Sri Lanka: otro lugar atroz

No hace mucho, Gareth Evans, exministro australiano de asuntos exteriores y presidente emérito del International Crisis Group, publicó un artículo sobre el exterminio en Sri Lanka. En ese texto, que intentaba desmontar la versión oficial-gubernamental, citaba dos libros: el implacable análisis de un funcionario de Naciones Unidas, Gordon Weiss, The Cage: The Fight for Sri Lanka and the Last Days of the Tamil Tigers (Bodley Head) y la desgarradora narración de la periodista de la BBC, Frances Harrison, Still Counting the Dead: Survivors of Sri Lanka’s Hidden War (Portobello). A este último dedicó una reseña el periodista Steve Crawshaw, aparecida a finales de octubre en The Observer. Así lo evalúa:

En el baño de sangre que puso fin en 2009 a los 26 años de guerra civil en Sri Lanka, decenas de miles de civiles perdieron la vida en unos pocos meses terribles. Los políticos del mundo miraban hacia otro lado. Algunos gobiernos incluso elogiaron a Sri Lanka por su “victoria sobre los terroristas”, en referencia a la derrota de los rebeldes Tigres Tamil. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU aprobó una reseñable resolución que elogiaba al gobierno de Sri Lanka por su “compromiso con la promoción y protección de los derechos humanos”.

A muchos les resulta difícil imaginar que esos pocos meses pueden haber costado en Sri Lanka más vidas de civiles que todos los muertos de Siria en los últimos 18 meses. El satírico Kurt Tucholsky escribió: “La muerte de un hombre es una catástrofe. Cien mil muertos son una estadística”. En Still Counting the Dead, Frances Harrison recupera la catástrofe humana a partir de las estadísticas.

Como corresponsal de la BBC, Harrison vivió en Sri Lanka desde 2000 a 2004. Su libro cuenta historias de personas -doctor, monja, maestro, comerciante, voluntario … A partir de estas historias surge un tapiz de sufrimiento.

Harrison no se queda atrás a la hora de valorar la “cruel política suicida” de los Tigres de Tamil, pero fueron los civiles tamiles quienes más sufrieron en el ataque final del gobierno. Sufrieron cuando los Tigres les trataban como escudos humanos, y sufrieron cuando los comandantes de Sri Lanka declararon cínicamente una “política de cero víctimas civiles”, incluso mientras atacaban a los civiles  dentro de la engañosamente llamada zona de alto el fuego. La tercera y última de las oficiales zonas de alto el fuego significó que decenas de miles de personas fueron hacinadas en una franja de arena en el noreste de Sri Lanka -“una playa tropical transformada en lugar de masacre al azar”.

Los hospitales cuyas coordenadas GPS fueron compartidas con las autoridades fueron regularmente bombardeados por las fuerzas gubernamentales. “Con el tiempo [los médicos] aprendieron la lección”, escribe Harrison: los hospitales sin señalización ni identificación  no fueron atacados. Un médico todavía se sorprende de la conclusión a la que se vio obligado a llegar: “Querían matar a tantos como fuera posible”.

Las entrevistas son en su mayoría con personas ahora exiliadas, en cafés, casas o habitaciones de hotel en ciudades y países sin nombre -el temor a las autoridades de Sri Lanka sigue siendo fuerte. Algunos nunca les han contado a sus personas más cercanas la pesadilla qué vivieron, incluida las violaciones o el ser forzados a presenciarlas.

Actos ocasionales de generosidad salpican la narración. Por encima de todo, sin embargo, es una historia  de horror. Una mujer describe cómo observa a una abuela con un niño en brazos, hecho pedazos. Con humor amargo, la mujer que relata el hecho dice que si realmente existe un Dios que vaya con cuidado: “Él es como la gente de las Naciones Unidas y de la Cruz Roja, que nos abandonaron, así que voy a darle un puñetazo en el ojo.”

Cualquiera que haya trabajado en Sri Lanka sabe que esta historia ha tenido muy poco impacto. Con algo de suerte, este libro puede ayudar a cambiarlo. Tal vez pueda aumentar la presión sobre Sri Lanka para que rinda cuentas antes de una cumbre de la Commonwealth del próximo año en Colombo. Como le dice a Harrison una monja que viajó hasta el corazón de la zona de guerra para ayudar a la gente: “se tiene que hacer justicia. No basta con hablar de paz. No puede haber injusticia y hablar de paz…”