La idea de gobernar el mundo

Nuevo libro del siempre interesante Mark Mazower: Governing the World: The History of an Idea (Penguin). El impacto mediático ha sido más bien escaso, así que nos limitaremos al breve comentario aparecido en The Economist. Dados el tono y la orientación de este periódico, bien hará el potencial visitante en leer la reseña del derecho y del revés:

 

En el marco de la reciente Convención Nacional Demócrata, que nominó a Barack Obama para buscar un segundo mandato, se celebró un simposio en el que un puñado de magnates americanos respondían a las preguntas de políticos extranjeros que habían sido invitados para la ocasión. Un hombre de Bahrein preguntó sobre la primavera árabe. Una mujer del parlamento afgano expresó sus temores sobre la democracia en su país. Luego vino una intervención más quejumbrosa. Un miembro belga del Parlamento Europeo exigió saber por qué la Unión Europea aún no se había mencionado. Desde el escenario, Madeleine Albright, ex ecretaria de Estado, sugirió que el mundo estaba esperando que Europa hiciera valer su peso. La sala estalló en aplausos desdeñosos, encantados por el desaire.

Atrás han quedado los días en que los representantes de los clubes transnacionales como la Unión Europea gozan de especial atención en los círculos dela  política exterior, simplemente por que incorporaban una forma de gobierno que se elevaba por encima del egoísmo del Estado-nación. Tampoco las Naciones Unidas estan en muy biuena forma, con los vetos de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde forman un robusto bloque que impide detener las masacres en Siria. Se trata, pues, un momento valiente para sacar un libro dedicado a la historia de la gobernanza internacional, desde 1815 hasta la actualidad.

Mark Mazower, historiador británico de la Universidad de Columbia, en Nueva York, presenta su obra como un inventario: una oportunidad, justo cuando Occidente está viendo un cambio de poder en favor de los gigantes emergentes del Este, para ponderar cómo los europeos y los estadounidenses elaboraron la presente red internacional de instituciones, de las Naciones Unidas al  Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Le da mucho que pensar al lector. El siglo XIX surge como un fermento de esquemas competitivos y fantasías de federalismo europeo, de hermandad mundial y gobierno mundial. Profesionales, comerciantes, abogados, científicos y revolucionarios  tratan todos ellos de arrebatarle el negocio de las relaciones interestatales a monarcas, déspotas, generales y un cuerpo diplomático abarrotado de aristócratas, para hacer de ello algo más racional y tecnocrático.

Una antimonárquico italiano, Giuseppe Mazzini, ya luchaba en 1832 por si las naciones tenían el deber de inmiscuirse en los asuntos de países lejanos donde se estaban cometiendo errores graves, mucho antes de que los estadistas de hoy se angustien por el genocidio, por la responsabilidad de proteger y límitar la soberanía del Estado. Luego vinieron la santsimonianos, seguidores de un aristócrata francés y socialista utópico, que soñaba con que la armonía global implicaría, entre otras cosas, mejores conexiones de transporte (era un creyente de la construcción del Canal de Suez ). Los capítulos dedicados al siglo XX describen el ascenso y la caída de la Liga de las Naciones, y la salvación de las Naciones Unidas por inventos tales como mantenimiento de la paz, en la que la intromisión de países poderosos es santificada por la magia de los cascos azules.

El libro señala sagazmente la ironía de que el credo del internacionalismo haya hecho sus mayores avances cuando los idealistas han sido dejados a un lado, y las élites establecidas cooptan una idea para sus propios fines. Expone que los Convenios de Ginebra, por ejemplo, provienen de cuando una rama del movimiento por la paz dejó de tratar de abolir la guerra y trabajó con los gobiernos para humanizar la forma en que las guerras se libraban.

Sin embargo, la complejidad del tema es también la perdición del libro. El autor parece incapaz de decidir si está tratando de desentrañar paralelismos históricos, que arrojen luz sobre los debates modernos, o de proporcionar un estudio completo de la fortuna vacilante de cada rama en competencia dentro del internacionalismo. Tratando de lograr ambas cosas, sacrifica la estructura y la claridad de los argumentos. Su conclusión -que la crisis financiera actual marca un momento catastrófico de extralimitación del libre mercado de los anglosajones, fortalecimiento al grupo “que ve un papel más estratégico para el Estado”-, suena brusca. Tampoco tiene en cuenta que la mayoría de las economías estatistas de Europa están en peor situación aún que las de Gran Bretaña o Estados Unidos. El profesor Mazower ha escrito algunas buenas historias del siglo XX europeo. Sus editores le deberían haber aconsejado darle a este libro una remodelación sustancial antes de publicarlo.