Ante la Primera Guerra Mundial

Hay libros oportunos, y The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914  (Allen Lane) es uno de ellos. Su autor, Christopher Clark,  se ha adelantado a la que se nos avecina, la conmemoración de la guerra del 14, la IGM. Por eso, no duden ustedes en que pronto lo verán traducido y ocupando espacio en la mesa de novedades de su librería habitual. Mientras tanto, nos quedamos con la reseña de A. W. Purdue  en THE:

Con la mirada puesta en el centenario del estallido de la Gran Guerra, la atención se centra en cómo llegó a su fin la “La torre del orgullo” de la civilización europea de principios del siglo XX. Eso plantea grandes preguntas: ¿era la Europa  de principios del siglo XX una sociedad esencialmente estable o estaba desgarrada por la disensión y el  descontento; fue la guerra un accidente, con las armas, ya prestas, yendo por su lado mientras políticos y monarcas cedán el control a los generales, quienes a su vez vieron que sus acciones estaban dictadas por los planes de guerra y las previsiones de movilización; había una o más naciones particularmente culpables a la hora de querer una guerra que iba a resultar tan destructiva; había un apetito por la guerra entre las poblaciones de los estados europeos o ese supuesto entusiasmo por la guerra es un mito;  o , como sugiere el título del libro de Christopher Clark , las grandes potencias de Europa iban sonámbulas hacia una catástrofe? La crisis de 1914 es un tema complejo y es una virtud de este amplio estudio que no intente dar una respuesta simple.

El enfoque tradicional de los orígenes de la guerra ha sido el de distinguir entre las razones a largo plazo o estructurales del conflicto, sobre todo las ambiciones y temores de las grandes potencias y los peligros de oponerse a las alianzas, y las causas inmediatas o contingentes, los acontecimientos de junio-agosto de 1914. Así, la tensión entre Austria-Hungría y Serbia y la crisis provocada por el asesinato del archiduque Francisco Fernando pueden verse simplemente como la chispa que encendió un pequeño polvorín balcánico, que a su vez provocó una gran guerra. Clark cambia el equilibrio entre el marco estructural de la disensión de las grandes potencias  y las disputas sobre la falla geológica de Europa, los Balcanes, colocando a lo segundo en el centro de la escena. Mantiene el escenario según el cual las relaciones internacionales y la rivalidad de las grandes potencias conformaron el contexto -permitiendo que la reacción austro-húngara al asesinato suponga una reacción en cadena que lleva a un conflicto catastrófico-, pero integra el contexto y la crisis particular demostrando lo importantes y lo sensibles que eran los Balcanes en la política europea.

La Europa anterior a 1914 era, argumenta Clark , cada vez más inestable. Describe el cambio desde finales de la década de 1880, cuando se produjo un sistema “multi-polar” en el que los intereses de las grandes potencias y las rivalidades se encontraban en equilibrio precario, pero con un cierto grado de fluidez, a lo que se convirtió, en 1907, en un una Europa bipolar dividida entre dos alianzas. Su argumento sigue el consenso de los historiadores diplomáticos que ven la decisión de Alemania en 1890 de no renovar el Tratado de Reaseguro con Rusia como un paso crucial en este proceso, ya que allanó el camino para la alianza franco-rusa de 1894. En 1914, la Alianza franco-rusa, a la que Gran Bretaña se había comprometido sin excesivo rigor, se enfrentaba a la alianza de Alemania y Austria-Hungría a la que Italia, un socio poco fiable, se agregó débilmente. Las dos opuestas alianzas no estaban predestinadas a ir a la guerra una contra otra, a pesar de los acuerdos militares que las vinculaban añadían una dimensión febril, y las crisis anteriores a la del verano de 1914 se habían resuelto. Lo que dio a Sarajevo las implicaciones sísmicas que condujeron a un conflicto europeo fue la forma en que, observa Clark , “la red flexible de las alianzas continentales se  entrelazó  con los conflictos que se desarrollaronn en la península de los Balcanes”.

La cuestión de Oriente -el largo y dilatado dec live del Imperio Otomano y su incapacidad para mantener el control sobre sus territorios balcánicos – había creado, desde comienzos del siglo XIX,  un vacío de poder que proporcionó oportunidades a la Rusia zarista y peligros al imperio austríaco, mientras que los emergentes Estados de los Balcanes quedaron divididos, expansionistas e inestables. El final de la proaustriaca dinastía Obrenovic en Serbia, con el brutal asesinato en junio de 1903 del rey Alexandar y su consorte, la reina Draga, cambió el equilibrio de poder en los Balcanes. Serbia, como describe Clark, era un Estado fallido: esencialmente una economía campesina sin aristocracia ni clase media, que carecía de estructura social o económica para apoyar a las instituciones gubernamentales y parlamentarias. Aunque el rey Alexandar había sido incompetente, dictatorial eindeseable, los regímenes que le sucedieron carecían de dirección positiva o responsable, mientras el nuevo monarca, el rey Petar, el ejército, las milicias, las sociedades secretas y los líderes políticos luchaban por el control en un ambiente en el que nadie se atrevíaa cuestionar las pretesiones del extravagante nacionalismo proserbio. Los serbios miraban a Rusia como apoyo en su objetivo de una gran Serbia, objetivo que podría llevarse a cabo a expensas de Austria-Hungría. El camino a Sarajevo estaba abierto y las dos guerras de los Balcanes y la incorporación formal de Bosnia-Herzegovina a Austria-Hungría le proporcionó sus hitos.

¿Qué potencia, estadista o general tuvo la culpa al permitir o desear un asesinato a los Balcanes que condujera  a la guerra europea? Clark evita el juego de la culpa y, y disparando contra el Europe’s Last Summer (2004)  de David Fromkin, se niega a hacer de Agatha Christie y descubrir una “pistola humeante”. También afronta la acusación de Paul Kennedy, en The Rise of Anglo-German Antagonism 1860-1914 (1980), de que “esquivar la búsqueda de un culpable, culpando todos o a ninguno de los estados beligerantes” es una posición “flácida”. El consenso desde 1960 ha sido ver a Alemania como el culpable. Aunque Clark acepta el predominio de una versión diluida de la tesis según la cual  el Imperio alemán eligió deliberadamente la guerra como  medio de escapar del aislamiento e intentar el poder mundial, comenta que “los alemanes no fueron los únicos imperialistas y no fueron los únicos en sucumbir a la paranoia”. Su énfasis en los Balcanes y simpatía por los aprietos de Austria-Hungría trasladan  el debate hacia las políticas y acciones de Rusia, que Sean McMeekin ha puesto de relieve en The Russian Origins of the First World War (2011), pero para Clark no hay culpables. La búsqueda de la culpa, según él, lleva a suponer que hubo unos culpables decisores que tenían intenciones coherentes, cuando, en realidad, el problema era la falta de hombres que tuvieran poder o  capacidad para tomar decisiones.

Lejos de pensar en estadistas y generales de un país yendo deliberadamente hacia un gran conflicto, Europa iba sonámbula hacia ella. En los estados que fueron a la guerra, no había nadie al frente. La política y la toma de decisiones quedaron fracturadas a medida que las “voces confrontadas” luchaban y conspiraban en apoyo de las diferentes políticas. Los militares competían con los poderes civiles, que estaban a su vez divididos, si bien existían facciones dentro de las cancillerías y los embajadores a menudo seguían sus propios guiones. Las democracias no tenía una dirección que fuera más coherente que las de los estados autocráticos, con los gobiernos de Francia notoriamente inestables. Mientras tanto, si bien Gran Bretaña fue guiada hacia su decisión de ir en ayuda de Francia y Rusia, la orientación no era tanto una decidida política gubernamental, sino que provenía de Sir Edward Grey y de un grupo de funcionarios del Foreign Office, y el asunto del entendimiento militar anglo-francesa se mantuvo en secreto para la mayoría de los miembros del gabinete. Los historiadores a menudo han asumido un propósito y una dirección que no existían.

Esta es una brillante contribución al estudio de un tema que, dice el autor, es relevante para el mundo moderno y sus tensiones. Clark se concentra en cómo, más que en el porqué, ocurrió la guerra y su conclusión de que los protagonistas de 1914 fueron “sonámbulos, vigilantes pero invidentes, atormentados por sueños, todavía ciegos a la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”, algo más preocupante que ese otro escenario en el que unos hombres planificaron deliberadamente la guerra.

© 2011 TSL Education Ltd.

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