¿Quién va a la Universidad? Raza, género y clase

Antes de empezar, pongámonos en antecedentes, para interpretar de forma correcta lo que sigue. Vamos a reproducir un texto de opinión: “How Much Do You Pay for College? A once-taboo topic emerges from the shadows”, escrito por Richard D. Kahlenberg en The Chronicle. ¿Quién es Kahlenberg? No nos extendamos: es miembro de la Century Foundation, que a su vez es un “American progressive think tank” y es, entre otras cosas, un crítico recurrente de los programas de afirmación positiva que priman la raza, o cualquier otra condición o identidad, por encima de la clase social. Dicho esto, que por otra parte se deducirá sin problemas, vamos allá con lo que escribe en The Chronicle:

Kahlenberg

Caleb Kenna for The Chronicle Review

En la última década y media, he dado conferencias en decenas de universidades sobre la necesidad de aumentar la diversidad socioeconómica, pero nunca antes había presenciado lo que observé durante un reciente discurso en el Middlebury College.

Antes de presentarme, los estudiantes de la organización patrocinadora, Money at Midd, comenzaron el foro anunciando públicamente sus nombres y la cantidad que ellos y sus familias pagan cada año en matrícula y tasas. El primer estudiante, Samuel Koplinka-Loehr, dijo que su familia pagó cerca de 18.000 $ , y que él agregaba otros 3.000 de su trabajo. Le pasó el micrófono al siguiente estudiante, quien dijo que su familia pagaba la cuota completa, de 56.000. Un joven dijo que su familia no podía permitirse el lujo de pagar nada, pero que ella trabajaba para pagar los 1.200 dólares de los costes universitarios.

Estaba estupefacto, y pasé a eufórico, por la franqueza del intercambio. En Middlebury -y en los campus de todo el país- la clase está saliendo del armario.

Largamente oculta a la vista, la situación económica está emergiendo de las sombras, y lo que una vez fue un tabú se está discutiendo. La creciente brecha económica en Estados Unidos, y en los campus americanos, ha dado lugar a nuevas organizaciones estudiantiles y nuevos diálogos, centrados en la sensibilización por las cuestiones de clase y en proponer soluciones. Con la Corte Suprema de los EE.UU. dispuesta a impedir la consideración de la raza en las admisiones a la universidad este año, el papel de la desventaja económica como base para las preferencias podría dar más relevancia a la clase.

Este interés supone una vuelta a una época anterior. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la preocupación por la clase animaba a los marxistas en el campus y a los políticos del New Deal en la esfera pública. Ambos grupos minimizaban las importantes dimensiones de la raza y el género para centrarse en la división económica de la nación. Programas como el Federal Housing Administration garantizaba los préstamos y la GI Bill proporcionaba oportunidades cruciales para la movilidad en favor de algunas familias y  estudiantes de la clase trabajadora.

Las universidades, por su parte, comenzaron a utilizar el SAT para identificar candidatos con talento de clase trabajadora para la admisión. Pero los préstamos FHA, el GI Bill y el SAT aún dejaron de lado muchos afro-americanos, latinos y mujeres.

En los años 1960 y 70, esa estrecha focalización en la clase fue cuestionada  justamente por los activistas de derechos civiles, feministas y defensores de los derechos de los homosexuales, que pusieron una nueva luz sobre el racismo, el sexismo y la homofobia. Black studies, women’s studies y más tarde gay studies  arraigaron en los campus universitarios, junto con programas de acción afirmativa en las admisiones de estudiantes y empleo de profesores con el fin de corregir la falta de atención a los grupos marginados por parte de políticos y académicos.

En algún momento, sin embargo, el péndulo osciló hasta el punto de que las cuestiones de clase quedaron sumergidas. Los funcionarios de admisiones, por ejemplo, prestaron mucha atención a la diversidad racial y étnica, pero poca a la diversidad económica. William Bowen, expresidente de la Universidad de Princeton, y sus colegas informaron en 2005 de que ser una minoría subrepresentada aumentaba sus oportunidades de admisión en casi 28 puntos porcentuales en los college más selectivos, mientras tener bajos ingresos no lo hacía. Los campus se hicieron más racial y étnicamente diversos -y los colleges masculinos comenzaron a admitir a las mujeres-, pero el porcentaje de los estudiantes del perfil socioeconómico más favorecido de la población llegó a superar en número a los estudiantes del perfil menos favorecido en los college selectivos en una proporción de  25 a 1, según un estudio realizado en 2004 por la Century Foundation.

En un reciente estudio sobre las más prestigiosas facultades de derecho estadounidenses, el profesor de derecho Richard H. Sander encontró  que sólo el 2% de los estudiantes procedían del cuartil socioeconómico inferior, mientras que más de tres cuartas partes provenían del más rico. La representación de los estudiantes con desventajas económicas en las facultades de derecho de elite, escribió, “es comparable a la representación racial de hace 50 años, antes de la revolución de los derechos civiles”.

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Afortunadamente, las puertas permanecen abiertas a estudiantes de bajos ingresos en los community colleges y en algunas instituciones menos selectivas de cuatro años, donde a veces es posible recibir una excelente educación. Pero el sistema dual de educación superior en Estados Unidos, donde los estudiantes de bajos ingresos y de la clase trabajadora se concentran en collges de dos años y los estudiantes ricos en las más selectivas instituciones de cuatro años, significa que estamos dando las mayores oportunidades a los ya más favorecidos.

Los community colleges gastaban un promedio de alrededor de 13.000$ por el equivalente a un estudiante de jornada completa en 2009, mientras las instituciones de investigación privadas, de cuatro años,  gastaban casi 67.000 por estudiante. Las tasas de graduación son mayores en los colleges selectivos de cuatro años que en los no selectivos de cuatro y en los colleges de dos, incluso cuando se comparan estudiantes que ingresan con similares calificaciones académicas. Y el acceso a las redes profesionales en colleges selectivos se traduce en mayores salarios, especialmente para los estudiantes de bajos recursos.

Es difícil saber con exactitud por qué los colleges hicieron la vista gorda a la cuestión de la clase, manteniendo una posición relativamente más progresista en cuestiones de raza y género. Puede ser que sus funcionarios estuvieran más en sintonía con la desigualdad racial y de género, ya que es más visible, haciéndolos más responsables. Abordar la desigualdad de clase es más caro que hacer frente a las desigualdades raciales y de género, ya que los estudiantes de bajos recursos necesitan ayuda económica, lo que puede significar menores presupuestos para bibliotecas o salarios docentes. Y es posible que muchos funcionarios universitarios, como participantes o testigos de los movimientos heroicos de liberación de los negros, de los derechos de la mujer y dev la libertad gay, no vieran igual a los solicitantes blancos de clase trabajadora, que podían simbolizar el racismo, el sexismo y la resistencia homófoba al progreso.

En algún lugar a lo largo del camino, los candidatos de la clase obrera blanca que superaba los pronósticos dejaron de ser vistos como solicitantes simpáticos y se convirtieron en desagradables descendientes de Archie Bunker. Según señalan Thomas J. Espenshade y Alejandria Walton Radford en su libro No Longer Separate, Not Yet Equal (PUP, 2009), en los colleges privados altamente selectivos y en cuanto a estudiantes blancos, los de clase baja eran un tercio más propensos a ser admitidos que los de clase media-alta,  estando por lo demás igualmente calificados.

Las cuestiones de clase aparecían periódicamente en el debate público, pero nunca se imponían. A mediados de la década de 1990, cuando el presidente Bill Clinton sugirió modificar la base de las políticas de acción afirmativa de la raza y el género en favor de la de la clase “porque funcionan mejor y tienen un mayor impacto y generan un apoyo más amplio”, los grupos en pro de los derechos civiles y de las mujeres cercenaron la idea. Si bien Clinton estaba en lo cierto en cuanto que la opinión pública era partidaria de un enfoque basado en la clase, en ningún distrito electoral se planteó defender las preferencias para los pobres y la clase trabajadora.

En 1996, California se convirtió en el primero de los varios Estados en prohibir la discriminación positiva por iniciativa de los votantes, y las universidades de ese Estado y de otros comenzaron a centrarse en la situación socioeconómica como forma indirecta de promover la diversidad racial. Pero la motivación se centraba todavía en los resultados raciales. Como Sander me dijo: “Sólo una de cada 20 personas con las que he hablado en el mundo jurídico asigna un valor a la idea de la diversidad económica”. Y continuó: “Las facultades que están dispuestas a inmolarse para conservar los efectos raciales actuan como si la acción afirmativa basada en la clase fuera, en todo caso, algo malo”.

Después de que el Tribunal Supremo confirmara la capacidad de los colleges para usar la raza en las admisiones en 2003 (caso Grutter contra Bollinger), pareció brevemente que la educación superior en Estados Unidos podría comenzar a abordar el problema pendiente de la desigualdad de clase. En 2004, Lawrence Summers, entonces presidente de la Universidad de Harvard, anunció un plan para ampliar la diversidad socioeconómica entre sus estudiantes a través de ayuda financiera y admisiones. Anthony Marx forjó un plan similar en el Amherst College, y Bowen instó a los colleges a dar el salto en favor de los solicitantes con bajos ingresos.

Pero mientras el número de estudiantes de bajos ingresos aumentó en Harvard y Amherst, otras instituciones similares no hicieron por lo general lo mismo. Marx me dijo: “En Amherst, hemos más que duplicado la matrícula de los de bajos ingresos, lo que proporcionó un ambiente educativo más interesante para todo el mundo y animó a reforzar la movilidad basada en el talento. Dado que esto solamente aumentó la selectividad entre un grupo más amplio e inspiró un record de donaciones, esperaba que nuestros compañeros nos seguirían, pero su número nunca se movió significativamente”.

Con pocos estudiantes de bajos ingresos, las discusiones sobre la diversidad de los campus siguieron centrándose en la raza. “Aunque no hay rasgo más común en la vida pública norteamericana que la observación de que no nos gusta hablar de la raza, ningún rasgo… es más falso”, observó Walter Benn Michaels, crítico literario y social de la Universidad de Illinois en su libro The Trouble With Diversity (2006). “De hecho, nos encanta hablar sobre la raza y, en la universidad, no sólo debemos hablar de ello, sino que escribimos libros y artículos al respecto, enseñamos y recibimos clases sobre ella, y organizamos nuestras políticas de admisión con el fin de tenerla en cuenta”.

Lo hacemos en parte, sostuvo, para evitar hablar de clase, la discusión de lo cual queda en gran medida fuera de los límites. Como me comentó un colega, un estudiante que es a la vez alguien con bajos ingresosy gay es mucho más probable que revele su orientación sexual que sus orígenes de clase.

Este trasfondo -en el que los baby boomers como yo veíamos las cuestiones de clase eclipsadas por otras dimensiones importantes de la desigualdad- contribuye a explicar por qué estaba tan aturdido por la franca discusión en Middlebury. Pero el diálogo puede ser una pequeña señal de que el péndulo está moviéndose. De hecho, parece probable que dos fuerzas muy diferentes piloten un resurgimiento de la cuestión de clase en un futuro próximo: la defensa apasionada de los jóvenes, para quienes la clase desempeña un papel cada vez mayor en sus experiencias cotidianas; y las acciones de un grupo de jueces del Tribunal Supremo, que parecen dispuestos a iniciar la eliminación gradual de nuestro medio siglo de experimento nacional con el uso de la raza como factor positivo en la admisión a la educación superior, allanando el camino para las consideraciones de clase.

2012 Ivy League Tuition Comparison

2012 Ivy League Tuition Comparison

Los jóvenes de hoy han crecido en un mundo diferente al de sus padres. La desigualdad de clase ha adquirido una prominencia mucho mayor que la desigualdad racial. Los jóvenes de hoy no creceron viendo cómo las mangueras regaban a los pacíficos manifestantes en favor de los derechos civiles. En su lugar, han crecido en un país donde el racismo sigue existiendo, pero donde los votantes eligieron y reeligieron a un presidente negro, y donde los latinos son un creciente poder político. Y han alcanzado la mayoría de edad en un momento de creciente desigualdad económica, cuando las ventajas otorgadas por los privilegios económicos son mayores que nunca. Las familias adineradas siempre han tenido más recursos para invertir en sus hijos, pero la diferencia en el gasto entre  familias ricas y pobres se ha triplicado desde 1970.

Repasando los resultados de los tests que se pasan a los estudiantes, Sean F. Reardon, profesor de la Universidad de Stanford, ha encontrado que la diferencia de puntuaciones entre alumnos ricos y de bajos ingresos ha aumentado en un 40 por ciento desde 1960, y ahora es el doble que la existente entre estudiantes negros y  blancos.

Si la capacidad de las universidades para contratar raza en las admisiones se ve limitada, es probable que los funcionarios del campus se convertirá en desventaja económica para producir indirectamente la diversidad racial.

Por otra parte, Anthony P. Carnevale y Jeff Strohl, de la Universidad de Georgetown, han descubierto que las desventajas socioeconómicas son mucho más importantes que las raciales en la predicción de los resultados del SAT. En las partes que el SAT dedica a las matemáticas y la expresión verbal, la desventaja socioeconómica supone una penalización de 399 puntos en estudiantes de bajos ingresos en comparación con los más aventajados, mientras que ser afroamericano supone una desventaja de 56 puntos con respecto a ser blanco.

Dadas estas realidades, los jóvenes estudiantes blancos de clase media-alta que se sienten incómodos con su patrimonio familiar son más propensos a experimentar un mayor sentimiento de culpa por su creciente beneficio económico que por su  privilegio de tener la piel blanca. De hecho, los estudiantes de hoy en día, como grupo, parecen más sensibles a subsanar las desigualdades económicas que las disparidades raciales. Por ejemplo, en una encuesta realizada en 2012 a los estudiantes de la Universidad de Brown, el 58 por ciento se opuso al uso de la raza en las admisiones en comparación con el 34 por ciento que lo apoyaba. Sin embargo, entre los que se oponían a la consideración racial, más de la mitad apoyaban admitir la situación socioeconómica.

Del mismo modo, en una encuesta nacional a la generación Y (edades 18-25) llevada a cabo por la Universidad de Georgetown, los participantes se opusieron a la utilización de las preferencias raciales en pro de la diversidad en un 57 por ciento frente a un 28 por ciento, y sólo el 9 por ciento apoyó las preferencias raciales para compensar discriminaciones pasadas. En la Universidad de Princeton, el consejo editorial de The Daily Princetonian, aun apoyando las consideraciones raciales, instó “a la universidad a dar más valor a la superación socio-económica en lugar de a las barreras raciales en las decisiones de admisión …. El consejo considera que, en términos generales, las barreras socio-económicas en los Estados Unidos son más formidable que las raciales y, por  tanto, un mejor predictor de la diversidad experiencias vidales a añadir a nuestra comunidad”.

En todo el país, nuevos grupos de estudiantes se han alzado para concienciar sobre las desventajsa socioeconómicas. Un ghrupo de estudiantes de la Universidad de Duke, de la de Saint Louis y de la Washington en St. Louis vrearon en 2010 una organización con ese propósito, United for Undergraduate Socioeconomic Diversity (U/Fused),  y desde entonces se ha expandido a 19 escuelas.

(…)

Si se recorta la capacidad de las universidades para utilizar el criterio de la raza en las admisiones, es probable que los gestores de los campus se decanten por la desventaja económica y aumenten los planes de que benefician a los estudiantes pobres y de clase trabajadora, como una forma de favorecer indirectamente la diversidad racial. Como mi colega Halley Potter y yo esbozamos en un informe reciente, “A Better Affirmative Action,” la mayoría de las universidades estatales a las que los votantes les prohibieron usar la raza han cambiado a la clase. Un cambio similar en el énfasis se ha producido en el nivel K-12, donde 80 distritos escolares, muchos de los cuales habían empleado planes de integración racial, cambiaron a otros basados en la integración socioeconómica a raíz de una drástica decisión del Tribunal Supremo de 2007 contra el uso de la raza.

Si los colleges lo hicieran así,  se podría apreciar una considerable afluencia de estudiantes de bajos ingresos y de clase trabajadora. En Austin, por ejemplo, el 25 por ciento de los estudiantes admitidos a través de los percents plans en el año 2011 procedían de familias que ganaban menos de 40.000 dólares al año, en comparación con el 10 por ciento admitió a través del programa tradicional de admisión discrecional (incluida la acción afirmativa). Un tercio de los admitidos tenían padres sin títulos superiores (de cuatro años), en comparación con el 11 por ciento de las admisiones discrecionales.

(…)

Durante 50 años, la educación superior ha logrado evitar las cuestiones de clase. Pero con la profunda disparidad económica, el cambiante sentimiento estudiantil  y el trabajo de la Corte Suprema de los EE.UU. parece probable que la clase regrese de nuevo, una vez más, a la vanguardia. Después de haber dado algunos pasos modestamente exitosos para incluir a las mujeres y las minorías raciales, ¿aceptarán los colleges el reto?