Contra el neoliberalismo: The Kilburn Manifesto

A finales de abril se presentó la primera entrada de un manifiesto contra el statu quo, una propuesta de la izquierda contra el orden imperante: “After Neoliberalism? The Kilburn Manifesto, editado por Stuart Hall, Doreen Massey y Michael Rustin. Coincidiendo con su aparición en las páginas de la revista Soundings, y siguiendo la costumbre, el propio Hall lo presentó en The Guardian. Por fortuna, el diario Clarín (en su suplemento Eñe) nos lo tradujo hace escasos días:

Kilburn1

La crisis del sistema económico mundial desatada por el colapso bancario de 2006-2008 ha abierto un nuevo capítulo en la evolución del capitalismo internacional. Pero no suele entenderse lo novedoso de este momento. Algunas crisis anteriores –como el gran crac y depresión de los años 30– produjeron un cambio radical: el estado de bienestar y el New Deal, así como el ascenso del fascismo. En los últimos cinco años surgieron grupos de protesta como “Occupy”, y aumentó la resistencia a la austeridad. Sin embargo, no hubo ruptura en el sistema o en su ideología gobernante. A decir verdad, las elites usaron la crisis en Europa y Norteamérica para llevar adelante su proyecto neoliberal, como lo demuestran, en Gran Bretaña, los ataques constantes a los niveles de vida, al Servicio Nacional de Salud y al estado de bienestar.

La desintegración del modelo social británico de posguerra fue el proyecto central de una de las figuras de la nueva derecha que causó más divisiones: la ex primera ministra Margaret Thatcher. Su funeral fue pensado para instalarla como el emblema de una nación unificada, y rubricar tres décadas de trabajo de tres regímenes políticos –el thatcherismo, el Nuevo Laborismo y la actual coalición en el Reino Unido– para fundamentalmente dar nueva forma a Gran Bretaña. Como dijo el primer ministro David Cameron a la BBC: “Ahora somos todos thatcheristas”. Thatcher ha muerto, larga vida al thatcherismo.

¿Qué tiene de novedosa esta fase del capitalismo? Su interconexión mundial, impulsada en parte por las nuevas tecnologías, y el predominio de una nueva clase de capitalismo financiero significan que, si bien una crisis tiene consecuencias en todas partes, estas consecuencias son desiguales. El colapso de las viejas formas de solidaridad social va de la mano del enorme crecimiento de la desigualdad y de una brecha cada vez mayor entre quienes manejan el sistema o son sus agentes bien remunerados, y los trabajadores pobres, los desocupados, los subocupados o enfermos.

La crisis mostró que hay un nuevo segmento de súper ricos de distintos países y etnias. La lista de ricos que confecciona el diario Sunday Times (un listado de las 1.000 personas más acaudaladas en el Reino Unido) está encabezada por dos oligarcas rusos y un multimillonario indio. Viven una vida totalmente separada de la gente común, una vida casi inimaginable para el común de la gente, alimentada por un apetito supuestamente irrefrenable por hacer dinero. La victoria del neoliberalismo ha dependido de la ambición del capital mundial, de su confianza en que ahora puede gobernar no sólo la economía sino la totalidad de la vida social. Las fuerzas del mercado comenzaron a modelar la vida institucional y a ejercer una gran presión en nuestras vidas privadas, además de dominar el discurso político. Dieron forma a una cultura popular que exalta la celebridad y el éxito y promueve valores de beneficio personal e individualismo posesivo. Socavaron el consenso de redistribución equitativa del estado de bienestar, con penosas consecuencias para los grupos vulnerables, como las mujeres, los ancianos, los jóvenes y las minorías étnicas.

La explotación empresarial de una mano de obra barata, de los recursos naturales y de la tierra agravó la crisis del mundo en desarrollo. La degradación ambiental, la pobreza, las pandemias, la educación deficiente, las divisiones étnicas y las guerras civiles se exhiben como fracasos poscoloniales inevitables y que provocan a las viejas potencias para que intervengan en salvaguarda de las condiciones para la acumulación capitalista.

La victoria neoliberal reafirmó la posición de las clases dominantes. Pero esta victoria no era inevitable. Ningún modelo social es permanente, y por éste se luchó, desde el golpe en Chile y la derrota de los mineros en Gran Bretaña hasta los ataques actuales a los derechos de los trabajadores y el sistema de beneficios en el Reino Unido. Hay más de una manera de salir de la catástrofe actual. Siempre hay una alternativa.

soundings

Hoy los editores fundadores de la nueva publicación de izquierda Soundings lanzan un manifiesto que esbozará formas de avanzar. Durante 2014 trataremos de armar un sistema más sistémico de preguntas del que suele utilizarse. No ofrecemos políticas sino demandas y enfoques alternativos que esperamos que contribuyan al ámbito donde trabajan los operadores políticos oficiales.

La colusión del Nuevo Laborismo con el proyecto neoliberal –a través de la privatización, la tercerización y la mercantilización del sector público– ha dejado al partido imposibilitado de trazar una línea clara con la coalición. Tras haber profundizado muchas de las conquistas del thatcherismo durante la gestión del ex primer ministro, Tony Blair, el Nuevo Laborismo se ve limitado por un liderazgo tímido, y por una falta de visión clara y de nuevas ideas.

Los nuevos movimientos sociales por fuera de las políticas partidistas, como los grupos ambientalistas, anti-recortes y feministas, no han logrado una unión suficiente con las organizaciones tradicionales de defensa de los trabajadores para formar una coalición que los transforme en una fuerza política efectiva. Sin embargo, hay indicios de que tal compromiso funcionaría, por ejemplo en los experimentos radicales en marcha en Latinoamérica. Por el contrario, la agitación en Oriente Medio nos muestra lo que ocurre cuando las demandas democráticas no se ven satisfechas, mientras en Europa la resistencia a la austeridad se hermana con el resurgimiento del fascismo.

No es momento para una simple retirada. Lo que se necesita es una voluntad renovada de estar del lado del futuro, no varada en las trincheras del pasado. Debemos admitir que las antiguas formas del estado de bienestar resultaron insuficientes. Pero debemos defender los principios sobre los que se fundó –redistribución, igualitarismo, prestación colectiva, responsabilidad y participación democráticas, derecho a la educación y a la salud– y encontrar maneras de institucionalizarlos y expresarlos.

Todos los que nos oponemos al rumbo actual debemos inventar. Debemos ocuparnos de trastocar el sentido común vigente, de desafiar los supuestos que organizan nuestro discurso político del siglo XXI. Esperamos que nuestro manifiesto abra un diálogo con una generación moldeada por experiencias políticas diferentes. Es un momento para desafiar, no para adaptarse, a la nueva realidad del neoliberalismo, y para dar un salto.

© The Guardian. Traducción: Susana Manghi (Copyright 1996-2013 Clarín.com)