El Lincoln de Spielberg

El pasado 9 de noviembre se estrenó en los cines norteamericanos la película Lincoln, dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Daniel Day-Lewis.  La cinta esta basada en un libro que ya hemos mencionado aquí, el Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, obra de Doris Kearns Goodwin,  volumen que estudia sobre todo los últimos meses de la vida del personaje histórico, con asuntos como el final de la Guerra de Secesión y la abolición de la esclavitud.

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No importa tanto la película, que veremos aquí a mediados de enero aprovechando el tirón de nominaciones y premios de esas fechas, cuanto las reacciones que ha suscitado entre el gremio de los historiadores. La AHA, por ejemplo, recopiló en una entrada de su blog del pasado 12 de diciembre una relación de enlaces con algunas de las reacciones más significativas. Asimismo, nos remite al texto que su director ejecutivo, James Grossman, había publicado el mes anterior en Perspectives (“Lincoln, Hollywood, and an Opportunity for Historians“). Con esta breve nota nos quedamos:

Así es como Alexander Stephens, vicepresidente  de la Confederación, se enteró de las malas noticias en 1865. El Abe Lincoln de Steven Spielberg dio al traste con todas las esperanzas de una solución negociada a la guerra civil sobre la base de la reunión sin la emancipación, o al menos sin la emancipación constitucional. Esta distinción está en el núcleo de la narrativa de Spielberg: su Lincoln reconoce la fragilidad jurídica de la Proclamación de Emancipación y presiona desesperadamente en favor de una emancipación constitucional -presiona con tanta fuerza que su agresivo Congreso podría haber ruborizado incluso a Lyndon Johnson (o haberle provocado una sonrisa.)

No es ninguna sorpresa. El Lincoln de Spielberg es también el Lincoln de Doris Kearns Goodwin. Agobiante y obsesionado, con buen humor, heroico y humano, el presidente, interpretado brillantemente por Daniel Day-Lewis, me impresionó más que sorprenderme. Sigue siendo el Lincoln que liberó a los esclavos -en este caso, a través de su inflexible y recto compromiso en favor de la aprobación de la Decimotercera Enmienda, en lugar de la más convencionalmente enfatizada Proclamación de Emancipación. No hay esclavos que se liberen a sí mismos en esta película. El proceso es de arriba a abajo, y es la culminación de dos hombres: Lincoln, que llega al objetivo poco a poco, y Thaddeus Stevens, que nunca se desvió de la ruta. Lincoln finalmente compromete su integridad; Stevens su compromiso de “igualdad racial”. Vi la película en el noroeste de Washington, pero uno tiene que preguntarse si Spielberg se está dirigiendo a mis vecinos de Capitol Hill.

No soy un crítico cinematográfico, ni un especialista en Lincoln, ni un abogado (que es lo que sobre todo parece el Lincoln de Spielberg). Pero soy padre, e hijo de un político. Y  Lincoln tiene mucho de ambos; en el cine, vi que me identificaba fácilmente con las tensiones que soportada en cada uno de esos papeles. Me resistí a preocuparse por la “verdad histórica”, tanto la de la película como un todo somo en lo referente al retrato de Lincoln. ¿Realmente importa el tiempo que pasó Daniel Day-Lewis tratando de averiguar cómo era el verdadero Lincoln? A mi, no, no más de lo que me preocupa por el número de botones cosidos en la recreación de los uniformes de la Guerra Civil. Lo que me importa es esto: la película identifica los grandes temas, acierta en que la Guerra Civil fue primero, siempre y ante todo sobre la esclavitud. Podría hacer pensar al público. Y hacerle razonar.

Pensar (y razonar) ¿sobre qué? La imparcialidad, la igualdad, la justicia: estos son los valores que están en el centro de gran parte del debate sobre los tiempos y la política de la emancipación constitucional. La fábula de Shelby Foote se desvanece, la Guerra Civil que se muestra aquí no es una lucha entre hombres de honor a ambos lados. El honorable conflicto lo es entre los hombres que no están de acuerdo sobre el significado de “todos los hombres son creados iguales” (y sí, en esta película todo es sobre los hombres), ni sobre la política de emancipación. Spielberg no tiene paciencia con nadie que tenga una premisa distinta a: la esclavitud se practicaba.

Quizás el Lincoln de Spielberg me intrigue porque él me hace preguntas y me cuenta historias. Se muestra curioso con las aspiraciones humanas y cómodo con la incertidumbre y la ambigüedad -cómodo, pero no satisfecho. Podría haber sido un buen historiador y un buen docente.

Los historiadores discreparán sobre si se trata del verdadero Lincoln. Mi amigo y colega Lerone Bennett se preguntará qué hay de la evidencia de que Lincoln nunca creyó en la igualdad racial. David Blight, sin duda, moverá la cabeza ante la ausencia de Frederick Douglass. Otros cuestionarán la exactitud de este enfoque de Lincoln sobre la presidencia y el poder presidencial, o la representación de la dinámica familiar en la Casa Blanca, o las implicaciones de una película sobre la emancipación que elude la acción de los esclavos y exesclavos (excepto para el papel de los soldados negros). Otros notarán que Spielberg parece dar importancia a la madurez (manhood), pero realmente no sé cómo usar el género como categoría de análisis político. Esto es lo que una película como asta debe hacer: estimular el debate acerca de la historia. Animo a los colegas a debatir sobre la película en la esfera pública -en los periódicos, blogs y en la radio, con un lenguaje accesible y con una voz que hable sobre todo a las personas que no pueden aceptar fácilmente conceptos y perspectivas que se dan por sentados dentro de la academia .

Schuyler Colfax, que a la sazón presidía la Cámara de Representantes, nos recuerda que la emancipación no fue un problema para la legislación y el debate: “Esto no es usual. Esto es historia”. Bueno, somos historiadores. Salgamos ahí fuera y hablemos de historia. Steven Spielberg, que es mucho mejor de lo que nosotros lo somos introduciendo los grandes temas en el debate público, ha iniciado la discusión. Continuemos la conversación.

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Sobre la veracidad del Lincoln, algo peliaguda, pues al fin y al cabo la película es ficción, encontrarán ustedes todo tipo de opiniones, incluso textos que ya compendian las discusiones. Entre los detractores, por ejemplo, tenemos a Eric Foner, nada complaciente con los resultados fílmicos. Tampoco lo ha sido Kate Masur, por partida doble, en el NYT y en el Chronicle, que señala, entre otras cosas, que Spielberg busca entretener, no educar, y que eso explica la lamentable ausencia de la gente de color, algo en lo que insiste Corey Robin en su blog. Se suma a ellos Paul Harvey, y también Barbara Krauthamer.

Mucho menos dura es Nina Silber. Y claramente favorable Ronald White, autor de una conocida biografía sobre el personaje,  en la National Public Radio, que cree que el equilibrio entre realidad y ficción se ha conseguido. Lo mismo defiende otro de los reputados biógrafos, James McPherson.  Por supuesto, coincide con ellos Harold Holzer, uno de los asesores de Spielberg. En fin,  otro especialista en estas lides, Kevin M. Levin, solicita “darle un respito a Spielberg“, porque al fin y al cabo hace lo que debe hacer un cineasta, recrea el espíritu de una época y nos lleva a pensar más profundamente sobre los mitos y realidades de un momento muy importante.

Si, con todo, prefieren un libro, no estaría mal el muy reciente de Louis P. Masur, Lincoln Hundred Days: The Emancipation Proclamation and the War for the Union (Harvard UP).

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