Las izquierdas francesas: historia, política e imaginario

A finales del pasado septiembre apareció un libro que ha resultado ser una de las sensaciones de la última temporada. Nos referidos a Les gauches françaises: 1762-2012. Histoire, politique et imaginaire, obra de Jacques Julliard. Además, su editor,  Flammarion, lo acompaña de un volumen titulado La gauche par les textes, a cargo de propio Julliard y Grégoire Franconie. La acogida ha sido muy buena, con complacencia unánime en la mayor parte de la prensa, desde Le Monde a Libération, pasando  por el portal nonfiction, que es el que más espacio le dedica.  La revista Le Débat abrió su número de noviembre-diciembre con un artículo titulado “Un tombeau pour la gauche? Entretien avec Jacques Julliard”.  Dicha entrevista tendrán que leerla de otro modo, pero no así la que publicó Nouvel Observateur, el semanario en el que Julliard trabajó durante muchos años hasta que lo abandonó para pasarse a Marianne:

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Le Nouvel Observateur: ¿Hollande es de izquierdas?

Jacques Julliard: La respuesta es sí, sin lugar a dudas. De todos los políticos que hemos visto al frente de la izquierda es, con León Blum, el que mejor se adapta a una imagen de la socialdemocracia actual. Su tarea es muy difícil, obviamente, porque tiene que inventar un nuevo modelo. Los viejos modelos no funcionan, incluyendo el clásico modelo socialdemócrata, porque hay menos grano por moler. Hollande tiene la obligación de inventar un nuevo programa económico socialdemócrata y combinarlo con el rigor que impone el momento.

Una de las conclusiones de mi libro es que los problemas heredados de la Revolución Francesa se han agotado. Mejor. Hollande se ve obligado a refundarse sobre modelos nuevos. Me llama la atención ver que relanza de forma inteligente la cuestión ecológicadentro de la izquierda, tratando de no poner en duda la prioridad de la recuperación económica.

Fuera de la ecología, ¿qué otras decisiones o anuncios prefiguran el futuro modelo?

La Revolución nos ha legado muchas cuestiones sobre las que los franceses lucharon, izquierda contra derecha, durante un siglo y medio. La cuestión del régimen, de Gaulle la resolvió. Sobre el principio de una especie de monarquía republicana presidencial, hay acuerdo entre los franceses. Los políticos y quienes se les oponen proponen ajustes de detalle. Pero los franceses no se dejaron despojar del derecho a nombrar al jefe del ejecutivo. La Constitución de 1958-1962 puso fin a una batalla de más de un siglo.

La cuestión religiosa, que también fue uno de los legados de la Revolución Francesa, fue también regulada. Ya había sido reducido desde la leyde 1905 a la cuestión escolar. Y la cuestión escolar fue resuelta por la ley Debré de una manera que la izquierda vivió como una derrota. Pero con el tiempo se llegó a un acuerdo.

En cuanto a la cuestión social, nunca se resolverá. Sin embargo, desde la caída del comunismo, la cosa ya no es de blanco y negro en el panorama político, sino más bien como un un color degradado o como un cursor en una línea continua. Entre los nuevos problemas, está la  ecología, el derecho de injerencia y el modelo moral, es decir, la moral. Lo hemos visto muy bien con el debate sobre las parejas del mismo sexo. Es en torno a las costumbres que la confrontación izquierda-derecha se reconstituye de forma más clara.

En cuanto a los efectos de la globalización, ¿no replantean determinados problemas,  como el renacimiento de una nueva aristocracia hereditaria del diner  o el hecho de que el poder económico tiende a escapar en la práctica de la política?

Sin lugar a dudas. Este es uno de los temas del libro: el renacimiento de un conflicto duro sobre el valor y el papel del dinero en la sociedad, que ahora funciona de un modo casi precapitalista, más cercano a Shakespeare que a Marx ! Es nuevo y es también una vuelta …

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¿Al feudalismo?

Se podría decir así. Desde la llegada del neoliberalismo reagano-tatcheriano, el banquero se ha convertido en usurero: el mundo de las finanzas ha reinventado la lucha de clases en su forma más dura y más grotesca. Al mismo tiempo, hay que reconocer que la globalización divide profundamente a la izquierda: hay quienes tal vez la aceptan, incluso más allá de lo razonable, y hay quienes, sin embargo,  reinventan el proteccionismo. Y el resultado son posiciones divergentes sobre Europa. Esta es probablemente la escisión importante, mucho más que la oposición entre moderados y mélenchoniens dentro de la izquierda. Es la cuestión del internacionalismo la que divide de forma más profunda a la izquierda.

La revolución había fijado los dos polos: la nación y la universalidad.

Es cierto. Soy un crítico de la Revolución en este asunto. Desde una perspectiva cultural, la Revolución ha dificultado la unificación de Europa. La de Voltaire y Federico II era una especie de entidad cultural en vías de constitución, una nebulosa cultural con Francia como vector.

Lo único que existía antes de la actual constitución era la Europa cultural. Dos acontecimientos han frenado el proceso de unificación: por un lado, como dije, la Revolución Francesa, que exaltó el nacionalismo, nos guste o no. A pesar de que creó una especie de internacionalismo filosófico, también dio a luz a un nacionalismo político. El segundo acontecimiento, terrible, fue la guerra de 1914, que nos hizo perder la primacía global y el sentido de la responsabilidad.

A partir de entonces, Europa ha comenzado a tomar conciencia de sí misma, en el dolor, y encontró su manera de salir de las dificultades, algo que no habría ocurrido si hubiéramos empezado antes la unificación económica y política.

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Usted escribe que la izquierda nace de la unión de dos ideas: la del progreso y la justicia, y que si falta una de estas dos ideas no queda nada de la izquierda. Pero la idea de progreso está en cuestión dentro de la izquierda. De los fundamentos de la izquierda, si uno de los pilares desaparece, ¿qué queda?

El progreso no ha desaparecido. Tiene problemas. Hay “efectos secundarios”, como se dice de un medicamento que es perjudicial, pero seguimos viviendo con la idea de progreso. Yo no creo que debamos alentar el pesimismo tecnológico y científico hasta el punto de negar que estamos en la era de la informática y de la biología molecular. Esto cambia completamente nuestra relación con el mundo. El progreso, por el contrario,  se ha acelerado.

Sin embargo, la idea en la que ya no creemos -y aquí está la dificultad de la izquierda heredera de Condorcet- es la del paso automático de los avances científicos y técnicos al progreso moral. Desde el nazismo, ya no podemos creer que el progreso técnico genera automáticamente el progreso moral. Esta es, de hecho, una de las dificultades, de las problemáticas clásicas de la izquierda. No podemos sino considerar, a diferencia del optimismo casi mecánico de finales del siglo XVIII -que sigue siendo en Victor Hugo a finales del XIX-, que el progreso moral, del que estamos quizá más unidos como culminación que de todos los demás,  se debe construir día a día. No vendrá automáticamente.

Como vio François Furet, la gran oportunidad fue la guerra de 1914. La izquierda de antes y después de 1914,  con un siglo a cada lado, no es la misma. Precisamente porque la noción de progreso deja de ser automática. En cuanto a la idea de justicia, es constitutiva de la izquierda desde el principio hasta el final.

También escribe: ¿es que en última instancia a la izquierda no le queda sino su ambición moral? ¿No es demasiado poco?

No, aún es algo extraordinariamente ambicioso. Y ello porque la ambición tecnológica y material se puede realizar a menor coste. En la actualidad, todos los países del mundo están comprometidos en el camino del progreso material. Y es cierto que vivimos mejor, incluso en los países del tercer mundo, que hace cincuenta años. En contraste, el progreso moral ha sido siempre el objetivo de la izquierda. Desde este punto de vista, hay un cambio profundo a mitad del siglo XIX.

Anteriormente, la izquierda es el individualismo y la derecha, no el colectivismo, sino de alguna manera el “societismo”. Luego está este encuentro entre la izquierda utópica y moral con el proletariado industrial. Cuando leemos a los autores utópicos del XVIII, como Morelli, Mably y el mismo Rousseau, vemos que ignoran -y por una buena razón- al proletariado. Lo que ocurre a mitad del siglo XIX es esta reunión que hace que la izquierda pase del individualismo revolucionario al socialismo revolucionario.

Usted insiste más en el imaginario y la vida de las familias políticas de a la izquierda (liberal, jacobina, colectivista, libertaria) que en los partidos políticos se supone que las encarnan.

La historia de los partidos es muy aburrida y tiene poca importancia, porque siempre está cambiando. El hecho de que, desde de Gaulle, el partido gaullista haya cambiado cinco o seis veces de nombre no significa mucho. Sin embargo, lo que me interesa son las familias, es decir, los invariantes políticos tanto dentro como fuera de los partidos

Es por eso que también concedo gran importancia a todo lo que es cultural, a los escritores, por ejemplo. La figura de Victor Hugo me parece tan importante como la de Gambetta. Cito a Romain Gary. En “La Promesse de l’aube”, cuenta que su madre, que era un lituana, le decía: “Hijo mío, debes amar siempre a Francia, porque es el país que ha hecho de Victor Hugo un presidente  de la República”. Por supuesto, es históricamente falso, pero filosóficamente cierto.

Este punto de vista me ha llevado a rehabilitar a Lamartine. En el fondo, Lamartine sintetizó en la primavera de 1848 , y también en parte realizó, gran parte de lo que consideramos como constitutivo de la izquierda. La abolición de la pena de muerte, el sufragio universal, la alianza entre los pueblos de Europa … todo está en Lamartine. Si mi libro tiene un significado es que la izquierda no pertenece a partidos que se dicen tales, sino que pertenece al patrimonio y al pueblo franceses en su conjunto.

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Tres hombres de la izquierda le fascinan: Condorcet, Proudhon y Jaurès. ¿Son para usted el ideal de la izquierda?

La izquierda es necesariamente plural. Y cada uno de ellos, ya que cita estos tres casos (se podría añadir a Clemenceau), representan tres expresiones de la izquierda. Condorcet, la expresión más idealista y más racionalista de la izquierda. Es la izquierda heredera de la Ilustración. La Ilustración no es de la izquierda, es la izquierda la que se reclama de la Ilustración. La Ilustración era más del despotismo ilustrado que de la democracia.

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Por el contrario, la izquierda hace una especie de OPA sobre las ideas de los filósofos. Condorcet es la izquierda soñada. Jaurès está en la linea de Condorcet, pero con la experiencia de la clase obrera y del pueblo. Jaurès es la expresión de la idea de que la democracia política conduce naturalmente a la democracia social. Jaurès no se cansa de decirles a los radicales: estáis en el camino correcto, pero si tenemos en cuenta que la revolución es un bloque, entonces debéis ser socialistas.

¿Para mantener la promesa original?

Exactamente. Esta es la razón por la que Jaurès es, en términos de la política, la figura más representativa de la izquierda. En cuanto a Proudhon, es la contrapartida de todos los males de la izquierda. Si sólo hablamos de sus héroes, nos olvidamos de la burocracia, la hipocresía, la usurpación de la izquierda popular por la izquierda burguesa. Hay una teratología de la izquierda como existe una teratología de la derecha. Y el hombre que nos hace pensar y luchar en contra de esta teratología, ya que es el único socialista de origen popular, que piensa en popular, es Proudhon.

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Para él, como para Saint-Simon, la política no es un ideal, sino un recurso provisional, lo ideal sería sustituir el gobierno de los hombres por la administración de las cosas. Esta es la fórmula que más me gusta de todo Proudhon: “Mi especie quiere ser gobernada, me avergüenzo de mi especie.” Proudhon es el rechazo de la autoridad, es la mala conciencia de la izquierda y es su honor.

De las cuatro familias de la izquierda francesa, liberal, jacobina, colectivista y libertaria,  ¿cuál le parece que está mejor preparada en Francia para responder a la globalización?

La familia con más futuro es la familia socialdemócrata. Porque si bien la socialdemocracia está en crisis debido a la crisis económica misma, eso no obsta para que la aspiración socialdemócrata no solo no se haya reducido, sino que se ha convertido en dominante en el mundo. ¿Qué reclaman los trabajadores chinos, los trabajadores indios? Se trata básicamente de soluciones de tipo socialdemócrata. El estado de bienestar tiene problemas relacionados con la globalización, pero la propia derecha no rechaza esta aspiración de la sociedad francesa a más seguridad y más justicia.

La izquierda se define por grandes logros: la separación de iglesia y Estado, la educación gratuita y obligatoria, la protección de las personas mayores y de los desempleados, los derechos sociales, una cierta regulación de la economía … ¿Quedan grandes objetivos por lograr? ¿O la izquierda se ve obligada a ser conservadora para proteger lo ganado en el pasado?

En todas estas cuestiones, lo ha conseguido. En la mayoría de estos puntos, la derecha ha tenido que aceptarlos, a regañadientes. Si lo confrontamos con el lenguaje tipo de la derecha, digamos un hombre como François Fillon, con los ideales de la Tercera República, la diferencia es pequeña. Por ejemplo, sobre el programa de Jules Ferry, el laicismo, la educación, las leyes sociales, no habría nada que objetar en principio.

¿Qué nuevos proyectos quedan? Está la ecología, con la paradoja de que es la primera vez en la historia que un partido que reclama la conservación pertenece a la izquierda, que está generalmente del lado de la transformación. Normalmente, los ecologistas deberían haber virado a la derecha y es la utopía socialista la que lo ha impedido.

El otro proyecto que la izquierda puede abanderar es la idea de un nuevo orden internacional. Ya era la idea de un cierto número de personas en el siglo XVIII, como el abad de Saint-Pierre, o Jaurès posteriormente. Y es sobre todo la “izquierda Kouchner” la que la ha hecho avanzar. Esta es una de las ideas más importantes para el futuro. Es decir, que hay que superar la soberanía nacional para garantizar  más justicia, a salvar el planeta, orientar la producción en función de los recursos. En ese aspecto, la confrontación con los nacionalistas de izquierda, lejos de estar terminada, se alimentará.

Usted escribe que “toda la izquierda se arraiga en el espíritu religioso como, si pretendiendo combatirlo, no hiciera más que reemplazarlo”.

Porque de alguna manera esta pelea la elevó, y esa ambición intelectual ha desaparecido ahora. Históricamente, parece difícil negar que las ideas de la izquierda, que fueron secularizadas en el siglo XVIII,  en el XIX asumen los ideales evangélicos. Tomemos el caso de Joachim de Flore, el monje cisterciense calabrés que, en el siglo XII, anuncia: el tiempo de los patriarcas, del Padre, es el del Antiguo Testamento; el tiempo del Hijo, el del Nuevo Testamento; y ahora hay una tercer tiempo, que es el del Espíritu Santo.

Esta idea herética -pero que cuatro Papas sucesivos se negaron a condenar- anuncia, como muestra el padre Henri de Lubac, el auge del socialismo, que va de Joachim de Flore, pasando por el filósofo Giambattista Vico, hasta Michelet y los socialistas del siglo XIX, todos llenos de utopía neo-evangélica!

¿Es lo que hace de usted un cristiano de izquierdas?

No. Más bien es lo que le respondí en cierta ocasión a François Mitterrand: “Yo no soy un cristiano de izquierdas, soy un socialista religioso”.

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