de dire que l’internet est un espace sensible au développement des rumeurs parce qu’il est peu contrôlé et que son organisation verticale conteste par nature les positions d’autorité, voire de certification”.

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