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¿Por qué aprender historia?

Publicado por Anaclet Pons en septiembre 14, 2011

Con el curso a las puertas o recién empezado, aparecen en la red reclamos más o menos sofisticados sobre los beneficios de estudiar historia. Lo hace de nuevo, por ejemplo, el blog The Historical Society, en una breve nota que concluye de manera escrupulosa: “La historia nos proporciona un contexto para ayudar a entender mejor nuestro mundo de hoy. También nos enseña lecciones innumerables sobre el comportamiento humano, la naturaleza de la política, el cambio en el tiempo, la forma de escribir y contar un buen  relato, y mucho más. Pero, ¿cómo convencer a los estudiantes de que todo esto importa?” He aquí la cuestión!

Y lo ha hecho de forma algo más extensa y emocionada Simon Jenkins en The Guardian para el público inglés, aunque podría intercambiarse para cualquier otro país. En este caso, dada la fanfarria que se ofrece, ha de ponerse en su contexto, el de la renovación pedagógica y de contenidos que pretenden los conservadores, algo de lo que ya hemos hablado aquí. Veamos, pues, lo que nos dice Jenkins:

“¿Que “bits” de historia inglesa necesitamos saber? ¿La de la revuelta campesina, el imperio de la India y las guerras del opio de Simon Schama, o las reglas de caballería de David Starkey ? ¿O está en lo cierto el profesor de Cambridge Richard Evans al rechazar de plano que se “aprenda de memoria la narrativa patriótica nacional”, en favor del estudio de “otras culturas separadas de nosotros por el tiempo y el espacio”?

La respuesta es que ninguna de ellas como tales. Todas parecen momentos estáticos arrancados del contexto de la historia para adaptarse a una particular visión del mundo. Evans es el más errado de todos. Su uso despectivo de palabras tales como memoria y patriótico implica que los hechos sobre el propio país son de alguna manera irrelevantes, incluso vergonzosos. Toda la historia debe comenzar desde el punto de vista del lector situado en un lugar yuna fecha. De lo contrario, se difumina.

La razón para aprender historia no es escuchar relatos sino seguir temas que podrían ayudarnos a entender el mundo que nos rodea. Sin la historia, la política queda a tientas en la oscuridad. Cuando Margaret Thatcher impuso un impuesto sobre los escoceses en 1989, parecía ciega ante la historia de estos impuestos -por lo desastroso. Cuando los británicos trataron de gobernar el sur de Irak en 2003 y sacar a los talibanes de Afganistán en 2006, también ignoraron la historia.

La historia de la nación en la que vivimos no es un escenario lleno de cuadros aislados: la conquista normanda fue seguida por Enrique VIII, Carlos I, la revolución industrial y, finalmente, saltó hasta Hitler. Cuentos vigorosos sobre la esclavitud, la opresión de género y la derrota de Alemania producen anécdotas que pueden elevar la presión arterial del lector. Pero son historia carente de argumento, de creatividad, esencialmente muda. Es posible que nos dejen enojados, pero no juiciosos. La historia debe ser continua,  de la causa an efecto, alcanzando un crescendo en el día de hoy.

El flujo narrativo sobre Inglaterra debe ser estimulante y fortalecedor. Ningún país tiene un pasado tan memorable, desde el momento en que los anglos germanos y sajones se movieron hacia el oeste tras la retirada de los romanos en el siglo quinto. Los ingleses fueron, de cualquier modo, un pueblo admirable, haciendo valer su poder y difundiendo su cultura en primer lugar en través de las Islas Británicas y luego dando la vuelta al mundo. Mostraron un nivel de confianza, a veces arrogancia, que en el siglo XIX y principios del XX les llevó brevemente a cabalgar el globo, con un rostro imperial que aún no pueden eliminar.

Para mí, dos hilos tejen esta narrativa. El primero son las relacioneses de Inglaterra con sus vecinos. Estomenudo queda sublimado en “la historia británica”  o la de “los pueblos de habla inglesa” o, peor, en  “nuestra historia como isla”, como si los imgleses poseyeran y ocuparan la otra mitad de las islas británicas estando todavía pobladas por descendientes de los celtas. En verdad, los límites oeste y norte de Inglaterra llegó a la línea de la Muralla de Offa, la Muralla de Adriano y el Mar de Irlanda en la Edad Media, y apenas se han movido desde entonces. Sajones, normandos y Tudor pudieronconquistar las islas británicas, pero no pudieron reprimir a su pueblo ni su deseo de una mayor autonomía.

No tengo ninguna duda de que el primer imperio de Inglaterra – por encima del de los celtas – se desvanece en el siglo XXI. En 1920, Irlanda tuvo suficiente y la mayoría se separó, como quizá lo hará el Ulster. En el año 2000, Escocia y Gales comenzaron el mismo proceso. La realidad es que estos lugares tienen historias distintivas, como sabe cualquiera que vive en ellos. Como en toda Europa, las identidades provinciales están adquiriendo fuerza política. Esto no es bueno ni malo, sino inevitable.  Inglaterra no es una excepción. Por consiguiente, he tratado de distinguir a Inglaterra de la homogeneidad política de lo británico.

El otro hilo es el de la distribución del poder dentro de Inglaterra, entre la autoridad central y el consentimiento local. Casi todos los grandes acontecimientos de la historia se refieren a esta lucha: el asesinato de Becket, la Carta Magna, la tiranía de Enrique VIII, la lucha contra la divinidad de los reyes y la campaña por el sufragio universal. En cada caso, el poder central se contrapuso a la iglesia, la aristocracia, el parlamento o el pueblo. Una versión de esa lucha continúa en la actualidad en la discusión sobre el futuro del estado del bienestar.

A través de roda esta historia corre la primacía del dinero. Desde el Libro de Domesday a día de hoy, la obsesión de los gobernantes de Inglaterra fue la guerra, primero contra los franceses y escoceses, luego por un imperio ydespués  como garante de la paz europea y mundial. Para la guerra se necesita dinero, que fue concedido por los contribuyentes sólo a cambio de la reparación de agravios. Incluso Eduardo I, “martillo” de los celtas, se preguntó si los impuestos “pagados a nosotros por la liberalidad y la buena voluntad … pueden convertirse en el futuro en una obligación servil”.  Tenía que haber un compromiso o los reyes no podían luchar. La beligerancia de los gobernantes de Inglaterra fue, irónicamente, el motor de la temprana regla del consentimiento.

En esta historia hubo un héroe primordial: el parlamento. Emergente desde los witans Sajones, el Parlamento ya había tomado en el siglo 14 el carácter bicameral que tiene hoy. Nunca ha perdido su centralidad en la constitución. Dirigió Inglaterra a través de la agonía de la guerra civil. Bajo los Hannover, el parlamento y sus “partes” se hicieron cargo de las riendas del gobierno y pilotó la reforma en 1832. El Parlamento, aunque “corrompido” a veces, nunca perdió el control de la disputa. Fue una creación del genio político.

(…)”

Todo eso y mucho más, no demasiado, a mayor gloria del libro que ha escrito este periodista: A Short History of England (Profile Books).

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Somos estupendos: la historia conservadora

Publicado por Anaclet Pons en marzo 21, 2011

Richard J. Evans, historiador de Cambridge, se decide y nos ofrece, por fin, una acerada crítica de los planes que el gobierno conservador tiene respecto de la historia. Lo hace en la LRB, de la que presentaré de inmediato unos extractos. Antes, recordemos que el asunto ya ha sido expuesto aquí, desde la perspectiva netamente conservadora de Niall Ferguson o desde la más neutral, pero coincidente en el fondo, de Antony Beevor.  Pero vayamos a Evans:

“Una de las subestimadas tragedias de nuestro tiempo ha sido la ruptura de nuestra sociedad con su pasado”, anunció Michael Gove en la Conferencia del Partido Conservador en octubre pasado:

Los niños crecen ignorando una de las historias más inspiradoras que conozco -la historia de nuestro Reino Unido. Nuestra historia tiene momentos de orgullo y de vergüenza, pero a menos que seamos totalmente conscientes de las luchas del pasado no valoraremos las libertades del presente. Nuestra aproximación actual a la historia niega a los niños la oportunidad de escuchar la historia de nuestra isla. Los niños reciben una mezcla de temas en la enseñanza primaria, así como un currículum precipitado que va de Enrique VIII a Hitler en la secundaria, de modo que muchos dan el tema a los 14 años, sin saber cómo los episodios vivos de nuestro pasado conforman una narración conectada. Bien, este destrozo de nuestro pasado tiene que acabar.

Simon Schama es la persona encargada de la tarea de poner las cosas en orden; Schama, el proclamado secretario de Educación, “se ha comprometido a asesorarnos sobre cómo podemos poner la historia británica en el corazón de un revivido plan de estudios nacional (no importa que él enseñe en Nueva York). Haciéndose eco del entusiasmo de Gove por la historia británica, unas semanas más tarde Schama describió en The Guardian la historia de Enrique II y Thomas Becket como “fascinante” y “emocionante”, preguntándose por qué la ejecución de Carlos I y el gobierno de Oliver Cromwell, “el más emocionante, aterrador y épico momento de la historia británica rara vez merece tratamiento en clase”.

La primera tarea del plan de estudios, tal como lo ven Gove y Schama, es fomentar un sentido de identidad nacional británica. “En un momento de tensión, en el que cabe la posibilidad de una división social y cultural”, escribe Schama, necesitamos ciudadanos “que crezcan con un sentido de nuestra memoria compartida como un cuerpo vivo y muy presente de conocimientos”. O, como dice el popular historiador Dominic Sandbrook , tenemos que volver a “las historias que conforman la memoria colectiva de una nación, que encienden la imaginación, que unen a las generaciones” – ‘Alfred and the cakes’ o ‘Drake and the Armada’. El legado del Nuevo Laborismo, afirma Gove, ha sido un programa de historia que favorece los “temas” más que el “contenido existente”;  lo que necesitamos es un retorno a la historia narrativa. “A nuestros niños”, dice Schama, «se les escamotea el patrimonio de su historia, es decir, las tendencias de la historia al completo, porque no puede haber una verdadera historia si renuncia a abarcar todo el arco, ni coherencia sin cronología”.

El plan de estudios actual, dicen sus críticos, se centra demasiado en las habilidades de transmisión y no lo suficiente en enseñar los hechos. Este diagnóstico ha sido hecho por un aurtodesignado grupo  de presión que se hace llamar Better History, formado en 2006 para asesorar al equipo de educación del gobierno conservador en la sombra. El grupo, que está dirigido por Seán Lang, un exmaestro de escuela, parece haber suministrado a Gove muchas de sus ideas – la principal de ellas es que la mayoría de  escolares lo que le piden a la historia es “saber lo que pasó”. Según el Sunday Times, Gove ha dicho que ‘quiere que la enseñanza escolar de la historia ponga más énfasis en el conocimiento de los hechos, incluyendo las vidas de los reyes y reinas”.

Ninguno de estos argumentos ha generado hasta ahora una seria oposición. Ningún historiador profesional contratado por una universidad británica se ha pronunciado ni a favor ni en contra de estas ideas. El Partido laborista se ha mantenido en silencio.

El curriculum nacional vigente en historia, que afecta a los niños hasta los 14 años, tiene como objetivo darles una comprensión de la cronología, un “conocimiento y una comprensión de los acontecimientos, las personas y los cambios en el pasado”, unos principios básicos de interpretación histórica y de   investigación  y unas habilidades elementales de comunicación, todo ello “desarrollado a través de la enseñanza de los contenidos relacionados con la historia local, nacional, europea y mundial”.  Se entiende que estudiar temas variados contribuye al “desarrollo espiritual, a ayudar a los alumnos a apreciar los logros de las sociedades del pasado  y a entender los motivos de las personas que han hecho sacrificios por una determinada causa”. Los niños tienen que aprender sobre la diversidad social, cultural, religiosa y étnica de las sociedades que estudian, lo cual incluye:  a los romanos, los anglosajones y los vikingos, dos períodos posteriores de la historia británica, la antigua Grecia y su influencia, así como una sociedad no-europea a escoger entre el antiguo Egipto, Sumeria, el Imperio Asirio, el valle del Indo, los mayas, los aztecas o Benin.

Parece que hay un montón de contenido empírico en todo esto, y también un montón de reyes y reinas.(…)

(…)

La elección de Schama como asesor principal del gobierno se deriva en gran medida de su exitosa serie para la televisión sobre la historia de Gran Bretaña, transmitida hace 11 años. Presentaba la historia como narrativa, adaptada de manera brillante al medio. Pero lo que hace que algo sea bueno para la televisión no necesariamente sirve como una buena enseñanza. Un retorno a la narrativa en el aula -con el consumo pasivo en lugar de participación crítica y activa- es más probable que sea una receta para el aburrimiento y el malestar. Consciente de la posibilidad de que algunos pudieran objetar su enfoque abrumador sobre la historia británica, Schama ha declarado que la “amplia mirada a nuestro caracter nacional”  “no es una propuesta insular”, porque se trata de estudiar “la manera en que Gran Bretaña se ha comportado en el mundo, más allá de las costas de Albión”, y se pregunta  cuán americanizada o europeizada es la identidad nacional británica. Pero eso no modifica el hecho de que Bretaña sea el centro de la imagen.

Gove, Schama y otros defensores de la nueva narrativa centrada en el Reino Unido son esencialmente partidarios de la interpretación whig de la historia, una teoría desacreditada por los historiadores profesionales hace más de medio siglo bajo la influencia de Herbert Butterfield. La visión que tiene Gove de “nuestra historia de la isla” trata de examinar las luchas del pasado” para ver cómo trajeron “las libertades al presente”. Del mismo modo, Schama quiere que las generaciones más jóvenes pasen ” la memoria de nuestra disputable libertad” a sus descendientes.

La demanda, en realidad, es la de una historia celebratoria: ¿cómo podría servir como cemento de la identidad nacional? Algunas preguntas del examen propuesto por el grupo Better History para el nuevo plan de estudios incluyen: “¿Por qué Nelson y Wellington se convierten en héroes nacionales”, “¿Qué libertades  disfrutaban los ingleses a finales del siglo XVII y no tenían cuando empezó la centuria? “, o “¿Cuán peligrosa era la Armada Española?”  -se supone que el alumno no va a responder desde el punto de vista de los españoles. Schama ha rechazado la afirmación de que tal plan de estudios sera un vehículo para la “autocomplacencia nacional”;  la historia británica, dice, se debe enseñar no como ‘la genealogía acrítica de lo maravillosos que somos”, sino con toda  su “rica y alborotada discordia” para lograr “una comprensión de nuestra identidad”. Pero una “rica y alborotada discordia” también finaliza con ganadores y perdedores, y si tenemos una identidad nacional única, será la de los ganadores.

Lo que está en la raíz de todo esto es una profunda división de opiniones sobre lo que constituye o debería constituir  la identidad nacional. El actual plan de estudios para los niños de cinco a 14 años ofrece una imagen de la identidad británica (Britishness) que al menos otorga un poco de atención a la composición multiétnica de la sociedad británica. Sus críticos desean reemplazar eso con una identidad estrictamente nacionalista basada en los mitos acerca del pasado British, como si hubiera tal cosa antes del Acta de Unión entre Inglaterra y Escocia en 1707  -o, de hecho, como muchos escoceses (o galeses) dirían, después de ella. Tiene mucho más sentido enseñar a los niños británicos sobre el mundo sudasiático o afrocaribeño del que sus familias son originarias -la historia del Imperio mogol, o de Benin o Oyo, por ejemplo- que enseñales sobre “Alfred and the cakes” o “Drake and the Armada”.

(…)

La historia es por su naturaleza una disciplina crítica y escéptica. Los historiadores suelen considerar que una de sus principales tareas es desmitificar,  demoler las ortodoxias y destapar relatos políticamente motivados que propongan reclamaciones espurias de objetividad. Schama aboga por el retorno de los ‘cuentos (storytelling) al aula’ como  ‘condición necesaria’ de debate y análisis. Él confía en que un enfoque narrativo no suponga descartar el análisis, ya que se puede distinguir “entre conflictos justos e injustos” y los estudiantes pueden desarrollar un “conocimiento analítico de la naturaleza del poder”. Pero simplemente decirle a los niños que la historia británica ha estado llena de conflictos no les dice nada acerca de las distorsiones del poder; lo que necesitan aprender es algo de escepticismo acerca de los relatos presentados por los historiadores, incluyendo, por supuesto, el que cuenta Schama sobre la historia británica.

Better History ha propuesto que a los estudiantes se les examine sobre cómo construirían una narrativa. Pero desde que avanzaron esta propuesta no han hecho nada para desarrollarla. Tal vez deberían haber prestado más atención al imperecedero 1066 and All That, de Sellar y Yeatman,  y a sus paródicas propuestas de examen: “Ordene en este orden: (a) Enrique I, (b) Enrique II, (c) Enrique III. No trate de responder más de una vez”.  Hace más de un siglo, Lord Acton aconsejó a sus estudiantes de Cambridge que “estudiaran problemas, no períodos”. Hace algunos años, Eric Hobsbawm, en referencia a dos manuales de historia que presentaban viejas narrativas sin interpretación, destacó que hacían “prácticamente imposible la consideración sistemática” de los problemas históricos. Gove, Schama y sus aliados están confundiendo la historia con la memoria. La historia es una disciplina académica crítica cuyos objetivos son precisamente  interrogar a la memoria y a los mitos que genera. Realmente a los historiadoresno les importa si hay o no pruebas de que Alfred quemó los bizcochos o de si Nelson y Wellington fueron héroes nacionales para todos.  Para quienes están en el poder, esto hace que la historia sea una disciplina no sólo inútil, sino peligrosa.

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Antony Beevor: En defensa de la historia

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 9, 2010

Continúa el debate suscitado inicialmente por Niall Ferguson y su propuesta de revisar el currículum escolar. Esta vez se han pronunciado Simon Schama y Antony Beevor. Por ser posterior, nos quedamos con este segundo. Además, su texto es conciso y acertado, aunque podría haberse ahorrado el ejemplo de la esclavitud:

¿Es la historia algo bueno y a la vez finiquitado? Nuestro sistema escolar parece que así lo cree. A menudo parece que la enseñanza de la historia sea tratada en los  centros educativos como el equivalente aproximado de la enseñanza de lenguas muertas: un lujo innecesario de una época pasada, algo que el mundo moderno ya no necesita. En los debates más recientes sobre el currículum nacional, a la historia se le ha dado la condición de “asunto no esencial”. Esto es un error grave y miope.

Desde un punto de vista puramente práctico, la historia es importante porque proporciona los conocimientos básicos necesarios para que los estudiantes vayan más allá en sociología, política, relaciones internacionales y economía. La historia es también una disciplina ideal para casi todas las carreras de leyes, para su ejercicio público o privado.  Esto se debe a que el ensayo histórico enseña a los estudiantes a investigar y evaluar el material, a ordenar los hechos,  desarrollar argumentos y llegar a conclusiones lógicas. La composición de un ensayo de este tipo adiestra a los jóvenes para escribir informes y preparar una presentación. Estas son el tipo de habilidades que los patrones dicen que les faltan a los graduados.

La historia es también necesaria porque ayuda a explicar los acontecimientos actuales. ¿Cómo la cultura y el capitalismo occidentales llegaron a dominar el mundo? ¿Cómo ascienden y caen las culturas? Necesitamos saberlo -porque, de lo contrario, no vamos a entender las consecuencias del ascenso de China, India y Brasil, el debilitamiento de los Estados Unidos, la decadencia política y económica de Europa. La historia no nos dará las respuestas, pero sin duda ayudará a centrar nuestras preguntas y nuestra comprensión de las fuerzas que actúan en el mundo de hoy.

Por supuesto, a la historia se la manipula fácilmente – pero eso que sea aún más importante para nosotros saber lo que realmente ocurrió. Necesitamos un conocimiento de la historia para detectar los engaños de los líderes cuando hacen falsos paralelismos, como cuando el Presidente Bush comparó el 11.09 con Pearl Harbor, o cuando Tony Blair se refería a Saddam Hussein como otro Hitler. Los medios de comunicación también son responsables de las comparaciones descuidadas que pueden prestarse a confusión. Como votantes y ciudadanos, tenemos que ser capaces de ver a través de estas peligrosas distorsiones.

Los maestros que se ocupan de la materia tienen poco tiempo para dedicarlo a estas preguntas. Año tras año, las horas dedicadas al tema se han sido cercenado. Junto con Albania e Islandia, Gran Bretaña es ahora uno de los pocos países europeos que no exigen el estudio de la historia pasados los 14 años. Peor aún, la asignatura se imparte en módulos orientados a un examen -o, para decirlo de otro modo, en píldoras totalmente desconectadas de los conocimientos especializados.

¿Cómo puede un niño entender los acontecimientos sin una secuencia temporal? Una década les parece mucho tiempo, por lo que un siglo, y no digamos un milenio, va mucho más allá de su imaginación. Es esencial algún tipo de comprensión de los principales acontecimientos de Gran Bretaña y del mundo que proporcionen un contexto y un marco cronológico. Un amigo que enseña historia de la medicina a los graduados en medicina me dijo que ya no podía utilizar términos tales como “Napoleón” o “victoriano”. Sus estudiantes, altamente cualificados, habían oído hablar de Napoleón yde  la reina Victoria, pero la mayoría no tenía idea de en qué siglos habían vivido.

Además, la historia es – o debería ser – interesante. Aunque una vez (no sin motivo) se la describió como “sólo una maldita cosa tras otra”, la cadena de causa y efecto es fascinante, como lo son los detalles. En tanto nos alejamos de esto, muchos profesores que carecen de la formación histórica adecuada se ponen  naturalmente a la defensiva, por temor a que el asunto pueda aburrir a sus alumnos. Sabiendo que su único contacto con la historia es a través de películas o de series de televisión, los profesores se sienten tentados a agravar el proceso, usando incluso programas como Blackadder (La VíborNegra) para enseñar la primera guerra mundial. En una sociedad cada vez más post-letrada donde reina la imagen en movimiento, la ficcionalización dramática de la historia puede convertirse pronto en la forma predominante.

La televisión y el cine han influido mucho en que escuelas y alumnos elijan  “Hitler and the Henries” para sus exámenes, simplemente porque se sienten más cómodos con algo que reconocen. Pero como Simon Schama señala acertadamente en The Guardian, hay muchos otros períodos y acontecimientos que son a la vez muy emocionantes y significativos. Se necesita algo más que un enfoque narrativo (story-telling) para sujetar la imaginación de los jóvenes. Esto no debería ser difícil. Desde Edward Gibbon en el siglo XVIII, los historiadores británicos han adoptado generalmente un impuso narrativo y un amplio alcance, en agudo contraste con el enfoque analítico a menudo predominante en el resto de Europa.

Los críticos pueden decir que la historia británica es demasiado parroquial, lo que hace que los inmigrantes y los de otras culturas se sientan excluidos. Pero si el tema se enseña bien, debe mostrar a todos los jóvenes cómo este país, desde los primeros tiempos, ha absorbido oleadas sucesivas de migraciones. La enseñanza de la historia del imperio británico la vincula con la del mundo: para bien y para mal, el imperio nos ha hecho lo que somos, ha formado nuestra identidad nacional. Un país que no entiende su propia historia es poco probable que respete la de los demás.

Yo nunca diría que los historiadores o los profesores de historia tienen una función moral. Su obligación principal es entender la mentalidad de la época y  transmitir esa comprensión: no es aplicar los valores del siglo XXI en retrospectiva.  Tampoco hemos de simplificar el efecto moral. Hay que transmitir los horrores de la trata de esclavos en el Atlántico, pero el papel de los propios dirigentes africanos en la promoción de la esclavitud también debe ser explicado. Así como el hecho de que la trata de esclavos oriental, sobre todo en la Península arábiga, era mayor y más letal. Ciertamente supuso más víctimas en circunstancias particularmente horribles.

Por supuesto, la historia nunca debe ser usada para inculcar la ciudadanía virtuosa. Sin embargo, ofrece la más rica fuente imaginable de ejemplos y dilemas morales, que a su vez son la esencia de la gran ficción, del gran drama  y de la vida misma. Sin una comprensión de la historia, nos empobrecemos política, cultural  y socialmente. Si sacrificamos la historia a las presiones económicas o a los recortes presupuestarios, vamos a perder una parte de lo que somos.

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Niall Ferguson: la historia en la escuela

Publicado por Anaclet Pons en junio 30, 2010

Interesante debate el que ha suscitado Niall Ferguson con su propuesta de revisar el curriculum de historia en las esuelas británicas. Veamos cómo lo recoge The Guardian.

Niall Ferguson, el historiador británico más estrechamente asociado con la visión conservadora y eurocéntrica de la supremacía occidental, va a trabajar con  los conservadores para revisar la historia en escuelas.

En el Guardian Hay Festival, este profesor de Harvard, cuya historiografía es considerada a menudo como una apología del imperialismo, expuso sus ideas sobre el curriculum de historia de la escuela, indicando que a los niños se les debe enseñar que la “gran historia” de los últimos 500 años “es la del auge de la dominación occidental del mundo”.

Michael Gove,  el Secretario de educación, estaba entre el público y alabó públicamente las ideas  “emocionantes y atractivas de Ferguson” para una campaña “por  la historia real”.  Y añadió: “Mi pregunta es si en Harvard le permitirán pasar más tiempo en Gran Bretaña para ayudarnos a diseñar un programa de historia más emocionante y atractivo”.

Con la sesión convertida en una entrevista de trabajo, Ferguson respondió que había decidido deliberadamente dejar de Harvard y quedarse en Londres el próximo año académico. “Estoy esperando su llamada”, dijo.

Gove declaró a The Guardian que “definitivamente” quería que Ferguson participará en una revisión del plan de estudios, aunque no llegó a respaldar la propuesta de Ferguson de un GCSE (General Certificate of Secondary Education)  obligatorio en la historia. “Ha habido demasiada prescripción en el pasado y no me comprometo”, dijo. Pero, añadió: “Necesitamos entroncar mejor con la historia narrativa – de cómo Hitler y  Enrique VIII se ajustan dentro de la historia.” Y agregó: “Yo soy un gran fan de Ferguson, y tiene toda la razón. Antes de las elecciones, David Cameron decía que la espina vertebral del curriculum ha de ser la historia. Indicó que la historia se enseña a modo de “tapas” (en español en el original) ; Niall acaba de utilizar la palabra smorgasbord

Ferguson dijo que el motivo que le había hecho dirigir su atención a la historia  en las escuelas era la forma en que se les enseñaba a sus hijos. El problema no era, dijo, la calidad del profesorado, sino que: “En este país, la gran mayoría de los alumnos sólo aprenden sobre Enrique VIII, Adolf Hitler y Martin Luther King. Eso es lo que los adolescentes conocen al abandonar la escuela, y en realidad no es suficiente “.  A sus propios hijos, dijo, no les habían enseñado quién fue Martín Lutero. La paradoja, dijo, era que en la cultura general “la historia nunca ha sido más popular” – como lo demuestra el éxito de la historia en la televisión – “pero en las escuelas nunca ha sido tan impopular. Es una materia en declive con la reputación de aburrida “.

Analizando las opciones para la historia en el GCSE y el A-Level, señaló el olvido”de la historia antigua y medieval”.   “No hay gran narrativa que entrelace lo que los alumnos aprenden en un año, mucho menos durante toda  la escuela”. Sus soluciones pasan por hacer obligatoria la historia hasta el GCSE, dos grandes exámenes para que los maestros tengan más libertad y  “seguir una serie cronológica”.

Junto con la cadena Channel 4,  planea producir materiales para su uso en las escuelas: “un programa de cuatro años de estudio de historia en Occidente  y el mundo”. La gran pregunta a la que el curso intentará responder, dijo, es cómo en el año 1500 “los pequeños reinos belicosos de Europa, que parecía tan débiles en comparación con la dinastía Ming o el imperio otomano, llegaron a ser tan poderosos”. Dijo que el programa estaba “obligado a ser eurocéntrico” porque el mundo era eurocéntrico.

Respondiendo a las críticas del público en el sentido de que el proyecto parecía poco interesado por la suerte de los oprimidos, Ferguson arremetió contra “la tendencia militante” del público y dijo: “¿Podemos dejarnos ya de eso del historiador de derechas, de la gilipollez del apologista imperial? “.

Preguntado sobre si estaba de acuerdo, el historiador Simon Schama dijo: “Tenía la esperanza de llegar el primero, en realidad. Puede que el proyecto prospere. Aunque puede suceder que haya más de un dictador ilustrado”. Jerry Brotton, profesor de Estudios del Renacimiento en la Universidad de Londres, dijo que pensaba que el trabajo de Ferguson sobre  el plan de estudios de la historia era “un escándalo” y la historia de la dominación occidental “una tergiversación de la historia”. Brotton añadió: “Es pura ideología. Es típico de él. Es una nueva revisión del imperio – conseguir que vuelva el imperio por la puerta de atrás.”

Véase también la crónica del Telegraph y las opiniones que el propio Fergurson  expuso hace un par de meses en el Financial Times.

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El incomparable Simon Schama: la crisis tiene mala pinta

Publicado por Anaclet Pons en junio 16, 2010

I. Simon Schama, una de las estrellas del firmamento historiográfico, continua regalándonos con sus artículos para el Financial Times, en uno de los cuales dice que estamos al borde de una nueva edad de cólera. Escribe:

“Los historiadores les dirán a menudo hay un desfase entre el inicio del desastre económico y la acumulación de la cólera social. En el primer acto, el impacto de una crisis dispara inicialmente la desorientación;  prisa por encontrar salvadores políticos; respuestas instintivas de autoprotección;  pero no una movilización organizada de la indignación. Ya sea en 1789 o ahora, un nuevo régimen que cabalga sobre la tormenta tiene un momento fugaz para tratar de contener la calamidad. Si se ve que pone todos los músculos en tensión para arreglar las cosas, puede, por un tiempo, generar legitimidad provisional.

El segundo acto es más difícil. Objetivamente, las condiciones económicas podrían estar mejorando, pero las percepciones lo son todo y un respiro da lugar a que un público peligrosamente alienado haga balance de la interrupción brutal de sus expectativas de mejora. ¿Qué pasó con los ingresos, la adquisición de bienes, eso de que la próxima generación vivirá mejor que la anterior? El enorme impacto que tiene la negación de esos supuestos genera una sensación de agravio según la cual  “alguien” debe haber maquinado esa desgracia común. El epíteto que la Revolución Francesa reservó para los financieros a los que se culpaba de la catástrofe fue el de “ricos egoístas”. Puede que nuestros propios plutócratas no sean arrastrados por la turba, pero el hecho de que la catástrofe financiera, con su efecto sobre la economía “real”, haya surgido a través de oscuras transacciones destinadas exclusivamente a generar beneficios a corto plazo agrava la sensación de traición social. En este punto, el control de daños significa poner en la picota a los autores: castigarlos y exigirles un acto de contrición. Por ello, el impacto psicológico de la regulación financiera es casi tan importante como su profilaxis institucional. Quienes van contra ello ponen en riesgo sus propios intereses a largo plazo. Si los gobiernos fracasan en reafirmar la integridad de la administración pública, la gente sospechará que, tanto hablar de nuevos comienzos, los perpetradores y el nuevo régimen están cortados por el mismo rasero. Ambos se arriesgan a ser destruidos por la cólera popular o  ser barridos por los, mucho más peligrosos, tribunos de la indignación.

Al menos, la supervivencia de una crisis requiere asegurar que el dolor fiscal se distribuya equitativamente. En la Francia de 1789, los antiguos nobles se convirtieron en ciudadanos regulares, se terminó su exención del impuesto sobre la tierra,  hicieron pública  la supresión de sus propios privilegios, entregaron sus joyas al erario público, mientras las inmensas fincas del clero fueron subastadas por La Nación. Es demasiado esperar que se queme ahora tanta ostentación, pero en 2010 un administrador pragmático de la economía del país ha de tener cuidado a la hora de confiar excesivamente en los impuestos indirectos regresivos, sobre todo si se recaudan para impresionar a un mercado de bonos a los que gente corriente se siente poco ligada. Al menos, cualquier presupuesto de emergencia necesita tener en cuenta este sentido de victimización popular y ofrecer una historia convincente sobre el reparto de las cargas. De lo contrario, está garantizado que la situación se va a poner aún más  fea, y muy rápidamente.

(…)”

II. Jonathan Jones tiene un blog en The Guardian (OnArt),  una de cuyas recientes entradas estaba dedicada precisamente a la mayor gloria de Schama: The incomparable Simon Schama – star of page, then screen.

Y dice así:

Hace poco consulté una guía de Amsterdam. En su sección de lecturas recomendadas se incluía naturalmente el estudio clásico de Simon Schama sobre la cultura neerlandesa, The Embarrassment of Riches. Pero el autor lo presenta explicando que antes de que Schama apareciera  en la televisión,  era un “buen” historiador. Una guía snob, pensé.

The Embarrassment of Riches se publicó el año en que me gradué en historia. Antes de eso, la historia parecía claraente dividida entre el modelo británico de la historia política empírica (con su contra-cultura del marxismo) y el más imaginativo, pero “muy francés”,  ideal de la escuela de los Annales.

El llibro de Schama era marcadamente englófono -exhibiendo su extraordinaria prosa inglesa-, aunque liberado por una nueva comprensión europea y antropológica de la cultura. Era, y es, una obra hermosa. La escritura histórica no ha sido la misma desde entonces  -aunque toda clase de envidias impidan reconocer honestamente elprogreso intelectual de Simon Schama, lo que no ocurre con  su fama.

The Embarrassment of Riches es todo menos convencional – y sin embargo, va en línea recta en comparación con los senderos serpenteantes que Schama luego tomó. Es, después de todo, lo que dice en la portada: “una interpretación de la cultura neerlandesa en la Edad de Oro”. Su siguiente libro, Citizens, es una narración de la revolución francesa -pero a menudo felizmente serpenteante, viajando a través de los caminos de la cultura y la memoria. Y Landscape and Memory nos revela a Schama como un genio de la digresión: se trata simplemente de un viaje a través de lo que le interesa. Gran parte de lo que le interesa es el arte, es por eso por lo que se ha mantenido en gran medida como una de mis lecturas de cabecera: laparte que dedica a Anselm Kiefer es tremenda.

La habilidad de Schama para tejer argumentos convincentes a través de anécdotas picantes e imágenes sorprendentes ha sido tan imitada que incluso podríamos olvidar su originalidad si no fuera porque, a la postre,  nadie resiste la comparación con sus libros. La mayoría de los libros de historia popular, siguiendo su estela, empiezan con una anécdota importante o con una poderosa descripción gráfica -acto seguido el libro se hunde en decenas de páginas con cosas muy ortodoxas  antes de pasar  diligentemente al siguiente incidente pintoresco. Schama nunca hace eso. No hay momentos seguros en estos libros ni en sus creaciones más recientes -él solo crea un río, una fuente de narración y la interpretación.

La televisión ha sido un elemento relativamente tardío en su obra: todos los libros que he mencionado se presentaron antes de que hiciera su History of Britain para la BBC . Sus documentales también tejen la historia y la imagen de manera seductora. Simon Schama tiene muchos imitadores -pero no hay ninguno igual.

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