Francia es una invención! (pero no lo parece)

Muy interesante artículo el que firma Julie Clarini en Le Monde, que consiste en una entrevista a los historiadores Joël Cornette y Johann Chapoutot.  Cornette ha dirigido para Belin los trece volúmenes ilustrados de una Histoire de France;  mientras  Chapoutot ha hecho lo propio con una Histoire de la France contemporaine, cuyos tres primeros volúmenes han sido publicados por Seuil. En realidad, el diálogo se enmarca en el reciente festival de Blois (La 15ème édition des Rendez-vous de l’histoire), dedicado este año a “Los campesinos”. Sirva esta entrevista como recordatorio de la citada fiesta de la historia:

En el momento de Europa y de la globalización, cuando los historiadores se interesan en los encuentros e intercambios entre culturas, ¿cómo justificar la escritura de una “Histoire de France”?

Jöel Cornette:  Sería inapropiado oponer, de un lado, a Francia y, de otro, al mundo, e imaginar una “guerra de trincheras”. En primer lugar, porque la mayoría de los historiadores que estudian la globalización, los encuentros o las conexiones entre los mundos y civilizaciones proceden también del espacio franco-francés. En segundo lugar, porque la historia de Francia es en sí misma una historia conectada, desde sus orígenes. Después de todo, los francos no son franceses! La historia que proponemos no es una historia encerrada en las fronteras de Francia, está abierta a los cuatro vientos.

Johann Chapoutot: En los últimos años, los historiadores han hablado mucho sobre las perspectivas “transnacionales” (circulaciones, retornos, intercambios …), pero lo “transnacional” presupone, por definición, a la nación como primer elemento escala; con todo, ha sido y sigue siendo un elemento importante y estructurante del mundo contemporáneo (véase China o los Estados Unidos!). Nuestra idea es revisarlo a la luz de la renovación historiográfica de las últimas décadas, gracias a las contribuciones de la historia imperial, de la historia cultural, de la historia del género, etcétera. Y es importante no dejar la nación a aquellos que estén pensando en una perspectiva obsidional, como una ciudadela sitiada que hordas de extranjeros derribarían.

J. Co.: Quiero añadir que estos discursos son incluso más absurdos si entendemos que la singularidad de Francia radica precisamente en que en el momento en que se constituye como nación, en la época de la Revolución, se nutre ideales transnacionales (libertad, igualdad , fraternidad). Por tanto, en cierto sentido, se trata de una nación internacional desde el principio. Por otra parte, se alimenta de las contribuciones extranjeras. Pienso en un libro de Jean-François Dubost, La France italienne (Aubier, 1998), que demuestra lo que Francia  debe a la contribución de Italia. La mayoría de los creadores de Versalles vienen de esa Península, Lully en primer lugar, que cambia su nombre, reemplazando la i por la y. No hay período de la historia de Francia que muestre algún rastro de esa pureza que hoy algunos afirman.

Hablamos de Francia como si se tratara de un objeto fácil de comprender: ¿cómo entenderlo?, ¿con qué cronología?

J. Co.: Francia es una invención. La pregunta correcta es, por lo demás, saber quién “inventó” Francia: ¿fue la nación?, ¿el Estado? Se puede avanzar la siguiente hipótesis (aunque esto es discutible):  en Italia o Alemania, una nación, un pueblo, un territorio preexisten a la formación del Estado, mientras que en Francia, por el contrario, la nación se construye a través de la política. Aunque Louis XIV hubiera dicho “el Estado soy yo”, esa palabra tiene un significado muy fuerte. Como su ultima verba, que sí que pronunció: “Me voy, pero el Estado se mantiene”. En pleno siglo XVII, el Estado es estructurante. Es por eso que hemos privilegiado un corte político.

J. Ch.: Vemos una periodización política en nuestras dos colecciones (“Histoire de France” e “Histoire de la France contemporaine”). Por una razón de fondo que Joel Cornette ha subrayado: el papel impulsor de lo político es muy fuerte. En Francia, el Estado es central y es el motor del advenimiento de la nación y de la ciudadanía. Este es el legado de la Ilustración: no se es francés por nacimiento o por naturaleza, sino por libre voluntad y elección -lo cual es un mensaje inédito en el mundo de aquel momento, aunque el modelo se difunda después. Insisto, sin embargo, en que no hacemos una historia de la política, sino una historia de lo político, de la vida de la “ciudad” como un todo. Por otra parte, creo que las oposiciones entre los historiadores de lo social, de lo político y de lo cultural ya no tienen sentido. El historiador Dominique Kalifa habla en un reciente artículo de “las secuelas de la batalla“,  evocando ese desdibujamiento de los límites que se habían establecido entre las escuelas historiográficas en los años 1960-1970, cuando los enfrentamientos eran más importantes.

¿Cuál es la diferencia entre sus propuestas editoriales?

J. Co. Para mí, todo comenzó en la década de 2000, cuando conocí a Marie-Claude Brossollet, la Consejera Delegada de Éditions Belin. Belin es prácticamente la última casa familiar independiente. Desde 1777, ha pasado de padres a hijos (o hijas). Y es esta casa la que me ha abierto las puertas a todo tipo de posibilidades. De hecho, he tenido la oportunidad de lograr lo que me había imaginado, una historia iluminada por  ilustraciones que son realmente motrices: cada documento se acompaña de una explicación, y esta es  verdaderamente una de las peculiaridades de nuestra colección.

Además, mi segunda exigencia era que el lector no tuviera la impresión de que la historia se cierra sobre sí misma y de que, por tanto, el historiador estaba en lo cierto al 125%. Cada volumen tiene lo que se llama “el taller del historiador”, que ilumina el enfoque y la metodología del autor: muestra al lector cómo se fabrica la historia, con las fuentes, los problemas, las cuestiones controvertidas. Estas bambalinas  permiten a cada lector entender que la historia se construye más con preguntas que con respuestas. Por tanto, cada volumen incorpora al final la sombra de la duda o, mejor dicho, … la luz de la duda! Por ejemplo, en el último volumen sobre Les Grandes Guerres, Nicolas Beaupré eligió como fuentes los objetos que fabricaban los poilus de las trincheras: ¿qué significado dar a esta artesanía de las trincheras? ¿Qué le pueden decir al historiador?

Su proyecto, Johann Chapoutot,  ¿es más universitario?

J. Ch.: El proyecto tomó forma en 2008, en un momento algo especial  para las personas que se dedican a las ciencias humanas, y mucho más para los historiadores: la campaña electoral de 2007, la elección de Nicolas Sarkozy, el debate sobre la identidad nacional que comienza y se organiza en las prefecturas, donde se nos invita a debatir. En términos simbólicos, tenía curiosidad por ver a los prefectos orquestar debates sobre la nación. Seuil apuesta entonces por la locura de encargarnos que proporcionemos al público una historia total de la Francia contemporánea, a imitación de la serie “Nouvelle Histoire de la France contemporaine”, que lanzó Michel Winock en 1972. El objetivo es el mismo: proporcionar aun público lo más amplio posible los logros de los trabajos más recientes y más avanzados, bajo la forma de un relato accesible y agradable.

J. Co.: Lo que dice Johann Chapoutot es importante: los historiadores siempre escribimos para el presente. La historia, a pesar de que habla del pasado,  es siempre contemporánea. Nosotros no escribimos la historia en 2012 como la escribimos en 1950. Y esta increíble plasticidad de la perspectiva histórica aparece, creo, en cada uno de los trece volúmenes. Y eso justifica plenamente ambas empresas, que son un conjunto de verdades, en plural: no hay una sola manera, sino muchas, de abordar la historia de Francia. Esta pluralidad es una respuesta a los que presentan la nación francesa como una verdad unívoca, predestinada por toda la eternidad. Nosotros, por el contrario, privilegiamos los debates, proponemos hipótesis, trabajamos con las dudas.

J. Ch. Nosotros también hemos intentado introducir esta dimensión de la duda en nuestros volúmenes, al hilo de las páginas, en el propio relato.  Tomemos febrero de 1848, estudiado por Quentin Deluermoz: el tiroteo de los bulevares es, por supuesto, un acontecimiento importante. Sí, pero, de hecho, ¿qué es un acontecimiento? ¿Lo que pasa allí, y para quién? ¿Y lo que ocurre en Burdeos durante ese tiempo? Esta dimensión autorreflexiva otorga un doble aspecto a nuestros libros: son manuales que proporcionan un relato estructurante y estructurado al público inteligente, pero al mismo tiempo muestran cómo se hace la historia. En otras palabras, en efecto, somos la antítesis de una novela nacional repetida por un amplio coro de profesionales polemistas cuya ingenuidad, real o fingida, resulta molesta. En cambio, para nosotros, la razón de vivir es el cuestionamiento permanente.

Johann Chapoutot,  con el volumen de Aurélien Lignereux (L’Empire des Français), su serie sobre la Francia contemporánea toma como punto de partida el año 1799, el golpe de estado del 18 de Brumario, y no 1789 como es costumbre. ¿Por qué?

J. Ch.: Esto se debe a varias razones. En primer lugar, desde el bicentenario de la Revolución Francesa, los “modernistas”, es decir, los historiadores de la época moderna (siglos XVI-XVIII), resaltan que lo que produce en términos sociales, en términos de emociones políticas, de orden social y de cuestionamiento de ese orden social durante la década revolucionaria pertenece a un universo social y mental que es la prolongación del siglo XVIII. De hecho, han renovado profundamente la kirada que aplicamos a este período.

Entonces, tuvimos que elegir una fecha. Ahora bien, 1799 supone la llegada al poder de un personal político, de una generación que, en efecto,  va a crear las condiciones para el ejercicio de la nación política y de la Francia contemporánea e institucionalizar la Revolución. Las “masses de granit” que Napoleón pretendía tender sobre el suelo de Francia como bases para que las instituciones futuras, no son más que un discurso. Y luego, 1799 es también una forma de síntesis entre el orden y el movimiento, la innovación y la reacción, la revolución y la institución. La Francia contemporánea, en suma.

J. Co.: Por nuestra parte, hemos integrado 1799 dentro de un conjunto más vasto, que va desde 1789 hasta 1815. Integrar a Napoleón en esta secuencia permite responder a la pregunta crucial: ¿Napoleón rompió con la Revolución o la continuó?

Tratar la secuencia 1914-1945 en un solo volumen,como ha hecho Nicolas Beaupré en su colección, Joel Cornette, es también una óptica original

J. Co.: De hecho, por lo general hay, de un lado, los especialistas en el 14-18 y, de otro, los del 39-45: Nicolas Beaupré, que ha escrto este libro, “cortocircuita” estas escuelas proporcionando un aspecto de continuidad. Para nosotros, el 39-45 es genéticamente una continuación del 14-18, y esto se refleja en la organización del volumen.

J. Ch.: Este es el beneficio de un desvío a través de una historiografía extranjera. Nicolas Beaupré trabaja mucho con los alemanes, para los que 1914-1945 forma un todo. Yo, que también trabajo mucho en Alemania, me di cuenta de que había leído la historia de ese país a través del prisma de 1933, aun cuando en 1932 Goebbels escribió en su diario que estaba desesperado porque le parecía que los nazis nunca llegarían al poder. Este ejemplo muestra que siempre es malo leer la historia desde el final, hacer teleología.

En el volumen que estoy escribiendo sobre 1929-1940, tengo mucho cuidado en no leer la década de 1930 como la década de decadencia que lleva necesariamente a junio de 1940 y a la debacle. Del mismo modo, cada autor de nuestra colección intenta leer su período con los ojos de sus contemporáneos: como un universo de posibilidades abiertas, como un campo de experiencias.

Las controversias han surgido a partir de la utilización de la historia de Francia por parte de los políticos. ¿Qué nos dicen estos usos múltiples y a veces censurables?

J. Co.: Los políticos utilizan la historia porque saben que hay ahí un terreno, un imaginario muy fuerte: los grandes hombres, las grandes ideas. La cuestión es saber qué historia se convoca, ¿la Francia de 1789 o la de 1793?, etcétera. Pero es obvio que la historia forma parte genéticamente de la identidad francesa. Sólo hay que ver el éxito de las publicaciones de historia o de un festival como el de Blois!

¿Era necesario abandonar el proyecto de una Maison de l’histoire de France?

J. Ch. Nora ha hablado de “défault originel“, y es exactamente eso: se consideró que el Estado iba a escribir una historia “oficial”. Se sospechaba que este proyecto iba a  servir a una cierta visión política. Sin embargo, las controversias que ha provocado han tenido al  menos un mérito, el de poner en el centro del debate el objeto “Francia”: ¿cómo podemos hablar?

Esta rentrée ha sido de nuevo rica en polémicas sobre la enseñanza de la historia. La controversia se repite periódicamente desde 1979 con la tribuna de Alain Decaux en “Le Figaro Magazine” (“On n’apprend plus l’histoire à vos enfants”). ¿Cómo explicarlo?

J. Co.: Me acuerdo de una experiencia personal: yo era un profesor de secundaria en la década de 1980 y los Annales entraban en ese momento en la enseñanza. Annales, es decir, la historia económica, la historia social … Cuando daba clases en segundo,  en Gonesse, en los suburbios del norte de París, me inspiraba en el libro de Pierre Goubert Louis XIV et vingt millions de Français (1966): les di a estudiar a los estudiantes el registro parroquial de 1709 y reconstituimos el “gran invierno” y sus consecuencias demográficas, contando el número de bautismos, matrimonios, defunciones … Vimos, por ejemplo, que la mitad de los niños murieron antes de cumplir los veinte años. Para una clase de segundo , fue un descubrimiento terrible … Obviamente, a Luis XIV lo dejamos un poco de lado.

Para algunos, esta historia podría parecer “escandalosa” en comparación con una historia tradicional, hecha por grandes hombres, con grandes acontecimientos. Pero creo que hoy es necesario llegar a una historia hoy más tranquila. No hay contradicción entre el sufrimiento de la gente en 1709 y las intrigas de Versalles. Creo que no hay que oponer, sino, al contrario, reunir todas estas dimensiones para crear una nueva historia que integra al rey y a sus súbditos.

J. Ch. Lo que puedo entender de la angustia reiterada de esas personas que dicen que se rompe la historia es que, en efecto, antes de ser virtuoso hay que practicar. Es decir, tener en mente algunos rudimentos de cronología. Por otra parte, los historiadores que pertenecen a una generación que se había rebelado contra una historia tradicional han firmado un libro y revisitado, en clave de humor, un manual de la Tercera República (1515 et les grandes dates de l’histoire de France. Revisitées par les grands historiens d’aujourd’hui, bajo la dirección de Alain Corbin, Seuil, 2005).

La cronología tiene interés si la discutimos, la elaboramos y le damos un sentido. Sólo tenemos que guardarnos de aplanar un destino. Si “les siècles marchèrent, de la Gaule à la France”, como escribió Michelet, es con algunos desvíos y travesías!

Los resúmenes de la mesa redonda serán transmitidos en vídeo (imágenes cedidas por el ECPAD).

© Le Monde.fr 

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