La historia, profecía sobre el pasado

Hablábamos hace unas entradas sobre Herodoto y su buena fortuna actual, en detrimento quizá de su sempiterna pareja, Tucídides. Para remediar esa querencia, recuperamos un texto del clasicista italiano Luciano Canfora sobre este último. Apareció publicado en Il Corriere della Sera  y es una breve síntesis de su intervención en el reciente festival “èStoria” de Gorizia:

En un hermoso capítulo de su Historia Universal, Leopold von Ranke escribió que “Tucídides no fue insensible a las nuevas teorías científicas sobre la naturaleza”. En realidad, es mucho más que un modesto interés: se trata de la influencia del método diagnóstico y pronóstico de la medicina hipocrática. El lugar clásico que pone de manifiesto la asunción por parte de Tucídides de este método y su extensión al saber histórico-político es el preámbulo con el que presenta la descripción de la llamada peste de Atenas. En aquel fragmento, el historiador declara que quiere describir los síntomas de la enfermedad que padecía, y que superó, “para que se pueda reconocer si eventualmente se vuelve a producir”. El conocimiento, por tanto, de un fenómeno que podría ocurrir (es decir, “futuro”) se basa, según Tucídides, en un estudio cuidadoso de los síntomas. Del mismo modo, cuando en el prólogo explica por qué decidió dedicar un relato casi analítico a la Guerra del Peloponeso, que él considera como la más importante de toda la historia pasada, introduce como justificación un argumento similar: que en tanto la naturaleza humana es esencialmente inmutable o tal vez modificable en un tiempo muy largo, es altamente probable que se repitan acontecimientos “iguales o similares”;  de donde se deduce la necesitad de conocer analíticamente la experiencia ya consumada. Los pronósticos del médico y del político se fundan ambos en el mismo presupuesto empírico-sintomatológico

Tucídides también extiende este método al conocimiento del pasado remoto: en este contexto, donde la ausencia de documentación es enorme, serán los síntomas (“signos”) los que sugerirán una posible reconstrucción de un pasado perdido, y sobre todo harán posible evaluar la grandeza en comparación con la grandeza de la mucho más verificable historia in fieri. Así pues, podríamos hablar de profecía sobre el pasado y profecía sobre el futuro: el método es el mismo, es el método de la medicina hipocrática.

A la luz de esta concepción, es evidente que otras formas de “predicción” de base arcaicamente oracular son consideradas por Tucídides con distanciamiento, con ironía, cuando no con desprecio. Es célebre la consideración irónica que reserva al oráculo que fue desempolvado en Atenas precisamente con motivo de expandirse la infección. Recordaron en aquella ocasión -dice Tucídides- que en tiempos había circulado una profecía según la cual “junto con la guerra vendría el contagio pestilente” (que efectivamente se produce en el 430-429 aC, es decir,  tan sólo un año después del inicio la guerra con Esparta). El hecho es que, anota Tucídides, la palabra que indica el concomitante flagelo con la guerra no era inicialmente  “pestilencia” (loimòs), sino “carestía” (limòs). Sin embargo -concluye Tucídides- retocaron el texto de la profecía sobre la base de lo que realmente ocurrió, de modo que resultó, por así decirlo, verídica (II, 54). Esta anotación, que podríamos calificar de volteriana, demuestra de forma inequívoca la distancia de Tucídides del mundo mágico-profético-oracula. Es fácil reconocer en tal libertad de pensamiento, en tal visión racional de los hechos históricos y naturales, la influencia decisiva del fundamental movimiento intelectual que llamamos sumariamente “sofística” y que un gran historiador del pensamiento griego, Theodor Gomperz, definió como “iluminismo” .

En torno a una guerra de tan total y, finalmente, tan desastrosa como la guerra del Peloponeso era inevitable que se “incrustaran” profecías, más o menos construidas a la manera de aquella de la que Tucídides se burla. En la comedia de Aristófanes titulada Paz (421 aC), la festiva recepción reservada al triunfo de la paz por parte de los protagonistas de esta obra se ve afectada por la interferencia de un adivino llamado Hierocles que se afana en proclamar que todavía no era la hora, que “aún no es grato a los dioses que se detenga el grito de guerra” (vv. 1073-1075). De hecho, incluso Plutarco en la Vida de Nicias, es decir, del político que más firmemente quiso la paz establecida en el año 421, una paz inicialmente tomada como resolutiva, recuerda que una gran cantidad  de fanáticos andaban gritando que la guerra era inevitable y que duraría tres veces nueve años, de modo que era prematuro que el conflicto terminara después de sólo diez años. Y Plutarco añade que los atenienses establecieron igualmente aquella “paz”  ridiculizando a los profetas de la desventura.

Por desgracia, la guerra se reanudó nuevamente unos años después y y tuvo un desarrollo asimétrico. Pero después de los hechos, cuando Atenas tuvo que capitular y renunciar a los muros y a las naves, alguien señaló la antigua profecía y, forzando un poco los números,  trató de probar que, efectivamente, la guerra había durado veintisiete años.

En sentido estricto, aun aceptando la audaz tesis de Tucídides, la que se trataba de una única guerra que duró mientras Atenas no capituló, las cuentas no salen: Tucídides mismo parece dudar sobre el inicio exacto del conflicto, fijado inicialmente en el momento del ataque por sorpresa de los espartanos contra Platea y, solo despues, establecido cuando la primera invasión del Ática. Y en cuanto a la conclusión, esta es razonable situarla o bien en el momento de la entrada de Lisandro en una Atenas ya postrada, o bien seis meses después, cuando se rindió la isla de Samos, fiel aliada de Atenas, como fue atribuida por toda la ciudadanía ateniense: que es como decir, simplificando, que en seis meses Atenas cayó dos veces.

En suma, en esta ocasión los propaladores de oráculos tuvieron que afanarse en hacer cuadrar las cuentas, mientras que los historiadores de formación “realpolítica” y dotados de una mentalidad ajena a lo sobrenatural, tuvieron durante un tiempo materia con la que sonreír, con estas cábalas numerológico-oraculares.