La invención del Asia Central

“Faiseurs de frontières  L’invention de l’Asie centrale” es el título con el que Etienne Forestier-Peyrat evalúa una obra aparecida hace ya unos meses. Se trata de Asie centrale. L’invention des frontières et l’héritage russo-soviétique (CNRS Editions), de Svetlana Gorshenina. La reseña apareció en La Vie des idées:

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El trabajo de Svetlana Gorshenina proporciona una descripción de la génesis intelectual y administrativa de un territorio, el del Asia Central, primero rusa y después soviética, en los siglos XIX y XX [Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán, además del Xinjiang chino y el norte de Afghanistán]. Abarca esta creación desde la perspectiva de las fronteras que han definido este espacio, tanto dentro de la Rusia zarista y de la Unión Soviética como desde el exterior, el de las fronteras de Irán, Afganistán y China. Tal enfoque es  doblemente interesante a priori. Por un lado, permite comparar dos procesos habitualmente separados, la formación de las fronteras exteriores del imperio ruso,  y después soviético, y la definición de sus articulaciones territoriales internas. Por otra parte, a través del concepto propuesto de “hacedores de fronteras”, se centra en las personas que han contribuido, del lado ruso y soviético, a la génesis de este espacio.

En su introducción, Svetlana Gorshenina se fija el objetivo de deconstruir el concepto geográfico y político de “Asia Central”, mostrando su formación histórica y cuestionando la idea de una progresión colonial “fortuita” de Rusia hacia el sur, tal como ha sido defendida por algunos historiadores rusos. El libro proporciona una valiosa información en general, aunque algunas de sus conclusiones o ciertos enfoques puedan ser discutidos.

En la primera parte de su libro, Gorshenina ofrece una historia de la invención, para usar un término ya clásico, de Asia Central por geógrafos, administradores e intelectuales de la época zarista. Esta construcción se realiza en paralelo con el avance del imperio ruso en la región. Se inicia en el siglo XVIII y se acelera en la segunda mitad del siglo XIX, con la conquista de Tashkent en 1865 y la toma de Gök-Tepe en 1881 por el General Skobelev. La autora subraya que el avance ruso en Asia Central se enfrentó al reto de diseñar la conquista de un espacio que no parecía no tener límites claros, debido al nomadismo de los pueblos de la estepa y la lealtad múltiple de algunas comunidades. Para hacer frente a este desafío, los intelectuales rusos desarrollaron teorías geográficas y culturales que legitimaban la pertenencia de esta zona definida como “Asia Central” a un imperio ruso concebido en términos más generales como “mundo intermedio”, para usar la expresión propuesta en 1892 por el paneslavista Vladimir Lamanskii.

Más allá de la historia cultural de las representaciones centroasiáticas,  Svetlana Gorshenina proporciona dos ejemplos de cómo se dibujaron las fronteras de la región. Presenta un estudio de caso específico con la ocupación en 1871 de la región de Kuldzha (Yining en chino), en el Xinjiang, por las tropas zaristas. La administración regional, bajo la autoridad del Gobernador General de Turkestán, Kaufmann, desempeña un papel central en esta conquista. Se las arregla para convencer a los ministros y al Zar de la utilidad de controlar esta ciudad situada sobre el transfronterizo río Ili. Esta anexión es un raro caso de retroceso territorial posterior de la Rusia zarista, ya que la zona fue devuelta a China por el Tratado de San Petersburgo en 1881, cuando ya no tenía importancia estratégica.

Una segunda aclaración es proporcionada por la descripción de las negociaciones llevadas a cabo entre Rusia y los británicos sobre la frontera afgana. Este ejemplo muestra cómo el concepto de “fronteras naturales” fue utilizado por los rusos para dejar la puerta abierta a una ampliación de su dominio territorial hasta las montañas del Hindu Kush. A través del estudio de estas negociaciones, se demuestra la existencia de al menos dos concepciones diferentes sobre el Asia Central por parte de los rusos, que se reflejan en dos términos que se distinguen en los años 1840-1870. El concepto de Asia media (Srednjaja Azija)  se aplica en realidad a los territorios controlados por los rusos, mientras que Asia Central (Tsentral’naja Azija) abarca el Xinjiang, Afganistán y el noreste de Irán, dejando al descubierto las ambiciones zaristas en la zona.

La segunda parte del libro aborda el período de entreguerras  y describe la alteración de las estructuras territoriales en Asia central, dando lugar a la creación de las actuales cinco repúblicas que se independizaron en 1991. Una de las contribuciones de este trabajo es situar esta obra de “delimitación” (razmezhevanie, en la terminología de la época soviética) en el contexto de la herencia zarista. Gorshenina pone de relieve la diversidad de estatutos que hubo hasta el final de la era zarista. Muestra cómo algunos territorios estuvieron en disputa al final del siglo XIX entre la gobernación de las estepas y la del Turquestán, sobre la base de argumentos étnicos, económicos o geopolíticos avanzados por los administradores zaristas. El mantenimiento de entidades oficialmente autónomas, como el Emirato de Bujara y el Khanato de Kokand,  fue un legado complejo para el poder soviético.

Gorshenina ofrece un resumen útil de muchos desarrollos institucionales en Asia central soviética durante 1920-1930. Los cambios de estatuto administrativo fueron acompañados de recortes decididos en comités ad hoc establecidos por los bolcheviques en la región. Estos órganos reunían a expertos y políticos, rusos y locales. Para fijar sus divisiones, intentaron delinear áreas lingüísticas coherentes, basadas en criterios socio-étnicos o en análisis económicos. Gorshenina muestra que, si bien los dirigentes bolcheviques inventaron nuevos marcos territoriales en Asia Central, lo hicieron retomando estudios anteriores y en interacción con las élites locales. En la producción concreta de las fronteras, dichos conocimientos se articularon en relación con el poder regional [algo ya conocido]. El libro pone el ejemplo de Tashkent, cuyos distritos circundantes se disputaban uzbekos y kazajos, en medio de la rivalidad entre sedentarios y seminómadas y la lucha por el control del suministro de agua de la ciudad.

A pesar de su riqueza factual, el libro a veces deja una sensación de insatisfacción. La secuencia de los capítulos no es realmente una evolución lógica, como cuando en la primera parte se pasa sin transición de una historia cultural muy general del concepto de Asia Central a un estudio especializado sobre un detalle de la conquista colonial.

En algunas de sus conclusiones, la obra solo convence parcialmente, como  cuando rechaza la “peculiaridad del avance ruso”. Uno no puede sino estar de acuerdo con la autora en que la conquista de Asia Central no fue “natural” y que revela la influencia combinada de la disputa de los actores geopolíticos mundiales y regionales. En este sentido, es normal situar el imperio ruso en el contexto de una historia comparada de colonialismo. Sin embargo, rechazar la tesis del excepcionalismo ruso no debe suponer el olvido de la función principal de la conquista colonial rusa, su dimensión continental. Es lamentable que un libro sobre las fronteras no evoque bastante el problema de la frontera [front pionnier] y de las formas fronterizas que ello supone en Asia Central.

Del mismo modo, la reflexión sobre los “hacedores de fronteras” probablemente no va lo suficientemente lejos y, más allá de ser una fórmula afortunada, su contribución epistemológica no está clara. Nos gustaría seguir con mayor precisión a algunos de estos intelectuales, administradores o militares que participaron en la definición de las fronteras de Asia central. Si bien la acción de los actores está finamente descrita en el estudio de caso de Kuldzha, se podría haber profundizado el papel de las élites locales de Asia Central que participaron en los trabajos de delimitación en la era soviética, y más cuando en el prefacio se hace hincapié en su importancia.

Por último, es de lamentar que las fronteras mencionadas en el título del libro siguan siendo bastante abstractas. En una reflexión sobre la invención de las fronteras es difícil pasar de un enfoque a nivel local y de la influencia de los procesos de delimitación política, administrativa y económica sobre las formas de territorialidad existentes [por ejemplo]. Para ampliar la investigación, sería necesario trabajar la interacción entre los “hacedores de fronteras” y la población local para entender mejor el juego de escalas en la producción y el funcionamiento de esas nuevas fronteras de Asia Central, ya sean nacionales o internacionales.

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Dentro de la producción francesa, y como complemento divulgativo, podemos remitir a la reedición (Payot) en gran formato del ya clásico La rumeur des steppes. De la Russie à l’Afghanistan, de la Caspienne au Xinjiang, de René Cagnat, un diplomático retirado que se dedica a estudiar dicha zona.

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