Willy Brandt y Günter Grass: correspondencia

Por via interpuesta nos llega noticia de la aparición del volumen Willy Brandt und Günter Grass – Der Briefwechsel, publicado por la exquisita editorial Steidl. Dicha correspondencia, anunciada desde hace muchos meses, ha sido ya evaluada en muchos medios alemanes, pero la dificultad del idioma me hace reparar en el breve que publicó La Repubblica el pasado 4 de mayo, con la firma de su corresponsal en Berlín, Andrea Tarquini . “Lo Scrittore e il Cancelliere” es su título, con el siguiente contenido:

Brandt-Grass

El novelista se pasaba de inmediato al tú, el estadista lo aceptaba, pero a veces volvía al usted. Se escribieron durante treinta años, treinta años extraordinarios que cambiaron Alemania, Europa y el mundo. Y ahora esa relación epistolar entre dos Nobel alemanes de la posguerra  se publica en Alemania  (…). Es un documento extraordinario. Reviven momentos críticos y esperanzas, temores y dramas de la izquierda europea y del mundo en que vivimos. Con un fantasma, casi un convidado de piedra póstumo: el final de la adolescencia con el uniforme de las SS al final de la guerra, el pasado que Grass, escritor comprometido y progresista, nunca reveló a su ídolo, el canciller de la paz que, a su vez, luchó contra los nazis en la Guerra Civil española y luego con los partisanos en Noruega.

En la correspondencia, de la cual publicamos un extracto en estas páginas,  recorre la historia de la izquierda europea y la de Europa tout court.

Escribió muchas más cartas Grass, con su pluma infatigable, que el hiperactivo hombre de Estado. Comienzan a entenderse  y a gustarse cuando el escritor lanza su brillante idea: la “Iniciativa electoral socialdemócrata”, el grupo de intelectuales que participan en la campaña de 1969 que, un año después de la revuelta juvenil del sesenta y ocho años, llevó por primera vez al SPD en el poder en Bonn. Golo Mann, Marion Doenhof, fundadora de Die Zeit, el entonces editor de Der Spiegel, Günter Gaus, son algunos de los nombres más destacados que recluta Grass. El cual, una carta tras otra, no se cansa de proponer al “estimado Willy”, una idea tras otra. Lo invita a unirse a la llamada de Pablo VI por la paz en el mundo, recordando la rebelión de la juventud contra la guerra de Vietnam, y le anima a no ceder ante las calumnias de la derecha. Sucias calumnias, como cuando el periodista ultraconservador Hans Frederik describe al Brandt voluntario por la República Española como “un colaboracionista de los comunistas que mataron a los soldados alemanes”.

El comienzo de la batalla es también el punto culminante de la historia de los dos grandes. La apoteosis se alcanza con la decisión de Willy Brandt de viajar a Varsovia y firmar con la Polonia popular y realsocialista de Wladyslaw Gomulka el tratado por el que Alemania reconocía las nuevas fronteras. Grass fue el primero en pensar que la visita sería una oportunidad perdida si se mantenía dentro de los límites estrictos del protocolo. Sugiere que él y otros intelectuales estén en la delegación; alude a la posibilidad de hacer un gran gesto. Alusión que, como sabemos, Brandt aprovechó muy bien: por sorpresa, ofreció el gesto conmovedor de inclinarse ante el memorial del gueto de Varsovia, llevando sobre sus hombros de expartisano los pecados históricos del país que lideraba.

“Así como usted puede ver en mi un partidario, pragmático y a veces crítico de su política, lo mismo yo le admiro casi como un padre”, escribió Grass al canciller en el que él -“con creciente vergüenza”, escribió décadas más tarde en Pelando la cebolla, después de haber encontrado el valor para confesar su error de juventud- veía la encarnación de una Alemania diferente de las horribles sombras del pasado que no pasa. Sólo una vez Brandt le dijo que no:  fue cuando Grass, con  alusiones y ofertas de colaboración, le solicita de manera implícita ser ministro. Brandt regresó de inmediato al “usted” y le ofreció viajes de trabajo para el Goethe Institut o misiones similares, oficiales pero sin poder ejecutivo.

Brandt fue el primer canciller alemán en visitar Israel, y también se llevó a Grass, sin prever que medio siglo más tarde el escritor se alinearía con la República Islámica. Y cuando Brandt estaba enfermo, viviendo sus últimos meses, halló las fuerzas necesarias para invitar a su amigo a ser menos crítico con la forma en que Kohl gestionaba la reunificación. Dio las gracias por los muchos libros que Grass le envió como regalo al hospital y luego a casa, junto a su lecho, donde, en bata, recibía a Kohl cada vez que le llamaba para pedirle su consejo. “Bienvenido, mi canciller, estoy a su disposición”: así, el “compañero Willy”, acogía como patriota lealtad al adversario político en el poder.