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Historizar la globalización

Publicado por apons on Noviembre 30, 2007

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El  número de otoño de la revista History Workshop Journal  incluye una sección que lleva por título Feature Global Times and Spaces: on Historizing the Global. Parece un signo de los tiempos, un momento en el que el denominado proceso de globalización está permitiendo que vuelva a tomar auge la historia a gran escala, como lo demuestran inumerables libros y artículos, así como distintas revistas especializadas. Sin embargo, en esta ocasión el motivo es más concreto.   En el volumen anterior, el correspondiente a la pasada primavera (el 63), uno de los historiadores británicos más reputados, Geoff Eley, publicaba un artículo titulado Historicizing the Global, Politicizing Capital: Giving the Present a Name. El texto provocó ciertas discusiones y la revista aprovechó la ocasión para promover una especie de debate (el que aparece en el número 64) en el que se invitó a participar a  Antoinette Burton, historiador de la   University of Illinois, Urbana-Champaign, a Sanjay Subrahmanyam, de la UCLA  (autor de una biografía de Vasco de Gama, Crítica, 1998), a Iain A. Boal, de   Berkeley y, finalmente, a Maxine Berg, docente  en la University of Warwick y autora especializada en la revolución industrial que, a su vez, dirige el recientemente creado  Global History and Culture Centre en Warwick.    

Para no alargar esta reseña nos centraremos en los dos textos fundamentales. Por un lado, el de Eley y, por otro, el de Berg. 

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La periodización a gran escala que propugna Eley significa, dice, estructurarla alrededor de las historias del desarrollo del capitalismo y de sus distintivas formaciones sociales tal como las encontramos a escala global. Pero, añade, quisiera construir ese marco no alrededor de la comprensión clásica de la industrialización y de la revolución industrial sobre las que reparamos normalmente, ni alrededor del conjunto de debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sino apelando a otros planos del pensamiento contemporáneo. Uno de éstos abarca las cada vez más ricas historiografías de la esclavitud, de las sociedades de la postemancipación y del Atlántico negro, que continúan desafiándonos en la revisión de nuestras notaciones básicas sobre los orígenes del mundo moderno. El otro incide sobre lo que sabemos sobre las distintas condiciones de la acumulación y de la explotación que definen ahora las nuevas divisiones globalizadas del trabajo, particularmente con respecto a la deslocalización y a los mercados de trabajo transnacionales. En ese sentido, deseo precisar algunos contrastes con el modelo anterior de la acumulación, el establecido después de 1945 y que duró hasta cambios de mediados de los años 70.En resumen, observa Eley: de un lado, hay argumentos de peso para ver la servidumbre y la esclavitud como formas sociales de trabajo que fueron fundamentos de la modernidad capitalista forjada durante el siglo XVIII; y por otro, hay igualmente evidencias desde finales del XX de la formación de una nueva y radicalmente degradada versión del contrato de trabajo. Estas nuevas formas de la explotación del trabajo se han ido gestando alrededor del predominio cada vez mayor del salario mínimo, de un trabajo descualificado, desorganizado y desregulado, en un mercado de trabajo semilegal y deslocalizado, en el que los trabajadores son sistemáticamente despojados de la mayoría de las formas de seguridad y de protección organizadas. Esto es lo característico de la circulación del trabajo en las economías globalizadas y posfordistas del mundo capitalista actual, y es ahí donde debemos comenzar la tarea de especificar las peculiaridades del presente. Ya sea desde el punto de vista del futuro del capitalismo o desde el de sus orígenes, la comprensión más clásica del capitalismo y de sus formaciones sociales como algo que gira alrededor de la producción industrial de manufacturas comienza a parecer algo increíblemente parcial y potencialmente distorsionado, una fase que hallamos de forma aplastante en occidente, en formas que presuponen exactamente su ausencia en el resto del mundo y con una duración muy breve en el tiempo histórico.  

 maxberg.jpg Vayamos ahora a Maxine Berg (From Globalization to Global History). Su texto empieza examinando los referentes de Eley. Éste   cita a  Wallerstein, a  Cooper   y a Hobsbawm para abordar    períodos anteriores en los que hubo un orden mundial, observando la carencia de  globalización. A partir de ahí,  intenta actualizar el análisis marxista de  la acumulación   capitalista   con su propia “grand-scale periodization”   acentuando la  esclavitud y la servidumbre como fundamentales para el desarrollo del capitalismo. Las historias del capitalismo, señala, no han incorporado las formas  de trabajo servil  en sus relatos sobre   el augue del trabajo asalariado y  de  la clase obrera. Tampoco han dado la significación  debida a la producción industrial manufacturera  como punto álgido del capitalismo. Intenta reafirmar el lugar de las interacciones globales en la primera industrialización occidental, fundado especialmente en esclavitud del  mundo Atlántico.  Finalmente, encuentra paralelismos contemporáneos en los mercados globalizados de trabajo del   siglo XXI, sujetos a  contratos de trabajo infames   y a otras   formas de coerción. Sin embargo, su análisis se centra sobre Occidente, con notable poca atención a una historia global más amplia.  Eley pretende historizar la globalización, pero lo que realmente necesitamos es una aproximación histórica   mucho más global. La globalización, tanto el proceso como el debate sobre el término,  ha proporcionado gran ímpetu a la historia global entre los historiadores y sus estudiantes, lo cual está también relacionado con una mayor atención a    nuestros orígenes multiculturales. La historia global ha desafiado las viejas historias y estudios nacionales,    estimulando una modificación de la historia imperial, y   más recientemente   de la historia atlántica del mundo, que hasta este momento lo ha sido  sobre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas y caribeñas. La escritura global de la historia tiene un viejo prestigio cuando se habla del  antiguo mundo Greco-Romano, de los  Han en la China o de las tradiciones   árabes, persas e hindúes. En Europa, durante el   siglo XX, es conocido que en los años de entreguerra  se renovó el interés por la China y Japón. Asimismo, los objetos históricos globales volvieron en los años 70 con el sistema-mundo   de Wallerstein. Wallerstein, los historiadores imperiales y los estudios postcoloniales describieron la reproducción de metrópolis y   periferias. El colonialismo y el imperialismo proporcionaron el poder que reforzó la dominación del mundo por parte de Europa y de Norteamérica a partir del   siglo XIX.    Estas historias del mundo, sin embargo, proporcionaron diferentes narrativas  de   dominación y    resistencia. La historia policéntrica   todavía se centra sobre el edificio imperial  y los estados-nación,   que construyen la modernidad como proyecto global europeo. Nuestras historias globales todavía están limitadas en gran parte dentro del marco de la economía y de la política. Son historias comparadas del oeste y del este, por un lado, e historias de la globalización y el internacionalismo, por otra. Las grandes preguntas que nos hacemos, y que persigue la nueva  periodización   de Eley, se centran  en las fuentes del auge occidental,    los orígenes de la gran divergencia  o   la crisis de imperios. Pero, ¿no hay otras preguntas más amplias que podemos plantear sobre conexiones globales  en temas tales como diásporas,   transmisión de la cultura material y conocimiento útil, sobre   historias conectadas de la vida   urbana, de embajadas, misiones comerciales e ideologías religiosas?   

Eley historiza la globalización para ligarla a las demandas  de los E.E.U.U. y su voluntad de afirmar su poder sobre  el mundo reordenando el Oriente Medio y conteniendo a la China. La modernidad capitalista del XIX, con la   industrialización y el imperio,   no cumplió en última instancia sus promesas de   dominación mundial a largo plazo. La resistencia del Próximo Oriente y el resurgimiento económico chino e indio nos invitan a sus propias historias globales. Las historias de las conexiones chinas e indias con el mundo, así como  entre el  Islam y   Europa o entre el  Islam y   África son historias que necesitamos conocer.  Son también   historias que sostienen, y no coinciden simplemente con, la historia de Occidente   y de la modernidad capitalista.    Planteo esto como historiadora, dice Berg,   que ha escrito  durante más de veinte años sobre muchos de los  aspectos de la industrialización de Gran Bretaña y de Europa con poco conocimiento, y ciertamente ningún contrato directo,  con las historias de la India, de la China o de África. Esto   parece increíble, así que  ahora estoy intentando aprender

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The Historical Journal

Publicado por apons on Noviembre 23, 2007

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El tiempo pasa, y nadie va a venir a remediarlo. Por ejemplo, los amigos de The Historical Journal cumplen este año su cincuenta aniversario y lo celebran por todo lo alto (como debe ser). Algunos dirán  que no es que esta publicación sea precisamente la joya de la corona, pero tampoco es nada dedeñable. Por otra parte, y eso sí,  se quita años, porque ese rótulo heredó los restos de otro más antiguo, el de la revista Cambridge Historical Journal, que consiguió perdurar desde 1923 hasta finales de 1957. Ésta había sido impulsada, entre otros, por John Bagnell Bury.  Si les digo que pasaba por ser bizantinista, filólogo e historiador de estirpe irlandesa, quizá les suene poco, pero también fue el autor de un clásico texto sobre la historia de la idea de progreso, cosa que les sonará mucho más, y además ejerció de mentor de muchos otros historiadores, entre ellos el medievalista Steven Runciman. Precisamente Bury abría el primer número de aquel año 1923, cuatro antes de su fallecimiento. En fin, fue  una publicación muy británica, muy de Cambridge, donde asomaron muchos de sus académicos, como Kiernan, Laslett o Pocock, por citar tres nombres de prestigio en mi ramo.

A principios de 1958 la publicación decidió cambiar el rumbo y apostó por una óptica más global, eliminó la referencia al lugar de edición y permitió que sus páginas dieran acogida a académicos de otras latitudes y a investigaciones sobre cualquier parte del mundo,  dentro de un amplio arco cronológico que abarca desde el siglo XV hasta la actualidad. Continúa residiendo en Cambridge, y allí están sus editores, pero ha cambiado el objeto, aunque a veces no lo parezca (sobre todo en su primera andadura).

 Sea como fuera, la publicación nos obsequia con 20 textos (de acceso gratuito) seleccionados de entre los que han cubierto sus páginas durante este medio siglo. Es algo que conviene agradecer y difundir, sobre todo porque algunos mantienen su interés e incluyen apellidos como Skinner, Pocock, Dunn, Joyce o Eley, todos ellos de gran actualidad.

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He aquí la lista completa:

The Nineteenth-Century Revolution in Government: A Reappraisal (1958)
Oliver MacDonagh, Vol. 1, No. 1, pp. 52-67

Burke and the Ancient Constitution: A Problem in the History of Ideas (1960)
J.G.A. Pocock, Vol. 3, No. 2, pp. 125-143

Josiah Wedgwood and Factory Discipline (1961)
Neil McKendrick, Vol. 4, No. 1, pp. 30-55

History and Ideology in the English Revolution (1965)
Quentin Skinner, Vol. 8, No.2, pp. 151-178

The Ideological Context of Hobbes’s Political Thought (1966)
Quentin Skinner, Vol. 9, No. 3, pp. 286-317

Consent in the Political Theory of John Locke (1967)
John Dunn, Vol. 10, No. 2, pp. 153-182

Late Nineteenth-Century Colonial Expansion and the Attack on the Theory of Economic Imperialism: A Case of Mistaken Identity? (1969) 
Eric Stokes, Vol. 12, No. 2, pp. 285-301

Taverns, Coffee Houses and Clubs: Local Politics and Popular Articulacy in the Birmingham Area in the Age of the American Revolution (1971) 
John Money, Vol. 14, No. 1, pp. 15-49

The Expansion of Europe and the Spirit of Capitalism (1974)
Theodore K. Rabb, Vol. 17, No. 4, pp. 675-689

The Factory Politics of Lancashire in the Later Nineteenth Century (1975)
Patrick Joyce, Vol. 18, No. 3, pp. 525-553

Women Under Italian Fascism (1976)
Alexander De Grand, Vol. 19, No. 4, pp. 947-968

Reshaping the Right: Radical Nationalism and the German Navy League, 1898-1908 (1978)
Geoff Eley, Vol. 21, No. 2, pp. 327-354

Gentlemen and Geology: The Emergence of a Scientific Career, 1660-1920 (1978)
Roy Porter, Vol. 21, No. 4, pp. 809-836

Parliament in the Sixteenth Century: Functions and Fortunes (1979)
G.R. Elton, Vol. 22, No. 2, pp. 255-278

Mercantilism Revisited (1980)
D.C. Coleman, Vol. 23, No. 4, pp. 773-791

The Origins of the Petition of Right Reconsidered (1982)
J.A. Guy, Vol. 25, No. 2, pp. 289-312

On Revisionism: An Analysis of Early Stuart Historiography in the 1970s and 1980s (1990)
Glenn Burgess, Vol. 33, No. 3, pp. 609-627

Nations and Nationalism in Modern German History (1990)
John Breuilly, Vol. 33, No. 3, pp. 659-675

Golden Age to Separate Spheres?: A Review of the Categories and Chronology of English Women’s History (1993)
Amanda Vickery, Vol. 36, No. 2, pp. 383-414

‘Frantick Hacket’: Prophecy, Sorcery, Insanity, and the Elizabeth Puritan Movement (1998)
Alexandra Walsham, Vol. 41, No. 1, pp. 27-66

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Eagleton y Amis: tirarse los trastos a la cabeza

Publicado por apons on Octubre 14, 2007

Así serían las cosas: Terry Eagleton habría puesto a caer de un burro a Martin Amis. La cosa sería ya de por sí impactante, pero es que a ello se añade que ahora comparten terrenito en la Manchester Universit. Amis ha sido nombrado recientemente profesor de escritura creativa, mientras que Eagleton lo es de teoría cultural. Un choque de trenes, vamos.

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Todo habría empezado con la nueva introducción redactada por Eagleton con motivo de la reedición de Ideology: An Introduction (traducida por Paidós en 1997). Resulta, y así se ha publicado, que aquello no sería un prefacio al uso, sino la madre de todas las bombas académicas, un ataque ad hominen a su nuevo colega, quien habría rebajado su valioso apellido escribiendo sandeces propias de un matón del “British National Party”.  Buena parte de la diatriba es indirecta, a través de la figura paterna, Kingsley Amis, que habría sido  ”a racist, anti-Semitic boor, a drink-sodden, self-hating reviler of women, gays and liberals”. Por si fuera poco,  “Amis fils has clearly learnt more from him than how to turn a shapely phrase”.

 El revuelo ha sido de aupa, por lo que Eagleton ha escrito un artículo (Rebuking obnoxious views is not just a personality kink) diciendo que no es un ataque personal, sino una disputa teórica: “I took Martin Amis to task for advocating the hounding of Muslims, but this has been reduced to an academic spat”.  Todo procedería, pues, de lo que Amis dijo en un texto de 2006 (The Age of Horrorism), donde Eagleton entiende que lo que proponía era hostigar a la comunidad musulmana británica. Alli decía el literato, entre otras cosas, que “the Muslim community will have to suffer until it gets its house in order. What sort of suffering? Not letting them travel. Deportation - further down the road. Curtailing of freedoms. Strip-searching people who look like they’re from the Middle East or from Pakistan … Discriminatory stuff, until it hurts the whole community and they start getting tough with their children…”. En fin, recomendaba medidas punitivas, fueran inocentes o culpables.  Ahí se cruza la citada introducción, señala Eagleton:

“In fact, I wrote so in a new introduction to my book Ideology: An Introduction, little suspecting that a volume that investigates Lukacs and Adorno would be seized upon by the Daily Express. The press last week resounded with the Amis-Eagleton row. But why? Because there were vital political issues at stake here? Not in the least. What caught the media’s eye was the fact that Amis and I are members of the same school of arts at Manchester University. It was the prospect of a senior common room punch-up (not that we have anything as posh as a senior common room at Manchester) that set even the broadsheet press slavering. The question of whether or not to insult a whole sector of the population was instantly reduced to a departmental spat (not that we have anything as dangerously autonomous as departments at Manchester)”.

Y concluye : “Is there a media conspiracy against me? You bet there is. The Sunday Times asked the Manchester University press office for a mugshot of me for its profile, and we graciously obliged. The paper then used the photo to draw a portrait that made me look a lot balder than I am. If that isn’t cause for litigation, I don’t know what is”.

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 Pero la polémica no se cerró en ese punto. Martin Amis ha tenido que lidiar y discutir con otros colegas, hasta que parece haberse hartado. El pasado viernes, el propio Amis remitió una carta a  The Guardian exponiendo su visión de los hechos, sobre todo en lo referente a los musulmanes. Llegados a este punto, el mismo periódico publicaba este sábado  un artículo titulado: “Enough, says Amis, in Eagleton feud“. Allí podrán ver un resumen cronológico de la contienda, con las frases más destacadas.  

Bien. Ya que estamos en lo que estamos, una recomendación: Duncan Thompson, Pessimism of the Intellect: A History of the New Left Review, Merlin Press, 2007.

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Británicos versus galos

Publicado por apons on Mayo 1, 2007

La Guerra de los Cien años aún colea

Ha sido  Andy Martin, profesor de francés en la Cambridge University, quien ha sacado  a relucir en The Independent  la frase que pronunció Harold Wilson en cierta ocasión. “En mis tratos con el General De Gaulle –decía el Premier– no siempre resultan productivas las frases sobre Trafalgar o Waterloo, y él es muy discreto en cuanto a la Batalla de Hastings”. Desde luego, no se puede decir que las viejas naciones europeas, y éstas en particular, carezcan de trastos históricos  que tirarse a la cabeza.  

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Viene esto a cuento por uno de los libros más comentados de la temporada anglosajona: That Sweet Enemy: the French and the British from the Sun King to the Present, que debemos a la selecta pluma  de los  Tombs,  Robert e Isabelle.  Se ha dicho del volumen que está repleto de épica y que es muy instructivo, sobre todo si uno está interesado en repasar esos varios siglos de peligrosa vecindad  que llevan a sus espaldas franceses y británicos. Sin  duda, ambas partes han tenido más de un disgusto a lo largo de esa trayectoria y, en ciertos momentos, cada uno de los contendientes habría deseado borrar del mapa a su singular oponente, cosa que se ha resuelto finalmente en una relación interactiva en la que cada uno se define por referencia al otro, como siempre. El citado Andy Martin señalaba a ese respecto que los suyos llaman “ranas” a los galos, no sólo porque éstos se  las coman, sino porque los súbditos de su Majestad jamás lo harían. En cambio, París ha sido siempre un sueño exótico y erótico, una especie de oxímoron, el lugar alejado  más cercano   (nearest faraway place).  Y, claro está, resulta que Robert Tombs es un gentleman y que Isabelle es una mademoiselle,   ejemplo donde los haya de que es posible la coexistencia pacífica. De hecho, Robert estudió en Cambridge y se doctoró con un trabajo sobre historia moderna francesa, mientras que  Isabelle estudió en la Sorbona, donde también fue a parar Robert,  y se doctoró con una investigación sobre la historia moderna británica en el  Trinity College, de Cambridge. Es decir, tal para cual. En la actualidad,   Isabelle enseña su lengua materna en el  Foreign and Commonwealth Office y   Robert imparte historia en la Cambridge University.  

Así pues, That Sweet Enemy es   una obra muy particular, con los papeles bien definidos, un trabajo bilateral.  Isabelle   tiende a acentuar la agresión británica, la francofobia y la histeria anticatólica, mientras que  Robert  se centra en  la agresión francesa, la anglofobia y en Napoleón, ese demonio francés (y no quiero comparar ese reparto del trabajo con otros ejemplos hispanos, que bien podría extraer con gracejo recurriendo al universo musical). Sea como fuere,  ambos convienen en que todos los problemas  provienen siempre del otro   lado del canal, con lo que la discusión en casa de los Tombs está asegurada y no hay peligro de que decaiga en ningún momento. Argumentos sobran y rivalidades históricas también, todas ellas señaladas en el libro que nos ocupa. Por supuesto, predomina la mirada británica, al menos su forma de hacer historia, muy empírica, muy política, nada de teoría francesa (vade retro). Es decir, se mantiene la senda de Edmund Burke, cuando denunció a Francia por cultivar la  “abstracción metafísica”. Así que los intelectuales franceses se solventan con un breve plumazo y algunos simplemente se omiten, como Sartre.  Como ha señalado Andy Martin, si Napoleón dijo en cierta ocasión que una revolución era una idea que ha encontrado bayonetas, este libro es generoso en   bayonetas  y escaso en ideas.           

Pero, por lo que fuere, ha sido un volumen con fortuna y tanto los periódicos como las revistas no han dejado de reparar en su contenido. Lo ha hecho, además de lo mencionado, The Guardian hasta en   dos ocasiones, de la mano de Stuart Jeffries y de Adam Thorpe, tambien Allan Massie en Literaty Review y, cruzando el Atlántico,  Maya Jasonoff y W.A. Hay para los dos periódicos de la capital (el Post y  el Times). Pero la palma se la lleva, sin duda alguna, la magnífica escritura de Julian Barnes para NYRB con el título de The Odd Couple. No es que sea nada del otro mundo, pero Barnes es Barnes.

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Ralph Samuel: Auge y caída del comunismo británico.

Publicado por apons on Febrero 8, 2007

 Ralph Samuel

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The Communist Party, in my recollection of it (I left the Party in 1956), was singularly free of what are known, in more conventional political formations, as ‘rows’. Succession struggles of a kind endemic in social-democratic parties were unknown, and indeed for the first ten years of its existence the Party had nothing resembling a Party leader. Political differences, so far from being envenomed by personal rivalries—the normal condition of the Labour Party—were suppressed for the sake of comradeship. If there were political divisions on the Executive Committee, the members did not know about them, nor would it have been conceivable for confidential reports to be leaked to the capitalist press—something which passes without comment today. Party proceedings, by comparison with those in the Labour Party, were exceedingly decorous. Leaders were not in the habit of claiming that they had been stabbed in the back (a melodrama latterly as common on the left of the Labour Party as it used to be on the right), they did not stage premeditated tantrums at the rostrum or walk off conference platforms in a huff, nor were delegates accustomed to yelling abuse from the floor. ‘Pride’, Deutscher remarks in his political biography of Stalin, ‘is not a Bolshevik virtue’”.  

Cerremos el año ya fenecido. Vayamos en esta circunstancia a las Islas Británicas. Una de las efemérides más señaladas entre determinados círculos fue el décimo aniversario de la muerte de Raphael Samuel, que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1986. Así pues, unos días antes de cumplirse una década del óbito apareció el homenaje: The Lost World of British Communism 

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Se trata de un conjunto de textos recopilados para la ocasión en los que, desde la óptica de los ochenta, Samuel repasa lo que fue ese partido en los cuarenta (recordemos que lo abandonó en 1956 junto a muchos de sus colegas por las razones archiconocidas).  Hay así multitud de anécdotas sobre cómo estaba organizado ese partido, sobre las estrategias que dispensaba el comité ejecutivo a sus bases, sobre la Internacional Comunista y sobre el control que ejercía Stalin. Todo muy rígido, como se ve en una de las comunicaciones que remite uno de los mandamases: “… Mrs Kingston, although she has passed party training, and is therefore a full member of the party, does not accept the materialist conception of history, and she believes that communism is founded on idealism and not on materialism … She is trying to form a group of people who think the same”. Al parecer, la señora Kingston era un caso perdido.  

De todos modos, parece ser que la parte más interesante del volumen es la dedicada a analizar los pesares de la izquierda en tiempos de la célebre Margaret Thatcher. En aquella época había dos bandos bien definidos: los miembros de la vieja guardia y los jóvenes de Marxism Today. Samuel simpatizaba con los primeros, por el respeto y el cariño que les tenía. En cambio, veía en los otros los peores defectos, tales como la intolerancia y la rigidez intelectual: “For the first time in its history the party is staging something approaching a full-scale purge. It is an odd way to celebrate the advent of pluralism“.  

Cabe añadir que, a diferencia de muchos otros, Samuel nunca renegó ni pidió perdón por lo que fue durante aquellos años cuarenta y cincuenta, cuando se empeñaba en hacer de sus alumnos buenos comunistas. En los ochenta le divertía pensar en lo que había hecho en aquellas décadas, pero sin avergonzarse. De él nos ha quedado su trabajo, el de uno de los mejores historiadores británicos del siglo XX. Como muestra su Theatres of Memory: Past and Present in Contemporary Culture que, a no tardar, vertirá al castellano Publicaciones de la Universidad de Valencia (PUV). Cojan número.      

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Natalie Zemon Davis y sus críticos

Publicado por apons on Febrero 4, 2007

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 Recién iniciado el año, el cuatro de enero, se publicó en el Reino Unido el último de los libros de esa espléndida historiadora que es Natalie Zemon Davis: Trickster Travels: In Search of Leo Africanus, A Sixteenth-Century Muslim Between Worlds. Ya me he referido al volumen en otra ocasión, recomendándolo. Lo hice porque está pronta a aparecer una versión castellana que corre a cargo de las Publicaciones de la Universidad de Valencia (PUV). Además, para los impacientes también aconsejé un repaso a  esa estupenda entrevista titulada Pasión por la historia que ha editado ese mismo sello, donde mi admirada Davis se refiere con extensión a ese volumen y a su protagonista: León el Africano.

Pero no adelantemos acontecimientos. De momento, nos quedamos con la recepción en aquellas islas. Quiza la primera en hacerse eco de la novedad fuera Rachel Aspden, a la que tengo por   deputy arts and books editor de The New Statesman  aunque en esta ocasión publicó su recensión en The Observer con el título de “John the Lion, thrown to the Christians …”. Eso fue a finales de diciembre, incluso antes de la fecha oficial de salida, quizá utilizando el texto norteamericano. Sea como fuere, la conclusión era inequívoca, pues Aspden se declaraba fascinada: “The facts that swim out of this postmodern soup are fascinating”. Posmoderna, ésta es la clave: “Natalie Zemon Davis, an American cultural historian best-known for her account of a notorious 16th-century case of identity theft, The Return of Martin Guerre (1983). Martin Guerre’s popular success is no guide to Davis’s sympathies, which are firmly with postmodern academic speculations rather than rip-roaring narrative history. Her introduction places al-Wazzan not amid pirates and prelates but amid historiographers and post-colonial professors (whom, she disconcertingly observes, ‘inserted the non-European world into the consciousnesss of the Renaissance in a new way’). To Davis, her captured diplomat is a textual, rather than an actual, traveller”. Así pues, señala Aspden, no extrañará que Len el Africano y su Descripción de África sean analizados por su significado cultural, como tampoco debería extrañar (pues no es la primera vez; recuédese su Mujeres en los mñargenes) que el libro concluya con un encuentro imaginario entre aquél y Rabelais en Roma: “The awkwardly sentimental scene points up the flaw in Trickster Travels - by turning her back on narrative, Davis becomes lost in her textual maze more thoroughly than al-Wazzan ever was in Rome” .

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Bien. Rachel Aspden está fascinada, pero el final no le convence del todo, pues la historiadora norteamericana parece perderse en ese laberinto textual que ha creado como colofón del volumen. Y en ese punto entra James Buchan, cuya recensión en The Guardian del 13 de enero se titulaba “Search for a legend”. Este escritor y periodista empieza marcando distancias, señalando la condición de emérita de Natalie Davis y comentando que el volumen ha sido bien recibido en los USA. Sin embargo, no acaba de convencerle que esa importante figuraque es León el Africano no haya sido más que una excusa, un material circunstancial para hablar del siglo XVI: “sets up Leo as a peg on which to hang all manner of circumstantial material about the 16th-century Mediterranean, a great cluster of might-have-dones and might-have-mets”. Puede, pues, que a otros guste, pero “for this reader, the book is a source of deep misgiving, at best a monument to misapplied learning”. En fin, ya lo ven, palabras mayores. Y ofrece razones, no se crean que es una simple boutade. La primera y fundamental es el método, nada oculto, sino bien explícito en la obra analizada. Dice Davis: “My strategy is to start with the persons, places and texts that good evidence affirms or suggests he knew, and build from additional sources about them what he would have been likely to see or hear or read or do. Throughout I have had to make use of the conditional - ‘would have’, ‘may have’, ‘was likely to have’ - and the speculative ‘perhaps’, ‘maybe’“. De lo dicho, que con matices podrían suscribir autores como Carlo Ginzburg o Robert Darnton, deduce el amigo Buchan que aquí hay gato encerrado, que los posmodernos siempre están con la estrategia para arriba y para abajo y que, no nos engañemos,  “this is not history but a sort of romance laden with footnotes, a novel dragging an academic ball and Caín”. Ya pueden ustedes imaginar el resto y no hará falta decir cómo recibe el dichoso capítulo final: “That is the great fault of postmodernist historiography: it cannot distinguish past from present or future”.

Ese mismo 13 de enero, sábado para más señas (el día de las reseñas), aparecía la de The Times, toda una institución en el periodismo escrito. En esta ocasión la bola le salió a Michael Binyon, toda una institución en la casa, con una larguísima y fiel trayectoria desde los años setenta, quien rotuló su crítica del siguiente modo: “Islam’s Renaissance man”. La verdad sea dicha, casi todo el análisis es un resumen atractivo de las andanzas del protagonista, nuestro reiterado León, pero sin escatimar elogios: “Trickster Travels is nevertheless a masterpiece of scholarship”. Bien, hay un sin embargo, pero no tiene importancia y se lo ahorro. En suma, aunque la autora exige mucho a sus lectores y quizá se pase jugando con las probabilidades y con el uso de la imaginación,  the result is a gripping, if arcane, portrait of a bird of passage between two worlds that tempered our civilisation”.  

Estamos, pues, en empate y para deshacerlo nos ponemos en manos de Sam Alexandroni, el último en sumarse a las críticas con su “Miraculous conversion”, texto aparecido en The New Statesman el pasado 15 de enero. Este curtido periodista también ofrece un breve sumario de la obra, con el propósito de hacernos entender por qué “Natalie Zemon Davis, a cultural historian famed for her interest in the obscure”, ha elegido este objeto de investigación y cómo “makes this fascinating material tough-going”. Además, como reportero que ha cubierto algunos de los conflictos de Oriente Medio y como interesado en la cuestión islámica, Alexandroni se siente atraido por otras cuestiones: “but Trickster Travels rewards the persistent reader with rich detail on, for example, the use of taqiyya, the dispensation under which Muslims could practise the precautionary dissimulation of faith and religious practices under circumstances of coercion”. These rules allowed captured Muslims to eat pork, drink wine and renounce their faith without fear of being accused of apostasy, providing they remained inwardly faithful”. Ciertamente eso ayuda a entender la conducta de León el Africano, pero puede tener otras implicaciones. Y he aquí la conclusión:Trickster Travels introduces al-Wazzan as a shadowy figure poorly defined by history, and so he remains”. 

Hagan ustedes las cuentas. No sé muy bien si suman más los pros o los contras. Si me piden una opinión, lo tengo clato: voto por Natalie Zemon Davis, a la que situo entre lo mejorcito de la profesión, sin duda alguna.

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Hanna Arendt

Publicado por apons on Enero 10, 2007

No sé si el título es el apropiado, pues no acierto a pensar qué podría añadir a lo ya escriro y hablado en los últimos meses. Así que me limitaré a mencionarles las novedades de la London Review of Books.

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No resumiré los contenidos, pues ustedes mismos pueden ojearlos con un simple click: 

 Contents
Articles online from Vol. 29, No, 1
Cover date 4 january 2007 

Uno de esos artículos lleva por título Dragon-Slayers y está escrito por Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el Graduate Center of the City University of New York. Además, es autor de  Fear: The History of a Political Idea (galardonado con el Best First Book in Political Theory Award de la American Political Science Association). El texto puede resultar polémico, pues sostiene que “if Arendt matters today, it is because of her writings on imperialism, Zionism and careerism”, sin olvidar  su concepto de banalización del mal y su crítica de toda lógica pragmática que desatienda el sentido y las consecuencias de la acción humana.

En cualquier caso, Corey Robin repasa tres volúmenes recientes sobre la pensadora alemana:

“Last year marked the centenary of Hannah Arendt’s birth. From Slovenia to Waco, conferences, readings and exhibitions were convened in her honour. This month, Schocken Books is issuing a new collection of her writings, its fifth publication of her work in four years. Penguin has reissued On Revolution, Eichmann in Jerusalem and Between Past and Future. And Yale has inaugurated a new series, ‘Why X Matters’, with Elisabeth Young-Bruehl’s Why Arendt Matters”

Cabe destacar, pues, sobre todo  Why Arendt Matters (Yale, 2006), de  Elisabeth Young-Bruehl.  Recordemos que ésta fue alumna de doctorado de Arendt en los años 70 y que escribió su biografía en 1982, recién reeditada entre nosotros. En esta ocasión, revisa sus obras más importantes y analiza las ideas fundamentales.  Young-Bruehl considera que su análisis del totalitarismo nazi y estalinista  aún tiene cosas que enseñar  en nuestra época, así como su comprensión revolucionariua de la acción política, que podemos conectar con la idea de perdón y con las promesas futuras. Asimismo, reflexiona sobre  The Life of the Mind (La vida del espíritu), su meditación inacabada sobre cómo pensar acerca del pensamiento. En fin, una presentación para lectores del siglo XXI. 

Como quiera que este último año se han editado entre nosotros diversas obras sobre esta autora, les recomiendo que no pierdan la ocasión y que lean, pero sobre todo que la lean.

De momento, vean cómo termina Corey Robin su análisis:

“Many people believe that great crimes come from terrible ideas: Marxism, racism and Islamic fundamentalism gave us the Gulag, Auschwitz and 9/11. It was the singular achievement of Eichmann in Jerusalem, however, to remind us that the worst atrocities often arise from the simplest of vices. And few vices, in Arendt’s mind, were more vicious than careerism. ‘The East is a career,’ Disraeli wrote. And so was the Holocaust, according to Arendt. ‘What for Eichmann was a job, with its daily routine, its ups and downs, was for the Jews quite literally the end of the world.’ Genocide, she insisted, is work. If it is to be done, people must be hired and paid; if it is to be done well, they must be supervised and promoted.

Eichmann was a careerist of the first order. He had ‘no motives at all’, Arendt insisted, ‘except for an extraordinary diligence in looking out for his personal advancement’. He joined the Nazis because he saw in them an opportunity to ‘start from scratch and still make a career’, and ‘what he fervently believed in up to the end was success.’ Late in the war, as Nazi leaders brooded in Berlin over their impending fate and that of Germany, Eichmann was fretting over superiors’ refusing to invite him to lunch. Years later, he had no memory of the Wannsee Conference, but clearly remembered bowling with senior officials in Slovakia.

This aspect of Arendt’s treatment of Eichmann is often overlooked in favour of her account of the bureaucrat, the thoughtless follower of rules who could cite the letter of Kant’s categorical imperative without apprehending its spirit. The bureaucrat is a passive instrument, the careerist an architect of his own advance. The first loses himself in paper, the second hoists himself up a ladder. The first was how Eichmann saw himself; the second is how Arendt insisted he be seen.

Most modern theorists, from Montesquieu to the American Framers to Hayek, have considered ambition and careerism to be checks against, rather than conduits of, oppression and tyranny. Arendt’s account of totalitarianism, too, makes it difficult to see how a careerist could survive or prosper among Nazis and Stalinists. Totalitarianism, she argued, appeals to people who no longer care about their lives, much less their careers, and destroys individuals who do. It preys on the dissolution of class structures and established hierarchies – or dissolves those that remain – and replaces them with a shapeless mass movement and a bureaucracy that resembles an onion more than a pyramid.

The main reason for the contemporary evasion of Arendt’s critique of careerism, however, is that addressing it would force a confrontation with the dominant ethos of our time. In an era when capitalism is assumed to be not only efficient but also a source of freedom, the careerist seems like the agent of an easy-going tolerance and pluralism. Unlike the ideologue, whose great sin is to think too much and want too much from politics, the careerist is a genial caretaker of himself. He prefers the marketplace to the corridors of state power. He is realistic and pragmatic, not utopian or fanatic. That careerism may be as lethal as idealism, that ambition is an adjunct of barbarism, that some of the worst crimes are the result of ordinary vices rather than extraordinary ideas: these are the implications of Eichmann in Jerusalem that neo-cons and neoliberals alike find too troubling to acknowledge”.

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