Big History: la historia intelectual y la larga duración

David Armitage, de quien se acaba de publicar en castellano su estupendo libro Las declaraciones de independencia, estuvo en Londres el pasado marzo para impartir una conferencia en el marco de la Annual Nicolai Rubinstein Lecture in the History of Political Thought and Intellectual History. Su alocución se tituló “What’s the Big Idea? Intellectual History and the Longue Durée“, reproducida tiempo después por el TLS y publicada en la revista History of European Ideas.  Dada su extensión y su múltiple disponibilidad, ofrecemos un breve extracto:

En muchos ámbitos de la escritura de la historia, lo grande está de vuelta. En algunas áreas -la arqueología histórica, la sociología comparada o la teoría de los sistemas mundiales- nunca se fue. En otros, está claro que ha desaparecido, para no volver nunca: las historias universales asociadas a un Oswald Spengler o a un Arnold Toynbee no parece que vayan a ser imitadas de nuevo. Pero a lo largo de la profesión histórica, es el telescopio, más que el microscopio, el instrumento de examen cada vez más  preferido. El enfoque cercano no ha sido abandonado, como demuestran ampliamente la continua popularidad de la biografía y la utilidad de la microhistoria. Sin embargo, se están complementando con amplios panoramas en el espacio y en el tiempo que aparecen bajo distintos nombres: “world history”, “deep history” y “big history” [y otros que podríamos añadir]. Esta vuelta a la longue durée presenta desafíos y oportunidades para todos los historiadores, incluidos los profesionales de la historia intelectual.

En su forma más ambiciosa, la big history  – así llamada por sus practicantes, que han fundado una International Big History Association– se remonta al mismo Big Bang. Se trata de una historia universal, colindante con el universo mismo, basándose en los resultados de la cosmología, la astronomía, la geología y la biología evolutiva, así como más convencionalmente en disciplinas históricas como la arqueología y la sociología histórica. Por contraste, la historia “deeep” es relativamente parroquial, ya que solo se adentra en el pasado humano. Se autodefine  como “profunda” en gran parte porque viola la barrera entre “pre-historia” e historia en el sentido convencional de la historia registrada, la del pasado como algo recuperable a través de los diversos textos significativos que agentes conscientes construyeron y legaron a la posteridad.

La big, en cualquiera de sus formas, ha sido hostil a las cuestiones de significado e intención tan importantes para la historia intelectual. Esto no es simplemente por la razón banal de que los grandes historiadores suelen escudriñar un trozo superficial de la historia registrada al final de sus grandes barridos: la capa de pintura en la cúspide de la Torre Eiffel, en la metáfora maravillosa de Mark Twain. Tampoco es porque la acción humana pierda  importancia frente al tiempo cosmológico o incluso arqueológico. Se debe, por el momento al menos, al materialismo esencial de las dos cepas principales de la big history, lo que podríamos llamar la biologista y las tendencias economicistas.

La tendencia biologista es neurofisiológicamente reductiva: cuando todas las acciones humanas (agency), incluyendo el pensamiento y la cultura, se puede explicar por la química cerebral, las reflexiones se aproximan a los reflejos. En la cepa economicista, el intelecto se asimila a los intereses. Simplemente, en cada época “se obtiene la idea que se necesita”. Por ejemplo, si hablamos del budismo, del cristianismo o del islam en la era axial, a la postre es todo lo mismo: simplemente el producto de la capacidad de resolución de problemas de algunos chimpancés bastante inteligente pero necesitados. En este sentido, al menos cuando se trata de las cuestiones que más preocupan a los historiadores intelectuales, la historia profunda puede resultar un tanto superficial.

Los historiadores originales de la longue durée, los de los Annales, no eran mucho más favorables a las preocupaciones de la historia intelectual. En su ensayo clásico sobre la longue durée, Fernand Braudel expresó su admiración por obras maestras de historiadores culturales y literarios como Ernst Robert Curtius y Lucien Febvre, pero vio sus chefs-d’oeuvre como mythographies, estudios de continuidades inmóviles e incluso inmovibles . La historia intelectual tendría que incluirse en una historia de las mentalités, que era por definición colectiva -el tratamiento de los hábitos de un individuo “en común con otros hombres [sic] de su tiempo”- y diacrónica, por tanto, “más o menos inmóvil”.

Los ejemplos de Braudel de estos perdurables elementos de lo colectivo, de ese inmóvil outillage mental, incluía la idea de la cruzada, la práctica del espacio pictórico geométrico y un “concepto aristotélico del universo” que no fue destronado hasta la Revolución Científica. Según Braudel, todos estaban sujetos al mismo imperativo de “permanencia y supervivencia” que caracterizó la vida de los pastores trashumantes, atrapados por los ciclos rítmicos de sus rebaños, o de los emplazamientos urbanos, fijados por sus topografías y geografías. Para él, eran igualmente independientes de las rupturas y las inversiones que tienen lugar en el ámbito de la histoire évènementielle.

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Al mismo tiempo que los historiadores de la longue durée estaban rechazando la historia intelectual, los historiadores intelectuales se estaban inoculando contra la longue durée. En un clásico artículo de 1969, “Significado y comprensión en la historia de las ideas“, Quentin Skinner criticó varias de las más extendidas tendencias en la historia intelectual, entre ellos la historia de las ideas de Arthur Lovejoy y la enseñanza de la teoría política a través de grandes libros, por reificar las ideas en entidades, con relatos de sus vidas pero sin sustancia, por ignorar la acción (agency) y negar la intención y, lo más devastador, por la evocación de “una historia de pensamientos que en realidad nadie llegó a pensar nunca, con un nivel de coherencia que, de hecho, nadie alcanzó nunca”.

Esta errónea metodología fue acusada de dar ayuda y consuelo a aquellos -en particular los teóricos políticos- que abstraían los argumentos de sus contextos para recuperar una sabiduría atemporal: atemporal porque se desligaba de los momentos concretos de despliegue estratégico, y atemporal en el sentido de que perduraba a través de grandes franjas temporales, a menudo desde la antigüedad (occidental) hasta el presente. Skinner concluyó que “esas historias a veces puede salir mal, pero nunca pueden salir bien”. Su propuesta de solución frente a este errado programafue una contextualización  retórica y temporal más esrecha, concibiendo las ideas como argumentos y los argumentos como algo que se mueve dentro de los juegos de lenguaje.

La historia intelectual se centraría a partir de ahora en lo sincrónico y en el corto plazo, no en lo diacrónico y el largo plazo. Su énfasis en los actores individuales también lo alejaba de los procedimientos de agregación y anonimato de una histoire des mentalités serial.   La separación entre la historia intelectual y la longue durée parecía, por tanto, completa e irreversible a la vez.

Debido a esta repulsión mutua, la historia intelectual a largo plazo se mantuvo hasta hace poco como un oxímoron, casi un imposible, algo que encierra un profundo error moral. Pero la primera ley de la dinámica académica es que por cada acción hay una reacción: lo que sale por la puerta tiene una extraña manera de entrar por la ventana. En los últimos años, la historia intelectual de cada vez más longue durées  ha comenzado a reaparecer. Se trata de obras con registros muy diferentes, desde Sources of the Self (1989) de Charles Taylor, que despliega ligeramente una historia al servicio de un relato, pasando por Songs of Experience (2005) de Martin Jay, The Idea of the Self (2005) de Jerrold Seigel, Happiness: A history (2006) de Darrin McMahon  y Objectivity (2007) de Lorena Daston y Peter Galison, hasta un grupo de obras más recientes, algunas de inminente aparición: por ejemplo, Common Sense: A political history (2011) de Sophia Rosenfeld, Tragic Irony: Democracy in European and American thought de James Kloppenberg, Democracy: Representing equality in history de Richard Bourke y Genius: A history de McMahon, así como mi propio trabajo en curso sobre las concepciones de la guerra civil.

Lo que enlaza estas obras es su ambición de construir historias diacrónica centradas en “grandes ideas”, es decir, en conceptos centrales de  nuestros vocabularios político, ético y científico que tienen pasados profundos. La tendencia marcada por todos estos libros ha sido etiquetado por Darrin McMahon como “El retorno de la historia de las ideas?”, con un importante signo de interrogación. Esta es posiblemente una “vuelta” porque es lo más parecido a la vieja “historia de las ideas” asociada a Lovejoy y sus acólitos: diacrónica, temporalmente ambicioso, interdisciplinar y centrada en los conceptos principales de la mayormente historia euroamericana.

Dicho de esta manera, los paralelismos podrían ser lógicos, pero un examen más detenido revela claras diferencias. Ya nadie utilizaría las metáforas chirriantes de Lovejoy de “unidad-ideas” como elementos químicos, ni asumiría que la biografía de una idea puede ser escrita como si tuviera una continuidad e identidad casi biológicas a través del tiempo, junto con un ciclo de vida más largo que el de cualquier ser humano mortal. Puede haber un parecido de familia entre la historia original de las ideas y su homónimo revenant, pero el parentesco es artificial, sobre todo porque esta nueva historia de las ideas ha surgido en respuesta a las críticas profundas de los métodos de Lovejoy que crecieron después de su muerte en 1962. De hecho, esto puede no ser tanto un regreso como algo muy distinto, la reinvención de una historia intelectual de largo alcance: un método que es robusto, que puede atraer a un público amplio, académico y no académico, y que puede hacer que la historia intelectual retorne de nuevo al diálogo con otras formas de “big history“. Fuera de esta reinvención, creo, podemos efectuar un acercamiento muy retrasado ​​entre la historia intelectual y la longue durée.

Para justificar este acercamiento, hay tres medios que espero que instancien e iluminen esta nueva generación de historia intelectual de largo alcance. El primero es que pensemos en ella como una historia “transtemporal”, en una la analogía con la historia transnacional. El segundo es que debe proceder por un método de “contextualismo serial” mediante la implementación de los procedimientos característicos de la historia intelectual angloamericana, pero haciéndolo diacrónica y sincrónicamente. Yel tercero es una propuesta para concebir el resultado de este contextualismo serial transtemporal como una “historia en las ideas”, para distinguirla de la sospechosa y desacreditada   “historia de las ideas” asociada a Lovejoy y a sus acólitos.

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Pero los ejemplos puede que no sean sino ejemplares; los síntomas no pueden aproximarnos a los sistemas. Sin embargo, el procedimiento de combinar una contextualización estrecha, sincrónica, con los barridos diacrónicos mucho más amplios de la longue durée puede que pronto parezcan anticuados, retardataire más que gallardamente avant-garde. Incluso para los humanistas analógicos más tradicionales, la promesa de las humanidades digitales para transformar el trabajo de los historiadores intelectuales es inmensa. La creciente disponibilidad de un corpus mucho mayor de textos y las herramientas para su análisis permite a los historiadores establecer las convenciones que enmarcan la innovación intelectual y mostrar, por tanto,  donde tuvo lugar la acción (agency) individual dentro de las estructuras colectivas. Y con una flexibilidad cada vez mayor para la búsqueda y recuperación de la información contextual, ahora podríamos descubrir de forma más precisa y convincente momentos de ruptura, así como tramos de continuidad. En resumen, ahora tenemos tanto los medios tecnológicos como las herramientas metodológicas para superar la mayoría, si no todas, de las objeciones tradicionales a la unión de la historia intelectual con la longue durée. Podemos por fin volver a estudiar las grandes ideas a lo grande.