La vida sexual de los australianos

Hablemos de Australia, ¿por qué no? En este blog procuramos de vez en cuando ampliar la perspectiva y transitar otras historiografías. Si nos vamos, pues, a estas antípodas, hay un par de libros que quizá llamen la atención, porque indican qué trabajan y cómo lo hacen nuestros lejanos colegas. Hablaremos brevemente de cada uno de ellos.

En primer lugar, veamos la reseña que Zora Simic hace en H-Net de The Sex Lives of Australians: A History (Black Inc.), obra del historiador Frank Bongiorno:

Se trata, dice, de una de las obras más importantes de la historia de Australia publicadas en la última década. Profesor de historia en la Universidad Nacional de Australia, Bongiorno, un ya respetado historiador del trabajo, es relativamente nuevo en el campo de la historia de la sexualidad, aunque había publicado anteriormente sobre el impacto de la píldora anticonceptiva en la sociedad australiana. Como muchos de nosotros, ha llegado también a esa área a través de la enseñanza, y fue a través de esa experiencia que Bongiorno identificó una brecha en la academia australiana: la historia del estudio de la sexualidad en Australia, desde la colonización blanca (o “invasión”, por usar un término que también tiene connotaciones sexuales, teniendo en cuenta la particular historia de los colonizadores varones que esperaban obtener o exigían acceso sexual a las mujeres aborígenes) hasta el presente. En algunos aspectos, esta diferencia es sorprendente. Los historiadores australianos no han ignorado la sexualidad y las conferencias sobre la historia de de sexualidad han sido una vibrante, si bien irregular, característica de la escena de la historia de Australia por lo menos desde hace dos décadas. Además, algunos de los historiadores más destacados de Australia han dirigido su atención a las relaciones sexuales, especialmente Stephen Garton, autor del estudio historiográfico de referencia Histories of Sexuality (2004), así como las historiadoras feministas Judith Allen, Jill Julius Matthews, Gail Reekie, Joy Damousi y Marilyn Lake (por seleccionar sólo cinco dentro de un campo impresionante y en constante expansión), y pioneros de la historia gay como Robert Aldrich y Clive Moore. Sin embargo, dado el alcance típicamente masivo de algunos de estos proyectos -podemos tomar como ejemplo la historia de la prostitución en Australia de Raelene Francis, su Selling Sex (2007)- de la obra de Bongiorno no se puede decir que llegue con retraso, sino que es finalmente posible.

Además de su propia y sustancial investigación original, Bongiorno sintetiza con habilidad (y con las críticas necesarias) la mayor parte de la investigación sobre la sexualidad australiano de los últimos treinta años, incluyendo la de Lisa Featherstone, representante de la generación más reciente de los historiadores sexuales en Australia, y autora ella misma de una reciente publicación, una amplia historia de la sexualidad en Australia, Let’s Talk About Sex (2011). Estamos en un buen momento para la enseñanza y la investigación de la historia sexual en Australia y gran parte de este trabajo, incluyendo el de Bongiorno, tiene relevancia más allá del marco nacional. Desde su tratamiento de las respuestas locales a la convicción de Oscar Wilde a la evidente influencia británica en la censura y en la revolución sexual y en la liberación gay, los ejemplos australianos no son tanto derivados (y en este último caso claramente innovadores) cuanto reveladores de fenómenos transnacionales. Nuestra amplia comprensión histórica de la prostitución y de su reglamentación, el tratamiento de las enfermedades venéreas, especialmente entre los militares, y la formación de subculturas homosexuales se benefician de ejemplos australianos. Bongiorno también hace un uso especialmente adecuado de Havelock Ellis, quien antes de ejercer como médico y sexólogo pionero trabajó como maestro rural en Australia, “la más solitaria y más aislada” experiencia de su vida, aunque, para su “desarrollo interior, los más fatídicos y decisivos de todos mis años “(p. 58).

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La aparición y las características de la modernidad sexual han sido ampliamente debatidas entre los historiadores de la sexualidad, sobre todo después de Foucault, y Bongiorno es consciente de estos debates sin sentir la necesidad de reproducirlos servilmente. En general, esta es una historia que muestra más que dice. El período previo, y el inmediatamente posterior, a la federación de las colonias australianas en 1901 se presenta aquí como coincidente con la creación de la sexualidad como marcador del yo. Nación naciente y nueva fue inevitablemente sexuada en tanto Australia se inauguró como país de blancos, donde la tasa de natalidad era comúnmente interpretada por un coro de pronatalistas no sólo de forma egoísta, sino como un potencial problema racial. Mientras tanto, las feministas -animadas desde 1902 por el voto federal de las mujeres (temprano para los estándares internacionales)- y otros, entre ellos la mayoría de los reformistas de la clase media en movimientos por la pureza social, intentaron reformar la sexualidad masculina a medida que el crecimiento urbano traía casos de agresiva sexualidad masculina, que en el caso de la violación en grupo del Mount Rennie a finales de 1880, se utilizaron para lanzar grandes calumnias sobre el carácter nacional, y en particular sobre los jóvenes, urbanos o “larrikans”. Estos variados proyectos -el fomento de la natalidad, la protección de la pureza racial y moral de la nación, la domesticación de los hombres como maridos y padres – fueron a veces complementarios, a veces conflictivos (de ahí algunos mensajes contradictorios acerca de la anticoncepción en gran parte de la historia que aquí se analiza); y como se muestra Bongiorno no eran necesariamente representativos de “la vida sexual de los australianos”. Bongiorno es muy consciente de los peligros potenciales de permitir que los discursos dominantes inunden una historia de la sexualidad. Así, señala que la modernidad sexual casi nunca fue uniforme en su alcance o efectos, llegando más tarde a la zona rural de Australia (p. 161);  que la “chica moderna” era claramente blanca y que el “sentido de la soltería cambiaba si se trataba de aborígenes” (p . 162); y que a menudo había una brecha entre, por ejemplo, el nuevo conocimiento sexual y lo que la gente realmente sabía acerca de la reproducción.

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En segundo término, y retomando un concepto y un caso que han aparecido en la recensión anterior, reparamos el comentario que presenta Tony Smith a propósito de The great Australian larrikin: Myths, markets and moral panics, de Melissa Bellanta (University of Queensland Press, 2012):

Los australianos se interesan por su identidad nacional por muchas razones. El asentamiento europeo es reciente, por lo que su mezclada nación tal vez esté aún en la adolescencia. Si bien la inmigración ha impulsado el crecimiento de la población desde 1788, el período que va desde 1950 ha visto una reducción del peso de Gran Bretaña como principal país de origen. Si la sociedad australiana es ahora verdaderamente poligenerica o multicultural es un tema de debate, pero el fin del monopolio británico ha estimulado la discusión de lo que significa ser australiano. En ocasiones, los políticos explotan la confusión sobre la identidad australiana y ha habido controversia sobre los “valores australianos” en los tests de ciudadanía impuestos a los emigrantes. Inevitablemente, cuando jóvenes musulmanes se enfrentaron a la policía en Sydney durante las recientes protestas contra una película en la que se insultaba a Mahoma, los críticos utilizaron el calificativo de “no-australianos” para expresar su desaprobación. Es discutible, sin embargo, que el término tenga un significado objetivo indiscutible.

Una característica de la identidad australiana sobre la que existe un cierto consenso es nuestra vena bravucona (larrikin). Esta característica parece coherente con nuestra naturaleza supuestamente relajada, irreverente, iconoclasta, con el igualitarismo, el estoicismo y nuestro autocrítico sentido del humor. Es evidente, entonces, que esos comentaristas que condenaron las manifestaciones de Sydney como anti-australianas no describiría a sus manifestantes como larrikins. Sin embargo, como muestra el nuevo libro de Melissa Bellanta, Larrikins: A History,  el término “larrikin” tenía connotaciones negativas cuando entró en el idioma a finales del siglo XIX. La historia del cambio en el significado de “larrikin” proporciona una lectura absorbente, no sólo para los lingüistas, sino para cualquier persona interesada en cuestiones más amplias alrededor de la creación, modificación y explotación de imágenes del carácter nacional. También plantea cuestiones importantes para los estudiosos serios y los responsables políticos preocupados por la integración social de los jóvenes. En particular, debería ayudar a asegurar que los interesados en las dificultades a las que se enfrentan los jóvenes no reciclen “mitos convenientes“.

Jóvenes alienados y pánico moral

La etimología de la palabra “Larrikin” no está clara. Bellanta sugiere que esta incertidumbre es menos importante que la necesidad de examinar la forma en que el término entró en el uso popular: “¿Por qué se consideró necesario encontrar una nueva p alabra para calificar a los jóvenes urbanos dados a la insolencia ruidosa en vísperas de la década de 1870? (p. xix). El término pudo haber sido creado por los propios jóvenes o impuesto desde arriba por un establishment que usó el pánico moral para justificar su voluntad de acabar con los  alborotos, pero los jóvenes desafectos adoptaron el estilo de vida condenado y la etiqueta desafiante (p. xxi).

Los larrikins provenían de suburbios que crecieron desordenadamente alrededor de los centros urbanos. Desdeñaban un empleo regular y miraban con desprecio a las personas que no podían sobrevivir como ellos hacían, en la busca del dinero fácil y valorando su ociosidad. Bellanta se decanta por algo callejero o por una actitud “bulliciosa” (leary) como el origen más probable del término “larrikin”. Estos tipos leary mostraban su rechazo a las costumbres sociales tirándose en las esquinas, alterando los espectáculos, acosando a la gente, luchando entre sí y resistiendo los intentos de la policía por controlarlos. En una advertencia que debe ser escuchada hoy, Bellanta comenta que “cuando empezamos a buscar el aumento de la palabra larrikin en la prensa, lo que se está trazando en realidad es una tendencia en el reportaje periodístico y en la retórica pública sobre la juventud ruda” (p. 5). Como el término larrikin  no se puede utilizar para atemorizar sobre el comportamiento de los jóvenes de hoy, los comentaristas de los medios de comunicación y los políticos usan otras etiquetas. Después de las manifestaciones de Sydney, por ejemplo, los manifestantes fueron descritos como una minoría de lunáticos marginales, cuya violencia se decía ajena a las calles de Australia. La respuesta oficial hizo hincapié en la importancia de construir una nación unida y una sociedad disciplinada.

Bellanta señala que los jóvenes de finales del siglo XIX se describían a sí mismos como larrikins, por lo que no era solo el caso de una nueva palabra que se impone a un viejo fenómeno. Los orígenes de la palabra en Melbourne deben mucho al caos social de las décadas posteriores a la fiebre del oro y al aumento repentino de la población. Apareció entonces una brecha generacional apareció entre los inmigrantes y las “bandadas de jóvenes coloniales buscaban en la compañía de otros la conciencia de ser una estirpe nueva” (p. 8). Curiosamente, mientras Bellanta no descubre ninguna conexión particularmente fuerte con el pasado convicto de Sydney, la alarma pública sobre larrikinism a finales del siglo XIX podría haber sido exacerbada por la creencia de que la respetabilidad era un elemento esencial en la construcción de la nación.

Toda capital, o al menos Brisbane, Melbourne y Sydney, las ciudades que Bellanta examina, tenía un ‘cinturón Larrikin “(p. 9), en los suburbios en torno a la ciudad. Estos suburbios alojaban a personas que sobrevivían con el empleo informal en ocupaciones no calificadas, que frecuentaban salones de música, teatros y barracas de feria y que bailaban en tugurios cerca de Bourke Street y Haymarket (p. 19). Disfrutabann con las canciones del music hall (p. 22) y “canciones leary en locales” pegados a los hoteles (p. 25), que cantaban para expresar sus propios valores. Aunque el larrikinism estaba a menudo vinculado con los australianos de origen irlandés, era evidente una fuerte influencia Cockney  a través de los music halls. Bellanta señala que la peculiar distribución de la edad de los larrikins, la falta de habilidades y la tendencia hacia la delincuencia significaba que el larrikinism era visto como un fenómeno social por los políticos que querían identificar los factores de riesgo. Ella observa, sin embargo, que el larrikinism fue también un fenómeno cultural, que se manifiestó a través de una vestimenta extravagante, una actitud de auto-promoción y el amor por las diversiones baratas y los “villainous songbooks” (pp. 27-28).

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Larrikins es una obra de importancia. En primer lugar, introduce algunos personajes notables y los sitúa claramente en la historia general de desarrollo social de Australia. En segundo lugar, demuestra la importancia de tener una visión escéptica sobre las fuentes documentales. En tercer lugar, proporciona un estímulo para futuras investigaciones, por ejemplo sobre la experiencia del larrikinism más allá de Brisbane, Sydney y Melbourne. En cuarto lugar, presenta un estudio de caso analizando los elementos popularmente aceptados de nuestra identidad nacional dominante.

El estudio de Bellanta pone en  primer plano la cuestión de la circularidad entre las representaciones y los comportamientos culturales. Figuras conocidas de la cultura popular australiana, tales como Barry Humphries, Paul Hogan, Norman Gunston y Kath y Kim crean caricaturas y parodias para el entretenimiento, pero a veces son copiadas por personas para expresar su propia versión del larrikinism, y son a menudo citados por historiadores culturales serios. Tal vez tengamos una tendencia nacional a admirar lo extremo, pero para desconfiar e incluso castigar a aquellos que abrazan el estilo con demasiado entusiasmo. En su estudio del caso de Mount Rennie, Bellanta anota que los autores que fueron tratados con más indulgencia fueron los que ofrecieron coartadas con actividades que parecían mundanas y ordinarias. No es de extrañar que hayamos hecho del larrikin un apacible joven colonial.


		

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