El futuro de los libros (de historia) en la era digital

“How Long Will People Read History Books?”, es el título de una de las columnas presidenciales de William Cronon en Perspectives, la revista en línea de la AHA. Aunque el eco de Nicholas Carr (y de otros) sea evidente, conviene recordar de nuevo la posición predominante dentro de la academia frente al reto digital.  A caballo entre el inmovilismo y la experimentación, se asienta esta posición intermedia en la que (dada la brevedad) predomina la queja:

Al reflexionar sobre el futuro de la historia en esta era digital, hay pocas cosas que me preocupen más que el destino de los libros -y, con ellos, el tipo de lectura que los libros permiten y requieren.

Por difícil que sea de creer, en la moderna academia la historia es una de las pocas disciplinas basadas en los libros. Las ciencias naturales hace mucho tiempo que se comprometieron con las revistas como su principal forma de comunicación. Las ciencias sociales han hecho lo mismo, e incluso las humanidades confían cada vez más en los artículos de revistas para transmitir sus ideas más importantes.

No es que los colegas de otras disciplinas no publiquen libros de vez en cuando, y sin duda no es que los historiadores no publiquen artículos de revistas. Pero los libros no cuentan tanto en las disciplinas donde la propia productividad está ahora medida por el número de artículos que un autor principal publica cada año con altos índices de citas en revistas de alto factor de impacto. (Si algunas frases de la oración anterior le parecen abstrusas, necesita ponerse al día para apreciar cuán profundamente se ha transformado la investigación académica  desde que Eugene Garfield publicara su artículo pionero sobre “Citation Indexes for Science” en 1955 . Hay un muy importante trabajo en historia -un libro, espero- esperando ser escrito sobre las consecuencias intencionales y no intencionales que Garfield puso en marcha a mediados del siglo pasado).

En cierta ocasión escuché con horror considerable como un distinguido colega de alto nivel en una disciplina vecina impartía un taller para estudiantes de posgrado en el que les instaba a planificar su investigación de tesis a fin de generar lo que él llamó “unidades menos publicables” (least publishable units: LPUs) con el fin de maximizar el número de artículos que estas generaban. Luego explicó cómo deberían implementarse estas LPUs en revistas específicas cuya importancia aumentaría el impacto de los índices de citas, que se podrían manipular de otras maneras. Cuando la promoción y la obtención de una plaza dependen de las LPUs, de las citas y de los factores de impacto (por no hablar de la propia capacidad para obtener financiación y becas), como ahora se puede hacer en las disciplinas basadas en revistas, los jóvenes académicos y científicos no promocionan sus carreras con la publicación de libros y, en consecuencia, sus mentores les disuaden de perder el tiempo con este tipo de publicaciones.

En la historia, por otro lado, los artículos de revistas todavía sirven principalmente como peldaños en el camino de las monografías tipo libro, que coronan proyectos de investigación que requieren muchos años para ser completados. En nuestra disciplina, a menudo los mentores advierten a los jóvenes investigadores de que no publiquen demasiados artículos no sea que arruinen el meollo del libro que está por venir. En muchos centros, un libro publicado aún es la condición sine qua non para la promoción y la obtención de una plaza, y los artículos no son más que la guinda en esa indispensable tarta. Como resultado de ello, los historiadores les parecen bastante extrañas bestias a sus colegas en la mayor parte de la academia, donde tienen serias dudas sobre si los libros son algo digno de publicarse.

El antiguo compromiso de la historia con los libros es en parte un riesgo, porque las normas culturales de la academia han ido apartándose de las monografías desde hace décadas. Cuando los decanos y los comités contratan y evaluan al profesorado,  los historiadores han de ofrecer ahora todo tipo de explicaciones sobre sus expectativas de publicación, ya que son ajenas a la mayoría de nuestros colegas. Las muchas formas en las que se retroalimenta agravan el problema al traducir esas normas culturales a presiones políticas económicas. Los mismos decanos que ya no comprendena disciplinas librescas como la historia también tienen problemas para entender por qué sus instituciones deben seguir apoyando a las editoriales universitarias o a los libros que publican. Ahora todo el mundo sabe que las astronómicas tasas de suscripción, que exigen miles de dólares por el acceso a una sola revista científica, están ejerciendo una enorme presión sobre los presupuestos de las bibliotecas, obligando a las instituciones a reducir sus compras de otras publicaciones (como los libros). Pero no siempre reconocemos que las condiciones monopolísticas que permiten a las revistas cobrar tasas tan altas son expresiones del poder que ahora ejercen sobre el conjunto del proceso  investigador. Las reformas destinadas a poner fin a la influencia de los editores de revistas comerciales, exigiendo la publicación gratuita en línea de artículos de código abierto, no hacen nada para frenar el movimiento que nos aleja de los libros, los cuales requieren que haya ventas si queremos que sobreviva  las infraestructuras editorial y de marketing necesarias para crearlos. Con menos bibliotecas comprando menos libros y menos editoriales universitarias publicándolos, el reto de publicar hace que para la historia cada vez sea más difícil sostener su compromiso con esta forma de comunicación.

Por desafiantes que puedan ser estos cambios académicos, es la revolución digital más allá de los muros de la academia lo que representa, con mucho, la mayor amenaza para los libros y su lectura -así como su salvación más probable. Como señalé en la primera de estas columnas, Internet representa una transformación en el conocimiento humano no menos radical que la invención de los tipos móviles de Gutenberg. Así como la imprenta hizo obsoletos los manuscritos en la Europa medieval, también así hemos visto cómo los “viejos medios” daban paso a los “nuevos medios” con asombrosa rapidez.Las primeras afectadas fueron las enciclopedias, con la Britannica perdiendo terreno frente a Encarta, y ambas perdiéndolo luego frente a la Wikipedia, mucho más rápidamente de lo que nadie hubiera creído posible. La industria discográfica no se ha recuperado totalmente de la invención del MP3 y el intercambio de archivos en línea. Los periódicos están sufriendo la competencia de las empresas de noticias en línea y luchando por sobrevivir a la pérdida de ingresos publicitarios en manos de Craigslist y eBay. (¿Alguien se da cuenta de la importancia de los humildes anuncios para sostener el periodismo local en los Estados Unidos?)

El resultado neto de estos múltiples cambios es que el estadounidense medio, incluyendo el historiador medio, está gastando cada vez una mayor cantidad de tiempo absorbiendo información de las pantallas en lugar de las páginas. No estoy seguro de en qué porcentaje ha disminuido la lectura -estamos dedicando muchas horas a leer palabras en las pantallas, hasta el punto de que incluso el uso la televisión  parece estar disminuyendo-, pero la naturaleza de lo que leemos ha cambiado radicalmente. Imágenes, sonidos y videos están cada vez más estrechamente integrados con textos en un grado inconcebible antes de la aparición de las herramientas digitales. El lenguaje HTML y la Web han creado vínculos entre unos casi infinitos textos que ya no son atrapados dentro de los límites estáticos de la página impresa. Ahora se da por supuesto que podemos saltar de un texto a otro según nuestra curiosidad, con muchos clics por minuto que nos llevan de aquí para allá en busca de nuestros siempre cambiantes intereses.

El movimiento sin fricción ni interconexión que permite la Web han hecho de la lectura una experiencia mucho menos lineal de lo que una vez fue, tal como previeron los inventores del hipertexto. Los lectores llegan a una página web a través de millones de posibles corredores asignados por los algoritmos del motor de búsqueda. Exploran rápidamente su contenido, para responder a preguntas, buscar productos o encontrar enlaces de interés y, luego, corren a la siguiente parada en sus divagaciones textuales. El tiempo que pasan en cualquier página en particular se mide en segundos no en minutos, lo que supone primar no el contenido sino lo que es deslumbrante, eficiente y, sobre todo, conciso. La tendencia en Internet ha sido en general hacia unidades de discurso cada vez más pequeñas. Los blogs más eficaces ocupan normalmente de uno a tres párrafos, y Twitter -con sus 140 caracteres, sus “tweets”- es actualmente el símbolo extremo de este movimiento hacia la brevedad.

El reto para los libros, pues, no es sólo que la mayoría estén todavía impresos en papel cuando el mundo se mueve muy rápida e irresistiblemente hacia píxeles en pantallas. Imperfectos como todavía son, los lectores de libros electrónicos (sobre los que voy a tener mucho más que decir en mi próxima columna) aún pueden permitir que los libros sobrevivian en la era digital. Un problema mucho máyor es que las largas exposiciones y narraciones de las que siempre ha dependido la mejor escritura histórica siempre requieren muchas páginas -muchas pantallas- para ser absorbidas, comprendidas y apreciadas. Más importante aún, necesitan mentes bien surtidas de la paciencia y la disciplina necesarias para prestar atención durante muchas horas a complicadas redes de actores y acciones, causas y efectos, acontecimientos y contextos, ideas y significados, sin lo cual no se puede esperar dar sentido a lo que sucedió en el pasado o a por qué importaba. La buena historia necesita tiempo y espacio para ser captada en toda su riqueza. Si los artículos de revistas no son lo suficientemente largos para hacer el trabajo, entonces ¿qué vamos a hacer si los blogs y los mensajes de texto y tweets son los medios que nuestro público prefiere leer?

Por favor, no me malinterpreten. Abrazo y celebro la era digital. Creo que los historiadores deberían utilizar los blogs y los tweets, las entradas de Wikipedia y los videos de YouTube, las páginas web y los mensajes de Facebook, y cualesquiera otras herramientas de los nuevos medios para compartir nuestro conocimiento con el resto del mundo. Pero también celebro los argumentos complicados que necesitan espacio para desarrollarse y paciencia para entenderlos. Y me encantan las historias largas que sólo se despliegan a través de cientos de páginas o pantallas. Lo que más me asusta de esta nueva era es su impaciencia y su distracción. Si la historia tal como la conocemos  sobrevive, son estas las que más necesitamos para resistir al tiempo que practicamos y defendemos la larga, lenta y reflexiva lectura.

-William Cronon (Universidad de Wisconsin-Madison) es el presidente de la AHA.

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