Paolo Rossi: comer, la idea y su práctica

Hace ahora más o menos un año fallecía el filósofo e historiador Paolo Rossi. Su último libro llevaba por título Mangiare (Il Mulino), obra que ahora vierte al castellano la sección argentina de FCE. Reproducimos parte de su primer capítulo, titulado “Acerca de este libro“:

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Acabo de referirme a los distintos significados que puede adoptar la palabra comer, o mejor dicho la idea de comer. Los mejores diccionarios (y aquí me remito al Dizionario italiano de Tullio De Mauro) registran diferencias y variaciones en el significado. Ingerir elementos sólidos o semisólidos masticándolos o deglutiéndolos, consumir una comida, utilizar habitualmente como alimento, consumir un plato preparado de determinada manera, morder o roer como cuando se dice que las polillas se comen un pulóver, corroer (el óxido se come la reja), consumir un combustible,  disipar (se comió la herencia de su tía); se usa comer incluso en los juegos de mesa como la dama y el ajedrez, y también en relación con el conocimiento de algo.

Si no podemos ingerir líquidos ni comida, estamos condenados a muerte. El uso continuo e insistente de metáforas alimentarias les pareció a muchos una señal de que esas metáforas, tanto si se refieren a objetos de nuestro más tierno amor como si aluden a objetos de nuestro odio más implacable, esconden deseos arraigados y emociones profundas. Es interesante darse cuenta de la multiplicidad y de la variedad de sentimientos que subyacen en las expresiones relacionadas con el hecho de comer: comer a besos, comer con los ojos, te comería; pero también: no lo puedo tragar, de esta agua no beberé, tragarse un sapo, ser pan comido, tragar veneno, no está el horno para bollos, tener sed de saber, tener hambre de conocimientos, alimento espiritual, devorar un libro, digerir un concepto, ese libro tiene descripciones picantes, este otro en cambio es por completo insípido, hace comentarios ácidos, hace uso de exquisitas metáforas, es una persona insulsa, los enamorados se susurran palabras dulces, el autor desarrolla amargas consideraciones, su artículo es un bodrio, ésa no me la trago, se cocina a fuego lento, saltó de la sartén y cayó en las brasas, tener la sartén por el mango, a falta de pan buenas son tortas, la sal de la vida, estar hecho un flan, ser un pan de Dios, pan para hoy y hambre para mañana, salió a pedir de boca, contigo pan y cebolla, en todas partes se cuecen habas, más largo que un día sin pan, vomitar injurias, escupe en la mano de quien le da de comer, me quedó atravesado, esa muchacha es un bomboncito, es un trago amargo, beber el amargo cáliz, esa conclusión es la frutilla del postre, le hice morder el polvo.

Muchas de estas metáforas y expresiones no tienen que ver con el placer de una buena comida, sino con juicios de una aspereza a veces sorprendente. La idea de comer oscila entre la placentera obviedad cotidiana (que puede configurarse como un goce refinado o refinadísimo) y la trágica obsesión que la escasez o la ausencia de comida provocó y provoca en muchísimos seres humanos. Y existen quienes conscientemente eligieron dejarse morir de hambre. En nuestra gran tradición cultural y artística no sólo encontramos a “Dioniso devorado por los titanes” o el cuadro de Goya “Saturno devorando a un hijo”. En nuestro pasado abundan las fábulas pobladas de ogros antropófagos que han atemorizado y fascinado a muchísimos niños.

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Paolo Rossi y Giorgio Napolitano en la biblioteca del Museo Galileo en mayo de 2011.

También en este pequeño libro me muevo en el terreno de la historia de las ideas, como lo he hecho siempre desde mediados del siglo XX. La historia, o mejor dicho, las muchas historias que quiero contar aquí están llenas de cosas agradables pero también de horrores que se configuran a veces de un modo inimaginable. Resultan de una terrible combinación de elementos que no deberían conjugarse, que no querríamos ver mezclados y en cambio desgraciadamente se mezclan. No nos enfrentamos sólo a los rostros de niños muertos de hambre que parecen extraños y trágicos viejitos, nos enfrentamos también a los asesinos seriales que comen los cuerpos de sus víctimas, a los ayunos de las santas que llegan al paroxismo, al actual, extraordinario éxito de las historias de vampiros en las jóvenes generaciones, a los cuerpos repletos de grasa de los obesos y a los cuerpos emaciados y reducidos casi a esqueletos vivientes de las muchachas (y de las modelos) anoréxicas. Junto con la filosofía hedonista de la slow food, que dicta las reglas del buen tono en cuanto a alimentación, se ha difundido como una sombra negra el culto de Ana, esa monstruosa divinidad que presenta a la anorexia como una elección heroica, como una forma superior de vida, y se va afirmando el mito de una alimentación absolutamente correcta que distingue (de una manera exagerada y obsesiva) entre alimentos legítimos, sanos y positivos y alimentos peligrosos.

A propósito de esta terrible vinculación, recuerdo que en 1998 me llamó poderosamente la atención una observación presente en el libro de Eleonora De Conciliis sobre la cucaña:  cuando estamos comiendo, la palabra “matar” nos parece por completo fuera de lugar, inoportuna y básicamente “incorrecta”, como si no tuviese nada que ver con lo que estamos haciendo con toda tranquilidad cada vez que comemos carne. En esos momentos (como lo expresó de manera eficaz Marguerite Yourcenar) serena y pacatamente “digerimos las agonías” de seres vivientes.

(…)

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