La austeridad: historia de una idea peligrosa

He aquí uno de los últimos fenómenos mediáticos (dentro de un orden). Se trata de Mark Blyth, profesor de economía política internacional en la Universidad de Brown. Se hizo medianamente famoso hace un par de años con un video sobre la austeridad, a la que definía como una evidente política de clase (de la clase dominante, claro está).

Pasado el tiempo, Blyth ha traducido aquella idea en un libro (Austerity: The History of a Dangerous Idea, Oxford University Press), un volumen que viene como anillo al dedo en las actuales circunstancias.  Para calibrarlo, acudimos a Henry Farrell y a su “Slaves of Defunct Economists. Why politicians pursue austerity policies that never work”, publicado en la revista Washington Monthly:

El 25 de enero, la oficina de estadística británica anunció que la economía del Reino Unido se había reducido en un 0,3 por ciento en el último trimestre de 2012. Después de soportar dos recesiones en los últimos cuatro años, Gran Bretaña está en camino de una tercera. El dolor se ha visto agravado por una serie de presupuestos austeros, en los cuales el gobierno británico, liderado por los conservadores, ha intentado podar el gasto. Repetidas rondas de recortes han dejado maltrecha la economía británica. Sin embargo, el responsable de la política económica de Gran Bretaña, el Ministro de Hacienda George Osborne, quiere aún más dolor. Está presionando al gobierno para recortar 10 mil millones de libras más este año.

Esto no tiene ningún sentido económico. Olivier Blanchard, economista jefe del Fondo Monetario Internacional, ha abogado porque Gran Bretaña empiece a centrarse en el crecimiento más que en la virtud fiscal, alegando que “nunca he sido un apasionado de la austeridad”. No tiene ningún sentido político, tampoco. A los votantes les gustan las vagas propuestas como “reducir el despilfarro del gobierno” en abstracto, pero odian los recortes en programas que les afectan. ¿Por qué tantos miembros de la élite política, con su visceral pasión por la austeridad, disienten de Blanchard ? ¿Por qué siguen presionando con el dolor cuando eso amenaza con la ruina económica y perjudica sus posibilidades electorales?

[Si me lo permiten, y respecto a lo anterior, bastará con que sustituyan el caso británico y sus políticos por cualquier otro país y sus correspondientes ministros. El resultado será casi el mismo.]

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El nuevo libro de Mark Blyth, Austerity: The History of a Dangerous Idea, nos da algunas pistas importantes. Se han publicado muchos libros en los últimos años, explicando por qué son peligrosas algunas ideas económicas (la hipótesis de los mercados eficientes, modelo de valoración de opciones de Black-Scholes). Blyth, profesor de economía política internacional en la Universidad de Brown (y amigo mío), explica por qué una fijación ciega en la austeridad es una de esas ideas terribles. Sin embargo, su libro hace dos cosas adicionales que otros libros de este género no hacen. En primer lugar, se pregunta por qué las malas ideas económicas, como la austeridad, tienen consecuencias tan poderosas. Los economistas, en cuanto tales, no creen que las ideas sean poderosas, y sus modelos por lo general asumen que las personas están motivadas por el honesto interés propio más que por nociones complicadas. En segundo lugar, se pregunta por qué estas ideas siguen volviendo. Cada vez que los gobiernos han experimentado con la austeridad, eso ha conducido al desastre y, sin embargo, un par de décadas después sus sucesores lo intentan de nuevo, con consecuencias igualmente deprimentes.

Blyth se preocupa por las malas ideas porque tienen profundas consecuencias. No vivimos en el universo pulcro y ordenado que representan los modelos de los economistas. En cambio, nuestro mundo es loco y caótico. Tratamos de controlar el mundo imponiéndole unas ideas económicas, y de hecho a veces puede crear profecías autocumplidas que funcionan durante algún tiempo. Desde hace un par de décadas, parecía como si los mercados fueran realmente  eficientes, en la forma en que los economistas afirmaron que eran. En tanto todo el mundo creía en la idea subyacente de los mercados subyacentes, y creía que todo el mundo creía también en esta idea, podían sostener la ficción, e ignorar las anomalías inconvenientes. Sin embargo, tarde o temprano (y más probablemente más temprano que tarde), estas anomalías explotan, generando caos hasta que un nuevo conjunto de ideas surge, creando otra isla efímera de estabilidad.

Esto significa que las ideas tienen una importancia fundamental. El mundo no viene con una hoja de instrucciones, pero las ideas pueden hacer que parezca como si así fuera. Te dicen qué cosas importan, y cuáles ignorar;  qué políticas aplicar, y cuáles ridiculizar. Así ocurrió antes de la crisis económica. Todos, desde el centro izquierda al centro derecha, creían que los mercados débilmente regulados trabajaban según lo anunciado, hasta el momento en que dejaron de hacerlo. Es igualmente cierto para el período posterior, cuando los impulsores del neoliberalismo se han movido con notable presteza de un conjunto de malas ideas a otro.

Después de que el shock inicial se disipara, los neoliberales norteamericanos interpretaron la crisis económica como un cuento moral sobre la necesidad de reducir la deuda pública, poniendo fin a los derechos y cortando el descontrolado gasto del gobierno. Sus homólogos europeos usaron las tribulaciones de Grecia para contar otro cuento moral -uno sobre las graves consecuencias de la deshonestidad y la corrupción política. Como argumenta Blyth, al interpretar el problema como un fracaso de los gobiernos, diligentemente omitieron el mal comportamiento del sector privado e hicieron a los contribuyentes responsables del comportamiento moralmente peligroso de los bancos.

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Estas mitologías gemelas de la austeridad se reforzaron mutuamente. Los republicanos americanos utilizaron dudosas afirmaciones académicas y las convirtieronen en diversos tipos de know-nothingism económico. Durante los debates presidenciales, Mitt Romney advirtió que Barack Obama estaba convirtiendo a Estados Unidos en una segunda Grecia. Los políticos europeos, por su parte, se confortaban con los argumentos de economistas y comentaristas estadounidenses, como Kenneth Rogoff, quien se manifestó en contra del estímulo económico.

Las consecuencias para la política estadounidense fueron bastante malas: sin políticas austeras, el gobierno de Obama podría haber sacado adelante un segundo estímulo adecuado. En Europa, sin embargo, el impacto de la austeridad ha sido agobiante. A algunos países se les ha impuesto la austeridad, por funcionarios de la Unión Europea que estaban convencidos de que la austeridad aumentaría aparentemente la confianza empresarial y ayudaría a que estos países salieran del atolladero por sus propios medios. Otros, como el Reino Unido, la han abrazado voluntariamente. Ninguno de ellos ha tenido una experiencia feliz. De hecho, los países que se consideraban ejemplos de los beneficios de la austeridad, como Irlanda y Letonia, han sufrido brutalmente. Por supuesto, las cosas habrían sido mucho peor si los países ricos, como Alemania, no hubieran ayudado. Sin embargo, las condiciones que acompañan esa asistencia han dado lugar a una explosión de ira y resentimiento. La austeridad -sobre todo la austeridad impuesta a petición de los extranjeros- no da votos.

Dado todo esto, ¿por qué los políticos siempre y ante todo han pensado que la austeridad era una buena idea? Deberían haber sabido que no había funcionado en el pasado. Cada pocas décadas, los políticos ponen en práctica programas de austeridad en respuesta a una crisis económica, y siempre es un desastre, desde las tensiones del patrón oro en el siglo XIX hasta la idiota respuesta de los socialdemócratas alemanes a la Gran Depresión. Y luego, después de un par de décadas, los políticos empiezan a olvidar lo malo que fue. Blyth no tiene una explicación completa de esta forma peculiar de amnesia recurrente. Él, sin embargo, ofrece los inicios de una historia intelectual.

Blyth argumenta que la austeridad tuvo sus comienzos en la incapacidad de los teóricos liberales, como David Hume, Adam Smith y John Locke, para pensar con claridad sobre el papel del Estado en la economía. Mientras que sus herederos intelectuales reconocieron que las crisis económicas ocurrían, ellos las pensaron como una resaca inevitable de la euforia económica anterior. Todo lo que el Estado podía hacer era equilibrar el presupuesto, e incluso aumentar los impuestos, para restaurar la confianza económica. Según esta teoría, la austeridad era algo así como el apócrifo vomitorium en los banquetes romanos, permitiendo que la economía se purgara entre las series sucesivas de excesos.

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Estos argumentos fueron adquirieron sucesivos y lujosos adornos matemáticos. Los economistas emplearon modelos sencillos [toy models] según los cuales la austeridad podría expandir la economía mediante la restauración de la confianza empresarial. Y esta sabiduría general se filtró a la política. En 2009, Alberto Alesina y Silvia Ardagna escribieron un artículo argumentando que la austeridad era una señal que los políticos enviaban a los empresarios, garantizando que no habría subidas de impuestos en el futuro, para que tuvieran la confianza de invertir en el presente. Cuando la crisis golpeó, se les invitó a presentar una versión de este artículo en una reunión de ministros europeos de economía y finanzas [mira por dónde, fue en Madrid, en una reunión del Ecofin]. Probablemente, muchos de estos ministros lamenten ahora haber escuchado sus recomendaciones, pero el daño ya está hecho.

El libro de Blyth no es perfecto. Viaja entre el análisis detallado y la polémica entretenida, y a veces exagera. Por poner un ejemplo, Estados como Irlanda fueron más derrochadores de lo que Blyth sugiere. Como han mostrado los politólogos Niamh Hardiman y Sebastian Dellepiane, mantuvo superávits presupuestarios mediante políticas fiscales insostenibles, lo que presuponía que la burbuja inmobiliaria seguiría expandiéndose eternamente. La acusación de Blyth a los bancos y a la financiación privada exonera a veces a los gobiernos un poco a la ligera. Y el libro no está tan bien organizado como podría; Blyth intenta meter 400 páginas de análisis en 200 páginas de prosa, lo que lleva a algunos excesos impropios.

Sin embargo, es una lectura esencial. John Maynard Keynes argumentaba que los políticos son esclavos involuntarios de las ideas de economistas difuntos. El libro de Blyth es una aplicación práctica de la máxima de Keynes, preguntándose cuáles son esas ideas, por qué son tan importantes y cuál fue su origen. Si Blyth está en lo cierto, solo vamos a salir del lío en el que estamos desarrollando nuevas ideas que funcionen mejor que la austeridad, ideas que puedan conformar un nuevo orden económico, al menos por un tiempo. No es que sepa más que yo sobre de dónde vendrán esas ideas, pero al menos tiene cierta comprensión de cómo y por qué son importantes. La economía es demasiado importante para dejársela a los economistas. Tenemos que entender cómo las ideas la conforman, y ​​el nuevo libro de Blyth ofrece un excelente punto de partida.

© 2011 Copyright Washington Monthly

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Una respuesta a “La austeridad: historia de una idea peligrosa

  1. Reblogged this on HISTORIATA and commented:
    Entrada molt bona del blog d’Anaclet Pons, professor d’història, sobre “la idea de l’austeritat”, com a guia per a portar endavant de manera recurrent polítiques econòmiques que s’han demostrat perjudicials als països on s’han portat a terme.

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