¿Importa el tamaño? …de los libros

En su número de septiembre, Perspectives on History incluyó un interesante artículo de Sarah Maza titulado “Does Size Matter?”. Veamos lo que nos dice:

Fui adiestrada y comencé mi carrera en la década de los “largos” 70,  antes de que las monografías casi se extinguieran, cuando las grandes bestias todavía vagaban por la tierra. Era la Edad de Libros Grandes. Casi todas las lecturas importantes en nuestros planes de estudios, o lo que los compañeros de estudios tildaban de odioso “en el saber”, eran enormes. El Antiguo Testamento y el Nuevo combinados tomaban la forma de La formación de la clase obrera en Inglaterra (848 páginas) de EP Thompson. En Princeton, todos trabajaban bajo la sombra de las grandes obras de Lawrence Stone sobre la crisis de la aristocracia inglesa (841 páginas) y los orígenes de la familia moderna (800 páginas). Entre las lecturas obligatorias, o su remedo, estaban en cualquier caso Keith Thomas y su Religion and the Decline of Magic (716 páginas), Eugene Genovese y Roll, Jordan, Roll, que rolled unas 823 páginas, y Eugen Weber con Peasants into Frenchmen (615 páginas de letra muy pequeña). La historia de los Annales estaba entonces en su apogeo y, dado que los libros escritos por los historiadores de Francia procedían de enormes thèses d’état, siempre eran más largos que cualquier otro. A día de hoy casi todos los historiadores de mi generación poseen los dos volúmenes de El Mediterráneo de Fernand Braudel, a pesar de que es una verdad universalmente reconocida que en realidad nadie lee más de un volumen a noser que sea de un novelista de Young-adult fiction.

En mis primeros días como profesora asistente me di cuenta de que los colegas hablaban de forma reverencial sobre los candidatos que iban a producir, o habían producido, un “gran libro”, con raciones extras de admiración para la investigación multilingüe y las proezas de los trotamundos en cuestiones archivísticas. Esto me puso muy nerviosa. Al mismo tiempo, se hacía evidente que muchas de las nuevas cohortes de mujeres que producían un cambio en las reglas de juego de la investigación  (Natalie Davis Zemon, Lynn Hunt, Joan Scott, Nancy Cott) lo hacían en forma de ensayos o libros concisos. ¿Hay un asunto de género? Ya lo creo.

En este punto, muchos lectores estarán indignados y me acusarán de crudo esencialismo, alineando mentalmente los casos que no se ajustan al patrón. Sí, hay un montón de ejemplos de historiadores varones que han escrito influyentes libros cortos (John Demos, Carlo Ginzburg), así como de escritoras con obras largas, incluso en temas feministas (Caroline Walker Bynum, Laurel Thatcher Ulrich). Vale la pena señalar, sin embargo, que la novelista Meg Wolitzer ha recogido recientemente un patrón similar en la ficción escrita por hombres y mujeres: se pregunta “si la longitud del libro, de forma deliberada o sin intención, señala a los lectores la importancia de una novela”, y sostiene que las mujeres pueden estar más inclinadas a editar ellas mismas o a dejarse ser editadas”.

Dejando los juicios normativos al margen, los patrones en cuanto a tamaños de libro probablemente no son ajenos a las perdurables tradiciones de socialización. Los hombres por lo general han sido alentados a cultivar una mirada profundo incluso rayana en lo obsesivo, haciendo caso omiso de las demandas sociales que compiten con el trabajo, y reafirmar su presencia en el espacio. A las mujeres se les enseña desde el principio a estar atentas a las señales sociales, para evitar largas disertaciones o alargar las bienvenidas. Las académicas pueden ser muchas cosas desagradables, pero rara vez las hay “pomposas”, y cualquiera que haya sufrido educadamente una cita a ciegas con un charlatán sabe por propia experiencia que 700 páginas es algo demasiado largo.

Ni que decir tiene que el género del autor es sólo una posible variable: el objeto, el estilo intelectual, independientemente de su sexo, y el momento metodológico puede ser igual de importante en el peso de un volumen. Los libros tipo mamut de la década de 1970 no solo son avatares de un cierto tipo de tradición mandarín, sino también instancias de un forma específica de la historia social descriptiva y acumulativa que floreció entre cuantificación y el auge de la microhistoria geertziana.

Para bien o para mal, el megabook sobre un tema específico parece estar en vías de extinción. Actualmente, los Behemoths sólo están permitidos si se refieren a grandes temas y parecen ser sintéticos (Jonathan Israel), si el autor es una superestrella económicamente fiable  (Simon Schama), o ambas cosas (Eric Foner). Bajo la presión financiera, los editores académicos se han hecho intolerantes a la logorrea del autor, y la mayoría de los escritores pueden quedar efectivamente intimidados con la amenaza de que la impresión sea pequeña e ilegible o que tenga un precio ridículamente alto. Además, muchos de nosotros alimentamos la fantasía del “libro que se recomendará para las clases” y somos muy conscientes de que cualquier cosa que vaya mucho más allá de las doscientas páginas no tiene ninguna posibilidad de aterrizar en un programa de estudios. El Libro Muy grande fue también un artefacto de un mundo social pretérito, aquel en el que se podía contar con que un cónyuge empaquetaría alegremente la casa para pasar un año de investigación en el extranjero, con los niños recogidos y la cena en la mesa cuando el sabio salía de su estudio. Por último, la nuestra se ha convertido, a lo largo de las últimas décadas, en una sociedad que valora el producto a lo largo del proceso. Mientras producimos en masa todo lo que podemos para los informes anuales que presentamos a nuestros decanos, o nos preocupa no hacerlo, la época del venerado sabio/maestro, admirado incluso cuando le costaba décadas escribir un libro, es cosa del pasado. Pero aun cuando el mamorreto de la carrera profesional se haya achicado de T-Rex a perro de tamaño mediano, las cuestiones planteadas por la longitud del libro continúan dando forma calladamente a nuestras apreciaciones del mérito académico. ¿Cuál es la relación entre calidad y cantidad, entre escala y relevancia, cuál la relación adecuada entre argumento y  pruebas? ¿El ascenso de la historia transnacional y global anuncia el retorno a libros más largos, un aumento gradual de las expectativas académicas? ¿Cuánto “relleno” es demasiado y, por el contrario, qué grado de concisión es inaceptable, y por qué?

Vale la pena plantear la cuestión de la extensión de un libro precisamente porque es una de esas cosas obvias que raramente se discuten. Tenemos la tendencia a juzgar las obras de historia como esencias platónicas, divorciadas de accidentes como el estilo, la estructura y la extensión, por no mencionar las variadas restricciones sobre la vida del autor. Si bien un grado de abstracción es ciertamente apropiado en interés de la profesionalidad, es asimismo necesario y saludable el reconocimiento de que el buen trabajo histórico viene empaquetado de diversas maneras. Puede parecer frívolo mortificarse por la diferencia entre un libro corto y otro enorme cuando lo que ante todo preocupa a los jóvenes investigadores es conseguir un puesto de trabajo y, en caso de tener esa suerte, colocar su manuscrito con una editorial, incluyendo todo lo que puedan. Pero cuanto más cándidos seamos sobre las realidades sociales que hay tras los ideales abstractos de la investigación,  más acogedora será nuestra profesión para los estudiosos de diferentes culturas y temperamentos intelectuales.

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