Historiadores académicos y públicos: una introducción al mundo profesional de la disciplina

¿Qué es un historiador? ¿Cómo se forma? ¿Qué es lo que hace? ¿Qué debe hacer? ¿Lo hace bien? Estas son las importantes cuestiones que, según el editor, aborda James M. Banner  Jr. en Being a Historian: An Introduction to the Professional World of History (Cambridge University Press, 2012). Para los interesados, ese enlace a la editorial ofrece también una entrevista con el autor (un audio en mp3), quien asimismo dialogó con los responsables de Historically Speaking, que publicaron ese texto el pasado septiembre. He aquí los primeros párrafos:

“On Being a Historian: An Interview with James M. Banner, Jr.”, a cargo de Donald A. Yerxa
Historically Speaking (September 2012)

Donald A. Yerxa: Para beneficio de nuestros lectores, ¿podría resumir brevemente el argumento central de Being a Historian?

James M. Banner, Jr.: el básico, de donde parte el libro, es que la historia es una disciplina, un dominio característico de conocimiento, reivindicada en muchas profesiones. Es decir, no existe una “profesión histórica” como tal, como decimos coloquialmente. El corolario de ese argumento es que la historia académica, aunque es el centro de gravedad de la disciplina, no incorpora todo el conocimiento de los historiadores, instituciones o prácticas. Por supuesto, eso lo sabemos, pero nuestra terminología y la forma en que nos relacionamos con la historia de la disciplina no se han acoplado a los hechos -por el coste para la reputación, las recompensas, la autoestima  y, sobre todo, la formación de historiadores. También argumento que, a pesar de que la preparación de los historiadores ha mejorado sustancialmente en las últimas décadas, sigue siendo deficiente. Este argumento, el de que tenemos que ir más lejos en la preparación de los historiadores, es como un punto de órgano en un pasaje músical, el punto de vista de todo el libro. Por último, mantengo que los historiadores (como, debo decir, sociólogos y biólogos, abogados e ingenieros) deben buscar una mayor orientación, no de los ídolos de la tribu -profesores académicos- ni dentro del patrón convencional de preparación para estudiantes-principalmente para convertirse en un erudito/docente académico-, sino dentro de sí mismos, de sus disposiciones particulares, gratificaciones, objetivos  y obsequios.

Yerxa: ¿Qué le motivó a escribirlo? ¿Y para quién lo escribió?

Banner: En parte, lo que me espoleó fue puramente personal,  como lo es -¿no?- toda escritura. Quería tratar de reunir mis reflexiones, frustraciones y preocupaciones acerca de toda la disciplina de la historia, de todo lo durante más de medio siglo de ser historiador. También quería desafiar a mis colegas a ir más lejos alterando la forma en que los historiadores preparamos a los jóvenes historiadores para sus mundos profesionales. Y había una parte de mí que quería hacer lo que deseo que haga periódicamente la mayor organización histórica de los EE.UU. y la más grande e influyente corporación de historiadores del mundo -la American Historical Association-: evaluar el estado de la disciplina. Y así, el libro es una especie de evaluación de la condición actual de la disciplina. Pero es también es un libro que tiene dos públicos muy específicos en mente: en primer lugar, el de todos los aspirantes a historiadores, a quienes quiero ofrecer una especie de introducción honesta y optimista, pero desembelesada, a la disciplina a la que están entrando; y segundo, el de mis colegas más experimentados, que deberían ser historiadores formados para interactuar con el resto del mundo, así como con académicos y estudiantes y que, espero, estén aprendiendo a llegar a ese mundo por sí mismos.

Yerxa: Usted sostiene con convicción que es un error confundir la disciplina de la historia con la profesión de la historia. ¿Por qué es tan importante hacer tal distinción?

Banner: En pocas palabras, por los hechos. La profesión académica es sólo una de las profesiones -aunque, sin duda, es aún la central- en la que los historiadores practican sus muchas habilidades y aplican  su gran variedad de conocimientos. Los historiadores también practican la historia en las facultades de derecho y medicina, en todos los niveles del gobierno, como periodistas, en museos y sociedades históricas y como profesores de instituto. Estos historiadores, cuando se emplean como historiadores, son historiadores profesionales que actúan profesionalmente, participando en la comunidad mundial del discurso histórico y aplicando el conocimiento histórico de alguna manera con algún propósito. Es la disciplina lo que nos une, no nuestros lugares de trabajo, ni el tipo de trabajo que llevamos a cabo, ni la forma que tiene nuestro trabajo ni el público al que se dirija ese trabajo. Todo eso difiere ampliamente. La terminología convencional, -“la” profesión histórica- pone en primer plano a los que acuñaron el término y llevan mucho tiempo dedicándose a ello profesionalmente: los historiadores académicos en torno a los cuales, en el primer siglo de aparición de la disciplina, se reunió el mundo de la historia. Después de todo, eran las personas (en su mayoría hombres) que crearon los departamentos, las normas, los protocolos de adiestramiento, los productos (en su mayoría libros) y el modelo de ocupación (tenure system) en el que, hasta la década de 1960, la mayoría de los historiadores se han organizado. Pero mientras los historiadores todavía deben ser preparados por historiadores académicos en las grandes universidades (research universities) para dominar sus cuerpos de conocimiento y realizar y producir investigación académica, su trabajo siempre ha escapado de los muros académicos. De hecho, hay razones para creer que al menos la mitad de los que se doctoran en historia ahora reciben, ya sea por elección o por necesidad (no tenemos información sobre ese asunto crítico), no acceden al trabajo académico. En consecuencia, en las últimas décadas nos hemos acostumbrado a distinguir los historiadores académicos de los públicos. Eso está bien en sí mismo. Pero, como también sostengo en el libro, es una distinción débil. Cada vez más, los historiadores son híbridos -yo soy uno de ellos-, que van y vienen entre el aula y otras ocupaciones, que escriben, filman y conservan mientras trabajan en una Universidad y que enseñan mientras trabajan en instituciones gubernamentales o no académicas. Un número cada vez mayor de historiadores son a la vez académicos y públicos. Así que ¿por qué no podemos calificarnos a nosotros mismos simplemente como historiadores -colegas todos-  y dejar de lado la distinción, tal vez útil, pero cada vez más pasada de moda, entre historiadores públicos y académicos?

(…)

Como complemento, bien podría servir el volumen del finlandés Jorma Kalela Making History: The Historian and the Uses of the Past (Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2012), en cuya contraportada se dice:   “todo el mundo tiene una conexión personal con el pasado, independiente de la investigación histórica. Entonces, ¿cuál es el papel del historiador? Making History sostiene que los historiadores han disociado peligrosamente la disciplina de la historia de la naturaleza cotidiana de la historia, definiendo su trabajo sólo en términos académicos. Explorando la relación entre la historia y la sociedad, Kalela aboga por una cultura de la investigación histórica más participativa, en la que los historiadores tengan en cuenta su papel en la sociedad y la forma en que la historia  como práctica social básica está presente en su trabajo. Making History no sólo hace preguntas provocativas sobre el papel del historiador, sino que también constituye una guía práctica para estudiantes e historiadores sobre la planificación de proyectos de investigación con mayor impacto público. Este libro es una lectura esencial para todos los historiadores, profesionales o  no, y será un texto imprescindible en los estudios de grado y posgrado sobre historiografía y métodos de  investigación”.

A mayor abundamiento, véase la reseña de Alun Munslow.

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