Del carácter autoritario y el gérmen del nazismo

Hay muchas maneras de pensar y escibir sobre la barbarie y sus sinónimos, sean el nazismo o el totalitarismo en general. La mayoría de esas formas las conocemos y están bien asentadas, otras son menos habituales, pero igualmente atractivas e interesantes. Michael Hagner, historiador de la ciencia, lo hace de este segundo modo, proponiendo la reconstrucción ensayística de un afamado caso para hurgar en aquella podredumbre moral. Su obra (Der Hauslehrer) se publicó hace un par de años con un subtítulo bien explícito: Die Geschichte eines Kriminalfalls. Erziehung, Sexualität und Medien um 1900 (Suhrkamp), es decir, La historia de una causa criminal. Educación, sexualidad y medios de comunicación alrededor de 1900.  La editorial que la ha traducido (Mardulce) ha decidido mantener el rótulo  otriginal, El preceptor, alterando mínimamente el subtítulo (Un caso de educación criminal en Alemania). Lo que no se altera es el contenido, que así se nos presenta:

“Se conoce como “dipoldismo” a la excitación sexual que proviene de someter a castigos físicos a los niños. El término fue acuñado a principios del siglo XX retomando el apellido de Andreas Dippold, estudiante de derecho que se ganaba la vida como preceptor. Contratado por un banquero de la alta sociedad berlinesa, golpeó a su alumno Heinz Koch hasta la muerte. Michael Hagner, autor de este libro, reconstruye paso a paso la historia trágica del asesino en cuyo sistema de valores (antisemitismo, religiosidad culposa, cientificismo, pesimismo cultural y vitalismo) se interpreta hoy el germen ideológico del nazismo. Por su truculencia, el caso del crimen y su juicio posterior generaron un escándalo público que llegó a influir sobre el debate científico de la época. La psiquiatría y la pedagogía no fueron las mismas después del “caso Dippold”. A partir de allí empezó a considerarse al sadismo como un síndrome también del ámbito de la educación. El preceptor bien puede leerse como novela policial o como análisis cultural de la época del Kaiser Guillermo II. Un libro atrapante, de esos que dejan sin aliento”.

Para una mejor comprensión, veamos la entrevista que le realiza Héctor Pavón en Clarín:

¿Podríamos decir que este libro tiene una conexión directa con la memoria alemana?

Solía tenerla, pero la historia quedó completamente en el olvido. Estuvo presente a principios del siglo XX y esto continuó hasta los años 30. Quizás hubo una interrupción en 1933, cuando los nazis llegaron al poder porque suprimieron e interrumpieron la ciencia del sexo y todo lo relacionado con el discurso sobre la sexualidad. Destruyeron el Instituto para la Ciencia Sexual y toda la bibliografía relacionada con la sexualidad. Con esta interrupción, el recuerdo del caso Dippold también desapareció de la memoria de la gente. Pero estuvo muy presente durante 20 o 30 años.

¿Cuándo se dio cuenta que había encontrado una historia para contar?

Decidí escribir este libro cuando encontré los documentos en los archivos. Me di cuenta de que esta historia era muy rica y estaba muy bien documentada desde distintas perspectivas. El punto de vista con el que contaba previamente era, en primer lugar, el de la prensa escrita; y el segundo el de los científicos: psiquiatras, pedagogos y criminólogos. Estaban los puntos de vista de la ley: del juicio, la defensa y la fiscalía. Y, además, las posiciones de los propios actores: Dippold, su familia y algunos testigos. Pienso que es un libro que debe ubicarse en los estantes de no ficción, es un ensayo histórico, una mezcla de historia cultural, microhistoria e historia de la humanidad de las ciencias humanas. También tiene elementos de novela.

¿Cómo fue recibido el libro por la sociedad alemana?

Muy bien. El libro obtuvo muy buenas críticas, se vendieron muchísimos ejemplares. Y uno de los motivos por los que el libro captó tanta atención fue que en ese año –2010–, se supo que uno de los principales colegios en Alemania –cerca de Frankfurt– al que muchas familias influyentes enviaban a sus hijos, los docentes habían maltratado y violado a los alumnos, especialmente el director del establecimiento. Y eso ocurrió durante muchos años. Fue un shock tremendo y un gran escándalo que despertó una enorme sensibilidad respecto del tema educación-sexualidad-sadismo.

Hay una película que se emparenta con la temática como “La cinta blanca” de Michael Haneke, pero también hay otras como “El huevo de la serpiente” de Ingmar Bergman que hablan de lo que se veía venir en la Alemania de la primera mitad del siglo XX…

La de Haneke es posterior a mi libro. Pero para ser honesto, mientras escribía el libro por momentos pensaba en este filme de Bergman. Yo crecí en los 70, y Bergman fue uno de mis héroes. Lo admiraba mucho. Sin embargo, lo que no estaba presente en aquella película era el componente sexual, Bergman lo omitió. En cambio, la sexualidad en la historia de Dippold que estaba escribiendo, era central. Pero, sí, la película de Bergman a veces venía a mi mente.

De los personajes del libro, me llamaron la atención los padres. ¿Qué tan responsables son de la muerte del hijo?

Los padres son responsables en parte de esto. No es, claro, una novela en el sentido estricto de la palabra porque todo depende de las fuentes. Y a diferencia de un escritor, yo fui siguiendo minuciosamente lo que descubría en los documentos. También reconstruí a Dippold, de alguna manera. Ahora se puede trazar una comparación. Lo que yo hice fue, primero, revisar las cartas que encontré en los archivos. De la madre, del padre –que era director del Deutsche Bank y, por ende, una persona muy importante– y luego investigué la historia social y cultural sobre la burguesía en Berlín del 1900.

Con respecto a los chicos, ¿podemos decir que uno encarna el papel del débil y el otro el del fuerte, del que sobrevive?

No. En cierto modo, estos dos chicos son los más débiles de esta historia. Ambos son realmente víctimas. Las cartas que escribieron a sus padres desaparecieron. No están en los archivos. Y esto me causó problemas porque implicó que diera una descripción mucho más vívida, más profunda de los padres y del maestro, que de los chicos. La única información que obtuve fue desde el punto de vista de los padres y del maestro. Tuve que ser muy cuidadoso en mi propia reconstrucción. Por eso es que los personajes de los chicos están en el fondo, relegados a un segundo plano. Yo no diría que uno de los varones era débil y el otro más fuerte. Me parece que fue accidental que uno de ellos muriera y el otro no.

¿Cómo se sintió mientras escribía el libro y cómo al concluirlo?

Cuando lo concluí, me sentí muy aliviado porque la historia me resultó muy dura y muy triste, y había estado muy metido en temas de sadismo, masturbación, perversiones sexuales, educación familiar muy dura y violenta donde los chicos no tuvieron realmente ninguna posibilidad de escapar. Me sentí muy aliviado cuando terminó. Después que el libro fue publicado, un integrante de la familia Koch me escribió una carta diciendo que estaba muy agradecido por el libro, que era una historia muy movilizadora de sus predecesores y me adjuntaba una foto del chico que había muerto. De repente, veía una imagen de un chico muy lindo, de 10 años, con cara de bueno, algo gordito, y me conmovió muchísimo. Para mí fue como un cierre. Me alegró que se hubiese terminado porque fue una historia muy dura.

¿Y del otro lado, de la familia Dippold, alguien lo contactó? ¿Se mostraron molestos?

No, en absoluto. No lo descartaba porque sabía que miembros de la familia Dippold aún viven en el sur de Alemania. El protagonista del libro tenía 8 hermanos y él fue el único que emigró a Brasil. Los otros se quedaron en Alemania. Y sucedió: recibí un email de un miembro de la familia Dippold que me decía: “Muchas gracias por el libro. Ahora sabemos mejor sobre este tío de Brasil del que no se hablaba en la familia. No conocíamos realmente su historia”. Así, ellos pudieron completar un mosaico familiar.

Mucha gente en todo el mundo ha investigado acerca de las raíces del nazismo. ¿Este libro es una contribución a esta enorme pregunta?

Es una pregunta difícil. Diría que sí, que es una historia de la mentalidad en el sentido de lo que Adorno y Horkheimer denominaron “carácter autoritario”. Esto significa, primero, ocupar una ideología y defenderla de manera muy agresiva, y segundo, subordinarse al poder y a las autoridades. Esta historia muestra maravillosamente un mecanismo definido con estas palabras. Y sí, hay antisemitismo en esta historia y la supervivencia del otro niño, que luego se convierte en nazi. Diría que si las condiciones para el desarrollo del nazismo en Alemania uno las ve como una vista general, una pintura compleja y muy rica, mi libro ha aportado algunos mosaicos, pequeños pero mosaicos al fin. Espero que haya otros aspectos de esta historia tanto o más importantes; pero este es un aspecto que ayuda a explicar esta creencia en la autoridad, no sólo eso sino también lo radical, lo extremo, y la falta de empatía, de piedad para tratar de darse cuenta y aceptar esta ideología.

¿Entonces, el hijo que sobrevive adhiere al nazismo…?

Sí, se convierte en nazi.

Copyright 1996-2012 Clarín.com – All rights reserved