Ciudades rebeldes, revolución urbana

En momentos como este, momentos en los que cabe todo excepto la resignación, es más necesaria que nunca una buena munición intelectual. Entre los que la proporcionan abundantemente está David Harley, de quien la editorial Akal nos tiene bien provistos. Este geógrafo británico acaba de añadir un nuevo proyectil a su numeroso arsenal. Se trata de Rebel Cities: From the Right to the City to the Urban Revolution (Verso), un volumen recopilatorio de diversos artículos (aparecidos, por ejemplo, en New Left Review y Socialist Register) que Owen Hatherley reseñó para The Guardian hace ya algunas semanas:

Los ensayos de este volumen revisan ciertas sentencias de la vieja escuela marxista, aunque también ofrecen comentarios críticos a la joven y “horizontalista”  izquierda dominante en, por ejemplo, la ocupación de las plazas. Esta posición podría fácilmente parecer combativa o rencorosa,  y la prosa informativa, precisa y a veces graciosa de Harvey trata de evitar el enojo de sus camaradas opuestos. Este no es el caso cuando se está escribiendo acerca de un capitalismo contemporáneo  dominado ahora por “una excrecencia repugnante de voluntad humana por la codicia y el poder del dinero a secas”. Él es forense y feroz en su desmantelamiento de un reciente informe del Banco Mundial que cabalmente defendió la vivienda en propiedad como una vía para salir de la pobreza y entrar en la ciudadanía urbana, frente al caos de las sub-prime y la ejecución hipotecaria o, más precisamente, frente a los desalojos masivos de personas pobres de sus hogares porque habían sido engañados con hipotecas que no podían pagar. Le divierte la creencia de que esta práctica no sea más que una respuesta a una demanda popular no mediada: “la propiedad de la vivienda puede ser un valor cultural, profundamente arraigado en los Estados Unidos, pero los valores culturales florecen notablemente cuando son promovidos y subvencionados por las políticas de Estado”.

La reelaboración de Harvey de la teoría política marxista coloca a la ciudad como asunto primero y principal, en términos de su posición como generador de acumulación de capital, a diferencia de, digamos, la fábrica. Esto se justifica por un argumento económico en torno a la importancia que para el capitalismo tienen la tierra, la renta y la especulación más que la producción: de todos los ensayos recopilados, este es el más adecuado para los iniciados.

No es el caso de su frecuente recurso a la Comuna de París de 1871, un breve y masacrado experimento socialista  de auto-gobierno de la clase trabajadora. No es que lo use por un sentimiento profundo, sino por su relevancia. Los comuneros eran “un tipo muy diferente de proletariado a ese que gran parte de la izquierda normalmente le adjudica un papel de vanguardia”. Al igual que los trabajadores de hoy, se “caracterizaban por la inseguridad, por el empleo episódico, temporal y espacialmente difuso,  muy difícil de organizar sobre la base de un lugar de trabajo concreto”. Esto tenía sus propios peligros, por supuesto -la comuna, como él señala, fue un intento de “socialismo, comunismo o anarquismo en una ciudad”, por lo que podía ser cercado por el hambre y destruido. Sus notas sobre los movimientos contemporáneos, tales como las asambleas populares en Porto Alegre, tienen esto en cuenta. Así, ¿cómo conectar luchas metropolitanas diferentes?

Para Harvey, hay dos principales adversarios a la organización. Uno de ellos, el partido de vanguardia leninista, es un problema tan  distante que le lleva poco despacharlo. Sin embargo, vuelve una y otra vez a una crítica del “horizontalismo”, un “fetiche de la forma de organización” que con demasiada frecuencia se mantiene en aquello de lo pequeño-es-hermoso, una preocupación casi narcisista por el proceso y la interacción personal por encima de la acción a gran escala, algo donde “pueden trabajar grupos pequeños, pero (es) imposible a una escala de una región metropolitana, y mucho menos para los 7 millones de personas que ahora habitan el planeta Tierra”. Rehuir una organización que no sea cara a cara suele ir acompañado de “fuertes dosis de nostalgia por una supuesta economía moral de la acción común”. Para Harvey, la izquierda debe ser moderna y urbana o se quedará impotente.

El localismo a una escala municipal se analiza a través de algunas penetrantes observaciones sobre el rediseño neoprusiano de Berlín, una replanificación conservadora que, para Harvey, borra el potencial de la posición de la ciudad entre el este y el oeste, por no hablar de las posibles contribuciones de su población turca. Hay aquí una estimulante voluntad de llamar la atención sobre las políticas urbanas post-68;  los movimientos de conservación urbana de esa época son descritos como criados eventuales de gentrificación, de modo que  Michael Bloomberg puede hablar sin ironía de “edificar como Robert Moses, con Jane Jacobs en mente”, es decir, creando un paisaje de acumulación de capital y limpieza de clase que ya no es masivo y modernista, sino que procede a través del tradicionalismo urbano, de pequeña escala y discreto. La izquierda, para Harvey, no ha aprendido correctamente que “las políticas neoliberales favorecen de hecho tanto la descentralización administrativa como la maximalisación de la autonomía local”. Como respuesta, él se detiene en las propuestas del anarquista Murray Bookchin en pro de una asociación de municipios democráticos, un “confederalismo” que se asemeja a las comunas de París.

Pero, ¿cómo llegar a ese punto? Rebel Cities contiene notas breves sobre tres alternativas posibles. En su vívida descripción de China, establece una oposición entre Shenzhen, que avanza hacia un extremo liberalismo de libre mercado, y Chongqing, que le ha impuesto al capital privado pagar la vivienda social y los programas sociales. Pero esto reproduce una “elección polarizada entre Estado y mercado”, donde ambos siguen siendo no democráticos.

El libro concluye con textos muy breves y ligeramente más apresurados sobre los disturbios de ingleses y el de ocupación de Wall Street el año pasado. En los disturbios, encuentra que el uso ubicuo de la palabra “salvaje” “me recordó cuando los comuneros de París de 1871 fueron presentados como animales salvajes, como hienas, que merecían ser (y a menudo fueron) ejecutados sumariamente”;  pero es sorprendentemente reacio a atribuir mucha acción política a los manifestantes. Es mucho más optimista acerca de “Occupy Wall Street”, como un muy necesario clamor, directo y consciente, de reivindicación de un espacio público en contra de la “Fiesta de Wall Street”. No hay críticas aquí, lo que es bastante razonable; tal vez se trate de un edulcorante para los astringentes argumentos de otras partes de este libro.