Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

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Lecturas (en papel y en pantalla)

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 16, 2009

El profesor  Mark Bauerlein aborda en The Chronicle of Higher Education algunos de los cambios que se  están produciendo en la lectura con la difusión del ordenador y la pantalla digital. Utiliza para ello un artículo aparecido  en el Journal of Research in Reading (2008, págs. 404-419), un estudio que ya ha tenido cierta presencia en los media españoles. Su autora es la noruega Anne Mangen, que lo titula “Hypertext fiction reading: haptics and immersion“.

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Mangen advierte el crecimiento de un subcampo dedicado a los “screen reading studies”, pero opina que la “intangibilidad y la volatilidad del texto digital” no se han estudiado adecuadamente. Se centra en primer lugar en la naturaleza material de las experiencias de lectura digital y no digital. “A diferencia de los textos impresos”, escribe, “los textos digitales son ontológicamente intangibles y están separados de las dimensiones física y mecánica de su soporte material, sea el ordenador o el e-book (u otros dispositivos, tales como la PDA), el iPod o el teléfono móvil”.

Esto es importante, dice, porque “la materialidad importa”. La experiencia de lectura incluye actividades manuales y percepciones hápticas (lo que la piel, músculos y articulaciones  registran), de modo que las actividades y las percepciones de ese tipo cambian según la experiencia de lectura porque  el objeto, la experiencia de lectura, también va a cambiar.

Las diferencias entre la pantalla y el papel son más profundas que su materialidad física. También se refieren a la relación que el lector tiene con ellos. Para Mangen, una diferencia fundamental radica en la naturaleza de la inmersión en los “mundos” de la pantalla,  distinta de la tecnología que la facilita. En otras palabras, el ratón y los auriculares facilitan la entrada en el mundo visual, pero no son partes constitutivas del mismo. “En contraste”, explica, “consideremos  el sentido de estar inmersos en un mundo de ficción que es en gran medida el producto de nuestro propio mundo mental ( habilidades cognitivas para crear esa ficción) y virtual (en el sentido figurado de la palabra) a partir de  representaciones simbólicas- el texto, ya sea de índole lingüística o multi-modal, digital o impreso- dispuestas por medio de cualquier plataforma tecnológica”.  Los libros no tienen herramientas para ayudar a los lectores a completar ese mundo ficticio, de modo que lo hacen con sus propias mentes.

Es una formulación densa, pero todo se reduce a las características físicas y técnicas que “perturban” o no  la inmersión típica que supone leer una novela (en oposición a la inmersión típica de un vídeojuego). Comparemos el clic del ratón con girar la página. Pasar la página es tocas literalmente lo que lees. Hacer clic en el ratón es un toque instrumental del dispositivo a través del cual se suministra algo intangible. Uno lee un libro, pero no lee una pantalla de ordenador. Leemos un texto a través de la pantalla. Pasamos  una página, que forma parte de un libro, pero hacer clic en un ratón o tocar un icono de la pantalla no forma parte del “libro” que estamos leyendo. “El texto digital no tiene ninguna sustancia material”, carece de existencia táctil, por lo que no hay ninguna (hápticamente) percibida con la pantalla.

Uno de los efectos, sostiene Mangen , es que el texto digital hace que leamos “de una manera más superficial, menos centrada”. Hay otros efectos, pero éste es de mayor alcance. Mientras que la lectura “superficial” a través de o en la pantalla sirve para fines bien determinados, cuando se trata de leer textos complejos y de interpretar, analizar o incluso  resumir,  es necesaria una lectura más lenta y profunda.

***

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La propia Anne Mangen, que pertenece al National Centre for Reading Research and Education de la Stavanger University,  concedió una entrevista el verano pasado sobre este mismo asunto.

Mangen insiste en que no es amiga de etiquetas y que le parece difícil ponerle una a este supuesto campo de estudio, ” porque dudo de que una sola palabra sea capaz de indicar la complejidad del proceso de forma precisa y útil “. En ese sentido, añade, “el término lectura ya es un término bastante  general que cubre una gama de procesos muy diferentes en cuanto a diferencias cognitivas y niveles de percepción, realizadas bajo situaciones diferentes, con gran número de materiales textuales distintos. Y también con material no textual, como cuando se habla de leer la cara o leer el siguiente movimiento en una partida  de ajedrez. Cuando se habla de la lectura siempre se sigue la obligación de ofrecer conceptos más precisos y concretos para aclarar de qué aspectos del proceso de lectura y de qué experiencia estamos hablando, y este requisito no es diferente si se lee en papel o en pantalla (o en cualquier otro dispositivo). “

Asimismo:  “Creo que la principal dicotomía es la que hay entre la lectura en pantalla y la  lectura de lo impreso y entonces hemos de emplear aclaraciones y  especificaciones add-on y ad hoc referidas a estos conceptos generales, como por ejemplo lectura de desplazamiento e hipertextual, para los casos de lectura de pantalla, y pasar la página, para la lectura de lo impreso”. Es decir, ambos son dos tipos de lectura, de modo que  más que decir que hay dos realidades (“reading” y “screening”) lo que necesitamos es diferenciar lo que cada uno significa. En todo caso, “el cambio actual del papel a la pantalla representa un profundo cambio literario, de cuyas implicaciones  –a corto plazo y, en particular, a largo plazo – no somos todavía conscientes”.


Lecturas recomendadas:

1. Our Own Devices: How Technology Remakes Humanity (Vintage, 2004), de Edward Tenner

2. Proust and the Squid. The Story and Science of the Reading Brain (Harper, 2007), de Maryanne Wolf , donde se lee

“(…)

Este libro cuenta la historia de la lectura cerebral (reading brain), en el contexto de nuestra evolución intelectual. Esa historia está cambiando ante nuestros ojos y bajo las puntas de los dedos. Las próximas décadas serán testigos de transformaciones en nuestra capacidad para comunicarnos, a medida que establezcamos nuevas conexiones en el cerebro que impulsarán nuestro desarrollo intelectual de una manera nueva y diferente. Sabiendo lo que la lectura exige de nuestro cerebro y cómo contribuye a nuestra capacidad de pensar, sentir, inferir y comprender a otros seres humanos, resulta muy importante ahora mismo  la transición de una lectura cerebral a otra cada vez más digital. Llegar a comprender cómo la lectura ha evolucionado históricamente, cómo la adquiere un niño,  y cómo  ello reestructura  las columnas biológicas de su cerebro, puede arrojar nueva luz sobre nuestra maravillosa complejidad como especie letrada. Esto pone en relieve lo que puede suceder en la evolución de la inteligencia humana, y las opciones a las que podríamos enfrentarnos en la configuración de ese futuro”.

Por lo demás, Maryanne Wolf citaba en aquel libro un texto aparecido poco antes en The New York Times, text0 firmado por el historiador de la tecnología Edward Tenner. Entre otras cosas, éste decía:

“Hablar de declive ya era algo habitual en el mundo académico incluso en 1898, cuando los tradicionalistas criticaban a Harvard por haber eliminado el requisito del griego  para quienes deseaban matricularse.  Pero hoy en día hay un nuevo giro en la historia: ¿Están los motores de búsqueda haciendo que los estudiantes actuales  sean más tontos?” Tenner citaba distintos trabajos que demostraban la pérdida de nivel, como por ejemplo “que el número de graduados universitarios capaces de interpretar hábilmente textos complejos se hubiera reducido desde 1992 del 40 por ciento al 31 por ciento”.  Además, como indicaba el responsable de ese estudio,  Mark S. Schneider,  “lo preocupante es que la evaluación no está diseñada para poner a prueba su comprensión de Proust, sino su capacidad para leer las etiquetas.”

¿Y cuál ha sido el gran cambio de los últimos tiempos?, se preguntaba Tenner:   la Web. “A partir de la década de 1990,  escuelas,  bibliotecas y  gobiernos optaron por Internet como promesa para el acceso universal a la información. Y en el centro de sus esperanzas de un avance cultural y educativo estaban los extraordinariamente eficientes motores de búsqueda”. De hecho, de forma modesta, Google declara que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. “Sin embargo, la comodidad puede ser parte del problema. En los primeros días de la Web, el motor de búsqueda más importante era AltaVista. Para usarlo, un investigador tenía que aprender cómo construir una  búsqueda, por ejemplo, como poner “Engelbert Humperdinck y no  Las Vegas” para buscar al compositor de ópera y no al cantante contemporáneo. Se necesitaba práctica para obtener resultados utilizables. Ahora, gracias a la brillante programación, una simple consulta por lo general produce una primera página que por lo menoses  adecuada – “satisfactoria”, que diría  el economista Herbert Simon”.

“¿Siente curiosidad por el campo académico de la “historia mundial” (world history)? Un neófito encuentra poca ayuda si escribe  “historia mundial” en Google. Cuando lo intenté, el único artículo sobre el campo de la historia mundial  fue el de la Wikipedia, no apareció hasta la quinta pantalla y era breve y excéntrico (…).”. Por supuesto, hemos de añadir que Tenner escribió ese texto en 2006 y que las cosas han cambiado mucho. Él sólo obtuvo resultados significativos en la séptima pantalla y se refería a la red de sitios  financiados por el National Endowment for the Humanities.

Muchos estudiantes, añade Tenner,  parecen carecer de las habilidades necesarias para encontrar información útil de forma rápida. En 2002, a un grupo deestudiantes graduados de la Universidad de Tel Aviv se les pidió que encontraran en la web, sin límite de tiempo, una imagen de la Mona Lisa, el texto completo de   “Robinson Crusoe” o “David Copperfield” y una receta de pastel de manzana acompañada por una fotografía. Sólo el 15 por ciento logró las tres cosas.  Hoy en día, Google puede haber acelerado estas tareas, pero el malestar persiste. En el boletín de febrero de 2006 de la American Historical Association, el bibliotecario Lynn D. Lampert anota que las prácticas de investigación de los estudiantes  están “mal concebidos” (o con frecuencia son inexistentes). En palabras de otra bibliotecaria, Pamela Martin:  “la simplicidad de Google y sus impresionantes proezas a la hora de buscar hacen creer a los estudiantes  que son buenos para hacer cualquier tipo de consulta, y cuando fracasan al buscar algo en la biblioteca, quedan avergonzados y confundidos”.

Hay dos maneras de proceder. Quienes poseen contenidos de alta calidad deberían aprender a posicionarse mejor en los buscadores. Y Google puede hacer más para educar a los usuarios sobre el poder  de sus opciones de búsqueda avanzada. Sería una vergüenza que una tecnología tan brillante acabara amenazando al tipo de inteligencia que la produjo.

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Robert Darnton: Juicio a la letra impresa

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 13, 2009

A la memòria de Xavi, que ens ha deixat avui

Robert Darnton acaba de publicar un nuevo libro, un volumen recopilatorio que incluye sus últimos artículos para el New York Times y el discurso que pronunció en la feria internacional del libro de Frankfurt: The Case for Books: Past, Present, and Future (PublicAffairs). El objeto común son los libros, como ya saben los seguidores de este blog.

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El libro, dice el profesor norteamericano en Publishers Weekly,  no está muerto. De hecho, en el mundo se editan más libros que nunca. Según Bowker, 700.000 nuevos títulos se publicaron en todo el mundo en 1998, 859.000 en 2003 y 976.000 en 2007. A pesar de la gran recesión de 2009, que ha tenido graves consecuencias en la industria editorial, se espera que en los próximos años esa cifra alcance el millón de libros nuevos.

Sin embargo, la falta general de interés que los americanos muestran por la historia nos ha hecho vulnerables a ciertas ideas exageradas de cambio histórico –y algo tiene que ver también  nuestra fascinación por la tecnología. La obsesión actual con los dispositivos móviles, los lectores electrónicos y la digitalización ha producido un caso colosal de falsa conciencia. A medida que nuevos dispositivos electrónicos llegan al mercado, pensamos estar precipitándonos en una nueva era. Nos dedicamos a vender “la era de la información” como si la información no hubiera existido en el pasado. Mientras tanto, los libros electrónicos y dispositivos como el Kindle representan menos del 1% de los gastos en libros en los Estados Unidos.

La historia nos demuestra que un medio no necesariamente desplaza a otro -al menos no a corto plazo. La publicación de manuscritos floreció mucho después del invento de Gutenberg; los periódicos no acabaron con el libro impreso; la radio no sustituyó al periódico; la televisión no destruyó la radio e Internet no ha hecho que los espectadores abandonen sus aparatos de televisión. Cada época ha sido una era de la información, cada una a su manera. En mi nuevo libro,   abordo esa cuestión,  porque creo que no podemos prever el futuro o dar sentido al presente a menos que estudiemos del pasado. No necesariamente porque la historia se repita o nos enseñe lecciones, sino porque puede nos ayudar a orientarnos frente a los retos de las nuevas tecnologías.

Digitalizar, democratizar

La mayor parte de mi propia investigación pertenece a un campo de reciente reconocimiento en el mundo académico: la historia del libro. Mi trabajo me ha llevado de la investigación histórica a la participación en empresas de publicación electrónica y a la dirección de las Bibliotecas de la Universidad de Harvard. Al tratar con los problemas del presente, a menudo me encuentro pensando de nuevo en el mundo de los libros tal como fue experimentado por los padres fundadores y los filósofos de la Ilustración. A pesar de sus muy diferentes orígenes , Franklin, Jefferson, Voltaire y Rousseau se consideraban ciudadanos de una república universal de las letras, un ámbito cultural sin fronteras -políticas, disciplinarias o lingüísticas-  y abierto a todos los que sabían leer y escribir. Eso, por supuesto, fue una visión utópica limitada a una pequeña élite -en el siglo XVIII, no sólo la mayoría de personas eran  analfabetas, sino que no podían permitirse comprar libros, aun cuando pudieran leer.

Hoy, sin embargo, tenemos los medios para hacer que la utopía sea realidad. En muchas sociedades, a pesar de las enormes desigualdades, la gente común no sólo lee, sino que tienen acceso a una gran cantidad de material de lectura a través de Internet. No minimizo la brecha digital, que separa el mundo informatizado de los demás, ni subestimo la importancia de los libros tradicionales. Pero el futuro es digital. Y creo que si podemos resolver los desafíos actuales de los libros de manera que favorezcan a los ciudadanos corrientes, podemos crear una República digital de las letras. Gran parte de mi libro está dedicado a esta premisa y se puede resumir en dos palabras: digitalizar y democratizar.

Es fácil de decir, lo sé.  Hoy en día, los editores, los libreros, los autores y los bibliotecarios luchan contra obstáculos formidables. Cualquier persona que se las haya visto con un balance contable o haya escuchado la jerga de los vendedores es poco probable que tenga mucha paciencia para pensar sueños utópicos. Por tanto, eso nos ayuda a poner los desafíos actuales del libro en perspectiva. Por ejemplo, ahora estoy editando el diario de un representante de ventas, que pasó cinco meses por las  carreteras de Francia en 1778 a caballo, dale que te pego. A menudo pienso en él cuando me planteo un plan de negocio para alguno de mis proyectos electrónicos –su caballo nunca llegresaba a la oficina.  Las fantasías futuristas no nos llevarán muy lejos en el duro mundo de la edición actual, pero también ayuda a saber lo difícil que era la empresa en las épocas tempranas de la información.

Perspectiva

Aunque creo que los lectores y los profesionales pueden extraer enseñanzas y perspectivas aprendiendo de sus predecesores, la mayor parte de mi libro se refiere a problemas actuales y a la forma en que sus resoluciones pueden dar forma al panorama de la información para el futuro previsible. Los problemas que enfrenta el libro son urgentes, creo yo, no tanto porque los profesionales del libro deban encontrar un camino a través de las crisis financieras inmediatas que les afectan, sino porque el panorama editorial está cambiando bajo nuestros pies. Estamos viviendo uno de esos raros momentos en la historia en el que las cosas pueden desmontarse y volverse a recomponer en formas que determinarán el futuro durante décadas o más, a pesar de las innumerables innovaciones de la tecnología.

Por eso, como se puede observar, he dedicado gran parte de la obra a los esfuerzos de Google. Los recientes intentos de Google de digitalizar la mayor parte de los libros de las bibliotecas de investigación más grandes del mundo y  luego  poner en el mercado su tesoro digital podría tener un efecto profundo sobre el futuro de la república de las letras digitales. ¿El destino de la república de las letras digitales estará determinado por las leyes del mercado o habrá disposiciones para proteger el bien público? Un tribunal de Nueva York lo decidirá pronto, y su decisión podría tener un efecto profundo sobre las reglas y la forma en que se juega en el mundo de los libros.

Me doy cuenta, por supuesto, de que habrá otros momentos decisivos y otras fuerzas contendientes, y que puede que no sea capaz de ver con exactitud el futuro. Pero se esté o no de acuerdo con mi evaluación de Google, espero que mi volumen, y la historia del libro que ofrece,  sea útil. Al situar las cuestiones actuales  en el contexto histórico, espero tanto fomentar una visión amplia de la situación actual como  estimular el debate.

Y, sí, he optado por hacerlo aportando mis reflexiones en un códice impreso, un hecho que no debe pasarse por alto. Un libro sobre libros: el tema le sienta bien a la forma, pero está destinado a abrir nuestra comprensión de los nuevos modos de comunicación, no a lamentar el fallecimiento de un medio que no ha muerto y nunca lo hará.

****

Para que no se diga que Darnton aparece en exceso en este blog y que todo son alabanzas, recomiendo la lectura de una entrada del blog diapsalmata, en la que su autor se queja de tanta futurología sobre el libro y tan poca experimentación ahora mismo.

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La escritura académica digital

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 11, 2009

“En muchos casos, las tradiciones no duran porque sean excelentes, sino porque las personas influyentes se oponen al cambio y debido a la enorme carga que implica la transición  a un estado mejor”. Cass Sunstein, Infotopia

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Uno de los blogs más interesantes sobre las nuevas tecnologías y el mundo académico es profhacker. No hace mucho, uno de sus colaboradores, Brian Coxall, dedicaba una entrada a los nuevos modelos de revisión de un texto, centrándose en el trabajo de Kathleen Fitzpatrick, una de las veteranas en el mundo de la edición académica digital. En efecto, esta profesora lleva más de una década tratando algunos de estos asuntos en su blog, en el que ha ido anunciando los progresos de su nuevo libro: Planned Obsolescence.  Ahora, señala Coxall, ese volumen ha hecho su aparición en línea, algo digno de mención — especialmente en el contexto de la reciente aparición de SideWiki– porque Fitzpatrick invita  a la comunidad de Internet a comentar  el manuscrito, con la posibilidad de que esas intervenciones aparezcan al lado de los los párrafos del texto. Pero, ¿cómo funciona?

Como explica Fitzpatrick, su “sitio es alimentado por CommentPress, que permite que  los comentarios se adjunten a una página o a párrafos concretos de la página”.   CommentPress es un tema que se puede instalar en un blog de WordPress. Lo cual significa que se puede utilizar para permitir notas marginales en cualquier texto que se pueda colocar en un blog, siempre que tengan los permisos para hacerlo. El desarrollo de CommentPress ha sido patrocinado en los últimos dos años por el Institute for the Future of the Book. De momento, Fitzpatrick utiliza una versión beta, pero pronto tendrá la versión final, que será aún mejor.

Fitzpatrick insiste sobre todo en la necesaria reforma de la revisión por pares en la era digital, defendiendo que este tipo de revisión será más productiva,  útil,  transparente y eficaz si el proceso es abierto. Y por eso, practicando lo que predica, ofrece su texto en línea,  disponible para ese examen abierto. Su voluntad es que los comentarios le ayuden a revisar el manuscrito antes de su presentación definitiva. Si todo va según lo previsto, el libro aparecerá publicado en  en la NYU Press, que también enviará el manuscrito para una revisión ciega.   En cuanto al volumen, algunas partes del capítulo tercero se publicaron originalmente en la revista Journal of Electronic Publishing y en MediaCommons. Asimismo,  partes del primer capítulo proceden de una conferencia online celebrada en interdisciplines.

Por supuesto, Fitzpatrick no es la primera persona en usar CommentPress como forma nueva y abierta de revisión por pares. Se puede decir que el primero fue McKenzie Wark en 2006, con su GAM3R 7H3ORY, al que siguió ese mismo año Mitchell Stephens con su The Holy of Holies: On the Constituents of Emptiness.   Por su parte, en la primavera de 2008, Noé Wardrip-Fruin publicó varios capítulos de su Expressive Processing, proceso al cual se ha referido en varias entradas de su blog.

Por otra parte, disponemos  actualmente de varias opciones  para permitir los marginalia en un blog. El programador original de CommentPress ha estado trabajando en proyectos similares, como digress.it, que es una importante revisión del proyecto. Como su predecesor, digress.it trabaja dentro de un blog de WordPress. Una diferencia importante, sin embargo, es que en lugar de ser un tema es más bien un complemento (plugin).  Como señala la página: digress es “un complemento para WordPress que permite hacer comentarios párrafo a párrafo en los márgenes del texto”. Sea como fuere, digress.it ofrece opciones de las que la versión disponible públicamente de CommentPress carece en este momento.

Por otra parte, el uso de esta herramienta no se limita simplemente a los manuscritos académicos. Es fácil  imaginar su uso en el aula  proponiendo, por ejemplo, que que los estudiantes colaboren para componer un texto.  O se puede usar para obtener respuestas a una propuesta concreta, como hizo la UCLA para su Digital Humanities Manifesto en su intento de fomentar una revolución en el trabajo de las humanidades digitales. Y se podría utilizar para otras muchas cosas,  desde permitir comentarios a manuales y apuntes o recoger opiniones sobre cualquier otro asunto académico. Siempre que uno esté interesado en que haya glosas centradas sobre partes concretas de un texto, la plataforma de CommentPress y el complemento digress.it ofrecen mejores resultados que un blog o una wiki .

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Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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Las fronteras del Oriente Próximo

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 6, 2009

El último número de la revista Vingtième Siècle (núm. 103, julio-septiembre, 2009) vuelve sobre la Declaración Balfour y los acuerdos Sykes-Picot, es decir, sobre los pactos que previeron el establecimiento de un hogar judío en Palestina y el reparto de los territorios árabes del Imperio Otomano entre Francia y Gran Bretaña.

Vingtieme siecle

¿Por qué retomar este objeto? En primer lugar, señalan, porque merece ser considerado como un  pieza histórica en sí misma, aprehendida en su totalidad y en su coherencia. Se trata de ofrecer una perspectiva comparada, sin borrar las particularidades ni las circunstancias nacionales o históricas, que permita identificar una serie de líneas maestras,  un juego de ecos y espejos, en una zona que suele considerarse como irreductiblemente fragmentada, dividida en muchas “comunidades”,  “crisis” y “problemas” … Esta fragmentación es un obstáculo para una verdadera comprensión de los fenómenos históricos, aunque se explica tanto por la complejidad de los problemas y de las tierras como por la barrera del idioma y la violencia de los conflictos ideológicos que atraviesan este espacio.

En segundo lugar, parece deseable a principios del siglo XXI  tomar nota de los actuales procesos de reformulación y reconfiguración de las indentificaciones nacionales en la región, intentando iluminarlos desde la disciplina histórica específica. Este debate tiene por objeto destacar la génesis del proceso de identificación nacional, su plasticidad, su capacidad para adaptarse a las circunstancias históricas, su evolución reciente, todo ello  en el contexto de una crisis generalizada de los grandes consensos nacionales. Más allá de las discusiones semánticas, al decidirse por “identificaciones” en lugar de “identidades”, la revista  propone una determinada aproximación a los fenómenos identitarios, lejos de categorizaciones simplistas y unívocas, lejos de reconstrucciones a posteriori.

Por último, para responder a este desafío de una evaluación general, pero contextualizada,  del proceso de identificación en Oriente Próximo, el largo plazo  parece especialmente relevante. Con esta perspectiva es posible entender tanto las raíces de los grandes paradigmas ideológicos actuales como sus muchos cambios, en el pasado y ahora mismo.

El volumen se divide en tres partes: “Proche-Orient : foyers, frontières et fractures”. La primera trata de analizar las estructuras esenciales de las utopías panarabistas, sionistas y turco-otomanas. La última estudia las líneas de fracturas internas que atraviesan las distintas sociedades locales, considerando la complejidad de los distintos procesos de identificación y su historicidad. Es decir, la combinación de identidades religiosas, nacionales, locales, lingüísticas, generacionales o sexuales, así como sus configuraciones episódicas en el contexto de lo que han sido los grandes acontecimientos internacionales. En cuanto al segundo aspecto, el de las fronteras, la revista aborda la construcción histórica de las fronteras interestatales, centrándose  en su movilidad, su elasticidad y en los itinerarios de los exiliados, inmigrantes o refugiados que las cruzaron y las cruzan desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexióny privilegiar en última instancia  una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes, los diversos artículos tratan de ir más allá de la abstracción geopolítica  para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad históricas.

Philippe Bourmaud, por ejemplo, trabaja sobre las fronteras de los Estados postotomanos,  estudiando las divisiones territoriales y el establecimiento de diferentes códigos de nacionalidad durante la década de 1920, pero también las nuevas articulaciones entre derecho de sangre y derecho de suelo y sus  consecuencias en términos del derecho de los refugiados. Esta historia secular de las categorías de nacionales, particularmente significativa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la situación de apátridad que se han ido desarrollando gradualmente en la región . Jean-David Mizrahi investiga los confines sirio-transjordanos  desde finales del siglo XIX hasta el inicio de los Mandatos, para señalar el paso de una “región fronteriza” a una “línea fronteriza”, un cambio cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Siguiendo  paso a paso las trayectorias de las familias en el exilio, de los bandoleros, los campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de personas, en toda su fluidez  identitaria, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más segura y duradera que los discursos políticos. Benjamin Thomas White y Seda Altuğ analizan  el proceso de fabricación y consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, desde ambos lados de la línea de demarcación territorial,  dialogando directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una aproximación diplomática y geopolítica de los dispositivos fronterizoa , destacan la articulación de los discursos  sobre “la inseguridad fronteriza” y el fortalecimiento de los aparatos estatales. Por otra parte,  subrayan que, desde la parte siria, la potencia mandataria francesa toma la frontera más como un  limes imperial situado en el borde de su dominio colonial que como una frontera para la futura Siria independiente. Finalment,  Jihane Sfeir revisa una de las fronteras más emblemáticas de la región, la que desde 1948 separa el Líbano de Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las gentes del sur del Líbano y las de la Palestina del Mandato. Estudiando el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa a una barrera militar destinada a ser hermética e impenetrable, examina el impacto de los nuevos dispositivos fronterizos sobre las identidades libanesa y palestina, que surgen como mirándose en un espejo.

construcción histórica de las fronteras entre los Estados en el Oriente Medio, centrándose de nuevo en su movilidad, su elasticidad y las rutas de los exiliados, inmigrantes o refugiados que cruzaron y Criss desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexión, poniéndose de pie más cerca del terreno y del terreno, muy a menudo ignorada por la historia de las relaciones internacionales, centrándose en última instancia, una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes Los diversos artículos tratan de deconstruir la visión de una línea divisoria vacío de hombres, considerada como una mera abstracción geopolítica, para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad en toda su historia.
Al trabajar en el establecimiento de fronteras en los Estados postottomans Philippe Bourmaud estudio de las divisiones territoriales y el establecimiento de códigos de diferentes nacionalidades durante la década de 1920, pero nuevos vínculos entre el jus sanguinis y jus soli y consecuencias en términos de derecho de los refugiados. Esta siglos de historia antigua de las categorías de nacionales, particularmente rigurosa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor para reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la apatridia que se había desarrollado gradualmente en la región .
Jean-David investigación Mizrahi, por su parte en la frontera con Siria Transjordania de finales del siglo 19 hasta el comienzo de las órdenes, para destacar la aprobación de una “región fronteriza” a una “línea de frontera”, cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Al seguir paso a paso, las trayectorias de las familias en el exilio, los bandoleros, campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de hombres en toda su fluidez de la identidad, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más seguro y más duradero que los discursos políticos.
Al analizar el proceso y la consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, los dos lados de la línea de demarcación territorial, Benjamin Thomas White y Seda Altuğ interactuar directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una se acercan los dispositivos de la frontera diplomática y geopolítica, destacan las intervenciones de conjunto sobre “la inseguridad fronteriza y el fortalecimiento del aparato estatal, subrayando que la parte siria, la potencia mandataria francesa aprehende especialmente frontera como una lima imperial en el borde de su dominio colonial, y no como una frontera para el futuro independiente de Siria.
Jihane Sfeir finalmente regresó a una de las fronteras más emblemáticos de la región que desde 1948 entre el Líbano e Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las personas del sur del Líbano y los de la Palestina del Mandato. Al estudiar el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa en una barrera militar destinado a ser hermético e impenetrable, se examina el impacto de la nueva frontera dispositivos de la identidad libanesa y palestina, que están surgiendo, así como espejo.
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La historia premiada

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 4, 2009

Este blog, como saben los habituales, se ocupa de escoger y difundir noticias sobre la disciplina que ocurren más allá de nuestras froneras. No obstante, en ocasiones se permite alguna excepción, y ahora ha llegado el caso, justo cuando se acaba de fallar el Premio Nacional de Historia y podemos ver los paralelismos.  La cuestión es que desde hace días estaba pensando si informar o no de los recientes premios americanos.

Sobre, digamos, los cercanos National Book Awards. Entre los finalistas, algunos historiadores, y entre ellos Greg Grandin, de Yale, cuyo último volumen ha recibido un sinfín de parabienes y alabanzas: Fordlandia. The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City. Es decir, sobre la ruinosa empresa que la Ford Motor Company  montó en Brasil en 1927 adquiriendo más de un millón de hectáreas en pleno Amazonas. Allí contruyeron un pueblo al estilo americano,  Fordlandia,  a cuyo alrededor estaría la mayor plantación del mundo, preparada para explotar la hevea, la resina del árbol del caucho. La inversión superó los 20 millones, pero resultó un fracaso y en 1945 se vendió al gobierno brasileño por 244.200 dólares.

O sobre,  por ejemplo, los American Book Awards, un premio que desde 1978 distingue a los mejores trabajos de la “America’s diverse literary community”, más allá de las fronteras académicas.  En esta ocasión, entre otros, han sido distinguidos dos volúmenes interesantes, ninguno de los cuales firma un historiador:  el de Houston A. Baker, Jr.  (Betrayal: How Black Intellectuals Have Abandoned the Ideals of the Civil Right Era, editado por Columbia University Press) y el de Richard Holmes (The Age of Wonder, de Pantheon Books).

En el primero, Baker estudia los textos de los fundadores de los movimientos de los derechos civiles y el Black Power (Du Bois, King, Malcom X, etc.), contrastándolos con los de la nueva élite neoconservadora (Shelby Steele, Jon McWhorter, Henry L. Gates, etc.) para concluir con esa afirmación que da título al libro.  Por su parte, Richard Holmes, biógrafo de la generación romántica dedicado a Shelley y Coleridge, se ocupa de lo que este último denominó la “segunda revolución científica”, cuando los científicos ingleses de principios del Ochocientos rivalizaban en sus descubrimientos con las proezas de Newton o Galileo. De ahí el título completo, The Age of Wonder: How the Romantic Generation Discovered the Beauty and Terror of Science, con la voluntad de señalar la excitación que la ciencia provocaba entonces. Desfilan así Joseph Banks,el botánico que acompañó a Cook en su viaje a Tahiti;   William Herschel, el descubridor del planeta  Urano; el celebérrimo explorador Mungo Park; o Humphry Davy, poeta y químico que dio al mundo una lámpara para mejorar la seguridad de los mineros; pero desfilan no sólo por sí mismos sino por lo que a su vez representaron para quienes acabaron por construir una mitologia de la ciencia y sus descubrimientos, gentes como Coleridge, Wordsworth, Shelley o Keats.

age of wonder el rey fordlandia

Ahora volvamos al principio, al Premio Nacional de Historia que acaba de conceder el Ministerio de Cultura: El Rey: Historia de la Monarquía, editado para Planeta por José Antonio Escudero. Las comparaciones son odiosas, y ambos galardones muy distintos. Cabría argumentar incluso que la historia siempre ha sido una disciplina predominantemente conservadora, de lo cual se desprende en buena lógica que las instituciones premien cierto tipo de obras. De hecho, los americanos tampoco suelen seleccionar precisamente textos rompedores. Ahora bien, hay diferencias, y saltan a simple vista.

En nuestro caso, y sin entrar en la calidad de la obra premiada (un volumen colectivo en tres partes que ocupa más de mil quinientas apretadas páginas y que no he leído), si conviene considerar el tenor del libro, y más si ha de ser tomado como ejemplo de la mejor producción histórica española. En este sentido, remito al artículo firmado por Julián Casanova en El País de ayer, de título glorioso, que comparto plenamente  y que empieza así:

“Hay muchas formas de abordar la historia de España, pero la que se distingue con el Premio Nacional casi siempre es la misma: la que presta la máxima atención a las aventuras de reyes y nobles, a sus pompas, guerras y conquistas. En la Monarquía se encuentra el tronco de nuestra historia común, parece que piensan quienes conceden ese premio, el vínculo uniformador de nuestro pasado más remoto con nuestro presente más actual.

(continuar leyendo)

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Hobsbawm: revueltas y rebeldes

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 2, 2009

El portal La vie des idees tradujo hace unas semanas una entrevista realizada a E.H. Hobsbawm el pasado mes de abril.

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La Vie des Idées: En su calidad de intelectual comprometido, ha conocido a lo largo de su vida muchas situaciones de crisis y de revueltas populares. Usted estaba en España durante la Guerra Civil, ha observado los movimientos sociales en España e Italia en la década de 1950 y estaba en la década de 1960 en Cuba cuando la guerrilla revolucionaria. ¿Influyeron estos acontecimientos en sus primeras investigaciones sobre los rebeldes; cómo?

Eric Hobsbawm:  obviamente me influyó la experiencia del tiempo que me tocó vivir, incluso en la elección de temas de investigación. Es evidente que alguien cuya politización se produjo en la Alemania de la Gran Depresión y que llegó poco después a Inglaterra para asistir a las marchas contra el hambre o a la movilización de los desempleados no puede sino desarrollar interés por estas cuestiones.

También quiero añadir que cuando me uní al ejército, serví en una unidad de reclutas de la clase obrera. Aprendí mucho de la experiencia vital de mis compañeros. Pero realmente escogí  mis investigaciones en la década de 1950 a partir lo que había aprendido en mis viajes y de mis esfuerzos por repensar mis inclinaciones políticas. Como traté de explicar en mi autobiografía, también procede en gran medida de mi descubrimiento de la naturaleza de la política popular de la Italia de los cincuenta. De ahí mi interés por el pensamiento y la práctica políticas de personas que aún no habían adquirido el vocabulario moderno de la acción política, con su su sintaxis y gramática, sus instituciones y sus formas, pero que tenían su propia forma de expresar sus aspiraciones, de luchar, de protestar y de tratar de que tuvieran éxito. Empecé a pedirles a mis amigos italianos que me aconsejaran algunas lecturas,   por ejemplo  el estudio de Benedetto Croce  dedicado a la política napolitana. Otros temas similares me llamaron la atención. Fue así como comencé a escribir mis primeros estudios sobre la política “prepolítica”.

Al mismo tiempo, me di cuenta de que estas investigaciones abrían una nueva perspectiva sobre mi concepción convencional de lo que era la política popular, es decir, los partidos políticos y las organizaciones. En ese momento  pensaba que la única forma de hacer política era la moderna, y sin embargo era diferente de la que había en las mentes de muchas de aquellas personas. Es esta tensión y esta confluencia de dos tradiciones diferentes lo que captó mi interés. Se decía que en algunas regiones de Italia las personas vivían a la vez en la época de Lutero y en la de Lenin. Esta diferencia me fascinó. Mi interés por estos asuntos se acrecentó desde entonces,   especialmente por la relación con las formas primitivas que se han asociado al bandidaje social. Pero esto, como ustedes saben, ha sido ampliamente discutido y no necesariamente aceptado.

La Vie des Idées: ¿Diría usted que,  en la época de sus primeros compromisos políticos en la Inglaterra de los años 1930 y 1940, era una especie de francotirador o incluso un “rebelde”? ¿Hay un vínculo entre su vida y la atención que siempre ha mostrado por la gente fuera de lo común (“uncommon people“)?

Eric Hobsbawm: No creo que haya una relación personal de este tipo. En realidad, comencé a descubrir a las figuras marginales de la sociedad durante la ocupación de Alemania tras la guerra, cuando conocí a todo tipo de personas que en cierto modo no habían estado implicadas yque se encontraban en el escalón más bajode la escala social, las mujeres por ejemplo. No estoy interesado en los bajos fondos, ni en personas de baja estofa que sólo estaban parcialmente integradas en la sociedad tradicional y actuaban en sus márgenes, sino en los que componen la mayoría de la población: campesinos, poblaciones urbanas, etc. Yo añadiría que hay que distinguir estos grupos que se sabían y pensaban como marginales, como los gitanos y, en cierta medida, los judios, que funcionaban como sociedades “esteriores” y tenían sus propias normas. Vivían en una especie de simbiosis con la sociedad porque desempeñaban su rol,  pero no eran menos diferentes y no reconocidos. Deliberadamente decidí no centrarme  en esos grupos o fenómenos, excepto en  la música popular como el jazz, que creció y se desarrolló en los márgenes. En este sentido, me he podido interesar por los márgenes, pero fue un ángulo de análisis histórico distinto al análisis de las revueltas primitivas.

Escribir la historia de la revuelta

La Vie des Idées: Al principio de su carrera era  más conocido como historiador de la clase obrera británica. Sin embargo, su enfoque era diferente del de  la historia obrera entonces dominante. Usted no se orientaba hacia el estudio de los sindicatos o partidos políticos, sino que fijaba su mirada particular en la estructura de la clase obrera y en grupos más pequeños,  como los rebeldes de “Capitán Swing”  o a los que destruían las máquinas. ¿Había ahí una manera de estudiar los “márgenes” de la historia de la clase obrera?

Eric Hobsbawm: Sí y no. Tiene razón al decir que no tenía gran simpatía por la historia tradicional de la clase obrera, que era una historia de las organizaciones  y sobre todo una especie de historia evolutiva, diciendo que  las organizaciones mejoran con el paso del tiempo. Era una historia de los líderes, las organizaciones, los programas. Yo estaba más interesado en cómo los trabajadores se organizaban ellos mismos dentro de los sindicatos, y en su caso en las organizaciones. Por ejemplo, uno de mis primeros estudios se centraba en cómo los trabajadores organizaron su propia migración laboral, a imagen de los artesanos ambulantes o trabajadores desempleados que fueron de un lugar a otro en busca de trabajo . ¿Cómo se organizaron? No lo estaban de forma centralizada, pero desarrollaron redes y acuerdos dentro de su propia organización. En cierto sentido, esta cuestión no sólo concierne a los trabajadores, que tenían conciencia política  y que eran los actores de esos movimientos, sino también a los que se quedaron fuera. Creo que mi propia contribución a la historia del trabajo fue, a través de estos estudios,  mostrar cómo estos fenómenos se desarrollaron realmente en el fondo, y no desde una  historia de fechas, grandes hombres o batallas.

La Vie des Idées: ¿Cuáles eran sus relaciones con otros historiadores británicos como Edward P. Thompson, por ejemplo, en los años 1950 y 1960?

Eric Hobsbawm: Intenté encontrar mi sitio dentro de una generación de historiadores que, en conjunto, han transformado la enseñanza y la investigación histórica entre la guerra y la década de 1970. La mayoría de ellos trabajaban en el intento de casar  su formación como historiadores con los descubrimientos y los conocimientos de las ciencias sociales. La mayoría también trabajaba en las transformaciones dinámicas de la sociedad, lo que explica la importancia que le daban  a la discusión sobre la transición del feudalismo al capitalismo. Compartía en gran parte a estas preocupaciones, pero también y al mismo tiempo había otro aspecto que me interesaba y que, muy a menudo, era inseparable del interés por la historia de la gente de abajo. No me inspiraba tanto en Marx como en a autores como Georges Lefebvre y, de una manera especial,  Gramsci, por su trabajo sobre las clases subalternas. Para mí fue una gran iluminación ver estas clases como un grupo de personas que buscaban una manera de ser una realidad en la sociedad, que la sociedad no reconocía y que ellos mismos no reconocían todavía . Por tanto, yo también me centré en la lógica y la coherencia, tanto en ideas como en acciones,  de esta gente de abajo.

La Vie des Idées: ¿Qué análisis hacía de la “racionalidad” de los rebeldes que abordó en sus estudios iniciales?

Eric Hobsbawm: Sigo creyendo que es necesario un enfoque en términos de “elección racional”  para entender estos fenómenos. Los actores se las ven con su propia coherencia lógica. Lo importante para el historiador es descubrir por qué tiene sentido para ellos actuar como lo hacen. Por ejemplo, ¿por qué los agricultores que ocupan tierras comienzan inmediatamente a ararlas, en lugar de limitarse a ocuparlas? Lo hacen porque creen que es imposible poseer la tierra  sin trabajarla. Así,  a menos que se mantenga el derecho a trabajar la tierra nadie la podrá poseer. Mi reflexión vincula esto a una larga tradición académica de pensamiento político, que se remonta a John Locke y otros, pero va más allá e intenta ver qué sentido tiene para la gente de abajo.

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De la historia de la clase obrera a los Estudios Subalternos

La Vie des Idées: Desde la década de 1980  su trabajo se ha centrado cada vez más en las grandes síntesis históricas, las revoluciones, el nacionalismo o los imperios. Al mismo tiempo, los Estudios Subalternos han propuesto renovar la escritura de las vidas de la gente común. Algunos de los fundadores de este movimiento han criticado el hecho de que haya caracterizado las revueltas de los campesinos como “prepolíticas” y consideran que esa posición revela un punto de vista “occidental”. ¿Qué piensa usted de esta crítica, y de cómo ha sido discutido su trabajo desde la década de 1960?

Eric Hobsbawm: Los investigadores de los Estudios Subalternos formaban parte originalmente de la misma tendencia, el marxismo indio. Se hicieron críticos, y opino que muy críticos, porque privilegian en exceso las hipótesis y modos de acción de la cultural tradicional. Minimizan el papel de las transformaciones económicas y sus consecuencias sobre las clases sociales. Trataron de transformarlas en una versión diferente de la rebeldía primitiva. Mi crítica es que si bien estaban en lo cierto, en la práctica,  al establecer que estas personas aunque apoyaban al Partido Comunista de la India no lo hacían de una manera ortodoxa, en cambio yo percibí desde el principio los límites de esta forma de protesta y rebeldía, que era muy real, pero que era en el mejor de los casos un poder muy negativo, no positivo, de transformación. El ejemplo más obvio que conozco es el del Perú de los años 1960 y 1970, donde, de hecho, una serie de revueltas populares y de ocupación de tierras por las comunidades campesinas destruyeron prácticamente el sistema latifundista. En cierto momento, el sistema simplemente dejó de existir, pero estas comunidades rurales no pudieron hacer nada más, porque eran incapaces de coordinarse. La escasa coordinación que pueda existir debe proceder de otros lugares. En Perú, en aquel momento, provenía de un grupo de generales políticamente progresistas. Una razón de mi compromiso con el comunismo era el enorme poder de los partidos comunistas como organizaciones, que eran capaces de reunir a las fuerzas sociales y  hacerlas fuerzas activas en la historia, al menos antes de ponerse encima y borrarlas, pero ésa es otra historia…  Mi crítica fundamental a los Estudios Subalternos  no es tanto a sus descubrimientos como a sus implicaciones políticas.

La Vie des Idées:Algunos se quejan de que los rebeldes parecen haber desaparecido de sus trabajos posteriores. A veces se tiene la impresión de que el análisis de las principales fuerzas políticas y económicas que han marcado la historia, a lo que dedicó varios libros, es difícil de combinar con una atención especial a los disidentes y los que protestan. ¿Es ésta una falsa impresión o es realmente difícil escribir grandes síntesis históricas  incluyendo las ideas y prácticas de los dominados?

Eric Hobsbawm: Ante todo, debemos ser conscientes de que lo que llamamos revuelta y rebelión son categorías inventadas por los poderosos. Para aquellos que no lo son, eso no es necesariamente una rebelión,  es tal vez la afirmación de derechos y reivindicaciones. Por tanto, la definición de lo que constituye una rebelión o revuelta es algo que se hace desde arriba.  Yo añadiría que alguien dijo una vez que la mayoría de las revueltas campesinas de la Rusia del siglo XIX se resumen  en la solemne multitud de campesinos reunidos en la plaza del pueblo arengados  por los policías. Y nada más!

El concepto de rebelión o de revuelta, como tal, puede ser reapropiado por un grupo de revolucionarios, de rebeldes o de progresistas. Ferrer i Guàrdia dijo: “Yo no soy un revolucionario, soy un “rebelde “. Así que creo que prefiero abandonar el término rebelión o revuelta y hablar de movimiento de  afirmación de los derechos o de manifestaciónde reivindicación de derechos.

¿Cómo se producen estos movimientos? Tradicionalmente, durante el período que más me interesa, rara vez eran espontáneos: se constituían en el seno de una matriz de las convenciones y de hipótesis sobre la forma en la que las personas se debían de comportar entre ellas  y siempre dependían en cierta medida de una forma de estructura de decisión y de consejo. En los movimientos campesinos y aldeanos, incluso en su forma más primitiva,  se reunían y discutían acerca de cómo decidir y actuar. Por ejemplo, en el siglo XX en los Balcanes se reunían alrededor de la oficina de correos para discutir las novedades. En ausencia del alcalde del pueblo o de otra persona importante, se recurría al consejo del maestro, quien podía tener una posición central en la formación de la opinión y,  llegado el caso,  en la acción. En el nivel más bajo, este papel era asumido por el zapatero. En estas condiciones, usted debe entender que incluso estos movimientos llamados “espontáneos”  están en realidad estructurados. En la Francia del siglo XVIII, por ejemplo, la “taxation populaire“  no fue algo que sucedió de repente. Había formas de hacerlo, ya sabe cómo debía hacerse. Las mujeres ocuparban un lugar importante, era parte de su función.

El análisis debe hacerse en el nivel macro: ¿hasta qué punto estos movimientos son eficaces a gran escala? Tal vez deberíamos tener en cuenta los factores negativos;  que luego pueden recaer en las cosas espontáneas. Tomemos el ejemplo de la deserción militar, que es una forma de acción negativa, pero que puede revelarse también una forma de acción muy importante. ¿Cuándo se desintegra un ejército? Realmente no lo sabemos y sólo podemos especular. Sabemos cuándo hay resistencia al reclutamiento en el país  donde se introduce el servicio militar universal, y la cantidad de gente que trata de evitarlo, pero no necesariamente sabemos hasta qué punto puede afectar la acción negativa, en tiempo de guerra, de las personas que se niegan a entrar en combate. Creo que es a través de estas formas negativas que lo que llamamos revueltas populares manifiestan su mayor importancia histórica. Para que una acción positiva sea posible es necesario que en cierta medida esté  controlada y dirigida, oficialmente o no,  por grupos acostumbrados a actuar a escala estatal o nacional.

¿Quiénes son los rebeldes de hoy?

La Vie des Idées: Las formas de la rebelión sobre las que trabajó en la década de 1960 no parecen haber desaparecido. La globalización, como la industrialización en el siglo XIX, ha dado lugar a numerosas acciones de protesta, como la ocupación de tierras, tomar como  de rehenes a empresarios por parte de los  trabajadores amenazados de despido, manifestaciones, etc. Estas prácticas son descritaz  a veces como “primitivas”, ¿pero no son una forma moderna de contestar las desigualdades sociales producidas por la globalización?

Eric Hobsbawm: En primer lugar, la tradición de la acción política proviene del desarrollo de la política popular moderna, por ejemplo la transformación gradual de la forma de las manifestaciones clásicas  en manifestaciones sistemáticas institucionalizadas, ya sean mítines o formas de acción estructuradas. Pienso, por ejemplo, que una de las grandes ventajas de un país como Francia es que este tipo de acciones estructuradas integra el hecho de “salir a la calle”. Desde la Revolución Francesa, esta práctica forma parte del aprendizaje político de los individuos, educados en un país donde la política nacional ha tomado una forma jacobina,  republicana,  y a continuación socialista.

Al otro lado del Canal, el movimiento sindical ha desarrollado sus propias técnicas de lucha, que no siempre han sido reconocidas como tales. El luddismo, por ejemplo, es una técnica que se utiliza a menudo para hacer más eficaz la huelga y los conflictos laborales en los casos en que no se puede hacer otra cosa. Se puede citar asimismo  la gran huelga general de 1842 en Inglaterra, que fue llamad “Plug Riots”, porque los huelguistas destapaban las máquinas de vapor.

De vez en cuando  surgen nuevas formas de acción . Por ejemplo, durante la Gran Depresión de la década de 1930 en Francia, Inglaterra y también en América, fue muy característica la ocupación de los lugares de trabajo, sobre todo fábricas. Hoy en día, secuestrar a los patronos es otra acción. No creo que tenga sentido clasificarlo como “primitivo” o “no-primitivo. Se trata de una búsqueda de nuevos modos eficaces de acción. Debo añadir que estas nuevas formas de acción vienen determinadas en gran medida por las circunstancias. Ahora tenemos nuevas circunstancias, que no estabanen el pasado, es decir, vivimos en una “sociedad mediática”. Conseguir dar a corto plazo la máxima publicidad a una acción y encontrar una nueva manera de hacerla es una forma perfectamente racional de expresar su punto de vista. En este caso, por ejemplo, puede que tomar al jefe como rehén  no tenga ningún efecto real sobre la distribución del poder, pero produce una enorme publicidad, atrayendo la atención de la opinión pública, al margen de que la publicidad sea buena o mala.

La Vie des Idées: Al final de su Historia del Siglo XX expresa su preocupación por “las fuerzas generadas por la economía técnico-científica [que] son lo suficientemente grandes como para destruir el medio ambiente”. Al comienzo de su último libro, Guerra y paz en el siglo XXI, parece preocupado por las cuestiones ambientales y la prioridad que los gobiernos le dan al crecimiento económico. ¿Cree usted que las cuestiones ambientales y la oposición al desarrollo científico-técnico son asuntos para una revuelta legítima?

Eric Hobsbawm: Éstos son temas centrales. Una de las razones por las que no soy muy optimista es que superan con mucho el ámbito de las políticas existentes. Estos problemas deben ser resueltos a nivel transnacional y, sin embargo, la política en su conjunto es la única área en la que la globalización no ha hecho ningún progreso significativo. El Estado-nación sigue siendo el único ámbito en el que es posible la acción política. Las organizaciones transnacionales están tratando de expandirse. Por ejemplo, el auge de las ONG es esencial, porque están estructuradas para poder actuar a nivel mundial. Los nuevos movimientos, encabezados principalmente por minorías importantes, han reconocido el potencial de las operaciones transnacionales, en gran parte a través de la revolución de las tecnologías de la comunicación. Se pueden citar muchos ejemplos: 1968 fue probablemente la primera vez en que las ideas se extendieron por doquier,  un poco como se extiende hoy el temor de una pandemia causada por la gripe. 1968 fue un ejemplo precursor,  que vino de México y triunfó en Occidente, para pasar luego a Praga y extenderse hacia el este. Fueron casi siempre movimientos espontáneos. En las últimas décadas, estas técnicas han sido utilizadas para organizar campañas mundiales, entre ellas “las campañas anti-globalización”, que en realidad dependen de la globalización. ¿Serán eficaces? No lo sabemos.

Por otra parte, una acción realmente eficaz sólo es posible si es  realizada por actores realmente transnacionales. Pero hoy en día aún no existen. La mayor esperanza es se establezcan acuerdos entre los principales agentes,  que no son muchos: el G20, los principales sindicatos, etc. Si pudieran ponerse de acuerdo para actuar al mismo tiempo, ciertas acciones podrían llevarse a cabo. No sabemos si pueden, pero que deben y deberían hacerlo es indudable.

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Entrevista realizada en París el 29 de abril de 2009. Transcripción de Feyrouz Djabali, traducción francesa de Sylvie Taussig.

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El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

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Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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Repensar la subalternidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 28, 2009

Los estudios subalternos, denominados muchas veces poscoloniales, han sido una de las manifestaciones más evidentes del descentramiento de la historiografía contemporánea. La impugnación de la gran narrativa europea, y su caracter universalista, ha tenido en estos autores a los representantes más destacados. Es innecesario a estas alturas mencionar sus referencias (de Thompson a Said) o sus nombres: Ranajit Guha,  Gayatri Chakravorty Spivak, Partha Chatterjee o Dipesh Chakrabarty, entre otros. Este último lo compendió en su volumen Al margen de Europa (Tusquets, 2008) y lo señalaba antes de forma gráfica en su texto “La poscolonialidad y el artilugio de la historia“:

El que Europa funcione como un referente silencioso en el conocimiento histórico mismo se vuelve obvio de una manera sumamente ordinaria. Por lo menos hay dos síntomas cotidianos de la subalternidad de las historias no occidentales, tercermundistas. Los historiadores del Tercer Mundo sienten una necesidad de referirse a las obras de historia europea; los historiadores de Europa no sienten la obligación de corresponder. Se trate de un Edward Thompson, de un Le Roy Ladurie, un George Duby, un Carlo Ginzburg, un Lawrence Stone, un Robert Darnton o una Natalie Davies —para citar sólo algunos nombres al azar de nuestro mundo contemporáneo—, los “grandes” y los modelos del oficio del historiador siempre son, por lo menos, culturalmente “europeos”. “Ellos” producen su obra en una relativa ignorancia de las historias no occidentales y esto no parece afectar la calidad de su trabajo. Éste es un gesto, sin embargo, al que “nosotros” no podemos corresponder. Ni siquiera podemos permitirnos una igualdad o simetría de ignorancia a este nivel sin correr el riesgo de parecer “anticuados” o “superados” .

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Eso explica, en parte, que aun habiéndose publicado algunos de sus textos en España, su impacto aquí sea infinítamente inferior al que tienen en América Latina,  donde se les edita más y son más leídos. Por ejemplo, acaba de aparecer Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina, una colaboración entre el Instituto de Estudios Peruanos y el SEPHIS (South-South Exchange Programme for Research on the History of Development) bajo la batuta de Carlos Sandoval. Éste señala en la introducción: “Los trabajos reunidos en esta compilación constituyen una muestra del fructífero encuentro entre historia y antropología para la comprensión de América Latina y del Perú. Incorporando perspectivas innovadoras, formulando críticas relevantes y replanteando convencionalismos e inercias institucionalizadas, los artículos aquí agrupados representan un corpus reconocible para el público especializado, pero merecen (y exigen) la atención del lector que no lo es. Y en particular de aquellos o aquellas estudiantes o docentes de ciencias sociales interesados en conocer las discusiones recientes en los cada vez más movedizos territorios de la historia y la antropología, pero que por las asimetrías de nuestro espacio académico no han podido acceder a las publicaciones que originan o recogen lo sustancial de estos debates”.

En cuanto al volumen, la mayor parte de los textos proceden de la investigación realizada en América, pero hay otros que son traducciones. Algunos ya eran conocidos en versiones previas:  por ejemplo, el de Dipesh Chakrabarty, “Una pequeña historia de los Estudios subalternos”, o el de Frederick Cooper, “¿Para qué sirve el concepto de globalización? La perspectiva de un historiador africanista”. En cambio, es un acierto traducir al excelente y poco conocido historiador (sinólogo) turco Arif Dirlik: “El aura poscolonial. La crítica del tercer mundo en la edad del capitalismo global”.  Se trata de un famoso artículo aparecido en Critical Inquiry en 1994, que avanzaba  su volumen del mismo título.  Asimismo, se recupera un texto escondido de Eric Hobsbawm: “Nacionalismo y nacionalidad en América Latina”.  El original estaba en: “Nations and Nationalism in Latin America”, Jean Baton,  Bouda Etemad y Thomas David, eds., Pour une histoire economique et  socials internationale: melanges offerts a Paul Bairoch. París, 1995, págs. 313-23.

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La retórica de Obama

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 26, 2009

Se ha hablado mucho de la oratoria de Obama en estos últimos tiempos, hasta que el asunto ha acabado por entrar en el análisis más o menos especializado. El pasado mes de mayo, la revista Esprit dedicaba un artículo a analizar la retórica del presidente Obama. Ahora es Sciences Humaines la que ofrece todo un dossier a este asunto. Uno de los textos que contiene se titula Obama et le pouvoir des mots, escrito por Achille Weinberg.

Dice Weinberg que Barack Obama ha entrado en la historia gracias al poder de las palabras. Sus  grandes discursos políticos han conseguido catapultar a un joven senador negro de Chicago, desconocido en 2004, a jefe de la primera potencia mundial. El de Boston,  durante la Convención Demócrata de 2004, le convirtió una estrella nacional. Su discurso en Filadelfia, sobre  la raza en Estados Unidos,  es ya legendario. El de Chicago, en la noche de la elección a la presidencia, hizo estremecer al mundo. En todas esas ocasiones se las ingenió para impactar en las  mentes, inflamar los corazones, hacer que se derramaran  lágrimas y conmover incluso a los más reticentes. ¿Cuál es su secreto?

En primer lugar,  y  más allá de las palabras, debemos preguntarnos la relación entre el carisma personal de B. Obama y su capacidad de seducción. Encanto no se le pude negar: grande, guapo, con elegancia natural, una voz grave con un ritmo especial, una sonrisa tranquilizadora que inspira confianza. Virginia Sapiro,  profesora de ciencias políticas en Boston, dice que “siempre parece ser dueño de sí mismo. Es muy tranquilo, con una paz interior, algo que en un período de crisis es muy importante “. El carisma del personaje, asociado con la emoción colectiva de sus mítines, también podría explicar en parte la fascinación que despierta. Para contrarrestar estos efectos, hay que sentarse en una silla, quitar la imagen, apagar el sonido, obviar el estado de ánimo colectivo de sus mítines y  leer sus discursos. Está claro que la magia no desaparece,  aún nos hace temblar. Hay, pues, algo en el propio discurso.

Obama tiene la virtud de dar vida a sus ideas a partir de historias sencillas, emocionantes  y edificantes. La suya ante todo. En la convención demócrata de 2004, que lo dio a conocer a nivel nacional, comenzó contando la historia de su familia. La de su abuelo, un cocinero pobre, que soñaba con un futuro mejor para su hijo. Habla de su padre, nacido en Kenya, que estudió  y obtuvo una beca para estudiar “en un lugar mágico: Estados Unidos”. Evoca un encuentro con una mujer blanca,  su madre, “nacida en las antípodas, en  Kansas”. “Mis padres no sólo compartían un amor improbable, compartían su fe en las posibilidades de esta nación. Me dieron un nombre africano, Barack, que significa “bendición”,  porque creían en una América tolerante donde tu nombre no es una barrera para alcanzar el éxito”.  Un pequeño tour de force. En resumen, la clave es el sueño americano visto a través de una historia de vida. Se centra en la alianza entre negros y blancos (un “amor improbable”) en lugar de en su oposición, en la capacidad de América para ofrecer una oportunidad a todos. Un mensaje unificador y emocionate. ¿Cómo no conmoverse por padres que sueñan con una vida mejor para sus hijos? Un discurso que puede apelar a todas las generaciones, sea cual sea el origen, a todos los estadounidenses. En todos los discursos  sacó a relucir esas historias de vida. En Filadelfia, por ejemplo, habló de Ashley, una estudiante cuya madre tenía cáncer y carecía de cobertura sanitaria. Empezaba así: “hay una historia en particular que me gustaría ofrecerles hoy,  una historia que relaté cuando tuve el gran honor de hablar con motivo de la celebración del nacimiento del Dr. King en su parroquia, la Ebenezer Baptist de Atlanta. Trata de una joven, una mujer de 23 años, una mujer blanca llamada Ashley Baia, que trabajó en nuestra campaña en Florence, South Carolina…”

Estas historias las inscribe dentro de la “gran historia”.  ¿Cómo? Con una fórmula que consigue hacer desfilar la historia de Estados Unidos mejor que las fechas o los recuerdos propiamente históricos. En Chicago, la noche de su victoria, hizó temblar al público al referirse a la historia de Nixon Ann Cooper, una mujer de 106 años, que desafió el frío y la fatiga para ir a votar, porque sabía que el  “tiempo del cambio había llegado”.  “Nació sólo una generación después de que desapareciera la  esclavitud, un momento en el que no había coches por las carreteras ni aviones en el cielo, y cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ella ha visto en América a lo largo de su siglo,  la angustia y la esperanza, la lucha y el progreso, los tiempos en que se nos decía que no podíamos, y la gente que siguió confiando en el credo estadounidense: Sí, podemos”.

Este proceso de desplazamiento que consiste en sustituir un nombre o una idea con una imagen gráfica es casi sistemático. Aquí se unen los procesos convencionales de la metáfora y la metonimia, que son una piedra angular de su retórica. Como ha señalado Christophe de Voogt,  cuando aborda cuestiones de ecología  “no hay cifras ni consideraciones eruditas sobre el calentamiento global” sino una evocación concreta: “Mientras hablamos, los coches en Boston y las fábricas en Pekín derriten la capa de hielo en el Ártico, reducen las costas en el Atlántico y traen la sequía a las granjas,  de Kansas a Kenia” (Berlin, 2008). Como ha indicado Piere Varrod, allí donde otro político habría dicho “vamos a incrementar la producción de electricidad a partir de nuevas fuentes de energía -solar, eólica, geotérmica”,   Obama dijo: “dominaremos el sol, el viento y el suelo”.

El arte de contraste es otro recurso retórico del que hace uso. Se trata de crear oposiciones simples y binarias para marcar los límites del debate. En su discurso ante el Senado para defender la reforma sanitaria, fue tajante: “El tiempo de la riña se ha terminado. El tiempo de los juegos ha pasado. Ha llegado el momento de actuar”.  Las críticas, las objeciones y  los debates se reducen a “riñas y juegos” que se oponen a la  “acción”. Este contraste crea una simplificación y una oposición binaria que tiene la ventaja de “marcar el terreno” creando dos alternativas claras (aunque en realidad siempre hay un mayor campo de posibilidades).

Charlotte Higgins ha hablado de  Obama como de un “nuevo Cicerón“. De hecho, más que de la retórica romana,  Obama es heredero de la tradición oratoria de los pastores negros  y de los grandes oradores de la historia americana (B. Franklin Roosevelt, John F. Kennedy). Sin embargo, ¿los trucos retóricos son suficientes para explicar su fuerza de convicción? Más allá de las técnicas retóricas, hay también un mensaje. Se basa en tres ideas fundamentales:

• La esperanza (hope) de un mundo mejor (incluso aunque el contenido de ese “mundo mejor” sea bastante vago);

• El cambio debe descansar en la capacidad del pueblo estadounidense de inventar lo imposible, una idea que resume en el lema: “Yes, we can”;

• Este cambio se basa en la unidad del pueblo estadounidense. Más allá de las divisiones, hay una unidad de los estadounidenses en torno a los valores fundacionales.

Todos los comentaristas lo han subrayado: B. Obama es un unificador. Su posición política no es la de un defensor o representante de una comunidad,  se presenta como un hombre que está por encima de la refriega, que moviliza  valores no partidistas.

Si  según Michael  Meyer  la retórica es el arte de aproximar las distancias entre los interlocutores, entonces B. Obama es un maestro del género.

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