Antony Beevor: En defensa de la historia

Continúa el debate suscitado inicialmente por Niall Ferguson y su propuesta de revisar el currículum escolar. Esta vez se han pronunciado Simon Schama y Antony Beevor. Por ser posterior, nos quedamos con este segundo. Además, su texto es conciso y acertado, aunque podría haberse ahorrado el ejemplo de la esclavitud:

¿Es la historia algo bueno y a la vez finiquitado? Nuestro sistema escolar parece que así lo cree. A menudo parece que la enseñanza de la historia sea tratada en los  centros educativos como el equivalente aproximado de la enseñanza de lenguas muertas: un lujo innecesario de una época pasada, algo que el mundo moderno ya no necesita. En los debates más recientes sobre el currículum nacional, a la historia se le ha dado la condición de “asunto no esencial”. Esto es un error grave y miope.

Desde un punto de vista puramente práctico, la historia es importante porque proporciona los conocimientos básicos necesarios para que los estudiantes vayan más allá en sociología, política, relaciones internacionales y economía. La historia es también una disciplina ideal para casi todas las carreras de leyes, para su ejercicio público o privado.  Esto se debe a que el ensayo histórico enseña a los estudiantes a investigar y evaluar el material, a ordenar los hechos,  desarrollar argumentos y llegar a conclusiones lógicas. La composición de un ensayo de este tipo adiestra a los jóvenes para escribir informes y preparar una presentación. Estas son el tipo de habilidades que los patrones dicen que les faltan a los graduados.

La historia es también necesaria porque ayuda a explicar los acontecimientos actuales. ¿Cómo la cultura y el capitalismo occidentales llegaron a dominar el mundo? ¿Cómo ascienden y caen las culturas? Necesitamos saberlo -porque, de lo contrario, no vamos a entender las consecuencias del ascenso de China, India y Brasil, el debilitamiento de los Estados Unidos, la decadencia política y económica de Europa. La historia no nos dará las respuestas, pero sin duda ayudará a centrar nuestras preguntas y nuestra comprensión de las fuerzas que actúan en el mundo de hoy.

Por supuesto, a la historia se la manipula fácilmente – pero eso que sea aún más importante para nosotros saber lo que realmente ocurrió. Necesitamos un conocimiento de la historia para detectar los engaños de los líderes cuando hacen falsos paralelismos, como cuando el Presidente Bush comparó el 11.09 con Pearl Harbor, o cuando Tony Blair se refería a Saddam Hussein como otro Hitler. Los medios de comunicación también son responsables de las comparaciones descuidadas que pueden prestarse a confusión. Como votantes y ciudadanos, tenemos que ser capaces de ver a través de estas peligrosas distorsiones.

Los maestros que se ocupan de la materia tienen poco tiempo para dedicarlo a estas preguntas. Año tras año, las horas dedicadas al tema se han sido cercenado. Junto con Albania e Islandia, Gran Bretaña es ahora uno de los pocos países europeos que no exigen el estudio de la historia pasados los 14 años. Peor aún, la asignatura se imparte en módulos orientados a un examen -o, para decirlo de otro modo, en píldoras totalmente desconectadas de los conocimientos especializados.

¿Cómo puede un niño entender los acontecimientos sin una secuencia temporal? Una década les parece mucho tiempo, por lo que un siglo, y no digamos un milenio, va mucho más allá de su imaginación. Es esencial algún tipo de comprensión de los principales acontecimientos de Gran Bretaña y del mundo que proporcionen un contexto y un marco cronológico. Un amigo que enseña historia de la medicina a los graduados en medicina me dijo que ya no podía utilizar términos tales como “Napoleón” o “victoriano”. Sus estudiantes, altamente cualificados, habían oído hablar de Napoleón yde  la reina Victoria, pero la mayoría no tenía idea de en qué siglos habían vivido.

Además, la historia es – o debería ser – interesante. Aunque una vez (no sin motivo) se la describió como “sólo una maldita cosa tras otra”, la cadena de causa y efecto es fascinante, como lo son los detalles. En tanto nos alejamos de esto, muchos profesores que carecen de la formación histórica adecuada se ponen  naturalmente a la defensiva, por temor a que el asunto pueda aburrir a sus alumnos. Sabiendo que su único contacto con la historia es a través de películas o de series de televisión, los profesores se sienten tentados a agravar el proceso, usando incluso programas como Blackadder (La VíborNegra) para enseñar la primera guerra mundial. En una sociedad cada vez más post-letrada donde reina la imagen en movimiento, la ficcionalización dramática de la historia puede convertirse pronto en la forma predominante.

La televisión y el cine han influido mucho en que escuelas y alumnos elijan  “Hitler and the Henries” para sus exámenes, simplemente porque se sienten más cómodos con algo que reconocen. Pero como Simon Schama señala acertadamente en The Guardian, hay muchos otros períodos y acontecimientos que son a la vez muy emocionantes y significativos. Se necesita algo más que un enfoque narrativo (story-telling) para sujetar la imaginación de los jóvenes. Esto no debería ser difícil. Desde Edward Gibbon en el siglo XVIII, los historiadores británicos han adoptado generalmente un impuso narrativo y un amplio alcance, en agudo contraste con el enfoque analítico a menudo predominante en el resto de Europa.

Los críticos pueden decir que la historia británica es demasiado parroquial, lo que hace que los inmigrantes y los de otras culturas se sientan excluidos. Pero si el tema se enseña bien, debe mostrar a todos los jóvenes cómo este país, desde los primeros tiempos, ha absorbido oleadas sucesivas de migraciones. La enseñanza de la historia del imperio británico la vincula con la del mundo: para bien y para mal, el imperio nos ha hecho lo que somos, ha formado nuestra identidad nacional. Un país que no entiende su propia historia es poco probable que respete la de los demás.

Yo nunca diría que los historiadores o los profesores de historia tienen una función moral. Su obligación principal es entender la mentalidad de la época y  transmitir esa comprensión: no es aplicar los valores del siglo XXI en retrospectiva.  Tampoco hemos de simplificar el efecto moral. Hay que transmitir los horrores de la trata de esclavos en el Atlántico, pero el papel de los propios dirigentes africanos en la promoción de la esclavitud también debe ser explicado. Así como el hecho de que la trata de esclavos oriental, sobre todo en la Península arábiga, era mayor y más letal. Ciertamente supuso más víctimas en circunstancias particularmente horribles.

Por supuesto, la historia nunca debe ser usada para inculcar la ciudadanía virtuosa. Sin embargo, ofrece la más rica fuente imaginable de ejemplos y dilemas morales, que a su vez son la esencia de la gran ficción, del gran drama  y de la vida misma. Sin una comprensión de la historia, nos empobrecemos política, cultural  y socialmente. Si sacrificamos la historia a las presiones económicas o a los recortes presupuestarios, vamos a perder una parte de lo que somos.

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