Jean Starobinski: Historia de la melancolía

Nacido en 1920, el ginebrino Jean Starobinski escapa a toda clasificación. De historiador de las ideas se califica él mismo hoy, en pleno uso de sus muchas facultades. Nosotros preferiríamos términos más antiguos, como polímata o siemplemente humanista, que pudieran dar cuenta de su enorme sabiduría y su clarividente penetración. Acaso la avanzada edad le impida emprender nuevas aventuras editoriales, pero esa misma veteranía y aquel conocimiento atesorado justifican plenamente que sus obras dispersas se acopien, como así ha ocurrido con el volumen recopilatorio L’Encre de la mélancolie (Seuil, “La Librairie du XXe siècle”).

Jérémie Majorel lo reseña en la vie des idées:

starobinski melancolie

La obra de Jean Starobinski tendía toda ella a una gran obra sobre la melancolía, aspiración ahora felizmente realizada: L’Encre de la mélancolie revela de hecho  hasta qué punto la melancolía invade la civilización occidental -de la medicina a la cosmología, de la teología a la literatura, pasando por las artes visuales.

Este ensayo parece inscribirse en la estela de la obra de Gaston Bachelard y de la Escuela de Ginebra (Marcel Raymond, Albert Béguin, Georges Poulet, Jean Rousset …) sobre la imaginación material. Pero por su interés adicional, jamás desmentido, por la literatura y la psiquiatría, de lo que pudo adquirir un conocimiento concreto entre 1948 y 1957, Starobinski se acerca tanto a eso como a la llamada French Theory: podría decirse que lo melancólico es para él lo que la esquizofrenia era para Deleuze y Guattari, la locira para Foucault o Sade para Blanchot.

Encabezando el recopilatorio, una elección que adquiere un estatuto desconocido antes de esta publicación: Histoire du traitement de la mélancolie, la tesis en medicina que Starobinski presentó en 1959 en Lausana. Ocupa por sí misma una primera parte que completa los artículos aquí reunidos después de estar dispersos ​​en diferentes revistas desde 1962 hasta 2008. Al trazar la historia del sustantivo “melancolía” entre el siglo V a. C. y los albores del psicoanálisis, Starobinski aporta su piedra al edificio empezado por la monumental Anatomy of Melancholy de Robert Burton, publicada en 1621. Este libro es valioso tanto por la riqueza de referencias que compila como porque marca el canto del cisne de la erudición clásica: “Era el momento en que los diversos campos del conocimiento se podían poner en contigüidad y ajustarse complementariamente: los lenguajes de las diversas disciplinas eran aún miscibles”(p. 184). Abriendo bibliotecas que dormitaban en algunas notas a pie de página, Starobinski se muestra como un hombre de  memoria, con ese entusiasmo mezclado con nostalgia que define  el tono singular de su escritura.

Analizar un sustantivo, desnaturalizarlo, desplegar los diferentes significados que tendían a ocultar su invariable nombre a través de las épocas, identificar sus homónimos, este es el fundamento que Starobinski ha dado con los años a su labor. del mismo modo que había rastreado la transferencia metafórica del término “reacción”, de la física a la política, en un ensayo también incluido en  “La Librairie du XXe siècle” (Action et réaction. Vie et aventures d’un couple, Paris, Seuil, 1999; trad. FCE), la crítica se ha dedicado a seguir la metamorfosis de una categoría a la que se podría unir también lo que hoy llamaríamos depresivos o  neuróticos,  esquizofrénicos o paranoides. Y la atrabile  (del adjetivo latino atra que significa “negro”) es “una metáfora que se ignora y que pretende imponerse como un hecho de la experiencia. […] Y es solo tras abandonar su significado sustancial [que la imaginación] admite la existencia de un sentido figurado “(p. 70). Pero Starobinski no descalifica la metáfora viva, considerada como precientífica,  en favor de la metáfora muerta, destinada a señalar el enfoque científico. Remontándose pacientemente deuna a otra,  nos hace percibir esta paradoja: puesto que no se fijó ninguna criba nosográfica  para dar cuenta de ella, la melancolía, signo de muerte, dio lugar a un despliegue de la vida con un lenguaje que pretendía casarse con la realidad fenoménica huidiza. Se comprende entonces por qué remite al poema, es decir, la busqueda titubeante de un determinado lenguaje.

Starobinski distingue dos grandes períodos en la historia del tratamiento de la melancolía: el enfoque “material”, basado en la creencia en la existencia de la bilis negra, seguida por una aproximación más “inmaterial”, que se centra en sus causas nerviosas, intelectuales y afectivas. En cada caso, la analogía funciona plenamente, y es como antropólogo que el autor describe la increíble creatividad con la que los terapeutas se permitir remitir al “pensamiento mágico”. Lo ilustra este ejemplo más o menos legendario, transmitidp de siglo en siglo:  “un melancólico crre no tener cabeza cabeza, y su médico le cura haciéndole llevar un gorro de plomo” (p. 89).

El primer período, que se extiende desde la antigüedad hasta mediados del siglo XVIII, da fe de la persistencia de antiguas representaciones que constituyen una “mitología científica” similar a la descrita por Bourdieu. Domina hasta el Renacimiento el sistema hipocrático, basado en una correspondencia general entre los humores (sangre, bilis amarilla, flema, bilis negra), las cualidades (seco, húmedo, caliente, frío) y los elementos (agua, aire, tierra, fuego). Estas “analogías que conectan el microcosmos al macrocosmos” tienden a “reforzar la coherencia y la simetría de un mundo que se quiere sin lagunas” (p. 58). La melancolía no es inherentemente patógena: no es una enfermedad hasta que excede los otros estados de ánimo, expresando así una perturbación del equilibrio del cuerpo y del mundo.

Desde muy pronto, se preguntan si está relacionada con un trastorno endógeno, o si procedía de una reacción a un deseo frustrado. Esto equivale a hacer una analogía entre los estados morales y físicos. Cuando, en la antigüedad, la melancolía no era considerada orgánica, se la trataba como la tristeza y bastaba con derivar al paciente a un filósofo estoico… La Edad Media cristiana no consideraba menos crucial la distinción entre el cuerpo y el alma: si la melancolía era una enfermedad del alma a la que la criatura consentía, entonces se convertía en pecado de acedia (y no podía esperar la salvación de su alma).

Galeno fijo una definición plenamente humoral de la melancolía, algó que rigió al menos hasta el siglo XVIII. Los síntomas varíaban dependiendo del exceso de bilis negra drenada por un cuerpo particular. El hipocondríaco se concebía como una especie de melancólico: el que sufre un exceso de bilis negra en el hipocondrio, cerca del estómago, con los vapores elevándose desde allí al cerebro. Esta explicación enteramente somática de la enfermedad se tradujo en un conjunto de tratamientos físicos, dedicados en particular a eliminar la bilis negra: el eléboro, decocción de una raíz que causaba diarrea y vómitos de sangre contaminada, mezcla de aspecto negro que parecía confirmar la teoría, será desde este punto de vista una panacea.

starobinski

El descubrimiento del sistema nervioso hizo que, a partir de mediados del siglo XVIII, la melancolía nerviosa suplantara gradualmente a la humoral:  “los fenómenos somáticos tienden entonces a pasar al rango de consecuencias del estado melancólico” (p. 134). En lugar de intentar evacuar una dudosa bilis negra , se sustrae al paciente de s nocivo entorno para disponer a su alrededor influencias benéficas. de la bilis negra se pasa gradualmente a los pensamientos negros: al desmaterializarla,  la melancolía se subjetiviza.

Este descubrimiento fundamental allana el camino para el segundo momento del gran pensamiento clínico: la era moderna de Esquirol, Pinel, Cabanis, Reil … La “melancolía” de disocia a tal punto de la bilis negra que, desde principios del siglo XIX, algunos médicos recomiendan el abandono del término en favor de neologismos eruditos como “lypemania” (de “Lypè”,  dolor, y “manía”,  locura). Los evacuantes  solo se utilizan como “medio de revulsión moral” (p. 105) que permiten sensibilizar al paciente de la repugnancia de los vómitos que se provocan en el hogar. Se construye, por ejemplo,  una “máquina rotativa” (p. 106), donde la moción debe estimular la emoción:  mueve al paciente, si es posible en la oscuridad para darle mareos y náuseas.

Para reavivar la sensibilidad anestésica de los melancólicos, los médicos despliegan su  ingenio, como lo demuestran esos “organillos felinos”,  que consistían en clavar alternativamente la cola de varios gatos: “Interpretada una fuga con este instrumento, sobre todo si el paciente se coloca de forma que no se pierde nada  […] de los rostros de estos animales, la misma esposa de Lot habría perdido su rigidez y recuperado la razón “(Reil, citado en p . 97). El acto sexual se prescribe sorprendentemente a mujeres melancólicas: ¿y el riesgo de embarazo? Una ganancia inesperada puede reanimar  a los enfermos por el don de la vida … Los psiquiatras promueven simulacros de ahogamiento o agresión a los que el paciente sobrevive in extremis. Les inoculan sarna, aplican hierros candentes, cera ardiente u ortigas, les ponen en contacto con orugas urticantes o anguilas viscosas, un cosquilleo insoportable o les sorprenden con una ducha fría.

Otros remedios son más suaves: desde el Renacimiento, “la edad de oro de la melancolía” (p. 62), Du Laurens, primer médico en Enrique IV, aboga por el uso de perfumes para luchar contra el aire viciado que afecta al melancólico,  colores brillantes contra la oscuridad sepulcral,  alimentos claros que se suponen intrínsecamente animados contra alimentos oscurecidos, una fina alternancia de empatía  y dureza en el entorno y un matizada gama de medicamentos. Frente a una enfermedad proteiforme, los terapeutas tratan de cumplir el sueño de Rousseau “de una moral sensitiva, donde nuestras acciones sean imperceptiblemente  dirigidas por la ordenación de excitantes sensibles del mundo exterior: colores, sonidos, paisajes, etc. “(P. 86). Se endosan el papel de cromo-terapeutas, terapeuta olfativos,  músico-terapeutas, terapeuta del arte, culino-terapeutas…

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Un comentario hecho de pasada, acerca del doctor Gachet pintado por Van Gogh, consuma sin duda la originalidad de  L’Encre de la mélancolie  en relación a los trabajos de Deleuze y Guattari, o de Foucault: “Seguramente no merece los insultos que le dirige Antonin Artaud “(p. 246). De hecho, lejos de ahondar en  la asimetría entre médico y paciente y remitir a que uno inspecciona otro, Starobinski rehabilita la figura del médico. Lo hace enriqueciendo su lectura de  Baudelaire exhumando los trabajos de Jules Cotard, un psiquiatra de finales del siglo XIX, sobre el “delirio de las negaciones” (p. 449, 515-540) y convocando a los psiquiatras del siglo XX de orientación fenomenológica (L. Binswanger, E. Strauss, H. Tellenbach) para iluminar la relación melancólica en tiempos del mismo Baudelaire, pero también en los de Shakespeare o Charles d’Orléans.

Sensible a los momentos en que el médico está contaminado por eso que pretende curar, Starobinski evoca a Hipócrates, que se convierte en discípulo de Demócrito cuando los abderitanos lo habían traído para verificar que el filósofo solitario y risueño estaba realmente loco, y Robert Burton, que demuestra que la suma de la melancolía “es la obra misma de la enfermedad” (p. 194). Este cambio también afecta a muchos terapeutas mencionados en la tesis de medicina,donde  considera sus inventos más sorprendentes, a menudo sádicos. Es precisamente porque no pueden definir la enfermedad que los médicos lo prueban todo contra la melancolía y en ocasiones cruzan los limites. Esta lógica de “curar el mal” (p. 206) no ha dejado de interesar al ginebrino,  dando título a uno de sus trabajos más notables, publicado en 1989. Eso le aproxima a los trabajos que Derrida había emprendido en torno a la lógica del pharmakon.

Starobinski se ocupa del hecho de que el melancólico es también un potente hermenéuta:  “el negador interpreta sus sensaciones hipocondríacas” (p. 522). En cuanto a su propio análisis de la rima “majestueuse/fastueuse” en “À une passante” de Baudelaire, vislumbra haberse dejado ir: “no es necesario desmembrar palabras en fonemas [ …]. Ciertamente no pongo esos sobrentendidos  o implícitos en pie de igualdad con el significado obvio. Dejo a los perversos el placer de ofrecerlos en lugar del sentido obvio, en nombre de la polisemia de los fonemas y del enjambre de homónimos . […] Pero es característico también de la poesía constar en todo momento, a su paso, con una estela centelleante de malentendidos”(P. 493). Entre concesión, denegación y decisión, Starobinski es reacio a conceder su parte al sentido obtuso, y por  tanto acercarse a una deconstrucción derridiana, en la interpretación de los textos : el “perverso” deja lo “obvio” para transitar por un camino anormal, dando rienda suelta al placer de “desmembrar” las palabras y liberar un “enjambre” ambiguo que connota a la vez la vida y la muerte, como el “cadáver” de Baudelaire.

La hermenéutica puede pervertirse. El paciente, por el contrario, puede identificarse con el terapeuta, en una prefiguración de la transferencia freudiana: es el caso de Van Gogh con Gachet, médico pintor y coleccionista, autor de un Étude sur la mélancolie, que Starobinski recupera para algunas citas penetrarantes. Van Gogh creía percibir en él, tal vez con razón, una “melancolía esencial” (p. 251) que se negó a circunstanciar en ningún rasgo anecdótico (duelo amoroso, etc.) en el retrato que hizo. “[Q]ue devenir, si celui dont on attend le secours a lui-même besoin de secours ? “(P. 253)

Jérémie Majorel, «Histoire d’un affect, la mélancolie», La Vie des idées, 24 de enero de 2013. ISSN : 2105-3030. URL : http://www.laviedesidees.fr/Histoire-d-un-affect-la-melancolie.html

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