Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 21, 2009
Reparábamos hace unos días en este blog en el vértigo de las listas. Umberto Eco señalaba en esa entrevista hasta qué punto son importantes y cómo nos ayudan a conjurar el desorden, cuando nos faltan palabras para expresar el mundo. Y así hay listas de todo tipo, listas complejas y listas prácticas. El momento en el que nos hallamos es, por ejemplo, uno muy dado a los listados. Con las fiestas enseñoreándose de nuestra cotidianeidad, hacemos listas de todo tipo, de la cesta de la compra, de regalos, de cosas que hemos de hacer o que nos proponemos acometer con el nuevo año. Y, por supuesto, cuando vence la anualidad, se presentan listas de todo orden, entre ellas las de los mejores libros. Tantos han sido los publicados y tan diversos, que ese desorden sólo puede reducirse significativamente elaborando un catálogo abreviado de lo mejor y más recomendable. Veamos
La primera lista, lo que se dice lista, es como siempre la prestigiosa TLS Books of the Year 2009. Hay mucho y variado, con predominio literario, incluido Javier Marías. Así, Terry Eagleton elige la “mythistory” que elabora Shlomo Sand en The Invention of the Jewish People (Verso), de la que hablaremos más adelante. Simon Jenkins se centra en los descontentos presentes, con lo que su primera opción resulta ser la Operation Snakebite (Viking), de Stephen Grey, una devastadora crónica de la batalla por Musa Qala en Afghanistán de diciembre de 2007. Deja espacio asimismo para cosas distintas, como la biografía realizada por Michael Bloch de una de las figuras centrales de la arquitectura inglesa, además de autor de una de las mejores autobiografías que se hayan escrito en aquel país: James Lees-Milne: The Life (John Murray). El político conservador Ferdinand Mount se decanta, en cambio, por el análisis que hace Mark Thompson en The White War (Faber) sobre el frente italiano en la Primera Guerra Mundial y por el célebre Reappraisals (Heinemann) de Tony Judt. En fin, el especialista en literatura francesa Graham Robb nos propone volver a finales de 2008 y recuperar el interesante Playing at Monarchy: Sport as metaphor in nineteenth-century France (University of Nebraska Press), de Corry Cropper.
Otra lista temprana fue la del británico Telegraph, publicada el 26 de noviembre. El historiador y escritor Dominic Sandbrook, que hace la selección, la divide por épocas. Empieza con The Inheritance of Rome: a History of Europe from 400 to 1000 (Allen Lane), del oxoniano Chris Wickham, un volumen al que colma en elogios por un compendio que va desde el esplendor del Bizancio imperial a la violencia de los primeros reinos anglosajones. Continúa con The English Rebel: One Thousand Years of Troublemaking, from the Normans to the Nineties (Viking), un breve volumen de David Horspool sobre la insurgencia medieval; con Holy Warriors: a Modern History of the Crusades (Bodley Head), de Jonathan Phillips; y con Hundred Years War, Divided Houses: the Hundred Years War III (Faber), la magnífica historia épica escrita por Jonathan Sumption. Ese mismo tema, el de la Guerra de los Cien años, es abordado también por otros dos autores: por Ian Mortimer en su 1415: Henry V’s Year of Glory (Bodley Head), y por Juliet Barker en Conquest: the English Kingdom of France, 1417-1450 (Little, Brown).
En cuanto a lo que aquí llamamos historia moderna, Sandbrook califica de fascinante el House of Treason: the Rise and Fall of a Tudor Dynasty (Weidenfeld) de Robert Hutchinson; dice que le encantan las más de mil páginas que Peter H. Wilson dedica a Europe’s Tragedy: a History of the Thirty Years War (Allen Lane); tilda de estupendo A Gambling Man: Charles II and the Restoration (Faber), de Jenny Uglow; reconoce haber disfrutado con el libro que Edward Vallance dedica a ese fascinante mundo radical que va de los levellers a los cartistas, A Radical History of Britain (Little, Brown); y termina reclamando la atención sobre Behind Closed Doors: at Home in Georgian England (Yale), el estudio de la vida cotidiana del Setecientos que ha elaborado Amanda Vickery.
De la época contemporánea, la selección del siglo XIX empieza con Russia Against Napoleon: the Battle for Europe, 1807 to 1814 (Allen Lane), una especie de versión histórica de Guerra y Paz, con la salvedad de que la paz brilla por su ausencia en el volumen de Dominic Lieven. En segundo término, como ya hemos adelantado aquí, no podía faltar la celebrada biografía de Engels, el The Frock-Coated Communist: the Revolutionary Life of Friedrich Engels (Allen Lane) de Tristram Hunt.
Para el siglo XX, recomienda sobre todo el volumen de Miranda Carter titulado The Three Emperors: Three Cousins, Three Empires and the Road to World War One (Fig Tree), seguido del Antony Beevor de turno , el ya célebre D-Day: the Battle for Normandy (Viking). Luego tendríamos el excelente The Morbid Age: Britain Between the Wars (Allen Lane), de Richard Overy; y la maravillosa recreación de los cincuenta que hace David Kynaston en Family Britain,1951- 57 (Bloomsbury). Termina con una recomendación navideña, que en este caso recae en un libro tan ambicioso como voluminoso: A History of Christianity: the First Three Thousand Years (Allen Lane, £35), de Diarmaid McCulloch.
Ahora bien, con anterioridad, el 22 de noviembre, The Guardian/The Observer ya había presentado sus consejos literarios a partir de lo que escogían distintas figuras públicas. Casi todo son, por esa misma razón, libros de ficción. Entre la historia, repiten Antony Beevor y David Kynaston. Este último escoge incluso su volúmen preferido, que en este caso es la citada biografía escrita por Michael Bloch. Por su parte, Roy Hattersley elige la celebrada biografía de Abraham Lincoln de la que ya hablamos hace meses: Team of Rivals, de Doris Kearns Goodwin (Penguin). El ya mencionado Tristram Hunt también comparece, aunque no destaca ninguna obra histórica propiamente dicha, a no ser Blood, Iron and Gold: How the Railways Transformed the World (Atlantic), escrita por el periodista e historiador del ferrocarril Christian Wolmar.
Afortunadamente, The Guardian/The Observer da también esa misma oportunidad a Eric. J. Hobsbawm, que dice: “En la versión original en alemán, veo en The Silences of Hammerstein de Hans Magnus Enzensberger una virtuosa combinación de investigación, reportaje e imaginación, una introducción tan buena como cualquier otra a la República de Weimar, pero imposible de orillar. Es la historia de Kurt von Hammerstein, el último (y anti-nazi) comandante general del ejército alemán antes de que Hitler llegara al poder, y de sus hijos, divididos entre comunistas, ex comunistas y conspiradores en 1944. Ha sido preciosamente publicado en Inglés por Seagull Books en Calcuta. También hay que darle la bienvenida a The Invention of the Jewish People, de Shlomo Sand y, por lo que se refiere a Israel, resulta necesario como ejercicio de desmantelamiento del mito histórico nacionalista y como alegato en favor de un Israel que pertenece por igual a todos sus habitantes. Tal vez los libros que combinan la pasión y la erudición no cambian las situaciones políticas, pero si lo hicieran, éste debería considerarse un hito”.
Al otro lado del Atlántico, el suplemento literario (Book Review) del NYT fue uno de los primeros, aunque algo más tarde que los rotativos británicos, el 30 de noviembre. Algunos de los titulos no sorprenden y, de hecho, han aparecido por este blog, como: The Age of Wonder: How the Romantic Generation Discovered the Beauty and Terror of Science, de Richard Holmes (Pantheon), volumen seleccionado también en la lista de Publishers Weekly; The First Tycoon: The Epic Life of Cornelius Vanderbilt, de T.J. Stiles (Knopf); o Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City, de Greg Grandin (Metropolitan).
A estos hay que añadir otros muchos, entre los que podríamos destacar:
Worse Than War: Genocide, Eliminationism, and the Ongoing Assault on Humanity (PublicAffairs), del controvertido Daniel Jonah Goldhagen, que sitúa el Holocausto dentro de un largo y recurrente comportamiento genocida a lo largo de la moderna historia humana.
The Wilderness Warrior: Theodore Roosevelt and the Crusade for America (Harper), del historiador Douglas Brinkley
The Third Reich at War (Penguin), la tercera y última parte de la célebre trilogía que el historiador de Cambridge Richard J. Evans ha dedicado al Tercer Reich, desde la invasión de POlonia en 1939 hasta su colapso en 1945.
Louis D. Brandeis: A Life, del historiador Melvin I. Urofsky, otra biografía sobre uno de los más importantes innovadores y reformadores sociales de los Estados Unidos, tarea que desarrolló desde la Corte Suprema, en la que estuvo desde 1916 hasta 1939.
Empire of Liberty: A History of the Early Republic, 1789-1815 (OUP), del historiador Gordon S. Wood.
Dancing in the Dark: A Cultural History of the Great Depression (Norton), del especialista en historia cultural Morris Dickstein
The Fires of Vesuvius: Pompeii Lost and Found (Harvard), de la clasicista Mary Beard.
Incluso podríamos incluir a Lords of Finance: The Bankers Who Broke the World (penguin), aunque su autor, Liaquat Ahamed, es un gestor de fondos. El volumen, que trata la época anterior a la Gran Depresión, ha sido elegido como el mejor libro de negocios del año por el Financial Times.
Benjamin Schwarz, editor literario de Atlantic, coincide en la obra de Richard J. Evans sobre el Tercer Reich, pero añade dos libros aparecidos a finales de 2008: el del historiador Michael Burlingame, Abraham Lincoln: A Life (Johns Hopkins University Press), en dos apretados volúmenes que sobrepasan las dos mil páginas, que supone el trabajo final de un historiador que ha dedicado parte de su producción y de su vida a ese presidente; asimismo, la curiosa Mrs. Woolf and the Servants. An Intimate History of Domestic Life in Bloomsbury (Bloomsbury), en la que la filóloga Alison Light desmenuza las relaciones entre Virginia Stephen, conocida después como Virginia Woolf (1882-1941), y la mujer que se ocupo de ella y de su casa durante 59 años.
Pasemos ahora al mercado francés, con brevedad, para no cansar. Los vecinos galos prefieren el número 20, así que tanto Le Point como Lire escogen dos decenas de libros. El primero sólo incluye un libro de historia, y no es francés. Se trata del volumen de Ian Kershaw publicado por Seuil y que nosotros pudimos leer en 2008: Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbor (1940-1941). El año que cambió la historia (Península). Parecida situación se da en Lire, donde la elección recae en Yuri Slezkine (director del Institute of Slavic, East European, and Eurasian Studies de la University of California-Berkeley) y su Le siècle juif (La Découverte), traducción algo tardía pero conveniente de la celebrada y premiada The Jewish Century (Princeton University Press, 2004). Esta última revista incluye también en el apartado de ensayo el último de Alain Finkielkraut: Un coeur intelligent (Stock/Flammarion), mientras que el rotativo acoge un espléndido ensayo de historia de la literatura, de los profesores Anne Boquel y Etienne Kerne: Une histoire des haines d’écrivains, de Chateaubriand à Proust (Flammarion). Y, finalmente, una coincidencia en el ámbito de la autobiografía: el admirado Claude Lanzmann con su Le lièvre de Patagonie (Gallimard).
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Más listas.
Por ejemplo: The Evening Standard, primera y segunda parte; The Independent; Publishers Weekly; National Public Radio; Globe & Mail; y, cómo no, Barnes and Noble… Esta librería siempre sorprende: sólo les diré que pensando en Halloween, en octubre recomendaron nada menos que Ecstasies, de Carlo Ginzburg, es decir, su Historia nocturna. Ciero que ahora reiteran la aclamada The Age of Wonder, pero la reseña la hace Dava Sobel y se incluye una entrevista con su autor. Además, incluyen otros volúmenes a considerar.
En fin, no se lo lean todo!
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 18, 2009
Aunque no lo parezca, la revista Books es francesa y está dedicada, eso sí, al mundo del libro. En uno de sus últimos números (el de noviembre-diciembre), dedica un artículo a “La radieuse cuisine stalinienne“. En realidad, comenta un volumen italiano (Rivoluzione in cucina. A tavola con Stalin: il libro del cibo gustoso e salutare, Excelsior 1881) que ha traducido y editado Ljiljana Avirovic. Puestos a escoger, no obstante, prefiero remitirles a la reseña que publicó hace unos meses Claudio Magris en Il Corriere della Sera: “E Stalin Inventò le Ricette di Stato“
“Para cocinar el Harco (una sopa picante de la región del Cáucaso) se pone habitualmente ternera, pero también puede ser sustituida por el cordero (…). Tras hervirla una hora u hora y media, se agrega la cebolla picada, el ajo machacado, el arroz, ciruela agria, sal y pimienta, cocinándolo todo durante otros 30 minutos. Estofar ligeramente el tomate con la mantequilla …».
Estas y otras sabrosas recetas, del Plov o el Pilaf a la uzbeka al bliny a la ucraniana, no se encuentran en ningún recetario, sino en un texto “revolucionario” obrero, en el libro de la comida sabrosa y saludable publicado por primera vez en Moscú en 1939 y reeditado muchas veces durante años, con ricas ilustraciones, por la Academia de Ciencias Médicas de la URSS. El libro, por voluntad explícita de Stalin, debía certificar la “Revolución en la cocina” y documentar “la máxima afirmación del continuo progreso de las necesidades materiales y culturales de la sociedad”, promovido por el Partido Comunista, coronando “la feliz realización de los planes quinquenales” con la ” prosperidad, felicidad y alegría de vivir” procuradas a los trabajadores y en particular a las mujeres. Un libro que para nosotros es una mina, pues nos podemos dar el lujo de poner en nuestros platos el resultado esas recetas jugosas, pero un trágico insulto para los millones de ciudadanos soviéticos hambrientos y desnutridos de esos años. Así pues, el volumen que nos propone ahora Ljiljana Avirovic (una traductor extraordinara que no sólo vierte al italiano autores croatas, sino también a otros como Pasternak, Bulgákov o Crnjanski) se interpreta a contaluz de la historia terrible de la URSS en aquella época.
En aquel recetario colaboraron científicos e intelectuales de diferentes disciplinas; un “ingeniero de almas” – es decir, el escritor o intelectual que según Stalin debe producir el nuevo hombre en la sociedad comunista- no ignora la mesa, que no sólo regenera el cuerpo sino también el espíritu, el sentido cordial de la vida. “Un hombre renace viviendo plenamente la vida”: lo dijo Stalin brindando generosamente a una cena suntuosa celebrada un 26 octubre de 1932, en la casa de Gorki, ante literatos y escritores a los que Gorki había de educar, formar y arreglar bajo las directrices del Líder Supremo, que aquella noche se presenta como un gourmet jovial y feliz de ver que la fábrica de intelectuales del régimen está funcionando correctamente. Los buenos almuerzos siempre han ayudado a los señores y a sus favoritos a dominar a aquellos que están con el estómago vacío.
De hecho, en aquella excelente cena se planea un viaje colectivo de instrucción de 120 escritores elegidos por Gorki y que, acomodados en cuatro vagones del tren especial ‘Flecha Roja’, van a sisitar el Gulag, los penales de “reeducación mediante el trabajo físico” que hay dispersos a lo largo del canal Bjelomor, construido con el enorme y pavoroso trabajo forzoso de los reclusos y con su hecatombe. Bjelomor, el libro colectivo escrito por 36 autores bajo la dirección de Gorki, fue editado en 1934. Aquella apología de la esclavitud incluye el menú diario del preso, que a Ljiljana Avirovic le parece muy improbable: “medio litro de sopa de col fresca, 300 gramos de polenta con carne, 75 gramos de filete de pescado con salsa, 100 gramos de pasta de hojaldre con col blanca”. Alimentos y menús también son algo bien presente para estos escritores de excursión escolástica; Saša Avdeenko, joven y de buen apetito, escribe: “Hemos comido y bebido todo lo que queríamos y podíamos: salchichas ahumadas, quesos, caviar, frutas, chocolate, vino, aguardiente, sin pagar nada”.
En el sabroso y doloroso ensayo introductorio, Ljiljana Avirovic pone el trágico contrapunto a Bjelomor .
Este libro es una pequeña nota a pie de página en la historia de la Unión Soviética y de la trágica perversión o fracaso de sus proclamados valores. Pensar en la mesa, donde la comida y el vino pueden llegar a ser no sólo alimento sino comunión de la familia y la amistad, es un pensamiento realmente revolucionario, que tiene en mente una vida liberada, vivida alegremente desafiando el paso del tiempo. Quizás Lenin pensara en eso cuando dijo que una buena madre de familia puede ser una comisaria del pueblo, porque las virtudes femeninas, liberadas de la opresión, son ya un arte de vivir y de sabiduría política.
Hay una nobleza profunda en el proyecto de liberar a la mujer, con una organización adecuada del trabajo, del trabajo doméstico asfixiante, lo que le permite ser una madre que da alimento y amor, pero que es libre para cultivar otros intereses como los hombres. En teoría, la Revolución no quiere quitar a la Marta evangélica el amor que la lleva a los fogones, pero se le debería permitir no estar abrumada por el trabajo y escuchar, como María, la Palabra. Brutalmente negada por la realidad soviética, esta visión contiene en sí un auténtico ideal de redención, aunque en este caso sea un mero ideal utópico. Es cierto que “renacer viviendo plenamente la vida” se consigue mucho mejor si va acompañado de un buen vaso; la tragedia es que quien diga esas palabras, en la noche de octubre de 1932 y ante una mesa de esclavos disfrazados de ingenieros de almas, sea el camarada Stalin, que está oprimiendo, abocando al hambre y exterminando a millones de personas.
Incluso en tiempos difíciles, los poderosos comen bien. El Libro del cibo gustoso e salutare refiere el menú ofrecido por Stalin el 21 de septiembre de 1944 a Tito, “un gigante y un dandy”, como lo define Enzo Bettiza. La cena ofrecida por Stalin incluía caviar rojo, esturión y anguila marinada, pepinillos en vinagre, goulash con albóndigas al vino georgiano, asado de pollo a la rusa, conservas de setas, panqueques, arándanos. Pan y vino que, sobre una mesa fraternalmente servida para sellar la humanidad, devienen obscena francachela con los atracones de los poderosos que se reparten el pastel y se ilusionan con repartirse el mundo; como cuando Churchill y Stalin, en Moscú, se reparten un soberbio esturión y las desventuradas naciones balcánicas, con el 75 por ciento de Rumania bajo influencia soviética y el 25 bajo la inglesa, lo contrario en Grecia y así sucesivamente, mientras que Churchill, cortando un bocado exquisito, cede territorios que, confiesa, no sabe exactamente dónde están, como Besarabia. Diez años más tarde, en la edición de 1954, la introducción del Libro del cibo gustoso e salutare dice que, por el bien del país, “es necesario introducir el jugo de tomate como bebida de masas”.
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 16, 2009
La Harvard University Gazette informa de un debate sobre los efectos del cambio digital en el mundo universitario, un debate en el que participa Robert darnton, quien acaba de manifestarse de nuevo sobre el acuerdo de Google sobre los derechos de autor de las obras digitalizadas. Pero vayamos a la mencionada discusión:
Hay billones de páginas en Internet. En esencia, son las estrellas, planetas y cometas centelleantes de un vasto universo de conocimiento digital que se está expandiendo continuamente. Durante 500 años, los libros han estado invitando a los lectores a mundos de contenidos que presuponían la posibilidad de dominar el saber. Sin embargo, internet nos invita a un mundo de hipervínculos. Explota la noción de contenido y hace que el control de lo conocido resulte tarea imposible.
Esta expansión, la de la edad de la información digital en abierto, cambia las tradiciones académicas, desde el aprendizaje al propio acto de la lectura. Entonces, ¿cuál será el destino de la educación superior en la era digital? Ese fue el tema de la mesa redonda celebrada en panel de Harvard el pasado miércoles 18 de noviembre con motivo del centenario de la Harvard Extension School titulada: “No More Teachers? No More Books?” Los participantes eran: Harry Lewis, profesor Gordon McKay de informática; David Weinberger, investigador del Berkman Center for Internet & Society de la Universidad de Harvard; Robert Darnton, director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard y Carl H. Pforzheimer profesor de la citada Universidad; Craig Silverstein, director de tecnología de Google; y Sherry Turkle, directora de la MIT Initiative on Technology and Self.
La discusión tomaba como excusa la citada Escuela de Extensión de Harvard, pues es un ejemplo de cómo Internet está transformando la educación superior. Este año, una tercera parte de los matriculados, procedentes de más de 120 países, siguen los cursos en línea.
Lewis, co-autor de Blown to Bits: Your Life, Liberty, and Happiness After the Digital Explosion (2008), señaló que la gente se ha visto sacudida por lo que ha supuesto la era digital, llegando a “una especie de momento cúspide” para dar abasto ante toda la información ubicua y las nuevas fuerzas sociales que han crecido alrededor de Internet. Y si no hemos llegado al extremo es porque “aún estamos utilizando los libros”. Él el libro, señala, es un medio “desconectado”, el tipo de contenedor poco honorable en una época de hipervínculos. Los autores ya no deciden los límites de un tema, sino que lo hacen los lectores con sus clics a través de las capas de enlaces.
Los libros también implican un mundo de conocimientos en el que el experto filtra y elige, indicó Weinberger, autor de Everything Is Miscellaneous: The Power of the New Digital Disorder (2007). Sin embargo, Internet significa asumir una “nueva estrategia” para el aprendizaje, con una filosofía de: “inclúyelo todo; fíltralo al final”. Es decir, los libros implican que el conocimiento es dominado, pero Internet es un mundo con límites porosos en el que la autoridad cambia constantemente: siempre hay algo más que se acaba de decir sobre ésto o lo otro.
En cuanto a la educación superior, las universidades siguen siendo lugares -físicos- en la era digital, dijo Weinberger. Su realidad material no será erosionada por Internet. Más bien el proceso de aprendizaje se beneficiará del intercambio de conocimientos que caracteriza a Internet y de su tendencia a “llenar todos los intersticios” de la investigación, lo cual es “muy buena noticia para la educación superior”.
Pero atención, replicó Darnton, el libro no ha muerto. “El antiguo códice impreso lo está haciendo muy bien, gracias,” con algo así como un millón de nuevos títulos al año en el mundo. No todos los conocimientos pueden ser capturados en bytes, como tampoco todos los conocimientos son capturados en los libros, de modo que el mejor futuro será aquel en el que convivan lo digital y lo tradicional. Eso sí, la era digital trae “un período de gran confusión … un nuevo mundo en el que necesitamos orientación”. Eso es una buena noticia para la idea de “maestros y libros”, los dos “instrumentos” de aprendizaje tradicional que hemos de aceptar con nueva atención. Mientras tanto, no hay razón para preocuparse por los proyectos de digitalización como los de Google. Los técnicos pueden utilizar ediciones inadecuadas, olvidar páginas o emplear categorías arbitrarias, de modo que Hojas de hierba, de Walt Whitman, puede estar en el apartado de jardinería. Una preocupación mayor, dijo, es que esa información quede en manos de un “monopolio corporativo.” A pesar de los problemas técnicos, el proyecto de Google es “tan bueno” que no debería estar en manos privadas, dijo Darnton. “Debe ser aprovechado para el bien común”.
Sentado junto a Darnton estaba Silverstein, que fue el primer empleado de Google y que, de inmediato, dijo que los abogados le habían advertido de que no dijera nada sobre Google Books. Pero ofreció ideas sobre el papel de las universidades en la era digital. La educación superior hace un buen trabajo impartiendo conocimientos técnicos, pero sólo un entorno laboral hace que la gente obtenga “competencias suplementarias en relación con un entorno de grupo”. “Uno lo puede hacer bien (en la escuela) sin tener que aprender esas otras habilidades”. Silverstein utilizó el ejemplo de un estudiante graduado que escribió el código de un software que funcionaba bien, pero que lo escribió de tal manera que nadie podía entenderlo. La supervivencia en el lugar de trabajo no sólo requiere de habilidades técnicas, sino “la conciencia del entorno en el que te mueves”.
En el aula, la era digital está cambiando la forma en que la gente piensa, lee y aprende en un ambiente universitario, dijo Turkle. Mientras tanto, el boom digital también ha creado sus propios mitos, incluyendo el “mito de la multitarea.” A pesar de haber asumido el “volumen y la velocidad”, “cuando haces varias tareas, el resultado es peor”. Irónicamente, la era digital ha traído consigo un nuevo imperativo, el de frenar y tomarse algún tiempo. Otro mito es el de que la simulación es la mejor manera de aprender, cuando “la simulación de la realidad siempre deja algo fuera”, incluyendo el sentido de la escala y la necesidad de dudar de (y no sólo amar) la tecnología. Sentado delante de los ordenadores, asombrados ante lo que ven, la gente “aprende a tomar las cosas por el valor de su interfaz”, a expensas a menudo de la realidad. Turkle dice que se lo que se pierde es una habilidad que se asociaba desde antiguo con la educación superior: el pensamiento crítico. En el mundo de la información digital, dijo, “hemos de aproximarnos a las nuevas herramientas con la duda adecuada”.
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 13, 2009
Frédéric Rouvillois es un escritor y académico francés. Enseña derecho e historia de las ideas políticas en la Paris Descartes, pero es mucho más conocido por sus libros sobre las convenciones sociales. La editorial argentina Claridad publicó el pasado año el volumen Historia de la cortesía de 1789 a nuestros días, que un año antes había sido galardonado con el recién creado Grand Prix du Livre d’Histoire. Ahora repite con otra obra del mismo autor: Historia del esnobismo.
Para nuestra fortuna, el suplemento (adn) del periódico La Nación avanzó hace unos días parte de su contenido:
En nuestros días, constata Gaston Jollivet en Le Figaro en enero de 1885, “todo lo que es inglés se atrae el favor de los esnobs”. Ahora bien, si esta afinidad parece especialmente densa en la época, la historia del esnobismo muestra que (casi) siempre ha sido así.
¿Casi siempre? De hecho, prácticamente inexistente en el siglo XVII, la anglomanía nace a comienzos del XVIII, con los auspicios más fríos, más serios, más rígidos y, a decir verdad, los menos propicios al esnobismo. Uno de los primeros en atraer la atención del público francés sobre Inglaterra es, en efecto, un protestante de Berna, Béat de Muralt, a propósito del cual el abate Desfontaines declarará irónicamente estar “muy contento de ver pensar a un suizo”. Sus Lettres sur les Anglais et les Français escritas bajo Luis XIV pero editadas en 1725, y a menudo reimpresas en el curso del siglo, manifestaban la cercanía del autor con los medios del Refuge, es decir, de los hugonotes expulsados de Francia después de la revocación del edicto de Nantes. Oponen sistemáticamente la frivolidad de los franceses, cuya agudeza mental “consiste principalmente en el arte de hacer valer bagatelas”, a la solidez, a la precisión y a la sencillez de los ingleses. Éstos “se sienten libres, están cómodos; les gusta usar su razón, no dan importancia a esa cortesía en el hablar y esa atención en los modales que produce el pequeño carácter”. ¿El buen sentido de los ingleses y su libertad, contra la cortesía de los franceses sometidos al despotismo del Gran Rey? La oposición caricaturesca se resiente fuertemente por el clima polémico en que fue concebida. En el fondo, si las Lettres de ese “suizo de cabeza pensante”, dijo el abate Desfontaines, al que Voltaire llamaba “el prudente” y Rousseau “el grave Muralt”, son uno de los puntos de partida de la anglomanía francesa, hay que reconocer que no tienen ninguna conexión con cualquier esnobismo.
La conexión va a establecerse algunos decenios más tarde. Entre los dos, varias obras exitosas han retomado los temas iniciados por Muralt, pero de un modo más liviano, más seductor, en una palabra, más francés. Así, las novelas cosmopolitas que el ex abate Prévost escribe durante su exilio forzoso en Gran Bretaña y, sobre todo, las célebres Lettres anglaises (1734) de Voltaire, en las que el autor demuestra, con su genio sarcástico, que el espíritu de lo que todavía se llama “el siglo de las Luces” no es sino el espíritu inglés. “Esta obra, dirá Condorcet en su Vie de Voltaire , fue entre nosotros la época de una revolución: empezó a hacer nacer en ella el gusto por la filosofía y la literatura inglesas, a interesarnos en sus costumbres, en la política, en los conocimientos comerciales de ese pueblo, a divulgar su lengua entre nosotros” -llegando Condorcet a reconocer que “después, un entusiasmo pueril ha tomado el lugar de la antigua indiferencia”. Esta obra constituye entonces un paso decisivo para la anglomanía, no solamente porque la difunde sino porque va desviar su naturaleza. Extendiéndose desde entonces a todo -no solamente a las ideas o a los principios sino también a los modales, a los gustos y a las comodidades-, va a llamar la atención de otro público, más informal, que en Inglaterra considerará menos lo serio, el buen sentido, que una manera original de concebir el lujo, de disponer la elegancia o de practicar ejercicios físicos.
Esas bodas de la anglomanía y del esnobismo van a tomar cierto tiempo. Pero para eso se dispone de un punto de partida cronológico significativo: la aparición, en 1757, del Préservatif contre l’anglomanie de Fougeret de Monbron, que por lo demás va a popularizar el término. Escritor de segundo orden, se había vuelto célebre, en la Francia deliciosamente civilizada de la época, por su humor inalterablemente malo y su gusto enfermizo de la provocación. Diderot, considerando que tenía más hiel que talento, lo había apodado “el tigre en dos patas” o “el hombre de corazón velludo”. Ese rasgo de carácter, el hecho de detestar lo que está de moda justamente porque está de moda, lo conduce a pasar bruscamente de una anglofilia de la que alardeaba a una anglofobia furiosa. Detrás de Voltaire, el Préservatif apunta en efecto “a todos aquellos que practican el culto de las maneras inglesas, de la libertad inglesa, de las letras inglesas: a grandes dentelladas, hace estallar las tripas del mito”. Fougeret de Monbron la emprende contra un esnobismo todavía en formación, pero ya lo suficientemente consolidado como para merecer su odio.
De hecho, desde entonces ser chic es ser a la inglesa, se trate de modales, de vestimenta o de disfrutar del tiempo libre: Éraste, el personaje principal de la comedia de Saurin L´Anglomane ou l´Orpheline léguée, interpretada en 1765, se caracteriza por “ese entusiasmo ciego”, por “esa manía de preferir todo lo inglés o que parece serlo, a lo que se usa entre nosotros”.
Es más o menos la época en la que el historiador británico Gibbon, visitando París, nota que “nuestras opiniones, nuestras costumbres, hasta nuestra vestimenta, eran adoptadas en Francia; un rayo de gloria nacional iluminaba a todo inglés”, éstos eran considerados modelos que es necesario imitar si se quiere ser considerado como es debido. La anglomanía se arraiga. Pronto, el Dictionnaire universel des sciences… ou Bibliothèque de l´homme d´État et du citoyen , publicado en 1778, le consagra todo un artículo: “El colmo de los anglómanos es querer transportar sobre las orillas del Sena: leyes, una constitución, costumbres, usos que no convienen sino en una isla regada por el Támesis”. Por otra parte, exento de imitar a los ingleses, sería mejor no hacer como los monos, que no toman jamás lo bueno de lo que remedan”; ahora bien, acusa el autor del artículo, es lo que hacen los franceses vistiéndose ala inglesa, ocupándose a la inglesa, divirtiéndose a la inglesa, “lo que no ha sido sino un ridículo más”. Ocho años más tarde, en Rin, en mayo de 1786, un observador advertido puede constatar que “el gusto, no sólo por las modas, sino también de los usos y costumbres de esta nación rival nunca ha sido llevado más lejos en Francia. Para creerlo basta con mirar alrededor”, y con pensar en todo lo que le cuesta a Francia “la manía de los caballos, de los carruajes, de los muebles, de las telas [?], de los clubes, de los whiskies, de los jockeys , de los fracs negros” que vienen con la marea de Inglaterra.
Como a menudo cuando aparece un nuevo esnobismo, no es difícil descubrir a los promotores. Para éste, parece sabido que el duque de Chartres, el futuro Felipe Igualdad, que importaba todo de Inglaterra, incluso sus amantes, sus caballos y su manera de idear los jardines, fue uno de los agentes más activos, bastó su intercesión para transformar la simple moda en un esnobismo caracterizado. Un testigo escribe que “fue su ejemplo lo que más contribuyó a inocular esta anglomanía a los franceses [?]. La mayoría de los jóvenes de la corte y de la ciudad se apresuraron a imitarla”. Algunos, especialmente ávidos de chic, llegaron, como Charles de Noailles, a fingir el acento inglés al hablar francés con sus amigos y a adoptar “la apariencia desmañada, la manera de caminar, todas las apariencias exteriores de un inglés”.
Así, en vísperas del gran giro revolucionario de 1789, todo lo que constituirá el fondo del esnobismo anglosajón en el siglo XIX y después en el XX está ubicado. Por más que la Revolución y el Imperio compriman esta tendencia, ésta reaparecerá a continuación más viva aún.
© LA NACION
Traducción: Clara Giménez
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 11, 2009
A finales de 2008, la revista Critical Inquiry (vol. 35, núm. 2) publicó un artículo de Dipesh Chakrabarty que ha tenido cierta repercusión: “The climate of history: Four theses“. Como permite ver este último enlace, internet facilitó su inmediata difusión, que ha ido creciendo con su inclusión en la plataforma Scribd y, desde hace unos días, en el portal de Eurozine.
A quienes conozcan el trabajo de Chakrabarty puede que les resulte curioso este objeto, pero lo cierto es que en los últimos tiempos el asunto del cambio climático parece ser una de sus preocupaciones fundamentales. De hecho, su reciente participación en la Solomon Katz Distinguished Lecture in the Humanities de la University of Washington versa sobre ese tema, y sobre eso mismo habló a principios de este mismo año en el CCC de Barcelona: “Climate Change and the Human Condition: On Some Limits to Human History?”
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El texto de Chakrabarty es largo, por lo que nos contentaremos con entresacar algunos párrafos y obtener una idea general de sus tesis:
La actual crisis planetaria, la del cambio climático o del calentamiento global, provoca diversas respuestas en individuos, grupos y gobiernos, respuestas que van desde la negación, el distanciamiento y la indiferencia hasta el espíritu de compromiso y los distintos tipos y grados de activismo. Estas respuestas saturan nuestro sentido de la actualidad. El best-seller de Alan Weisman, El mundo sin nosotros, sugiere un experimento mental como forma de vivir nuestro presente: “Supongamos que lo peor ha pasado. La extinción humana es un hecho consumado. (…) Imaginemos un mundo en el que de repente todos hemos desaparecido. (…) ¿Podríamos haber dejado alguna marca duradera en el universo, por débil que fuera? (…) ¿Es posible que, en lugar de un suspiro de alivio biológico, ese mundo sin nosotros nos echara de menos?” Me siento atraído por el experimento de Weisman porque es una muestra reveladora de cómo la crisis actual puede provocar un sentido del presente que desconecta el futuro del pasado, situando ese futuro más allá del alcance de la sensibilidad histórica. La disciplina de la historia existe a partir del supuesto de que nuestros pasado, presente y futuro están conectados por una cierta continuidad de la experiencia humana. Normalmente nos representamos el futuro con la ayuda de la misma facultad que nos permite imaginar el pasado. El experimento mental de Weisman ilustra la paradoja historicista que habita en los estados de ánimo actuales, los de ansiedad y preocupación por la finitud de la humanidad. Para compartir la experiencia de Weisman tenemos que insertarnos en un futuro “sin nosotros”, a fin de poder visualizarlo. Así, nuestras habituales prácticas históricas para visualizar el tiempo -el ejercicio de comprensión histórica que nos permite abordar el pasado y el futuro, tiempos inaccesibles personalmente- nos conducen a unas profundas contradicción y confusión. El experimento de Weisman indica hasta dónde llega la confusión que se desprende de nuestro sentido contemporáneo del presente, en la medida en que ese presente da lugar a preocupaciones acerca de nuestro futuro. Nuestro sentido histórico del presente, en la versión de Weisman, se ha convertido en profundamente destructivo por lo que se refiere a nuestro sentido general de la historia.
(…)
A medida que la crisis cobraba impulso en los últimos años, me di cuenta de que todas mis lecturas sobre las teorías de la globalización, el análisis marxista del capital, los estudios subalternos y la crítica poscolonial de los últimos veinticinco años, si bien eran de enorme utilidad para el estudio de la globalización, no me habían preparado realmente para dar sentido a esta coyuntura planetaria en la que la humanidad se encuentra hoy en día. El cambio de actitud en el análisis de la globalización puede verse comparando la magistral historia del capitalismo mundial de Giovanni Arrighi, El largo siglo XX (1994), con su más reciente Adam Smith en Pekín (2007) que, entre otras cosas, trata de entender las consecuencias del auge económico de China. El primer libro, una larga reflexión sobre el caos interno de las economías capitalistas, termina con la idea del capitalismo incendiando a la humanidad “en los horrores (o glorias) de la escalada de violencia que ha acompañado a la liquidación del orden de la guerra fría”. Es evidente que el calor que quema el mundo en la narrativa de Arrighi procede de la maquinaria del capitalismo y no del calentamiento global. Sin embargo, en el momento en que Arrighi escribe Adam Smith en Pekín está mucho más preocupado por la cuestión de los límites ecológicos del capitalismo. Ese tema es el que cierra el libro, lo que indica la distancia que un crítico como Arrighi ha recorrido en los trece años que separan la publicación de ambos libros. Si, en efecto, la globalización y el calentamiento global nacen de los procesos de acumulación, la pregunta es: ¿cómo podemos reunirlos en nuestra comprensión del mundo?
El consenso científico en torno a la proposición de que el hombre es el responsable de la crisis actual del cambio climático constituye la base de lo que tengo que decir aquí. En aras de la claridad y la precisión, presento mis proposiciones a través de cuatro tesis. Las últimas tres se derivan de la primera. Comenzaré con la proposición de que las explicaciones antropogénicas del cambio climático implican el colapso de la antigua distinción humanista entre la historia natural y la historia humana, para finalizar retomando la pregunta inicial: ¿Cómo apela esta crisis del cambio climático a nuestro sentido de los universales humanos, a la vez que desafía nuestra capacidad de comprensión histórica?
Tesis 1: las explicaciones antropogénicas del cambio climático suponen el colapso de la antigua distinción humanista entre la historia natural y la historia humana.
Los filósofos y los estudiosos de la historia han mostrado con frecuencia una tendencia consciente a separar la historia humana -o la historia de los asuntos humanos, como decía Collingwood- de la historia natural, a veces incluso negando que la naturaleza pudiera tener una historia como sí la tienen los seres humanos. Esta práctica tiene un rico y amplio pasado, del cual, por razones de espacio y limitaciones personales, sólo puedo proporcionar un esquema muy provisional, mínimo e incluso algo arbitrario. Se podría comenzar con la vieja idea, entre viconeana y hobbesiana, de que nosotros, los seres humanos, podemos tener conocimiento de las instituciones civiles y políticas, porque nosotros las hemos hecho, mientras que la naturaleza sigue siendo obra de Dios y en última instancia inescrutable para el hombre. “La verdad es idéntica a lo creado: verum ipsum factum“, que es como Croce resume la famosa sentencia de Vico. Hay estudiosos que protestan diciendo que Vico no hizo una separación radical entre lo natural y las ciencias humanas, como Croce y otros leen en sus escritos, aunque admiten que tal interpretación es la más generalizada.
Esta perspectiva viconiana se convertiría en parte del sentido común de los historiadores en los siglos XIX y XX. ( …)
(…)
La historia ambiental, a juzgar por el estudio magistral que hizo Alfred Crosby sobre los orígenes y el estado del área en 1995, tiene mucho que ver con la biología y la geografía, pero difícilmente imaginaba el impacto humano sobre el planeta a escala geológica. Se veía aún al hombre “como un prisionero de clima”, como señaló Crosby citando a Braudel, y no como fabricante del mismo. Llamar a los seres humanos agentes geológicos es ampliar nuestra imaginación del ser humano. Los seres humanos son agentes biológicos, tanto colectiva como individualmente. Siempre lo han sido. La historia humana no tenía sentido cuando los humanos no eran agentes biológicos. Pero sólo podemos llegar a ser agentes geológicos histórica y colectivamente, es decir, cuando hemos alcanzado unas cifras e inventado unas tecnologías a una escala lo suficientemente grande como tener impacto en el propio planeta. Llamarnos agentes geológicos es atribuirnos una fuerza a una escala parecida a la que hubo en aquellos tiempos en que se produjo una extinción masiva de especies. Parece que estamos atravesando actualmente ese tipo de período. La actual “tasa de la pérdida de la diversidad de las especies”, sostienen los especialistas, “es similar en intensidad a lo sucedido alrededor de 65 millones de años atrás, cuando se extinguieron los dinosaurios.” Nuestra huella no siempre fue tan grande. Los seres humanos comenzaron a adquirir esta capacidad de acción sólo desde la Revolución Industrial, pero el proceso realmente sólo empezó a tener efectos en la segunda mitad del siglo XX. Los seres humanos se han convertido en agentes geológicos muy recientemente. En ese sentido, podemos decir que sólo desde hace poco la distinción entre las historias humanas y naturales -que en buena media se ha conservado incluso en las historias ambientales, que ven a las dos entidades en interacción- ha comenzado a derrumbarse. Por eso la cuestión ya no es simplemente decir que el hombre tiene una relación interactiva con la naturaleza. Los hombres siempre la han tenido, o al menos así es como se ha imaginado al hombre en una gran parte de lo que generalmente se llama la tradición occidental. Ahora lo que se reivindica es que los humanos son una fuerza de la naturaleza en el sentido geológico. Una suposición fundamental del pensamiento político occidental (y ahora universal) se ha desmoronado con esta crisis.
Tesis 2: La idea del antropoceno, la nueva era geológica en la que los seres humanos existen como fuerza geológica, matiza profundamente las historias humanistas de la modernidad/globalización
Desde 1750 hasta la actualidad, una de las principales cuestiones subyacentes de las historias humanas que se han escrito ha sido cómo combinar la diversidad cultural e histórica de la humanidad con la libertad humana. La diversidad, como señaló Gadamer refiriéndose a Leopold von Ranke, era en sí misma una figura de la libertad en la imaginación del proceso histórico por parte de los historiadores (el historiador, dice Gadamer, “sabe que todo podría haber sido diferente, y cada individuo que actúa podría haber actuado de manera diferente”). Por supuesto, la libertad ha significado cosas distintas en momentos diferentes, que van desde las ideas sobre los derechos del hombre y del ciudadano hasta las referidas a la descolonización y el autogobierno. La libertad, podríamos decir, es una categoría general para imaginar de formas diversas la autonomía y la soberanía humanas. Repasemos las obras de Kant, Hegel o Marx; las ideas decimonónicas de progreso y lucha de clases; la lucha contra la esclavitud; las revoluciones rusa y china; la resistencia al nazismo y al fascismo; los movimientos de descolonización de los años 1950 y 1960 y las revoluciones en Cuba y Vietnam; la evolución y la propagación del discurso sobre los derechos; la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, de los pueblos indígenas, de los dalit indios y de otras minorías; incluso si vemos el tipo de argumentos que, por ejemplo, Amartya Sen expone en su libro Desarrollo y Libertad, se podría decir que la libertad ha sido el motivo más importante en los escritos sobre la historia humana de estos doscientos cincuenta años. Por supuesto, como ya he señalado, la libertad no siempre ha incorporado el mismo significado para todos. La comprensión de la libertad de Francis Fukuyama sería muy distinta de la de la Sen. Pero esta flexibilidad semántica del término sólo nos habla de su poder retórico.
Tesis 3: La hipótesis geológica relativa al antropoceno nos obliga a relacionar las historias globales del capital con la historia de los humanos como especie.
Tesis 4: El entramado de la historia de las especies y de la historia del capital es un proceso de exploración de los límites de la comprensión histórica.
Y concluye así:
La crisis no puede reducirse a una historia del capitalismo. A diferencia de las crisis del capitalismo, no hay botes salvavidas para los ricos y los privilegiados (hemos sido testigos de la sequía en Australia o los recientes incendios en los barrios ricos de California). La ansiedad que produce el calentamiento global es una reminiscencia de la época en que muchos temían una guerra nuclear mundial. Pero hay una diferencia muy importante. Una guerra nuclear hubiera sido una decisión consciente por parte de los poderes que fueran. El cambio climático es una consecuencia no deseada de las acciones humanas y muestra, sólo a través de los análisis científicos, los efectos de nuestras acciones como especie. El de especies puede ser, de hecho, el nombre de un marcador para una nueva y emergente historia universal de los seres humanos que relampaguea en este momento de peligro que representa el cambio climático. Pero jamas lo comprenderemos como universal No es un universal hegeliano emergiendo dialácticamente fuera del movimiento de la historia, ni un universal del capital que la crisis actual nos trae. Geyer y Bright están en su derecho al rechazar estas dos variedades de lo universal. Sin embargo, el cambio climático nos plantea una cuestión relativa a la colectividad humana, a un nosotros, señalando una figura de lo universal que escapa a nuestra capacidad de experimentar el mundo. Es más como un universal que surge del sentimiento compartido de una catástrofe. Es necesario un enfoque global de la política, sin el mito de una identidad global, porque, a diferencia del universal hegeliano, no puede subsumir particularidades. Provisionalmente se puede llamar “historia universal negativa“.
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 9, 2009
¿Es posible criticar a Foucault? Es lo que muchos se han preguntado en Francia a raiz de la aparición de Histoire de la folie. De l’Antiquité à nos jours, obra de Claude Quétel. Por supuesto, no es un autor desconocido ni el tema le es ajeno. Recuérdese cuáles fueron sus primeras investigacones: Le “Bon Sauveur” de Caen: Les cadres de la folie au XIXe siècle, tesis dirigida por el desaparecido Pierre Chaunu en 1976.
Como dijo el prfesor de filosofía Robert Maggiori en Libération, hace falta ser audaz para publicar un libro cuyo título inevitablemente recordará al de Foucault. Y no es que el autor lo haga sibilinamente, para sacar provecho de esa asociación, sino que el propósito es deliberado, pues se trata de un ataque en toda la regla a lo dicho por Foucault. Éste publica su Historia de la locura en la época clásica en 1961. El libro es una bomba y poco a poco mina la arquitectura de todos los enfoques sobre la locura, con su teoría del “gran encierro”. Esta tesis, que atrajo a cientos de obras, se convirtió en intocable -el “Evangelio según Foucault”, como dice Quétel.
El punto central de la posición foucaultiana, como ha señalado también Maud Ternon, es la fecha de 1656. Fue entonces cuando se estableció el Hospital General, destinado a contener a pobres y vagabundos. Los locos quedan atrapados en este gran gesto de exclusión y comienzan a ser tratados como personas a encerrar: es, en palabras de Foucault, el “gran encierro”, movimiento que mezcla las concepciones cristianas de la asistencia y las burguesas de preservación del orden social. El manicomio en sí, sin embargo, sólo aparece en el siglo XVIII, con la psiquiatría, la medicina dedicada a la enfermedad mental. Y ahí es a donde se dirige Quétel, que ataca el “monismo” de Foucault porque “está en contradicción absoluta con el dualismo que siempre ha existido entre, por una parte, lo filosófico, moral y religioso y, por otro, lo médico”. Así, para Quétel, los locos no estuvieron encerrados antes de la aparición del asilo en el siglo XVIII. Afirma que las fuentes no permiten ver que haya voluntad represiva por parte del Estado soberano contra los locos, y que el único tipo de encierro que hubo lo era como voluntad generosa de tratar a los insensatos. De todos modos, como ha señalado Maggiori, la crítica no es totalmente nueva. Retoma en parte lo escrito por Henri Ey o lo que Gladys Swain y Marcel Gauchet indicaron en La Pratique de l’esprit humain. L’Institution asilaire et la révolution démocratique (Gallimard) .
Pero no se trata sólo de una crítica a Foucault. Claude Quetel, que codirigió con Jacques Postel una Nueva historia de la psiquiatría constantemente reeditada y que es autor de Le Mal de Naples : histoire de la syphilis (Seghers), ofrece un estudio exhaustivo de la locura, concebida como patología. Se basa para ello en la cronología, en datos, en archivos, negando, con valentía, que en esta “larga historia” en la que han prevalecido “el empirismo, el pragmatismo, la falta de recursos y la indiferencia, uno pueda ver una “política del poder o de la represión”. En ese sentido, la parte más atractiva es la dedicada a las tradiciones antiguas, es decir, a las formas en que la psicopatología médica y la psicopatología filosófica identificaban y trataban las “enfermedades del alma”, y las prácticas del Occidente medieval. Quetel muestra que “la antigüedad siempre trató a sus locos, aun cuando en tiempos arcaicos fuera sólo para recluirlos en un templo”. De hecho, desde el siglo III, hay “un verdadero arsenal terapéutico a disposición de los médicos”, aunque no sea fácil decir lo que era un “médico”.
En suma, la polémica estaba asegurada y los críticos han mostrado división de opiniones. Una de las reseñas más completas y aceradas es la citada de Maud Ternon, medievalista de la Paris-I Panthéon-Sorbonne. A su juicio, el desequilibrio entre las distintas partes del libro revela las debilidades innegables en el análisis del objeto de la “locura” y socava la lectura del libro por parte de los no entendidos. Los capítulos sobre la Antigüedad y la Edad Media son demasiado alusivos, y el autor parece no darse cuenta de las publicaciones recientes sobre estos períodos. Por ejemplo, el estudio de Bernard Guenée de 2004 sobre la locura del rey Carlos VI en el siglo XIV ofrece una gran oportunidad de observar las reacciones sociales y políticas provocadas por la locura del monarca, y comprender la estructuración del campo terapéutico de la locura en aquel momento. A la inversa, algunos pasajes son demasiado largos y descriptivos, en particular aquellos en los que el autor resume su propia investigación sobre el encierro en los siglos XVIII y XIX. En cuanto a las notas al pie, no está claro si la intención del autor es orientar al público en general o legitimar su labor científica. El efecto general es un libro que pierde su doble objetivo: proporcionar un examen útil para el público en general y aportar nuevos elementos a los historiadores de la locura.
¿Qué piensa Quétel?
Dice Claude Quétel que no se puede atacar con impunidad a un mito, como el que representa, por ejemplo, la “Historia de la locura en la época clásica” de Michel Foucault. Quétel dio el primer aviso en 1991, cuando se presentó a un simposio con una comunicación titulada: “Faut-il critiquer Foucault ?” (incluido en el volumen Pensar la locura). Su contribución tuvo una acogida desigual y algunos, como Pierre Macherey o Georges Canguilhem, ya la descalificaron. Al día siguiente, Michel Caiman escribió un texto en Le Monde igualmente contrario. Según Quétel, su voluntad de tratar el objeto como historiador, de datarlo y contextualizarlo, hacía que le acusaran de neopositivismo, de falta de capacidad analítica. Por eso, añade, por ese clima de intolerancia que existía entonces, ha tenido que demorar su historia de la locura hasta encontrar días más calmados.
“Ya era hora de terminar con Foucault y sus mitologías, aunque sigan ocupando el paisaje epistemológico y, especialmente, los medios de comunicación. Tampoco es un libro contra Foucault ni menos aún pretende sustituirlo. No soy un filósofo, no tengo nada de ideólogo. Escribo una historia de la locura en la larga duración, desde la antigüedad hasta nuestros días (así se percibe mejor el paisaje)”. ¿Cómo eran los locos en la realidad cotidiana?, ¿dónde estaban?, ¿cuándo empezaron a ser un problema?, ¿qué respuestas teóricas, terapéuticas, legales o sociales se dieron? “Los resultados que obtengo a partir de este amplio estudio se encuentran en total contradicción con lo que sus turiferarios denominan reverentemente el “decir” de Foucault. Bueno, mala suerte! Clio reconocerá a los suyos!”
“Señalo de paso que de más de 600 páginas, apenas dedico treinta al propio Foucault. Hablo de la historia. Puedo mostrar que la enfermedad-locura ha existido siempre, perfectamente diferenciada desde la antigüedad de la locura en el sentido de sinrazón, lejos pues del monismo de Foucault y todos los juegos de la culpa que quiso introducir en esta enfermedad, que no es ciertamente como las demás, porque siempre se reviste de la civilización en la que habita. Tomemos, por ejemplo, el caso del Gran encierro en el siglo XVII. Foucault quiere ver un golpe de fuerza del poder que así distingue la locura repentina y ordenar su encarcelamiento ( “el clasicismo ha inventado el internamiento”). Creo haber demostrado de forma suficiente que no es así.
En realidad, el edicto de 1656 se inscribe en una larga serie de edictos anteriores y posteriores, que tratan en vano de reprimir a los mendigos callejeros. Entre sus objetivos no están los insensatos. No será hasta mucho después, al final del Antiguo Régimen, que su presencia, aunque minoritaria, en los lugares de reclusión será un problema, y un problema médico. Otro ejemplo, también fundamental, tiene que ver con el nacimiento de la propia psiquiatría: allí donde ésta se funda sobre un loco-sujeto en el que aún queda un resto de razón por el cual introducir el tratamiento moral (idea que Hegel acoge con satisfacción), Foucault ve en su lugar un loco-objeto ( “El estatus de objeto será impuesto desde luego a todo individuo reconocido como alienado”).
Este contrasentido absoluto y consciente (no vamos a insultar a Foucault diciendo que es un ignorante) y otros igualmente graves que construyen su libro tienen un propósito ideológico según el cual el loco, lejos de cualquier enfermedad, es un artefacto creado por el Poder (en el sentido más amplio) para excluir a quien no se ajusta a su norma. A través de la exclusión de la locura, Foucault denuncia la exclusión en sí, y lo hace en un momento caracterizado por la antipsiquiatría y las miradas igualitarias. Me gustaría pensar que hoy ya no es así, pero me pregunto si no será una ilusión”.
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Para saber más. Entrevista con Claude Quétel.
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 4, 2009
Madamina, il catalogo è questo
Delle belle che amò il padron mio;
un catalogo egli è che ho fatt’io;
Osservate, leggete con me.
In Italia seicento e quaranta;
In Alemagna duecento e trentuna;
Cento in Francia, in Turchia novantuna;
Ma in Ispagna son già mille e tre.
(…)
Umberto Eco acaba de ver traducido al castellano su El vértigo de las listas (Lumen). El volumen proviene del acuerdo de colaboración entre este semiótico y el museo parisino del Louvre, donde este mes concluye una exposición sobre este asunto en la que ha participado: “Mille e tre”. La muestra, pues, trata sobre la evolución del concepto de lista a través de la historia y examina sus cambiantes significados con el paso del tiempo: desde su antiguo uso en los ritos funerarios hasta la vida cotidiana actual. Las listas como vehículos de códigos culturales y como portadoras de muy distintos mensajes. Con este motivo, Der Spiegel le acaba de realizar una jugosa entrevista:
SPIEGEL: Usted está considerado como uno de los grandes acádemicos mundiales y ahora está con una exposición en el Museo del Louvre, uno de los más importantes del mundo. El tema de su exposición resuena a lugar común: la naturaleza esencial de las listas, poetas que listan cosas en sus obras y pintores que acumulan cosas en sus pinturas. ¿Por qué escogió ese tema?
Umberto Eco: La lista es el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y la literatura. ¿Para qué queremos la cultura ? Para hacer más comprensible el infinito. También se quiere crear un orden -no siempre, pero a menudo. ¿Y cómo, en tanto seres humanos, nos enfrentamos a lo infinito? ¿Cómo se puede intentar comprender lo incomprensible? A través de las listas, a través de catálogos, a través de colecciones en los museos y a través de enciclopedias y diccionarios. Hay cierto encanto en enumerar con cuántas mujeres se acostó Don Giovanni: “Fueron 2.063, al menos según el libretista de Mozart, Lorenzo da Ponte. También tenemos listas prácticas -la lista de la compra, el testamento, el menú – que son asimismo adquisiciones culturales por propio derecho.
SPIEGEL: ¿Hemos de entender a la persona culta como un custodio que buscan imponer orden en lugares donde impera el caos?
Eco: La lista no destruye la cultura, sino que la crea. Dondequiera que uno mire, en la historia cultural, encuentra listas. De hecho, hay una serie vertiginosa: las listas de santos, ejércitos y plantas medicinales o de tesoros y títulos de libros. Piense en la naturaleza de las colecciones del siglo XVI. Mis novelas, por cierto, están llenas de listas.
SPIEGEL: Los contables hacen listas, pero también las encontramos en las obras de Homero, James Joyce y Thomas Mann.
Eco: Sí. Pero, por supuesto, no son contables. En el Ulises, James Joyce describe cómo su protagonista, Leopold Bloom, abre los cajones y enumera todas las cosas que encuentra en ellos. Veo esto como una lista literaria, y dice mucho acerca de Bloom. O podemos reparar en Homero, por ejemplo. En la Ilíada, trata de transmitir una idea de la magnitud del ejército griego. Al principio utiliza símiles: “Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando el voraz fuego se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así el brillo de las broncíneas armaduras de los que se ponían en marcha llegaba al cielo a través del éter”. Pero no queda satisfecho. No puede encontrar la metáfora adecuada, y por eso pide a las musas que le ayuden. Luego da con la idea de nombrar a muchos, a muchos generales y a sus naves.
SPIEGEL: Pero, al hacerlo, ¿no se apartan de la poesía?
Eco: En primer lugar, pensamos que una lista es algo primitivo, típico de culturas antiguas, que no tenían un concepto exacto del universo y que, por tanto, se limitaban a enumerar las características que podían nombrar. Pero, en la historia cultural, la lista ha prevalecido siempre. No es meramente una expresión de las culturas primitivas. En la Edad Media existío una imagen muy clara del universo, y había listas. En el Renacimiento y el Barroco hubo una nueva visión del mundo basada en la astronomía. Y hubo listas. Y la lista es, sin duda, algo frecuente en la era posmoderna. Tiene una magia irresistible.
SPIEGEL: Pero, ¿por qué la lista de Homero, con todos los guerreros y sus buques, si sabe que no los puede nombrar a todos?
Eco: La obra de Homero incide una y otra vez en el topos de lo inexpresable. Es algo que la gente siempre hará. Siempre hemos estado fascinados por el espacio infinito, por estrellas interminables y galaxias dentro de otras galaxias. ¿Cómo se siente una persona al mirar al cielo? Piensa que carece del lenguaje necesario para describir lo que ve. Sin embargo, la gente nunca ha dejado de describir el cielo, la simple enumeración de lo que ve. Los amantes se encuentran en la misma posición. Experimentan una deficiencia del lenguaje, la falta de palabras para expresar sus sentimientos. Pero, ¿los amantes dejan de intentarlo? Crean listas: tus ojos son tan hermosos, y también lo es tu boca, y tu clavícula … Podríamos entrar en mil detalles.
SPIEGEL: ¿Por qué perder tanto tiempo tratando de completar cosas que no puede ser completadas de manera realista?
Eco: Tenemos un límite, uno muy desalentador y humillante: la muerte. Por eso nos gustan todas las cosas que se supone que no tienen límites y, por tanto, sin fin. Es una manera de escapar de los pensamientos sobre la muerte. Nos gustan las listas porque no queremos morir.
SPIEGEL: En su exposición en el Museo del Louvre, hay obras procedentes de las artes visuales, tales como naturalezas muertas. Sin embargo, estas pinturas tienen marcos o límites, y no pueden describir más de lo que es posible describir.
Eco: Por el contrario, la razón por la que las amamos tanto es porque creemos que somos capaces de ver algo más en ellas. Una persona que contempla una pintura siente la necesidad de abrir el marco y ver qué cosas parece haber a la izquierda ya la derecha de la pintura. Este tipo de pintura es verdaderamente como una lista, una silueta del infinito.
SPIEGEL: ¿Por qué estas listas y acumulaciones son particularmente importantes para usted?
Eco: Los resonsables del Louvre contactaron conmigo y me preguntaron si me gustaría hacerme cargo de una exposición allí, y me pidieron que propusiera un programa de actos. Sólo la idea de trabajar en un museo ya es algo que me resulta atractivo. Hace poco, estaba allí solo y me sentía como un personaje de una novela de Dan Brown. Era misterioso y maravilloso al mismo tiempo. Me di cuenta de inmediato de que la exposición se centraría en las listas. ¿Por qué estoy tan interesado en el tema? En realidad, no sabría decirlo. Me gustan las listas por el mismo motivo que a otras personas les gusta el fútbol o la pedofilia. La gente tiene sus preferencias.
SPIEGEL: Sin embargo, usted es famoso por ser capaz de explicar sus pasiones …
Eco: … pero no por hablar de mí mismo. Mire, desde la época de Aristóteles hemos estado tratando de definir las cosas sobre la base de su esencia. ¿La definición del hombre? Un animal que actúa de manera deliberada. Ahora bien, a los naturalistas les costó ochenta años llegar a una definición del ornitorrinco. Para ellos era de una dificultad inacabable describir la esencia de este animal. Vive bajo el agua y en tierra, pone huevos y sin embargo es un mamífero. ¿Y qué hicieron que pareciera una definición? Una lista, una lista de características.
SPIEGEL: Ciertamente, sería posible una definición con un animal más convencional.
Eco: Tal vez, pero ¿haría a esel animal interesante? Piense en un tigre, que la ciencia describe como un depredador. ¿Cómo se lo describiría una madre a su hijo? Probablemente, utilizando una lista de características: El tigre es grande, un gato, amarillo, a rayas y fuerte. Sólo un químico se refiere al agua como H2O. Pero yo digo que es líquida y transparente, que la bebemos y que podemos lavarnos con ella. Creo que entenderá de lo que estoy hablando. La lista es la marca de una sociedad muy avanzada, cultivada, porque la lista nos permite cuestionar las definiciones esenciales. La definición esencial es primitiva en comparación con la lista.
SPIEGEL: Parece que usted está diciendo que debemos dejar de definir las cosas y que el progreso, en cambio, sólo significa contar y listar cosas.
Eco: Puede ser liberador. El Barroco fue una época de listas. De repente, todas las definiciones académicas que se habían hecho en la época anterior ya no eran válidas. La gente trató de ver el mundo desde una perspectiva diferente. Galileo describió nuevos detalles de la luna. Y, en el arte, las definiciones establecidas fueron literalmente destruidas, y la gama de temas fue enormemente ampliada. Por ejemplo, veo las pinturas del barroco neerlandés como listas: naturalezas muertas con todos los frutos e imágenes de los opulentos gabinetes de curiosidades. Las listas pueden ser anárquicas.
SPIEGEL: Pero usted también ha dicho que las listas pueden establecer el orden. Entonces, ¿el orden y la anarquía interaccionan? Eso hará que Internet, y las listas que ofrece el motor de búsqueda de Google, sea perfecta para usted.
Eco: Sí, en el caso de Google las dos cosas convergen. Google hace una lista, pero miro la lista que me ha generado Google y en poco tiempo ya ha cambiado. Estas listas pueden ser peligrosas -no para las personas mayores como yo, que han adquirido sus conocimientos de otra manera, pero sí para los jóvenes, para los que Google es una tragedia. Las escuelas deben enseñar el arte elevado de cómo ser exigentes.
SPIEGEL: ¿Está usted diciendo que los profesores deben enseñar a los estudiantes sobre la diferencia entre el bien y el mal? Si es así, ¿cómo lo hacen?
Eco: La educación debe volver a la forma en que se encontraba cuando los talleres del Renacimiento. Allí, los maestros no necesariamente hubieran sido capaces de explicar a sus alumnos por qué una pintura era buena en términos teóricos, pero lo hacían de forma más práctica. Mira, decían, ésto es lo que tu dedo puede parecer y esto es lo que tiene que parecer. Fíjate, ésta es una buena mezcla de colores. El mismo criterio se debe utilizar en la escuela cuando se trata de Internet. El maestro debe decir: “Elige cualquier tema clásico, ya sea la historia de Alemania o la vida de las hormigas. Consulta 25 páginas web diferentes y, por comparación, trata de averiguar la cantidad de buena información que contiene”. Si diez páginas describen lo mismo, puede ser una señal de que la información es la correcta. Pero también puede ser un signo de que algunos sitios simplemente copian los errores de los demás.
SPIEGEL: Usted mismo es más probable que trabaje con libros, y tiene una biblioteca de 30.000 volúmenes. Es probable que no trabaje sin una lista o catálogo.
Eco: Me temo que, por ahora, puede que haya alcanzado los 50.000 libros. Cuando mi secretario quiso catalogarlos, le pedí que no lo hiciera. Mis intereses cambian constantemente, y también lo hace mi biblioteca. Por cierto, si cambian constantemente tus intereses, tu biblioteca dirá algo diferente de ti continuamente. Además, aunque no tengo catálogo, me veo obligado a recordar mis libros. Tengo un pasillo dedicado a la literatura que tiene 70 metros de largo. Lo recorro varias veces al día, y me siento bien cuando lo hago. La cultura no es saber cuándo murió Napoleón. Cultura significa saber cómo puedo averiguarlo en dos minutos. Por supuesto, hoy en día puedo encontrar este tipo de información en Internet al momento. Pero, como he dicho, con Internet nunca se sabe.
SPIEGEL: Usted incluye una curiosa lista del filósofo francés Roland Barthes en su nuevo libro, El vértigo de las listas. Él enumera las cosas que ama y las cosas que no ama. Le encanta la ensalada, la canela, el queso y las especias. No le gustan los ciclistas, ni las mujeres con pantalones largos, los geranios, las fresas y el clavicordio. ¿Y usted?
Eco: sería tonto si respondiera a eso; significaría que puedo precisarme. Le diré que estaba fascinado con Stendhal a los 13, con Thomas Mann a 15 y que a los 16 años me encantaba Chopin. Luego, me pasé la vida intentando conocer a los demás. Ahora mismo, Chopin está de nuevo entre mis preferencias. Si usted interactúa con las cosas en tu vida, todo cambia constantemente. Y si nada cambia, es que eres un idiota.
Entrevista realizada por Susanne Beyer y Lothar Gorris para © SPIEGEL ONLINE 2009
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Eco me ha recordado a… Villa-Matas: En busca del catálogo perdido, donde reaparece la lista de Barthes, que habla del “placer de los inventarios, de las enumeraciones caóticas (…)”.
A Barthes le gustaba la lechuga, la canela, el queso, la pasta de almendras, las rosas, la lavanda, el champán, las posiciones ligeras en política, Glenn Gould, la cerveza muy fría, las tostadas, los habanos, Haendel, pasear con mesura, las cerezas, los colores, los relojes, las estilográficas, la sal, las novelas realistas, el piano, el café, Pollock, Twombly, toda la música romántica, Sartre, Bretch, Verne, Fourier, Einstein, los trenes, caminar con sandalias por la tarde los caminos del suroeste, los hermanos Marx… No le gustaban los perros falderos blancos, las mujeres con pantalones, los geranios, las fresas, el clavicordio, Miró, las tautologías, los dibujos animados, Arthur Rubinstein, los mediodías, Satie, Bartók, Vivaldi, llamar por teléfono, los coros infantiles, los conciertos de Chopin, lo políticosexual, las iniciativas, la fidelidad, las escenas, la espontaneidad, encontrarse con gente que no conoce…
Claro que, puestos a escarbar, no hay nada mejor que El idioma analítico de John Wilkins, que es sabido que dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Así, es harto conocido que en sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. Lástima que, como dijo Jorge Luis Borges, la Encyclopaedia Britannica decidiera suprimir el articulo sobre el tal Wilkins, capellán que fue de de Carlos Luis, príncipe palatino, además de rector de uno de los colegios de Oxford y primer secretario de la Real Sociedad de Londres, etc. Lo dicho, una pena.
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Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 2, 2009
La primera entrada que pusimos en este blog tras el verano estaba dedicada a Michelle Perrot y a su nuevo libro, Histoire de chambres, volumen del que parecen estar preparando la traducción española. Pues bien, La Vie des Idées organizó a finales de septiembre un encuentro en el Collège de France entre Alain Corbin y Michelle Perrot para debatir sobre ese volumen (que, por cierto, acaba de ser galardonado con el Femina de ensayo).
Ambos historiadores tienen una obra semejante, dedicada a los olvidados de la historia (trabajadores, presos, mujeres) y a la transformación de los sentidos y la sensibilidad desde el siglo XVIII, intentando ofrecer alguna inteligibilidad a fenómenos a veces inasibles: sonidos, olores, el cuerpo, el placer, la intimidad, la soledad, la esperanza o la exclusión. Es decir, ambos historiadores reflexionan sobre las condiciones de posibilidad de la historia, sobre los desafíos que provienen del documento y sobre los que son propios del académico. Éste es el resultado del debate en el que participaron el 28 de septiembre:
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Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 30, 2009
Claretta Petacci (1912-1945), hija de un médico romano, conoció a Mussolini cuando tenía veinte años y poco después se convirtió en su amante. Ahora la editorial Rizzoli acaba de editar sus diarios, que ocupan el período entre 1932 y 1938 con el título de Mussolini segreto. Hace unos días Il Corriere della Sera publicó un avance, del cual se han hecho eco la mayor parte de los periódicos del mundo. Veamos:
4 de agosto de 1938. Los dos amantes se encuentran en un barco. Veinte días antes ha aparecido el Manifesto della razza.
“Yo ya era racista en el 21. No sé cómo pueden pensar que imito a Hitler, que ni siquiera había nacido. Me hacen reir (…) Hay que inculcarles el sentido de la raza a los italianos, para que no tengan mestizos, no vayan a estropear lo que de hermoso hay en nosotros”.
28 de Agosto de 1938. Están juntos en la playa:
“Me disgusto cada vez que recibo el parte de África. Hoy son cinco los arrestados por convivir con negras. (…) ¡Ah! Estos repugnantes italianos, destruirán en menos de siete años un imperio. No tienen conciencia de la raza “.
1 de Octubre de 1938. Il Duce le cuenta a su amante los entresijos de la conferencia en Mónaco (“di Baviera”, o sea, Múnich), en la que Francia y Gran Bretaña han aceptado las reclamaciones de Hitler sobre Checoslovaquia.
“La recepción de Mónaco ha sido fantástica, y el Führer ha estado muy agradable. Hitler es un sentimentasl después de todo. Cuando se me acercó tenía lágrimas en los ojos. Me quiere realmente bien, mucho. (…) “Ahora las democracias deben dar paso a la dictadura. Somos una sola fuerza, tenemos un significado, representamos una idea y un pueblo. Él con la camisa marrón, yo con camiseta negra. Ellos, humillados y solos. Realmente te hubiera gustado estar allí y verlo. (…) La victoria es ahora de las dictaduras. Los sistemas de viejo estilo ya no dan más de sí, crean desorden. Uno sólo ha de ponerse al timón, comandar. Alemania es hoy la mayor potencia del mundo. Son ochenta millones de personas, y antes de atacarles hay que pensarlo. (…) Deberías haber visto con qué cariño, amabilidad y devoción me han acogido en todas partes a lo largo de la carretera. También allí han comprendido que el artífice de la paz, el único que podía hacer desistir a Hitler de hacer cualquier movimiento, era yo. La humillación de la política roja es insuperable. No, es falso, nunca hemos comido con Daladier y Chamberlain. Siempre con nazis y fascistas, y yo me encontraba muy bien”.
8 de Octubre de 1938. Mussolini estaba enojado con Pío XI, que había dicho aquello de “espiritualmente todos somos semitas” y reconocido la validez de los matrimonios religiosos mixtos entre judíos y católicos.
“No sabes el daño que le hace este papa a la Iglesia. Nunca ha habido un papa tan nefasto para la religión como éste. Hay católicos que lo repudian profundamente. Ha perdido la mayor parte del mundo. Alemania, por completo. No ha sabido mantenerla, se equivocó en todo. Hoy en día somos los únicos, soy el único en apoyar esta religión que tiende a desaparecer. Y hace cosas indignas. Como decir que somos iguales a los semitas. Hemos luchado durante siglos, los odiamos, y resulta que nos gustan. Tenemos la misma sangre! ¡Ah! Es nefasto.
“Ahora está haciendo campaña en contra esta cosa de los matrimonios. Me gustaría ver a un italiano que se casara con un hombre negro. Hemos visto que incluso los matrimonios con extranjeros blancos, en caso de guerra, conducen a la desintegración de las familias. Porque uno y otro cónyuge se decantan en este momento absolutamente por su patria. Lo llevan en la sangre. De ahí la imposibilidad, por supuesto, del acuerdo y lo que les pasa a las familias. Además, aunque él dé permiso, yo nunca daré mi consentimiento. (…) Ha disgustado a todos los católicos, hace discursos malos y poco inteligentes. Dice: “Compadeceos de los judíos”, y añade “me siento como ellos…” Es el colmo!.
11 de Octubre de 1938.
“Estos sucios judíos, tenemos que destruirlos a todos. Voy a hacer una fortuna como han hecho los turcos. Si he deportado a 70 mil árabes, podré hacer lo mismo con 50 mil judíos. Haré una pequeña isla, los encerraré todos allí. (…) Son caroña, enemigos y cobardes. No saben lo que es la gratitud, el reconocimiento, ni una carta de agradecimiento. Para ellos, mi piedad era vileza. Dicen que les necesitamos, su dinero, su ayuda, que si no se pueden casar con las cristianas les pondrán los cuernos a los cristianos. Son gente desagradable, me arrepiento de no haber ido más lejos. Ya verán lo que hará el puño de hierro de Mussolini. (…) Es hora de que los italianos sientan que ya no tienen que ser explotados por estos reptiles”.
10 de Noviembre de 1938. El Gobierno aprueba el decreto-ley sobre la raza que entrará en vigor una semana después.
“Hoy discutimos la cuestión de los judíos. Ciertamente, su Santidad elevará las consiguientes protestas porque no reconocemos los matrimonios mixtos. Si la Iglesia quiere hacerlo, adelante. Pero nosotros, el Estado, no los reconoceremos, y serán como amantes. Ni siquiera a los niños. Todos los que se han convertido al catolicismo hasta la fecha, y los niños, seguirán estando como hasta ahora. A partir de la fecha establecida, ya no se admite a nadie más. De lo contrario, todos se harían católicos sólo para casarse, y entonces la cuestión de la raza no tendría razón de ser. Este papa no lo quiere entender, pues que haga lo que quiera”.
16 de noviembre de 1938. Nuevo estallido contra Pío XI.
“¡Ah no! Aquí, el Vaticano busca la ruptura. Si siguen así, romperé con ellos. Romperé cualquier relación, insisto, destruiré el pacto. Son unos miserables hipócritas. He prohibido los matrimonios mixtos y ahora el Papa me solicita casar a un italiano con una negra. Sólo porque ésta es católica. ¡Eso sí que no! ¡Voy a romperles la cara a todos!”.
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Ell periódico italiano no lo incluye, pero el diario incluye una anotación correspondiente al 22 de diciembre de 1937 donde dice : “Ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. Si sólo tuvieran la mitad de la fuerza de los japoneses hubiera acabado todo hace cuatro meses. Son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ésa es la razón por la que comen y duermen tanto”.
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