El diablo en la historia: comunismo y fascismo

Con una reseña titulada “Building a new world is costly”, el reputado Richard Overy evalúa en THE el libro de Vladimir Tismaneanu, The Devil in History: Communism, Fascism and Some Lessons of the Twentieth Century (University of California Press).

La mayoría de los historiadores y politólogos occidentales que escriben sobre las dictaduras totalitarias han tenido la suerte de no haberlas experimentado nunca de forma práctica. Vladimir Tismaneanu no es parte de esa cohorte afortunada. Se crió en la Rumania de Nicolae Ceaucescu, donde valientemente defendió su tesis sobre el marxismo crítico en 1980. Actualmente es profesor de política comparada en la Universidad de Maryland y Ceaucescu murió hace mucho tiempo, sumariamente ejecutado en 1989 por su enojado pueblo. En este volumen, Tismaneanu reflexiona más como filósofo que como historiador sobre lo que  dio a los regímenes totalitarios su terrible poder en el siglo XX, un poder para hacer tanto mal en nombre de la justicia revolucionaria o racial.

Su verdadera preocupación es examinar lo que él llama las “aspiraciones utópicas maximalistas” expresadas por los regímenes comunistas y fascistas en Europa para tratar de entender de qué modo sistemas que empiezan con una agenda utópica -revolución mundial  o renacimiento nacional- terminan con la construcción de distopías asesinas. Existe un consenso en el mundo occidental de que se trataba de “visiones delirantes”, como las llama Tismaneanu, pero tanto el comunismo como el fascismo europeo han muerto en tanto fuerzas políticas dominantes, lo que hace que sea más fácil verlas como engañosas. La base de este análisis perspicaz e inteligente se dirige a la preocupante cuestión de cómo fueron posibles.

Esta pregunta obliga de por sí a un profundo análisis. Es posible analizar cómo las dictaduras funcionaron como sistemas particulares examinado sus mecanismos de control, la naturaleza de las afirmaciones de sus dirigentes y los factores que alentaron un importante apoyo o aquiescencia popular. Pero al final, la aparición y supervivencia de estos sistemas tóxicos tienen sus raíces en la historia, algo que no puede ser explicado simplemente por su naturaleza interna. Las principales dictaduras  -soviética, luego italiana, alemana- fueron condicionadas y posibilitadas por las circunstancias peculiares de las revoluciones políticas e industriales en la media centuria previa a 1914, y luego fundamentalmente por la catástrofe de la guerra.

El surgimiento de la política de masas desafió los valores normativos del mundo burgués que dominó la sociedad europea hasta  1914. La guerra fue una catástrofe salvaje e impensable para esa época sombría, racional, progresiva y  liberal,  liberando  energías violentas en las sociedades rusa, italiana y alemana, con golpes cada vezs más severos por la guerra y la crisis de la posguerra. Tismaneanu escribe que los regímenes totalitarios disfrutaron de la “santificación de la violencia”, y así se comportaron. Rusia experimentó casi 10 años de guerra después de 1914, Alemania sufrió una derrota y una violenta posguerra que marcaron una generación. Podemos captar el sentido de  la política de venganza practicada en la Unión Soviética y la Alemania nazi como la continuación de un estado de guerra -en un caso, contra marginados sociales definidos por su clase y origen, en el otro,  contra los judíos y los comunistas. Sin el ácido disolvente de la Gran Guerra, es difícil imaginar que la política de masas tomara el camino terrible seguido en los años 1920 y 1930.

La guerra no produjo el mismo resultado en Italia, Alemania y la Unión Soviética, pero las similitudes son tan pronunciadas que Tismaneanu concluye con razón que no violentamos la historia al unirlos. Para él, el campo de concentración es el vínculo fundamental que los une y este es sin duda un buen punto de partida: el lugar donde todas las personas racial o socialmente excluidas  fueron separadas de la sociedad para que el resto pudiera sentir tranquilamente que su identidad y seguridad estaban ligadas a la afirmación de las ideologías irracionales que animaban a los sistemas en los que vivían. Más importante, quizás, es el análisis de Tismaneanu de por qué en nombre de una verdad compartida se pudo producir tanto mal. Los siglos de persecuciones cristianas deberían contribuir a explicarlo, y es significativo que él escoja la  “religión política”  de Emilio Gentile como un elemento importante para su propia comprensión.

El mal es un problema para nosotros, pero no lo era para Stalin y Hitler. Ambos se remitían a las leyes de la historia (el primero a las leyes socioeconómicas del desarrollo marxista, el último a las férreas leyes de la biología) y las usaban para definir un nuevo universo moral en el que la moralidad normativa -que fue despachada como un medio por la burguesía para legitimar su dominio- era sustituida por una moral relativa.

Lenin dijo aquella famosa frase de que lo moral era lo que ayudaba a la revolución, lo inmoral lo que la obstruía; la visión de Hitler sobre la moralidad estaba totalmente condicionada por lo que soportaría el pueblo alemán en su lucha por la pureza biológica y la ascendencia cultural. Esto no solo fue, como sugiere Tismaneanu aquí, ceguera moral o amoral, sino la construcción histórica de un universo temporal moral que reforzaba poderosamente los imperativos ideológicos predominantes.

Lo que más sorprende es por qué tantas personas lo suscribieron. Eran sistemas maléficos – Devil in History– pero muchas, quizás la mayoría, de las personas comunes y corrientes que tomaron parte en la farsa totalitaria no eran malvadas, aunque muchos pudieran haber carecido de juicio o haber sido deliberadamente idealistas. El rompecabezas en el caso del nacionalsocialismo es la forma en que desapareció por completo, no sólo años después de 1945, sino en el mismo mes de la derrota. A pesar de la propaganda aliada, todos los alemanes no estaban cortados por el mismo patrón. También existían millones de alemanes decentes, dignos y tolerantes, y se propusieron en los años 1950 y 1960 que  nunca retornaría nada semejante al nacionalismo crudo de la década de 1920. Esto hace que sea aún más difícil de entender cómo el hitlerismo pudo seducir suficientemente a una generación de alemanes hasta el punto de permanecer impasibles mientras era perpetrado el genocidio en su nombre.

El ejemplo soviético es diferente, lo que tal vez explique por qué Tismaneanu pasa mucho más tiempo discutiendo este caso que el de los fascistas. Diversas variedades de dictadura leninista-estalinista florecieron en Europa durante los 40 años posteriores al fin de la guerra -una de las más totalitarias de todas ocurrió en la parte de Alemania que tuvo la desgracia de ser zona de ocupación soviética. Aquí, los que una vez habían aplaudido a Hitler tuvieron ahora la oportunidad de aplaudir a Stalin. La victoria en 1945 se convirtió en una segunda oportunidad de utilizar la violencia como mito fundador del sistema soviético, tras el éxito anterior de la Guerra Civil como un punto de referencia para respaldar un estado permanente de vigilancia salvaje.

El fin de la dictadura comunista fue mucho más desordenado y, como se puede discutir, incompleto. Tismaneanu creció bajo una de ellas y es parte de esa ola revolucionaria que barrió la solución leninista, haciendo historia en lugar de se les impusiera. De forma comprensible, deplora el caso de aquellos analistas occidentales que han pasado los últimos 20 años tratando de encontrar vestigios del viejo orden para demostrar que el comunismo no está muerto del todo. Está en lo cierto al argumentar que no todo se puede hacer de la noche a la mañana, y más aún lo está cuando sugiere que la búsqueda de “civilidad y decencia” por parte de los ciudadanos de la antigua Unión Soviética es el elemento central en la revolución anticomunista. Es el triunfo de lo subjetivo sobre lo objetivo, de las personas sobre las ideas.

El liberalismo occidental tiene muchos inconvenientes, pero la tolerancia, como reconoció John Stuart Mill un siglo y medio atrás, es su característica más positiva y necesaria. La intolerancia era la sangre vital del totalitarismo.

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