Henry Rousso: historia, memoria, presente

Henry Rousso acaba de publicar La dernière catastrophe. L’histoire, le présent, le contemporain (Gallimard), y Marc Semo lo evalúa en Libération:

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Al filósofo italiano Benedetto Croce le gustaba recordar que “toda historia digna de ese nombre es historia contemporánea”, señalando que tanto la del pasado reciente, como del pasado lejano, se escriben siempre desde el presente. Más allá de lo obvio, la noción de “contemporaneidad” ha variado mucho a lo largo de los siglos, haciéndose mucho más compleja. “La peculiaridad de la historia del tiempo presente es la de interesarse por un presente que le es propio, en un contexto donde el pasado ni es algo acabado ni se ha cumplido, donde el sujeto de su relato es algo `aún sigue allí´”. Así se expresa Henry Rousso en un denso libro que reflexiona sobre la historia y la memoria en una época en la que, en el debate público, el pasado reciente es constantemente movilizado y reformulado de acuerdo con las urgencias del momento.

Historiador conocido sobre todo por su trabajo sobre Vichy, por “ese pasado que no pasa”, fórmula famosa (título de un libro escrito en colaboración con Eric Conan), Henry Rousso comienza su propuesta haciendo referencia a un animado debate sobre la ocupación en el entonces recién creado Institut d’histoire du temps présent. Uno de los protagonistas exclamó: “usted no ha conocido ese período, no lo puede comprender”. El  “contemporaneísta” navega entre dos prejuicios contradictorios. Uno defiende que una historia seria sólo es posible en retrospectiva, de donde viene el desprecio que durante mucho tiempo ha padecido la historia contemporánea, denostada hasta los años setenta por muchos barones universitarios como un avatar de las Ciencias Políticas o como un cierto tipo de periodismo. La segunda creencia, ahora dominante, consiste en afirmar que la experiencia prevalece sobre el conocimiento. “Hay una verdadera ideología del testimonio que glorifica al testigo y a la víctima, que sacraliza su palabra, que muestra una falsa humildad hacia su mirada, lo cual enmascara, desde mi punto de vista, un populismo científico, cuyo objetivo no es, como en cualquier populismo, el deseo de defender la causa de los “olvidados de la historia”, sino el de hablar en su lugar, y de hacerlo de forma fuerte y de manera más o menos consciente”, escribe Rousso.

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La Dernière Catastrophe, titulado así en referencia a los grandes acontecimientos trágicos que jalonan el siglo XX, es principalmente una reflexión sobre el tiempo histórico. Los antiguos no conocían, con Tucídides, Heródoto o Polibio, más que una historia del presente entendida como “mirada y acción sobre los vivos, y no como estudio, recuerdo o deuda para con los muertos”. El tiempo lineal del Occidente medieval era aún más indeterminado. Es en los siglos XVII y XVIII cuando se afirma una nueva división del tiempo histórico -Antigüedad, Edad Media, época moderna. La cesura se hizo aún más evidente con la Revolución Francesa. “No es sólo la historia en trance de hacerse la que cambia de base, sino que es la historia ya escrita la que debe cambiar, en tanto un orden declarado y pensado como inmutable -el del Antiguo Régimen- se ha mostrado mortal y se ha derrumbado en unos pocos años “, dice Henry Rousso.

Esta historia entreverada de filosofía se presenta como “el tribunal del mundo”, en palabras de Schiller retomadas por Hegel. Se proyecta hacia el futuro en nombre del progreso, la humanidad, la revolución, etc. El colapso de las ideologías a partir de 1989 desencadena otra oscilación y el dominio absoluto del “presente”. “Sin  futuro y sin pasado, el presente genera diariamente el pasado y el futuro de quienes, día tras día, necesitan y valoran lo inmediato”, escribió Hartog en Regímenes de historicidad, citado por Henry Rousso. Su hipótesis es que ahora “toda la historia contemporánea comienza con `el último desastre hasta la fecha’, en todo caso el último que parece más significativo o el más cercano cronológicamente”. De ahí la resonancia en la memoria colectiva de los dos guerras mundiales, del Holocausto, etc.

Con la desaparición de los últimos testigos, el presente “entra en la historia”.  Pero, en paralelo a este movimiento de historizar el presente, el pasado resurge en un proceso de “rememoración” precipitado por los acontecimientos judiciales o el descubrimiento de fuentes inéditas. El historiador de tiempo presente se encuentra así, entiende Henry Rousso, librando una batalla en dos frentes: “El de la historia y el de la memoria, el de un presente que no quisiera ver pasar, el de un pasado que regresa acosando al presente, donde la distinción entre ambos es a veces difícil de alcanzar”.

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