Historia del Congo: nada es tan líquido como la identidad

Más allá de las historiografías que aparecen en este blog, francesa y anglosajona, existen otras que, por distintas razones, orillamos permanentemente. Y merecerían nuestra atención. Por ejemplo, en la Bélgica flamenca tuvo una enorme repercusión hace un par de años el Congo. Een geschiedenis (2010), del polifacético estudioso y escritor belga David Van Reybrouk. La obra, presentada coincidiendo con el cincuentenario de la independencia de aquel gran país africano,  ha sido un extraordinario éxito de ventas, además de ser galardonada con los premios AKO y libris (este último al mejor libro de historia), el no va más de aquellos lares, amén del holandés J. Greshoff-prijs.  Tanta fortuna se puede explicar por el particular interés que ese tema despierta en aquellas tierras, más si cabe en la parte flamenca, pero no puede ser la única razón. Por desgracia, no lo hemos podido apreciar hasta ahora mismo, cuando Actes Sud ha decidido presentar una versión francesa y la prensa del país vecino ha reseñado su contenido (además de darle el Médicis  y el PMLE al mejor ensayo). Veamos, por ejemplo, una entrevista aparecida en Libération, a cargo de Maria Malagardis y Béatrice Vallaeys:

No se trata de una tesis geopolítica, sociológica o histórica sobre el Estado del país más grande del África subsahariana, el Congo-Kinshasa, antiguo Congo Belga, hoy República Democrática del Congo (RDC). El libro de David Van Reybrouck tiene un poco de todo esto, pero su  magia va más allá. Congo. Une histoire es una novela épica un [un ensayo novelado, mejor] que narra el increíble destino de un país que ha estado expuesto a la globalización en el siglo XIX. País de referencia, reflejo de la sociedad global a través de los siglos o, mejor, de milenios. Y si la pluma de David Van Reybrouck es la de un novelista, sus héroes son “personas reales” que seguimos a merced de los acontecimientos durante 90.000 años …! Devoramos esta obra literaria, estemos o no interesados ​​en esta parte del mundo. Lectura esencial para entender lo que está pasando ahora en el corazón de este continente con problemas desde el comienzo de la humanidad.

¿Por qué se interesó en el Congo?

Muchas veces he pensado que es en el Congo donde podemos ver los dos extremos de la humanidad. Gentes que nos emocionan,  valerosas frente a la crueldad, incluso ante atrocidades increíbles. La forma que adquiere la crueldad en el este del país es la de una violencia excesiva, extrema. Pero la idea para el libro me vino porque quería leerlo y no existía. En 2003, antes de mi primer viaje a Congo, busqué en vano un trabajo de este tipo en las librerías de Bruselas. Un libro que contara la historia del país, de un modo a la vez histórico y literario. Como arqueólogo y prehistoriador, siempre he estado fascinado por África. También me ha influenciado mi padre, que vivió en el Congo antes de que yo naciera, aunque hablaba poco de este período de su vida. Finalmente escribí este libro inspirándome en el estilo de un libro publicado en los años ochenta en Australia: The Fatal Shore, de Robert Hughes [recién fallecido].

Una publicación a priori inclasificable, como ya había puesto mi editor en el reclamo de mi primer libro, Le Fléau. En realidad, el término que se utiliza en inglés es “literary non-fiction”. Es una tendencia muy popular en el mundo anglosajón. El único ejemplo que conozco en Francia es el libro de Jean-Paul Kauffmann, La Chambre noire de Longwood, sobre la casa de Napoleón en Santa Elena. Son libros que se sitúan siempre entre la historiografía académica, la literatura y el periodismo. Es entre estos tres polos donde me sitúo en Congo. Mi idea era también reflejar la historia del país antes de la colonización. Yo quería volver a la prehistoria, al primer hombre. Era importante dar un gran salto hacia atrás para mostrar que la historia no comienza con la llegada de Stanley [en torno a 1874] ni con los exploradores europeos.

Ha optado por seguir a los personajes, africanos o no, a los grandes testigos y actores, encargándoles de narrar su historia, la Historia.

Sí, narro la Historia a través de historias. Al principio, quería vincular cada capítulo a un testimonio particular. Pero me di cuenta de que las personas que habían vivido en los años cincuenta también estaban en los años sesenta. Las vidas se adaptan al hilo de la historia. He trabajado seis años en el Congo para este libro, haciendo viajes en lugar de instalarme allí con el fin de mantener una mirada fresca. Con cada viaje, nuevas preguntas me venían a la mente. En total, he hecho una docena de viajes. En dos ocasiones, me vi embarcado en un viaje oficial, lo que me permitió advertir el aislamiento de diplomáticos y políticos, que captan la realidad desde su burbuja, en coches con aire acondicionado, habitaciones de hotel, reuniones …

Según usted, es la globalización la que genera las tensiones étnicas, que son principalmente urbanas.

En efecto, el Congo no es el escenario de una especie de salvajismo surgido de las brumas del tiempo, y que nos lleva al corazón de las tinieblas. No me gusta esa imagen que se adhiere al Congo desde el libro de Conrad. A pesar de que las formas que toman estos conflictos a veces pueden parecer arcaicas, el resurgimiento de las referencias étnicas, e identitarias, está vinculado a cuestiones muy actuales: la superpoblación, la escasez de recursos, la proliferación de armas y grupos armados en un Estado fallido, la corrupción endémica, el  capitalismo más salvaje que podamos imaginar, y deshumanizante. Bajo la presión de las redes económicas, demográficas y militares estamos asistiendo a una aceleración de la conciencia tribal. En el este están también las consecuencias del genocidio en Ruanda, que se refleja en el vecino Congo. Mencioné en mi libro un testimonio: “Yo, de niño, no sabía que en mi clase había tutsis. Yo tenía una amiga tutsi, y queríamos casarnos, pero de repente ya no era posible”. En Bélgica la etnicidad también adquiere importancia. Sin embargo, estas son preguntas que no son fijas desde la noche de los tiempos. Nada es tan líquido como identidad.

¿Cuál es el motor más importante de este retorno a la etnicidad?

La superpoblación es un factor muy subestimado. Sin embargo, cuando miramos el mapa demográfico de África, existen cuatro grandes círculos y una nube. Los cuatro círculos indican las inmensas ciudades africanas del siglo XXI:. Cairo [Egipto], Lagos [Nigeria], Kinshasa-Brazzaville [a ambos lados del río Congo] y Johannesburgo y Pretoria [Sudáfrica]. Sobre este mismo mapa hay una especie de nube: la región de los Grandes Lagos. Creo que el hombre es capaz de sobrevivir en contextos extremadamente poblados, como Lagos, Tokio o México, ya que existe un vínculo con un interior que logra alimentar a los que viven en las capitales. En África central, sobre todo en la región de los Grandes Lagos, con el fuerte crecimiento demográfico, no es el caso, y esto es nuevo para el planeta:  por primera vez las zonas rurales se ven afectadas por la sobrepoblación.

Hay un sinnúmero de idiomas y dialectos en el Congo. Pero la lengua es una forma de distinguirse …

Sí, pero la conciencia identitaria no está necesariamente vinculada a ello. De nuevo, es más bien el contexto el que juega. Creo que los grupos sociales emergen o se refuerzan cuando se sienten amenazados. La lengua puede convertirse entonces en el motor de un discurso identitario.

Si bien el resurgimiento del fenómeno es reciente, ¿la colonización juega algún papel en esta toma de conciencia étnica?

Sí, sin duda. A menudo se considera el pensamiento étnico como algo arcaico, rural y precolonial, mientras yo constato que es un fenómeno colonial, reciente y muy urbano. Mi investigación me permitió identificar que este pensamiento tiene sus raíces en los años veinte y treinta. Las oficinas etnográficas se creraron entre las dos guerras. En ese momento, la etnografía remitía al antropólogo americano Franz Boas: él fue el primero en hacer trabajo de campo y vivir en sociedades no occidentales, mientras que, hasta finales del siglo XIX, un antropólogo era ante todo un intelectual de salón que manejaba en su despacho los informes de misioneros y exploradores.

Después de los estudios de Boas, se empezó a clasificar a las tribus y a forjar las diferencias con categorías a veces superficiales, ignorando las realidades sutiles de la vida de las comunidades locales, que por otro lado no se reconocen de forma exclusiva en esta división. Los misioneros fueron los primeros en aplicar esta forma de tratar a los autóctonos. Les enseñaron a distinguir a unos grupos étnicos de otros. Los escolares deben cantar: “Somos de tal tribu y estamos orgullosos”.

El pensamiento ético se instala tanto más fácilmente cuando estos misioneros,  a menudo de origen flamenco, evangelizan en los idiomas locales para implantarse mejor. Esta conciencia étnica fue transmitido por los misioneros. Alguien nacido en 1890 en Katanga ni siquiera sabía de la existencia del océano. Veinte años más tarde, sus hijos estaban en la escuela cantando canciones acerca de los pigmeos, los bangala, los bakongo o los bashi. Canciones que transmiten estereotipos y cavan una fosa entre las diferentes comunidades.

Pero este territorio no tiene forzosamente vocación de ser una nación …

El Congo, tal como fue diseñado por el rey Leopoldo II, era algo artificial. Y luego han estado las tentaciones a menudo secesionistas, del regionalismo. No es necesario habitar un vasto territorio para ser regionalista: miren a Bélgica! Si hubiera un referéndum hoy para saber si los congoleños quieren partir su país en regiones, el resultado sería en gran parte en favor del mantenimiento de la integridad nacional. De hecho, la concepción étnica de la sociedad se forjó durante el período colonial y tuvo una primera aceleración después de la independencia, con el surgimiento del separatismo. Finalmente fue Mobutu quien creó un sentimiento de orgullo a escala nacional,  el orgullo de ser congolés, o más bien el de ser zaireño en aquel momento, cuando el país pasó a llamarse Zaire antes de recobrar el nombre de Congo después de la caída de Mobutu. Por lo demás, sobre este inmenso territorio (del mismo tamaño que Europa occidental), Mobutu hizo en diez años lo que la Unión Europea no ha sido capaz de hacer en sesenta: crear un sentimiento nacional, un sentido de pertenencia.

Pero ¿a qué precio?

No estoy defendiendo a Mobutu, desde luego! En los años ochenta-noventa, se dejó arrastrar por una deriva dictatorial mostífera. Sin embargo, durante los primeros diez años de su reinado, entre 1965 y 1975, este déspota, que había ahorcado a tres ministros y a un senador, también forjó una identidad nacional. Era un militar, y había sido también periodista. Después de su golpe de Estado, se apoyó en las fuerzas armadas y en los medios. Creó un pensamiento étnico y tribal, pero que englobaba esta vez a todo el Congo. Como si se tratara de una aldea de la que fuera el gran líder. Este es quizás el legado más importante de Mobutu y de aquella época. En cuanto al resto, el Estado quebró bajo su gobierno. Su política económica y monetaria fue desastrosa. Su obra agrícola, también. Sin embargo, su balance sobre el imaginario,  sobre el sentido de pertenencia a una comunidad nacional todavía tiene impacto en la actualidad. Fue un gran comunicador, y se sirvió de la música de forma excepcional para promover su política y su visión del país. La utilizó como vector de la conciencia nacional.

Es usted muy severo con Patrice Lumumba, a quien Mobutu hizo asesinar para instalarse en el poder.

No soy severo, pero trato de hacer un balance de la acción de Lumumba, como de la de Mobutu, Kabila o Leopoldo II, y entender lo que hacía la gente en el contexto de su tiempo, sin dar juicios de valor a posteriori, según los estándares actuales. Lumumba fue un extraordinario pensador, un orador extraordinario, que tenía una visión nacional mientras que los de su generación tenían una visión tribal. También tuvo una visión social, cuando los demás tenían una visión elitista.

Pero estaba muy impaciente por reivindicar una independencia inmediata, total e incondicional, con muy poca experiencia y poco personal capaz de manejar las instancias militares, económicas, políticas: había dieciséis diplomados universitarios cuando la independencia! Su visión era correcta, su impaciencia le hizo volcar.

Dicho esto, tuvo  que operar en un entorno muy difícil, pues todo el mundo estaba en su contra. Tenía razón al querer africanizar el ejército, compuesto por oficiales blancos y soldados congoleños, pero no lo debería haber hecho de la noche a la mañana, en cuanto se consiguió la independencia.

Desde entonces, el Congo nunca ha tenido un ejército regular que pudiera encarnar al Estado. También fue un error enviar a este ejército poco estructurado a combatir la secesión de Kasai: el coste humano fue enorme, se llegó a hablar de genocidio. Sin embargo, el mayor error lo cometieron los belgas cuando, once días después de la independencia, enviaron a sus tropas para restaurar el orden. En un país independiente! Bélgica debería haber apelado a la ONU. El propio Lumumba buscó  primero el apoyo de la ONU y de los americanos después, sin éxito. Luego se volvió hacia la Unión Soviética, y la Guerra Fría llegó a África por primera vez. Hoy en día, hay que distinguir en Lumumba al martir del hombre. El mito sigue intacto. Es un símbolo increíble, una figura clave de la independencia. Sigue encarnando la autonomía, una África audaz, que aspira a la modernidad y a la libertad.

El Congo no ha conocido la democracia …

Sin embargo, en 2006, cuando la primera elección de Joseph Kabila, el pueblo congoleño mostró una madurez impresionante. Pero hubiera hecho falta la celebración de elecciones locales, provinciales, parlamentarias y presidenciales, por ese orden. Sin embargo, se comenzó por las legislativas, y luego las presidenciales y las provinciales, mientras las locales no llegaron a celebrarse. Fue un grave error. Las elecciones locales deben ser el primer paso y las presidenciales mucho más tarde. Hoy en día, las elecciones no son utilizadas para conocer la voluntad del pueblo, sino para dar garantías a la comunidad internacional. No es que les engañen, pero hasta ahora, más o menos, han aceptado esa hipócrita ilusión. Las elecciones son ahora el estándar áureo de la democracia: si votamos, la cosa va a mejor. En los años noventa, los derechos humanos y la democracia se convirtieron en el criterio y el grito de guerra de cualquier injerencia internacional. Con esta pseudosolución: hay que celebrar elecciones lo antes posible. ¿Es esta la cosa más importante que hacer, pocos años después de una guerra, en Estados que no existen?

Occidente sufre de fundamentalismo electoral. Se trata de una nueva evangelización, donde los votos se utilizan como forma de oficiar los sacramentos: a menudo la forma pesa más que el fondo. Ahora bien, toda vez que el descontrol y el fraude contradicen esta lógica, quizá sería mejor la democratización de la sociedad y de la vida política a la democracia: propiciar el surgimiento de una prensa libre, de una conciencia crítica y ciudadana, del debate político, de la educación. Pues las elecciones, por desgracia, no demuestran nada, no resuelven los problemas. Se ve claramente en el Congo, donde Joseph Kabila se declaró reelecto en 2011, mientras la oposición denunciaba un fraude electoral.

En este contexto, ¿ha hecho bien François Hollande al aceptar ir a Kinshasa para la Cumbre de la Francofonía?

Mis sentimientos son dobles. El Congo es uno de los mayores países de habla francesa del mundo. Me parece honorable que un país que ha sufrido tanto acoja la cumbre de la Francofonía. No se le debería aislar en la escena internacional. Al mismo tiempo, me resulta difícil aceptar que todos estos líderes occidentales que no protestaron cuando el régimen actual cambió la Constitución [la elección presidencial se redujo a una sola vuelta, en lugar de las dos anteriores, lo que en gran medida ha favorecido la reelección de Kabila], que todos aquellos que no han denunciado las irregularidades en las elecciones, vayan hacia Kinshasa. Les guste o no, avalan un régimen cuya legitimidad no reconocen.

¿No son las riquezas las que han arruinado al Congo?

Es cierto, este país está lleno de recursos de los que su población nunca se ha beneficiado, pero la explotación y el saqueo reflejan las grandes etapas de la industrialización occidental. Cada vez que el capitalismo global ha necesitado una materia prima estratégica, la ha encontrado en el Congo. Primero fueron los esclavos entre los siglos XV y XIX, el marfil en el siglo XIX, que se utilizó para hacer teclas de pianos, bolas de billar, etcétera. Luego vino la época del caucho: las necesidades de Europa eran enormes y Leopoldo II lo explotó a costa de innumerables atrocidades en los grandes bosques del país, ricos en este recurso. La primera mitad del siglo XX fue la época de cobre. Durante las dos guerras mundiales, así como en la época de las de Corea y Vietnam, los estadounidenses aprovecharon los recursos congoleños. La bomba de Hiroshima fue diseñada con uranio del Congo! Es evidente que este país ha desempeñado un papel militar en la historia del mundo. Durante la Guerra Fría, el acceso al uranio y al cobalto fue un tema de conflicto entre rusos y americanos. El Congo, rodeado de Estados de orientación comunista, se convirtió en un país pro-americano. Congo tiene siempre lo que necesita el capitalismo global. Después del uranio, ha venido el coltán para los teléfonos móviles y los ordenadores. En el futuro, el reto sin duda será la energía hidroeléctrica. Imagínese si se pusiera en funcionamiento la presa Grand Inga: el Congo podría abastecer a toda África. Y eso sin contar con sus reservas de agua potable. Este país es una esponja empapada en un continente camino de secarse. Tiene la enorme ventaja de tener un gran río que discurre por todo el territorio nacional.

El interés reciente de China, que se implanta en África y en el Congo,¿es una nueva forma de explotación o de colonización?

No se trata de colonización, es demasiado simple explicar la presencia china refiriéndose solo a lo que ocurrió en la primera mitad del siglo XX. Estamos en una nueva etapa de la historia que, sin embargo, es difícil de describir. Está más cerca de lo que sucedió en la explotación europea de África antes de la colonización, de la idea de comerciar sin querer administrar esos territorios. En los comentarios sobre los chinos en África, hay también muchos celos por parte de los occidentales, una lectura muy eurocéntrica de los acontecimientos actuales. Europa perdió su influencia en 1945, cuando aceptó el liderazgo de los EE.UU.

China representa un nuevo liderazgo en expansión, sobre todo en África. Pero la diferencia es que este país milenario tiene una conciencia diferente del tiempo. China tiene tiempo por delante! Y, dentro de su Estado, sus dirigentes administran, barajando siempre el largo plazo, a una cuarta parte de la población mundial. Tendrá cuidado de no generar contestación a su presencia. En algunas empresas chinas, las condiciones de trabajo son duras. Pero cuando un gestor chino fue asesinado en Zambia  a principios de agosto, Beijing captó el mensaje. También tendemos a olvidar que China no está sola en África. Corea del Sur, Turquía, Sudáfrica, Brasil, todos los países emergentes también están presentes. El capitalismo global seguirá globalizándose y Occidente estará cada vez más marginado. Lo veremos en el Congo y en otros lugares.

¿La visión de África está cambiando?

Recientemente conocí al escritor [del Congo – Brazzaville] Alain Mabanckou. Ambos nacimos después de la independencia, somos de una generación diferente, un poco más desinhibida. Nos movemos más allá del pensamiento binario: blanco y negro.

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