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El Archivo de Babel: cómo encontrar los documentos

Publicado por Anaclet Pons en mayo 30, 2012

En The Chronicle, Jennifer Howard nos informa de un nuevo proyecto, la construcción de un “hub” en línea para los materiales de archivo. Esto dice:

En la muerte, como en la vida, la gente no siempre deja sus papeles en orden. Cartas, manuscritos y otras piezas testimoniales terminan dispersos entre diferentes archivos, haciendo que los investigadores vayan a la búsqueda de esos papeles  intentando conseguir lo que necesitan para su trabajo.

“Puede ser muy frustrante, especialmente cuando uno se traslada  a un archivo y luego descubre que el documento que realmente quería debe estar en otra parte (o, Dios no lo quiera, pudriéndose en un vertedero)”, dice Robert Townsend, director adjunto de la American Historical Association en una entrevista por correo electrónico. Perseguir registros históricos diseminados es tan común que “si un historiador no ha sufrido ese problema es que no ha trabajado duro”, señaló.

Internet ha hecho más fácil la caza, a medida que más archivos oftrecen  ayudas para la búsqueda en sus colecciones en línea. “Los investigadores han conseguido al menos poder buscar en internet estos materiales”, dice Daniel V. Pitti,  director asociado del Institute for Advanced Technology in the Humanities (IATH), de la Universidad de Virginia. Pero lo que él llama “cazar y recoletar” persiste para los buscadores de documentos, que ” a priori, tienen que tener alguna idea, alguna corazonada de a dónde ir, porque los sistemas de acceso son distintos y no están integrados de ninguna manera. “

Ahora imaginemos un centro de información para esos registros, un nodo (hub) en línea que los investigadores puedan consultar para encontrar los materiales de archivo.

Esta visión impulsa un proyecto de Pitti llamado Social Networks and Archival Context Project (SNAC). Es una colaboración entre investigadores y desarrolladores en el IATH, la School of Information de la Universidad de California en Berkeley y la California Digital Library. El proyecto acaba de terminar su etapa piloto con la ayuda de una beca de la National Endowment for the Humanities. Otra subvención, de la Fundación Andrew W. Mellon, apoyará el proyecto durante otros dos años mientras se  añade varios millones de registros y comienzan las pruebas beta con los investigadores.

Algunas personas ya han visto el prototipo , que está en marcha pero aún no se promociona ampliamente. El sitio permite a los visitantes buscar por nombres de personas entidades corporativas o familias para encontrar “”archival context records”  sobre ellos.

“Así que si estoy interesado en una persona en particular”, indica Pitti,  “puedo encontrar dónde están todos los registros que se requerirían para entenderla”. Por ejemplo, una búsqueda para Robert Oppenheimer se convierte en un enlace a una colección de trabajos del físico en la Biblioteca del Congreso, además de enlaces a otras colecciones en las que se le menciona, una línea de tiempo biográfica y una lista de las ocupaciones y temas relacionados con su vida y su obra.

Un investigador puede explorar el entorno social y cultural de una persona con el gráfico radial, una función que ofrece el SNAC . Se crea una red, que pueden ser manipulada, de las conexiones de un sujeto tal como revelan los documentos de archivo. El gráfico radial de la red de Oppenheimer, por ejemplo, incluye a George Kennan, Linus Pauling, Bertrand Russell y Albert Schweitzer, entre muchos otros nombres representados como nodos en el gráfico.

[Este sería el resultado para el historiador Daniel J. Boorstin]

Todavía no ha sido completamente desarrollado, pero esa característica proporciona uno de los objetivos principales del proyecto: visualizar las redes sociales dentro de las cuales fueron creados los documentos de archivo. “Lo que estamos tratando de hacer es armar el rompecabezas, la trama de la vida de alguien, las personas que le influyeron y las personas en las que influyó”, afirma Pitti. “Se podría ciertamente reconstruir eso mismo en un contexto analógico,  pero tendrían que pasar años y años de trabajo. Lo que estamos demostrando es que podemos salir y reunir toda esa información y presentarla, lo que ahorraría trabajo a los académicos”. Conectar datos de archivo puede revelar patrones de asociación ocultos en colecciones diferentes.

Para que funcione bien, el SNAC requiere buenos datos. Su primera fase se basó en miles de instrumentos de descripción (finding aids) -codificados con un estándar conocido como Encoded Archival Description o EAD- de la Biblioteca del Congreso, el  Northwest Digital Archives, el Online Archive of California y el Virginia Heritage. Un nuevo estándar para la codificación de información de archivo, conocido como EAC-CPF, por Encoded Archival Context-Corporate Bodies, Persons, and Families, se aplicó después a los registros, haciéndolos más fáciles de encontrar y conectar.

Los archivos son idiosincrásicos, y no siempre es fácil saber si un nombre se refiere a un individuo en particular o a diferentes personas con nombres idénticos o similares. Uno de los principales colaboradores de Pitti es Ray R. Larson, profesor en la School of Information de la Universidad de California en Berkeley. Se dedica a lo que   Pitti llama “matching and merging”, algo necesario para aventar los nombres duplicados, buscar variantes del mismo nombre, y así sucesivamente. Para hacerlo, Larson ha probado varios métodos, incluyendo el aprendizaje de la máquina, en la que se programa una computadora para reconocer, por ejemplo, las variaciones comunes en el deletreo.

El trabajo será aún mucho más duro, porque el SNAC va a ser mucho más grande. Como parte de la segunda fase del proyecto, apoyado por la beca Mellon, 13 consorcios archivísticos estatales y regionales y más de 35 universidades  y repositorios nacionales de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia contribuirán con sus registros. La British Library “me está dando 300.000 nombres relacionados con sus colecciones de manuscritos”, que se remontan a antes de la era cristiana, dice Pitti.

El proyecto también asumirá algo así como dos millones de registros bibliográficos normalizados, en el ampliamente utilizado formato MARC, de la OCLC (Online Computer Library Center), una colaboración en línea en la que las bibliotecas intercambian servicios bibliotecarios computarizados y de investigación. OCLC cuenta con su propia función centralizada de búsqueda de archivos, llamada ArchiveGrid, que Pitti describe como un complemento del SNAC. A diferencia del SNAC, sin embargo, “ArchiveGrid no resalta los datos biográficos e históricos, ni tampoco revela las redes sociales que interrelacionan los recursos de archivo”, dice.

Los investigadores quieren ser capaces de hacer esas conexiones, según Rachael Hu, directora de diseño (user-experience design manager) en la California Digital Library.  Hu es parte del equipo de construcción del prototipo del SNAC, basado en parte en el trabajo bibliotecario realizado en el Online Archive of California. “Una de las cosas que había oído de los usuarios era la necesidad de buscar y encontrar las colecciones relacionadas”, dice  Hu.

Están tratando de hacer eso con el SNAC. Una cosa que el nuevo estándar EAC-CPF  “hace muy bien es proporcionar conexiones a esa gran cantidad de material que hay ahí fuera”, dice ella. Si el SNAC puede demostrar a gran escala que el método funciona bien, la norma podría ser adoptada ampliamente por los archivos.

Un SNAC exitoso también podría convertirse en un pilar básico para una cooperativa nacional dedicada a velar por la autoridad de los documentos de archivo. A finales de mayo, Pitti y sus colaboradores se reunirán en los National Archives and Records Administration en Washington para hablar sobre eso. Se unirán a un grupo de bibliotecarios, académicos, patrocinadores y  representantes de organismos nacionales con competencias en documentos de archivo, incluyendo la Biblioteca del Congreso, la  Smithsonian Institution, el Institute of Museum and Library Services, la National Endowment for the Humanities, la National Science Foundation y el National Park Service. La reunión tratará de lograr un consenso sobre la idea de establecr una cooperativa para una “national archival authorities infrastructure”.

Incluso es posible imaginar que el resultado de este trabajo, dependiendo de la forma que tenga, podría un día ensamblarse con el proyecto de la Digital Public Library of America. Podría ser “algo natural”, dice Larson, de la Universidad de California-Berkeley. En estos días, las bibliotecas y los archivos “están viendo la ventaja de agrupar y compartir información en vez de hacer sus propias pequeñas cosas”.

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Cómo citar un Tweet

Publicado por Anaclet Pons en abril 25, 2012

Sí, puede que a algunos les parezca increíble, pero los Tweets también puden ser susceptibles de aparecer en una lista de referencias.  Para abordar este asunto, la MLA (Modern language Association) nos propone un modelo estandarizado:

Se empieza con el nombre real del autor y, entre paréntesis, el de usuario, si ambos difieren. Si solo conocemos este último, lo ofreceremos. Luego pondremos el texto completo del tweet entre comillas, sin modificar las mayúsculas. Concluimos con la fecha, la hora y el medio:

Athar, Sohaib (ReallyVirtual). “Helicopter hovering above Abbottabad at 1AM (is a rare event).” 1 May 2011, 3:58 p.m. Tweet.

Se entiende, además, que la fecha y hora de un mensaje en Twitter refleja los usos horarios del lector. Los lectores de diferentes zonas horarias lo ven en distintos momentos y, posiblemente, la fecha en el tweet sea la misma. La fecha y hora que regían para el autor del tweet al transmitirlo normalmente no se conocen. Por tanto, la fecha y la hora que se muestran en Twitter son solo aproximadas en relación al tweet. Sin embargo, permiten a un investigador comparar con precisión el tiempo de los tweets cuando están todos ellos en una sola zona horaria.

En el texto de un documento, se cita un tweet en su totalidad:  Sohaib Athar señaló que la presencia de un helicóptero a esa hora era “un caso raro”;  o   la presencia de un helicóptero a esa hora era “un caso raro” (Athar).

Dicho lo cual, esa advertencia de la MLA no siempre puede ser seguida al pie de la letra. Ello se debe a que la fecha y la hora, tan importantes para un historiador, no pueden ser siempre determinados con exactitud en estos casos. Tales condicionantes suponen un problema para nuestra disciplina y generan un buen número de dudas, de las que resultan a menudo la decisión de no utilizar estas fuentes digitales. Existe un breve artículo que puede servir de guía a este respecto.

Por otra parte, la procedencia de un texto digital es algo que cada vez inquieta más en términos generales. Un reciente artículo trata la cuestión:  sus autores indican que esta falta de procedencia es particularmente evidente cuando la gente y los sistemas tratan con información de la web o con cualquier entorno donde la información proviene de fuentes de diversa calidad. Es decir, la procedencia no es algo que por lo general podamos determinar en los sistemas de información. Existen importantes obstáculos técnicos, sociales y económicos que se interponen en el uso efectivo de la procedencia. Por tanto, su texto sintetiza los requisitos para fijar la procedencia en la web para una serie de dimensiones, centrándose en tres aspectos clave: el contenido, la gestión de los registros y los usos de la información. Para ilustrar estos requisitos, se utilizan tres escenarios sintéticos que abarcan los problemas a los que se enfrentan los usuarios con el asunto de la procedencia.

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Lo que la Wikipedia entiende por “verdad”

Publicado por Anaclet Pons en marzo 28, 2012

Este es el relato que publicó en The Chronicle Timothy Messer-Kruse, profesor en la School of Cultural and Critical Studies de la Bowling Green State University. Expresa a la perfección lo que es y cómo funciona la Wikipedia, para bien y para mal:

Durante los últimos 10 años me he sumergido en los detalles de uno de los eventos más famosos de la historia del movimiento obrero norteamericano, el motín de Haymarket y el juicio de 1886. Por el camino he escrito dos libros y un par de artículos sobre el episodio. En algunos círculos se me concede cierto dominio sobre el tema. No obstante, eso no ocurre en la Wikipedia.

La bomba lanzada durante una manifestación anarquista en Chicago provocó el primer Temor Rojo en América, un juicio de altos vuelos y un movimiento en todo el mundo en favor de otorgar clemencia a los siete hombres condenados. Hoy en día las tumbas de los mártires son un monumento histórico nacional, en el lugar del atentado hay una escultura pública y el evento se relata en la mayoría de los libros de historia de América. Su entrada en la Wikipedia es elaborada y detallada.

Un par de años atrás, en un día de poco trabajo, decidí experimentar con la edición de una afirmación engañosa cincelada en el artículo de la Wikipedia. La descripción del juicio decía: “La fiscalía, encabezada por Julius Grinnell, no aportó pruebas que conectaran a ninguno de los acusados con el atentado ….”

Casualmente, es la afirmación que en un principio me enganchó al tema. En 2001 yo estaba enseñando un curso de historia del trabajo, y nuestro manual contenía casi el mismo texto que aparecía en la Wikipedia. Uno de mis estudiantes levantó la mano: “Si el juicio se prolongó durante seis semanas y no se presentaron pruebas, ¿de qué hablaron todos esos días?” He estado trabajando para responder a su pregunta desde entonces.

No he resuelto todos los misterios que rodean el atentado, pero he buscado lo suficiente como para estar seguro de que la afirmación de que en el juicio no se presentaron pruebas está totalmente equivocada. Ciento dieciocho testigos fueron llamados a declarar, muchos de ellos no acusados de co-conspiradores, que detallaron las reuniones secretas donde se elaboraron los planes para atacar las comisarías de policía, los mensajes codificados que fueron publicados en los periódicos radicales y las bombas que se montaron en una de las habitaciones de los acusados.

En lo que fue uno de los primeros usos de la química forense en un tribunal estadounidense, los químicos más importantes de la ciudad pusieron de manifiesto que el perfil metalúrgico de una bomba hallado en una de las casas de los anarquistas era distinto de cualquier metal comercial, pero similar en composición a un pedazo de la metralla extraído del cuerpo de un oficial de policía asesinado. Tan abrumadora era la evidencia en contra de uno de los acusados que sus abogados incluso admitieron que su cliente pasó la tarde previa a la manifestación de Haymarket montando bombas, con el argumento de que estaba actuando en defensa propia.

Así que quité la línea sobre lo de “ninguna prueba” y ofrecí una explicación completa en el registro de edición de la Wikipedia, en la trastienda.  A los pocos minutos mis cambios se revirtieron. La explicación: “para cambiar esas líneas del artículo usted debe proporcionar fuentes fiables que sustenten sus afirmaciones”.

Eso fue curioso, ya que había citado los documentos que demostraban mi punto de vista, incluyendo el testimonio literal de la prueba publicado en internet por la Biblioteca del Congreso. También uno de mis propios artículos publicado en una revista arbitrada. Una de las personas que había asumido el papel de guardián de este trozo de historia en la Wikipedia citó su política de “peso excesivo“, que establece que “los puntos de vista minoritarios no tienen por qué tener el mismo espacio que los más extendidos. Debemos evitar que se dé la misma atención a un punto de vista minoritario que a otro mayoritario”. Luego me regañó. “Usted no debe borrar la información apoyada por la mayoría de las fuentes para reemplazarla con un punto de vista minoritario”.

La política de “peso excesivo” plantea un problema. Los investigadores han estado publicando las mismas ideas sobre el caso de Haymarket durante más de un siglo. La última bibliografía publicadas de títulos sobre el tema tiene 1.530 entradas.

“Explíqueme, entonces, cómo una fuente minoritaria con los hechos de su parte podría emerger en contra de una errónea pero mayoritaria”, le pregunté al Wiki-portero. Me respondió: “Usted es más que bienvenido para discutir aquí sobre las fuentes fiables, para eso es la página de discusión. Sin embargo, es posible que desee echar un vistazo rápido a la política de civismo de Wikipedia”.

Traté de modificar la página de nuevo. En 10 segundos se me informó de que mis citas de ocumentos primarios no eran suficientes, ya que Wikipedia exige a sus colaboradores que se basen en fuentes secundarias, o, como mi crítico me informó, en “libros publicados”. Otro editor alegremente me instruyó sobre lo que esto significa: “Wikipedia no es  la “verdad “, Wikipedia es “verificabilidad” de fuentes fidedignas. Por tanto, si la mayoría de las fuentes secundarias que se toman como fiables repeten una idea o descripción errónea de algo, la Wikipedia se hará eco de eso”.

Tentado de imponerme simplemente por tenacidad, edité la página de nuevo. Mi triunfo fue aún más efímero.  En cuestión de segundos la página se cambió de nuevo. La razón: “revertir el posible vandalismo”. Temoroso de estar condenado a lucir siempre la letra escarlata de vándalo de la Wikipedia, cedí no sin advertir con cierto consuelo de que, a raíz de mi protesta, los editores hicieron un ligero gesto de reconciliación -añadieron la palabra “creíble”,  de modo que ahora decía: “La fiscalía, encabezada por Julius Grinnell, no ofreció pruebas creíbles que conectaran a los acusados con el atentado ….”. A pesar de que todavía era incorrecto, decidí no intentar corregir la entrada de nuevo hasta que pudiera salvar la obstáculos que mis interlocutores anónimos habían puesto ante mí.

Así que esperé dos años, hasta que fue publicado mi libro sobre el juicio. “Ahora, por fin, tengo un buen pilar de la Wikipedia sobre el que sostenerme”, pensé cuando abrí la página y encontré al menos una docena de afirmaciones que eran errores de hecho, incluyendo algunas que contradecían las propias fuentes allí citadas. Dudé si escribir, extrañamente consciente de que los autodenominados protectores de la página me leerían por encima del hombro, con ganas de revertir mis ediciones y vigilando mi  Wiki-decoro. Hice una edición leve, tanteando el terreno.

Mi mejora duró cinco minutos antes de un Wiki-policía me regañara: “Espero que usted esté familiarizado con algunas de las políticas de la Wikipedia, como la verificabilidad y el peso excesivo. Si todos los historiadores salvo uno dicen que el cielo era de color verde en el año 1888, nuestras políticas requieren que escribamos “La mayoría de los historiadores dicen que el cielo era verde, pero uno dice que el cielo era azul. … Como editores individuales, no nos dedicamos a las reclamaciones sobre lo que pesa más o menos, sólo informamos sobre qué  fuentes fiables escribir”.

Supongo que esto me da un atisbo de esperanza de que algún día, quizás antes de que pase un siglo, bastantes de mis colegas académicos adoptarán mis puntos de vista y podré cambiar esa entrada de la Wikipedia. Hasta entonces tendré que seguir gritando que el cielo era azul.

*****

Nota: Dada la vitalidad de la Wikipedia, lo que expone Timothy Messer-Kruse ya no es exacto. Él mismo aparece citado en varias ocasiones como fuente “fiable” en el texto que ahora podemos leer. Por otra parte, la controversia que ha generado tiene su propio apartado. En fin, eso es la Wikipedia.

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Los mejores blogs de 2011 (Cliopatria Awards)

Publicado por Anaclet Pons en enero 11, 2012

Como el pasado año, el Congreso Anual de la AHA ha servido para comunicar los premios que otorga el portal de historia Cliopatria. Estos son:

Mejor blog individual: The Chirurgeon’s Apprentice (un blog que Lindsey Fitzharris, historiadora oxoniana de la medicina, dedica a los horrores de la cirugía anterior a la anestesia)

Mejor blog de grupo: Wonders and Marvels (blog que inicialmente tenía una orientación parecida bajo el impulso de la profesora Holly Tucker, pero que ha crecido y se ha multiplicado con las aportaciones de otros estudiantes y profesores, entre los que está también la mencionada Fitzharris).

Mejor nuevo blog: Demography and the Imperial Public Sphere Before Victoria (de la británica M. H. Beals)

Mejor entrada: “If There’s a Man Among Ye: The Tale of Pirate Queens Anne Bonny and Mary Read“,  de la escritora Karen Abbott, que la publicó en Past Imperfect, un blog del Smithsonian, el 9 de agosto de 2011.

Mejor serie de entradas:  las del historiador Erik Loomis en el blog Lawyers, Guns & Money, en particular las dedicadas al mundo de la clase trabajadora.

Mejor escritor: el politólogo Corey Robin (el autor, por ejemplo, de El miedo: historia de una idea politica. FCE, 2009)

Mejor Twitter Feed: @KatrinaGulliver, de la historiadora inglesa del mismo nombre.

Mejor episodio de Podcast: para el historiador Marshall Poe, por su episodio de New Books In History del 14 de enero de 2011, referido al libro de Nell Irvin Painter The History of White People (W.W. Norton & Company, 2010).

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La escritura histórica digital: teoría y práctica

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 19, 2011

El profesor Jack Dougherty, en coedición con Kristen Nawrotzki, nos presentan su experimento de escritura digital: Writing History in the Digital Age. Dejémosles hablar, como es costumbre en este blog, traduciendo los primeros párrafos de la introducción:

Nuestro libro comenzó como una conversación entre los historiadores en torno a uno de nuestros principales procesos de trabajo: el acto de escribir. ¿La revolución digital ha transformado la manera de escribir sobre el pasado – o no? ¿Las nuevas tecnologías han cambiado nuestro esencial trabajo artesanal como académicos, y la forma en que pensamos, enseñamos, creamos y publicamos? ¿La era digital tiene implicaciones más amplias para los procesos de escritura individual, o para la profesión de historiador en general? Tratamos de responder a estas preguntas en Writing History in the Digital Age, un volumen editado bajo contrato con la University of Michigan Press para la Digital Humanities Series de su digitalculturebooks.  En esta colección de ensayos, los historiadores discuten, debaten y demuestran cómo nuestra escritura está reformulada por una serie de herramientas y técnicas: crowdsourcing, bases de datos relacionales, codificación de texto, análisis espacial,  medios audiovisuales, simulaciones, juegos y colaboración en línea. Incluso la práctica convencional sobre cómo difundir esta colección de ensayos se está alterando.

En lugar de crear un libro convencional, el asunto nos llevó a experimentar con un enfoque diferente para la publicación académica. En primer lugar, nuestro volumen es de origen digital, lo que significa que hemos integrado la tecnología web más profundamente en los procesos fundamentales de escritura, revisión y publicación de nuestro trabajo. ¿Qué mejor manera de reflexionar sobre las herramientas digitales que utilizarlas para escribir un libro? La industria de la computación, que cuenta con un lenguaje más colorido,  llama a esto “Eating your own dog food“.  La sección “cómo funciona” detalla la plataforma de código abierto WordPress que aloja todos nuestros ensayos y comentarios. En el espíritu de la web abierta, hacemos más transparente lo que por lo común queda entre bambalinas. En “cómo evolucionó este libro“, los lectores pueden rastrear nuestras ideas a partir del proyecto piloto de 2010, el posterior contacto con la editorial y las respuestas a los revisores, así como los primeros intercambios entre los autores en la fase de ensayo de la idea.

En segundo lugar, hemos creado un libro abierto a la revisión (open-review)  para alentar los comentarios de tres expertos invitados (designados por la editorial), así como de todo tipo de lectores durante un período de seis semanas, desde el 6 de octubre al 14 de noviembre de 2011. Como explica el tutorial de “cómo hacer comentarios“, cualquiera puede responder al texto en tres niveles: comentarios generales sobre el libro como un todo, a la página de un ensayo individual o a un párrafo específico. Todos deben identificarse con su nombre completo, no se permite comentarios anónimos. El objetivo es animar a todos los lectores -tanto los expertos invitados como el público en general, académicos veteranos y estudiantes novatos- a participar abiertamente en el proceso de revisión por pares y hacer que sean más visibles nuestros juicios personales acerca de lo que una “buena escritura” significa para la profesión histórica.  Para cerciorarnos del resultado, la editorial puede confiar principalmente en los comentarios publicados por los expertos que ha designado a la hora de tomar su decisión final de publicación. Sin embargo, la “sabiduría de la multitud” puede influir, o incluso superar, sobre los expertos. Por otra parte, para destapar el trabajo que hay tras la revisión por pares, se invitará a un máximo de tres de los comentaristas en línea más cuidadosamente involucrados a que envien ensayos reflexivos para la conclusión del volumen editado. La concesión del honor de escribir las “últimas palabras” de esta manera, en lugar recurrir de forma automática a “nombres famosos” en el campo, se debe a una sugerencia de dos defensores de la open-review en las humanidades Kathleen Fitzpatrick y Kathleen Rowe.  Nuestro objetivo es premiar el compromiso intelectual independientemente de su condición, ya sean estudiantes de postgrado, investigadores independientes  o voces de fuera del campo, y recompensar el comentario reflexivo que hace posible las comunidades de edición académica.

Por último, nuestro volumen digital es de libre acceso, compartido libremente con los lectores de la web pública. No hay cuota de suscripción, ni contraseña ni se requiere un dispositivo patentado (e-reader)  para ver o comentar nuestras investigaciones. Basado en software de código abierto, nuestro libro-web puede ser leído con la versión actual de todos los principales navegadores, ya sea en un ordenador de sobremesa o en un portátil (y en algunos dispositivos de tableta y teléfono, aunque con capacidad limitada para enviar comentarios). Como se describe en nuestra “Política Editorial y de Propiedad Intelectual“,   todos los contribuyentes aceptan distribuir el contenido de sus ensayos bajo la licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial (BY-NC), que permite a los autores conservar los derechos de autor de la obra al tiempo que la comparten libremente con otros, siempre y cuando la fuente original sea citada. Además, como se indica en nuestro contrato, si la editorial aprueba el texto final, también se publicará bajo una licencia Creative Commons, y anticipamos que estará disponible en dos formatos: edición impresa (en venta) y versión en línea (gratis).

Incrustarse en esta web-kibro es un argumento más amplio para repensar cómo los académicos publicamos nuestro trabajo, en especial en la historia yen  otros campos de las humanidades que han sido relativamente lentos en abrazar el cambio en la era digital. En comparación con otros estudiosos, los historiadores tienden a investigar y escribir de forma aislada unos de otros. Por lo general escribimos voluminosas monografías que nos cuestan varios años, en gran parte sin que otros nos vean, hasta llegar finalmente a la audiencia. Por esta razón, hemos decidido explorar cómo las herramientas digitales nos puede ayudar a producir un tipo de publicación más colaborativa: un volumen editado. Como género, el volumen editado puede representar las peores cualidades de los estudios de humanidades: capítulos fragmentados, desarticulados, que tienen poca vinculación intelectual unos con otros. Los revisores se refieren amablemente a los volúmenes mal implementados como de “calidad desigual”  o, menos cortésmente, como “puestos de trabajo de primera necesidad”. Parte del problema se remonta a las viejas prácticas. Tradicionalmente, se difunde un “call for papers”, contribuyentes individuales presentan capítulos terminados y los editores del volumen hacen recortes, sugieren revisiones  y se esfuerzan para empaquetar el conjunto. Sin embargo, bajo este modelo, los autores suelen tener poco acceso a las ideas del otro o a los borradores cuando se están elaborando o revisando, y por tanto no pueden compartir comentarios y construir conexiones con el volumen en su conjunto.

Por contra, Writing History in the Digital Age propone una mejor manera de crear un volumen editado. Trasladar la fase “convocatoria de ensayos” en línea, como hicimos a  principios del verano de 2011, permitió a los contribuyentes potenciales  ofrecerse  y responder a las ideas de los otros, creando más oportunidades para la coherencia intelectual antes de la redacción de sus ensayos completos. En la actualidad, nuestra fase de  “revisión abierta” incita a la participación de expertos invitados y lectores en general en la web pública, con el potencial de mejorar nuestra edición más allá de las prácticas convencionales. Pensemos en esto como en un “trabajo líquido”, similar a las demandas de “democracia líquida” – el encadenamiento de las ideas y recomendaciones- que crecen en determinados partidos políticos europeos. Por último, si nuestro manuscrito completo es aceptado, la asociación con una editora académica establecida para publicar el volumen en formato doble (a la venta en papel y digital de forma gratuita) podría aumentar enormemente su audiencia más allá de la exclusiva y típica tapa dura de alto precio. Las herramientas digitales no hacen el trabajo solas. Un volumen de éxito reúne autores  perspicaces y perspectivas divergentes, así como lectores reflexivos que recomiendan recortes, reformulaciones y revisiones cuando es necesario. Nuestra propuesta es simplemente que la tecnología web, sabiamente aplicada, nos puede ayudar a crear y distribuir un volumen editado de manera más coherente con nuestros más amplios valores académicos.

Los historiadores como escritores

Los historiadores valoran la buena escritura. Todos los estudiosos construimos nuevas formas de conocimiento, pero tendemos a reservar para nuestra profesión un alto estándar cuando escribimos acerca de nuestros descubrimientos. Preferimos una prosa clara y convincente frente a los cuadros estadísticos o el lenguaje abstracto. Estamos a favor de voluminosos libros monográficos frente las tradiciones de publicación de las ciencias sociales, basadas en el artículo . Y, sobre todo, apreciamos la importancia de la narrativa, la capacidad de envolver la mirada significativa sobre el pasado en una buena historia.

A pesar del papel central que la escritura  juega dentro de nuestra profesión, su práctica sigue estando en términos generales  fuera de la mirada pública. En general, los historiadores hacemos nuestro trabajo -los actos de investigación, redacción y publicación- solos, en lugar de hacerlo en colaboración con los demás. A pesar de que apreciamos los libros de gran alcance que tienen un lugar especial en nuestros estantes y en nuestras mentes, los historiadores rara vez revelamos los procesos subyacentes que condujeron a estos productos acabados. La escritura es nuestro oficio compartido, el pegamento que une a nuestra profesión, pero tendemos a la privacidad. “No difunda ni cite sin permiso del autor” es una advertencia demasiado familiar que aparece en los borradores de los estudios presentados en nuestros congresos.  Ante este estado de secreto, ¿cómo podemos esperar que los historiadores en formación aprendan nuestro oficio? ¿Cómo podemos esperar que desarrollen sus habilidades como escritores, en especial para tesis y libros, sin compartir abiertamente ni comparar nuestros procesos de escritura? ¿Cómo podemos mejorar la calidad general de la escritura en la profesión sin pedirnos a nosotros mismos reiventar nuestras propias ruedas? En conjunto, las ideas presentadas aquí tratan de romper esta norma de silencio dentro de nuestra profesión, descorrer las cortinas  y hacer más público nuestro proceso de trabajo individual.

El hecho de que este volumen sobre la escritura haya sido digitalmente concebido, desarrollado y publicado no tiene nada de casual. Vemos en este volumen y en los ensayos en él contenidos como una intervención en el paisaje complejo y cambiante de los estudios digitales y de la edición académica. Por un lado, en la última década, los autodenominados humanistas digitales  han delineado y demostrado las numerosas y amplias formas en que la tecnología puede hacer que se acelere y mejore la calidad de la investigación y la escritura en las humanidades.  Esfuerzos disciplinarios en el campo de la historia digital han sido liderados por instituciones como el Roy Rosenzweig Center for History and New Media (CHNM) de la George Mason University, alentados por la American Historical Association y realizados por individuos y grupos de académicos y de fuera de la academia.  Como Dan Cohen y Roy Rosenzweig explicaron en su fundamental guía de 2005, la tecnología digital permite a los historiadores “hacer más, llegar a más personas, almacenar más datos, dar a los lectores las fuentes más variadas; podemos conseguir más materiales históricos para las aulas, dar a los estudiantes un mayor acceso a documentos antes restringidos, escuchar más puntos de vista”.  Además, los medios digitales amplian y cambian fundamentalmente la manera en que leemos y entendemos la información haciéndola manipulable e interactiva, permitiéndosenos acceder a ella en forma no lineal.

Por otro lado, ya pesar de estos supuestos beneficios, los expertos en  humanidades -y los historiadores en particular- han sido especialmente lentos a la hora de adoptar la tecnología digital para la investigación, la redacción y difusión de su trabajo. Los resultados de las recientes encuestas indican que la gran mayoría de profesores de historia no se comprometen con las herramientas digitales ni para el análisis ni para la difusión digital de sus borradores o trabajos con¡ncluidos. Estos mismos estudiosos utilizan el correo electrónico, el procesador de textos, los motores de búsqueda en línea y los archivos digitales en el curso de la producción de sus estudios, pero que no hacen uso de las muchas tecnologías diseñadas para ayudar en el análisis de datos y la composición de textos. Aproximadamente el veinte por ciento de los historiadores afirman que han publicado en línea, pero más de la mitad pueden haber sido versiones digitalizadas de artículos publicados en revistas impresas. Eso indica que sólo un diez por ciento de los historiadores han compartido su saber en forma digital en la web abierta, ya sea en blogs personales o institucionales o sitios web específicos, documentales digitales, juegos o aplicaciones, ensayos en revistas exclusivamente digitales o en la Wikipedia. ¿Por qué tan pocos? Las pistas están tanto en las circunstancias que dan forma a los procesos y productos de la escritura de los historiadores como en los motivos por los que los historiadores publican.

Para los historiadores -como para todos los autores- la escritura es un proceso individual y muy personal, así como algo material y culturalmente situado.  Hay algo comprensible – incluso loable – en que los estudiosos quieran conservar lo que saben, aprecian y hacen bien. Hasta hace muy poco, las personas que querían publicar piezas cortas para ser leídas por un público amplio y de manera regular se convertían en periodistas, no en historiadores. Así que a pesar de que todos podríamos beneficiarnos de tener más historiadores exponiendo sus investigaciones en los blogs, por ejemplo, no es ninguna sorpresa que no sea así. Por otra parte, tal como subraya el lingüista Ken Hyland, “La escritura académica no es sólo transmitir un  “contenido” ideacional, también se trata de la representación de uno mismo”.  En otras palabras, somos lo que escribimos -y lo que hemos leído- y los historiadores, en general, parecen poco dispuestos a alterar  la lógica que impone lo que subyace. Y, sin embargo, como dan fe los ensayos de este volumen, la lógica es ciertamente irresistible, como lo es nuestra responsabilidad como intelectuales, es decir, en palabras de Donald Hall: “cuestionar, reinterrogar, inquietar y disipar las familiaridades … y nosotros -nosotros mismos- no deberíamos disponer de una posición privilegiada frente a ese compromiso crítico”.

Más allá de lo personal, la disposición de los historiadores para participar en la historia digital descansa, en exceso, sobre las limitaciones (percibidas ) materiales, tecnológicas y temporales. Por definición, la historia digital utiliza herramientas diferentes, y de otra manera, de las que la mayoría de los historiadores están acostumbrados a emplear. Tiene su propio vocabulario y requiere diferentes conjuntos de habilidades (con énfasis en, por ejemplo, más en la conservación [curation] que en el trabajo detectivesco). Los aspirantes a historiadores digitales que están acostumbrados a trabajar solos, con su procesador de textos, pueden quedar intimidados o consternados por la perspectiva de gestionar un proyecto multisoftware o de varios contribuyentes. Muchos de nosotros carecemos de los conocimientos básicos en los géneros digitales, tecnologías y arquitectura de la información para ser capaces de articular nuestras ideas, mientras que otros no se atreven a sumergirse en las nuevas tecnologías, no sea que queden obsoletas antes incluso de que el trabajo del historiador esté terminado. Los historiadores puede que no tengan tiempo, dinero o el soporte técnico necesarios para realizar algún tipo de estudio digital. O bien, podemos no ser conscientes de que, de hecho, tenemos ese acceso o de que podemos hacer algunas formas de historia digital -incluyendo unirnos a los proyectos existentes- sin ellos.

La tercera mayor influencia en la participación de los historiadores en la historia digital ha sido la cultura de investigación dentro de la propia disciplina. Hasta la fecha, la cultura de los historiadores y su modus operandi han sido tradicionalmente opuesto a la rapidez y a la apertura, al espíritu de colaboración y la mentalidad del hágalo usted mismo que caracteriza lo mejor de Internet. En su trabajo, los historiadores por lo general tratan de ser exhaustivos y no (necesariamente) innovadores -y la exhaustividad lleva su tiempo. “En la parte lenta de compartir”, acaparamos y perfeccionamos nuestras ideas antes de su publicación, en lugar de difundirlas ampliamente working papers o pre-prints como hacen otras disciplinas, y una vez sometidos a revisión por pares, nuestros artículos y monografías puede tardan hasta tres años en aparecer editados. Mientras tanto, tememos que la revelación de nuestro confuso camino a la perfección pueda conducir a otros ya sea a aprovecharse de nuestras ideas o a descubrir que no somos tan inteligentes como nuestras obras revisadas y publicadas les han hecho creer. El secreto mantenido por los los historiadores acerca de su trabajo puede apoyar de hecho la dura competitividad que algunos piensan que ha acabado por definir ampliamente al mundo académico. Por el contrario, de acuerdo con el hágalo usted mismo de la cultura de la Internet, el intercambio del thinking-in-progress parece fomentar más la colaboración que la competitividad entre los estudiosos (y otros), al mismo tiempo que modela  los “hábitos históricos de la mente” que tratamos de enseñar a nuestros estudiantes.

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Publicado en Académica, Historia Digital, Libros, TIC | 1 comentario

 
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