La hambruna irlandesa: ¿otro genocidio?

Reparando en Eating the Enlightenment: Food and the Sciences in Paris, 1670-1760, obra de E. C. Spary (University of Chicago Press), el tema conduce a su versión más tenebrosa, a su reverso, las hambrunas. Y, entre ellas, una de las más conocidas es la irlandesa del novecientos, que precisamente ahora vuelve a estar en el centro del debate. La razón es el libro The Famine Plot: England’s Role in Ireland’s Greatest Tragedy (Palgrave Macmillan), escrito por el controvertido Tim Pat Coogan.

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Dado el carácter del volumen, su impacto o recepción ha sido escaso en las Islas, con la excepción de The Economist (que lo compara con The Graves are Walking: The Great Famine and the Saga of the Irish People, de John  Kelly, quien no lo califica de genocidio), y tampoco se ha comentado en exceso en otros ámbitos, excepto en determinada prensa católica. Por la misma razón, sí ha tenido eco en algunos medios norteamericanos (Boston Globe; Washington Post).

Nos quedamos con lo que señala el Irish Times, conscientes de que se le suele tildar de unionista y de que ello tiene sus servidumbres:

La tesis de John Mitchel sobre la culpabilidad británica de la Gran Hambruna de Irlanda – que “fue ciertamente el Todopoderoso quien envió el desatre de la patata, pero fueron los ingleses quienes crearon la Hambruna”- ha tenido una larga historia. Fue inicialmente Mitchel en la década de 1860, en The Last Conquest of Ireland (Perhaps), quien influyó en la memoria colectiva de la catástrofe en generaciones de irlandeses, tanto en el interior como en la diáspora. La inequívoca acusación de Mitchel está ahora, lamenta Pat Coogan, apartada tanto en el discurso oficial de Irlanda como en la historiografía de la hambruna.

Sin embargo, todavía sigue muy viva en otras partes – como lo demuestra, por ejemplo, un reciente mural en Springfield Road, en Belfast, que representa la exportación forzada de productos alimenticios irlandeses por parte de las fuerzas armadas de Gran Bretaña en la década de 1840, en los textos del plan de estudios de un instituto estatal de Nueva Jersey, y en la agenda de un próximo Irish Famine Tribunal en la Universidad de Fordham, en Nueva York.

Como muchos neo-Mitchelitas, Coogan ve una conspiración de silencio entre los historiadores irlandeses para negar la responsabilidad genocida de Inglaterra por lo que sucedió en Irlanda entre 1845 y 1850. El propósito de este libro es, de un lado, una campaña para revelar los verdaderos rasgos del “complot del  hambre” oscurecido por unos historiadores que sufren de “mentalidad colonial” y, de otro, reivindicar a John Mitchel.

La obra de Mitchel era menos una historia de la hambruna que un libro polémico -sobre la base de fragmentos de las pruebas recogidas, es cierto, pero pretendía ser un vehículo para acusatorio para el intenso compromiso de su autor por paliar los sufrimientos de Irlanda en la última década de 1840. El libro de Coogan está igualmente impregnado de ira.

A falta de una experiencia personal de Mitchel con la hambruna, dibuja libremente numerosos relatos de agonía humana, explotación despiadada e indiferencia oficial que han sobrevivido hasta nuestros días.

A diferencia de otras grandes pero en gran parte olvidadas hambrunas históricas de Irlanda, como las de los 1310 o 1740, las consecuencias humanas de los acontecimientos de la década de 1840 nos siguen llegando directamente a través de fuentes generadas por ese fenómeno moderno que es el periódico de gran tirada, el folleto caritativo y los registros de un Estado cada vez más burocrático, así como a través de los conductos menos formales del folklore, la tradición popular y la literatura creativa. El autor hace un uso eficaz de los extractos de estas fuentes para transmitir una idea de la magnitud e intensidad del horror, y no hace ningún esfuerzo por ocultar su respuesta emotiva.

Famine Plot  tampoco es una historia convencional. No hay ningún intento de ofrecer un relato comprehensivo de la catástrofe y de sus causas, y la escritura tiende a ser más impresionista que bien estructurada. Los capítulos del libro son libremente temáticos, compuestos de párrafos cortos, que a veces parecen más bien confusos y que se pueden perder en digresiones personales. Las referencias a las fuentes, la piedra de toque de la práctica profesional histórica, son escasas, a menudo vagas y, en algunos casos, de dudosa fiabilidad.

El autor no ha sido bien aconsejado por su editor, y una más cuidada edición   podría haber recogido algunos de los numerosos errores, faltas de ortografía, anacronismos y repeticiones que desfiguran el texto.

Errores de hecho

Los historiadores familiarizados con el período notarán una preocupante cantidad de errores de hecho. Esto parece ser especialmente cierto en el tratamiento de los antecedentes económicos y demográficos de la Hambruna. Por ejemplo, Coogan nos dice que después de las guerras napoleónicas, los precios agrícolas subieron en un 50 por ciento (de hecho, cayeron en un 25 por ciento a principios de 1840, incrementando la deuda y fomentando el conflicto agrario) y que el saldo religioso en la Irlanda pre-Hambruna era de un protestante por cada 20 católicos (el censo religioso de 1834 encontró más bien que el 19 por ciento de la población era protestante). Esta falta de atención a la exactitud de los datos económicos y sociales sólo pueden socavar la confianza en la reivindicación del libro (demostrada aquí, y haciendo caso omiso de todo análisis económico serio de la hambruna) de que “en todas las fases del desastre posterior, no había en Irlanda escasez de alimentos “.

En el corazón del libro está el argumento de que un grupo relativamente pequeño del gobierno whig de 1846-52 fue directamente responsable de lo peor de la masiva mortalidad, y que de hecho fueron la malevolencia y las preocupaciones ideológicas de Charles Trevelyan, encargado del Tesoro,  lo que estuvo en el centro de ese intencionado “complot del hambre”. Trevelyan es una figura difícil de defender, aunque Coogan es incapaz de discutir el vigoroso, aunque fallido, y reciente esfuerzo de Robin Haines de hacer precisamente eso. Sin embargo, el autor no es capaz de explicar muy bien por qué este funcionario y sus aliados obtuvieron tal influencia extraordinaria sobre la política irlandesa, tal vez a causa de su falta de interés en la disección del contexto más general de la época -un ejercicio que podría implicar, en parte, a un más amplio “público británico”, a quien Coogan busca eximir de cualquier responsabilidad.

Central para su caso es una suposición de que el diario The Times, sin duda una fuente de constante prejuicio anti-irlandés, era un órgano gubernamental, ignorando el papel de su propietario, John Walter, en el fomento de este, y la robusta independencia del periódico de cualquier conexión de partido en estos años.

La explicación de Coogan de los motivos de Trevelyan también es problemática: su intenso providencialismo evangélico no se toma en serio, sino que es tratado más bien como una cobertura hipócrita para su un racializada posición anti-irlandesa,  y su economía política “moralista”  -que hoy podríamos llamar  neoliberalismo radical- se combina con el malthusianismo pesimista adoptado por sus antagonistas de Nassau Senior y Richard Whately (quienes, y Coogan parece no darse cuenta, fueron opositores, no partidarios, de la política del gobierno durante la hambruna).

La sorprendentemente breve conclusión del autor destaca la definición de la ONU de 1948 sobre el genocidio, que remite a “la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”,    y argumenta que tal intento es claramente demostrable en la política whig sobre la hambruna. Si Coogan argumentó que el ministerio era moralmente culpable, sobre todo después de 1847, al no suministrar y distribuir ayuda alimentar asequible (en su mayoría importada) y no ofrecer empleo para las masas hambrientas, y que este fracaso se debió a las fijaciones ideológicas con el libre comercio, la eliminación de riesgo moral y el refuerzo de la auto-ayuda en Irlanda, las pruebas deberían haberle  apoyado.

En su lugar, se reafirma la tesis Mitchelita de que era intención decidida del gobierno británico destruir o diezmar al pueblo irlandés por hambre, sin tratar de explicar por qué intervino, incluso lo hizo (como acepta) en un determinado período con relativa eficacia a través del sistema de comedores benéficos. No se debate por qué el gobierno, e incluso la propia bestia negra Trevelyan, promovió la caridad privada en Irlanda. No hay ninguna explicación convincente para esta aparente contradicción, tal vez porque requeriría, habiendo tomado en consideración todas las restricciones bajo las cuales operaba el gobierno, una historia más compleja y difícil de la acción y la responsabilidad que se pueden ofrecer en lo que es, en última instancia, una polémica bastante reduccionista.

Otras historias

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Los lectores que busquen una historia económica informada y completa de la mayor catástrofe moderna de Irlanda harían mejor en recurrir a James Donnelly (The Great Irish Potato Famine)  o al tour de force colectivo que es Atlas of the Great Irish Famine. Para aquellos que prefieran una historia más tradicional, pero con investigación a fondo y bien escrita, Cecil Woodham-Smith publicó The Great Hunger, aparecida por primera vez en 1962 (y en la que se basa en gran parte Coogan) y que sigue estando disponible. Pero para la indignación salvaje de un polemista irlandés en el apogeo de su poder, que despliega un lenguaje acusatorio con una intensidad alimentada por testigos de las profundidades de los horrores de la hambruna, lo mejor sería volver al texto original, al de Mitchel, ahora nuevamente editado.

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