Papeleo y burocracia: el demonio de la escritura

El historiador Jacob Soll reseña para New Republic el libro de su colega Ben Kafka The Demon of Writing: Powers and Failures of Paperwork (Zone Books). Estas son sus apreciaciones:

Demon of Writing

En la novela de Franz Kafka El Proceso, al desgraciado protagonista, Josef K., se le anuncia que va a ser juzgado por un crimen que nunca se tipifica, en un tribunal que nunca se reúne. En lugar de un juicio, el protagonista pasa su tiempo discutiendo con los burócratas sobre el papeleo: “Un día el abogado llegaba a casa y encontraba sobre la mesa todas las anotaciones y datos reunidos con tanto esfuerzo y con tantas esperanzas.  Se los habían devuelto, pues no poseían valor alguno en la nueva fase procesal, eran desperdicios”. Y así el término “kafkiano” ha llegado a definir los existenciales laberintos burocráticos,  desesperantes y sin salida.

Es, pues, extraño que The Demon of Writing: Powers and Failures of Paperwork no mencione a Franz Kafka más que una vez y de pasada. Aunque Ben Kafka ha escrito anteriormente sobre el escritor con el que comparte apellido, aquí se ha omitido casi toda referencia al hombre cuyo apellido es sinónimo de las necedades del papeleo.

Entonces, ¿qué tiene que decirnos Ben Kafka -sin su tocayo- sobre el poder y las frustraciones del papeleo? En una serie de viñetas, muestra lo que él llama “la vida psíquica del papeleo” o cómo se convirtió en algo central para la conciencia humana tras la Revolución Francesa. La tesis de Kafka es que el levantamiento de 1789 -que comenzó con pergamino raro y terminó con un fácil acceso a lo impreso-  provocó una nueva y más democrática forma de papeleo. La pregunta es, ¿condujo a la libertad concebida por los idealistas revolucionarios o a las pesadillas de El proceso?

Influenciados por la Declaración de Independencia de EE.UU. , los autores de la francesa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) propusieron una nueva era de mayor transparencia. No sólo fue uno de los documentos fundamentales en materia de derechos humanos y civiles, la Declaración también insistía en que “los agentes públicos” dieran “cuentas de su administración”, con el papeleo. El abate Sieyès, uno de los líderes de la Revolución francesa, trató de diseñar el Estado revolucionario según el modelo de una sociedad anónima en la que todos los ciudadanos fueran “partes interesadas en una más grande empresa social”.  Ya que los ciudadanos “suministraban el capital”, el Estado era responsable.

Las nuevas constituciones escritas durante los años revolucionarios requerirían que todos los agentes del gobierno o los ministros “depositaran todo el papeleo … en el registro para una inspección detallada por parte de aquellos miembros que quieran examinarlo más de cerca.” Esta era una práctica común en Inglaterra en la década de 1780 y en las legislaturas de los tempranos Estados Unidos (hechos que Kafka omite), pero en Francia este nuevo ideal de rendición de cuentas fue diseñado sobre una escala desconocida en la historia, un país de más de 30 millones de ciudadanos.

Casi de inmediato, sin embargo, este ideal fue impugnado. Kafka muestra cómo la búsqueda de la libertad política (y el poder puro) se dio de bruces con la pesadilla burocrática. Durante el reinado del terror (5 de septiembre de 1793-27 de julio de 1794), el así llamado apóstol del Terror, Louis Antoine de Saint-Just, llamó al papeleo administrativo el “demonio de la escritura” y proclamó “La prolijidad de la correspondencia gubernamental y de sus mandatos es un signo de su inercia; es imposible gobernar sin la brevedad”. Evocó las “terribles montañas de edictos y declaraciones que uno ve emanar todos los días de algunos tribunales”..

Saint-Just tenía razones para estar preocupado. No sólo el número de empleados que trabajaban para el Comité de Salvación Pública creció de 40 a 400 en un año, sino que la gran cadena del papeleo estaba impidiendo funcionar a la máquina del Terror. El 1 de julio de 1794, el Tribunal Revolucionario estaba a punto de sentenciar a todos los actores de la Comédie Française a muerte. Al darse cuenta de la farsa y el desastre de tal decreto, un “simple empleado del Comité”,  Charles-Hippolyte Labussière, se llevó los documentos acusatorios a una casa de baños, empapándolos hasta haver de ellos bolitas de pasta, y luego los tiró “al río a través de la ventana del baño”, ahorrando a más de 200 actores y ciudadanos el trance de pasar por la hoja de la guillotina.

A pesar de que es su historia más dramática, Kafka expone que no es lo que hizo Labussière lo que nos debe interesar. Más bien, fue la explosión de “bureaumania” la que tuvo las consecuencias más significativas: el papeleo y la burocracia se convirtieron no sólo es un medio para la disidencia sutil, sino también en temas para el debate público, el entretenimiento, el arte y la filosofía. En el siglo XIX, un destacado administrador del gobierno, Jacques-Gilbert Ymbert, escribió un análisis de “las olas de tinta”  que inundaban la sociedad: “Un millar de despachos, desde miles de lugares diferentes, son dirigidos a cada ministro”. Ymbert llegó a una conclusión opuesta a la de Sieyès: con el fin de administrar, la gran burocracia estatal estaba “sacrificando” la libertad en el altar de la eficiencia. El gran novelista Honoré de Balzac inmortalizó las cartas de Ymbert en Los empleados o la mujer superior (1837) y describió de forma inimitable los detalles del a menudo desesperante mundo de papeleo y burocracia que ahora gobernaba Paris -lo que él llamaba La Comedia Humana. El papeleo banal se convirtió en una improbable musa para la literatura moderna.

Pero aparte de su mención a Balzac, Kafka pasa con relativa rapidez sobre las repercusiones literarias de la “bureaumania.” Aunque Kafka ha escrito anteriormente sobre el interés de Flaubert y de Melville por el papeleo, no lo hace aquí. La omisión es una lástima, porque los ejemplos habrían enriquecido el análisis. Alguna de la mejor literatura del siglo XIX se centró en el papeleo: Bartleby el escribiente (1853), de Melville, nos habla de un empleado cuya simple negativa a rellenar el papeleo detiene el mundo que le rodea; La pequeña Dorrit (1857) , de Dickens, habla de un documento perdido en el imaginario y laberíntico Departamento del Circunloquio, que destruye a la familia Dorrit y, en La letra escarlata , el narrador descubre la historia de Hester Prynne en los archivos de la Aduana.

Más que en la literatura, a Kafka le interesa remitirse a la teoría centrada sobre el papeleo. Dialoga con teóricos, como el sociólogo francés de la ciencia Bruno Latour, quien ha estudiado las lógicas y sistemas de archivo de laboratorios y oficinas. Esto lleva a Kafka a afirmaciones orwellianas, tipo seminario, como “por razones personales y profesionales, estoy comprometido con la idea de que las personas se rigen por procesos inconscientes, lo cual es simplemente falso, incluso para la mayoría de cosas agentic“. Y ello probablemente explica el conjunto ecléctico de viñetas que ofrece en la segunda mitad de su libro: menciona a Jacques Derrida; describe el desordenado escritorio de Roland Barthes, cubierto no con literatura, sino con horrible papeleo administrativo;  descubre un artículo de periódico escrito por Karl Marx entre el papeleo. Para Freud, escribe Kafka, un caótico papeleo en el banco precipita la consideración de sus propias omisiones inconscientes.

Pero la omisión más chocante no proviene del énfasis de Kafka en la teoría sobre la literatura, sino de su rara orientación histórica. Al centrar su estudio de “la vida psíquica del papeleo” en la Francia posrevolucionaria, en la modernidad secular, ignora el papel descomunal que Dios ha tenido en la historia de papeleo. Vale la pena señalar que en 1454-55 Johannes Gutenberg cubrió los gastos de la primera Biblia impresa al publicar y vender 20.000 “certificados de confesión”. Las indulgencias eran tan lucrativas que una imprenta en el monasterio benedictino de Montserrat, en España, imprimió 142.950 entre 1499 y 1500 (esta imprenta aún funciona). Los buenos cristianos compraron estos pedazos de papel, muy posiblemente a millones, en la creencia (o no) de que los salvaría del purgatorio y el infierno.

Fue esta avalancha de papeleo lo que tanto ofendió a Martin Lutero y lo que inspiró sus noventa y cinco tesis.  La andanada de Lutero desencadenó la Reforma protestante, dividió la cristiandad y provocó doscientos años de guerras. (Algunos dicen que sentó las bases para la Revolución Francesa). En otro giro kafkiano, que apoya la teoría modernista de Ben Kafka, estos controvertidos aunque efímeros papelitos (la gente muy a menudo se deshacía de las indulgencias) fueron olvidados durante siglos, para ser redescubiertos  solo por intrepidos investigadores de archivo. Aunque omite este temprano y crucial capítulo en su historia, Ben Kafka hace el importante trabajo de recordarnos que el papeleo es parte de las grandes tradiciones humanas, no solo de la comunicación y la información, sino también de la revolución, la filosofía existencial y, para algunos, de la religión.

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