Las revoluciones árabes

Jean-Pierre Filiu, polifacético estudioso francés y profesor en SciencesPo, publicó el pasado verano un volumen sobre las revoluciones árabes. El texto curiosamente apareció primero en inglés (Hurst) y a los pocos meses llegó la versión francesa: La Révolution arabe, dix leçons sur le soulèvement démocratique (Fayard). Su colega Alexandre El Bakir nos ofrece una reseña en nonfiction:

 

A raíz de los recientes acontecimientos vividos en los países árabes, muchos comentaristas más o menos fundamentados intercambiaron puntos de vista sobre la situación de estos países, no siempre captando sus rasgos esenciales ni lo realmente crucial. Este es uno de los principales méritos del libro La Révolution arabe, dix leçons sur le soulèvement démocratique, el de ofrecer con agudeza y perspectiva convincentes lecciones sobre el viento de contestación que barre el Magreb y el Mashreq.

El autor, Jean-Pierre Filiu, profesor en SciencesPo, Georgetown y Columbia, arabista e historiador de profesión, sitúa los actuales acontecimientos históricos en su contexto y echa por tierra muchos mitos acerca de unos países que comparten la aspiración,  tras el renacimiento que experimentaron en el siglo XIX, a un segundo “Nahda” a principios del siglo XXI.

Sin llevar a cabo una descripción exhaustiva de los argumentos presentados en el libro, se puede reunir la perspectiva del autor en cinco puntos fundamentales.

El mundo árabe no es una zona geográfica que sea una excepción y la falsilla religiosa no es suficiente para entender los problemas.

A raíz del análisis de las relaciones internacionales tras la Guerra Fría, el mundo árabe fue visto a menudo como la excepción, como si una alteridad radical condenara a estos países al punto muerto, al malestar y a la desesperación. El ejemplo paroxístico de esta realidad es la Liga Árabe, una organización dividida, desacreditada a ojos de algunos, incapaz en cualquier caso de aportar una voz coherente más allá de las rivalidades entre sus países miembros. Pero frente a los regímenes corruptos y violentos, como los de Ben Ali en Túnez o Mubarak en Egipto, este análisis globalizante se ha agrietado para mostrar que la gente, al igual que en otras partes del mundo, aspira  a regímenes diferentes y a una mejora de sus condiciones de vida.

A esta lectura se añadea otro, la esencialización de la relación de esos pueblos con su religión mayoritaria. Sin embargo, como el autor explica muy bien, el islam no siempre es el factor dominante que explica el comportamiento político de los musulmanes. El referente religioso sigue siendo capital, por supuesto, pero en los países donde las minorías cristianas siguen siendo importantes y donde se observan los inicios de una secularización de la sociedad, el Islam no puede ser el alfa y el omega del análisis, so pena de explicar con la religión unas actitudes que están más determinadas por la sociología y la economía que por la fe.

La juventud es la punta de lanza de las actuales turbulencias y las redes sociales son una herramienta útil pero no suficiente.

Frente al desprecio y a la humillación de los que sienten a menudo víctimas, los jóvenes, adolescentes, se organizan para luchar contra esa “hogra“, ese desprecio, ese sentimiento de sumisión que les invade. Con un desempleo juvenil en el mundo árabe que dobla el promedio internacional, se trata de una parte de estos pueblos que no encuentra su lugar en unas sociedades percibidas como paralizadas, cuyas estructuras sociales se perpetúan en su contra. La inmolación de Mohamed Bouazizi, que inició la revuelta en Túnez, es un emblema de esta cólera en marcha y de la denuncia de las plagas que gangrenan estas sociedades (las grandes desigualdades, la confiscación del poder por un clan de depredadores …). La toma de la palabra por paarte de los jóvenes se traduce en la movilización colectiva, sea a través de los medios de comunicación tradicionales, cuando es posible, y sobre todo a través de los nuevos medios de comunicación, esas redes sociales donde la palabra es más  libre y la movilización de la población más fácil.

De hecho, a pesar de la represión que a veces se aplica a la red, internet es una palanca clave en la acción de los jóvenes. Facebook ha jugado un papel central federando el descontento en grupos organizados y favoreciendo la estructuración de las redes de militantes, incluyendo a los que se encontraban en la plaza Tahrir cuando Mubarak dejó el poder. Permiten superar el control policial y alimentar un sentimiento compartido de pertenencia a un grupo movilizado. Sin embargo, la movilización “virtual”, aunque bien “real”, no sustituye a las formas más tradicionales de movilización, con un activismo militante que sigue estando dominado por las manifestaciones directas de descontento.

El culto al líder ya no existe, sin que la alternativa al autoritarismo o a la dictadura esté identificada claramente.

Uno de los más innovadores análisis del libro reside en la convicción de una ruptura en estas revueltas, a saber, el carácter acéfalo de las movilizaciones, sin reunirlos a todos trás un líder que guíe al grupo. Aunque emerjan líderes o receptáculos de la movilización (El Baradei, en Egipto, por ejemplo), es dentro de una dinámica colectiva, sobre todo sindical (la UGTT en Túnez), donde se expresan las reivindicaciones de derechos y respeto. Esta afirmación de autodisciplina ciudadana es una verdadera novedad según el autor y presagia una renovación de las palancas de movilización.

Más convencional es su denuncia de la cortina de humo, ofrecida a veces por Occidente y a menudo por los regímenes vilipendiados, de la falta de alternativa que no sea el integrismo, siendo percibidos como “mal menor”, como un dique contra los islamistas. De ese modo, estos se han visto considerablemente reforzados, en el plano político, por la falta de pluralismo y, en el plano socioeconómico, por la incapacidad de los gobiernos para satisfacer las demandas de bienestar de su población. No se trata de “Yo o el caos”, sino “porque yo, el caos” y, por tanto, “contra mí, el caos”, para organizar una alternativa respetuosa de la voluntad popular.

El islamismo es una clave de comprensión, pero sus trayectorias diferentes cuestionan el anclaje duradero del islam político.

Por supuesto, no podemos interesarnos por las revoluciones árabes sin abordar la cuestión del islamismo. Sus partidarios están contra la pared: reprimidos por los regímenes en el poder, temidos por Occidente, legitimados para participar en el juego democrático aunque con la sospecha de que quieren modificar las reglas en su favor, la trayectoria islámica está llena de ambigüedades. Por otra parte, más allá de las similitudes entre los movimientos de referente islamista, los Hermanos Musulmanes de Egipto y el movimiento Ennahda de Túnez son evidentemente islamistas, pero sobre todo son egipcios y tunecinos. Las luchas entre islamistas moderados y salafistas -como el ejemplo del AKP turco que, según los casos, se percibe como impostura o como mal menor- estructuran una percepción occidental del islam que no debe uniformizar su comprensión y su lugar en el nuevo acuerdo en construcción. Frente a ejércitos siempre poderosos y el deseo de parte de la población de separar la esfera religiosa y  la política, los islamistas se encuentran presos entre sus componentes más extremistas, que quieren llevar las cosas a sus últimas consecuencias, y los que son más favorables al compromiso,  que sienten que su anclaje sostenible pasan por su banalización y su peso creciente en la sociedad civil. Al Qaeda está en última instancia lejos de estos planteamientos, sin duda políticamente reaccionarios y fundamentalistas en términos religiosos, pero que no reclaman el terrorismo y parecen desear integrarse en el juego democrático, mientras ejercen sobre la población una presión moral y social.

La reivindicación palestina sigue siendo el cemento de un sentimiento de comunidad.

En última instancia, más allá de las diferencias entre países, es una realidad que une a todas estos pueblos. Como señala el autor: “Tomemos un árabe de 30 años. Ya sea médico en Túnez, campesino en el valle del Nilo, ingeniero en Casablanca, vaya de compras en Dubai, posgraduado sin empleo en Argel, contratista de Beirut, empleado en Bengasi o consultor en Jeddah; que tenga fe, que la haya perdido, que la haya reencontrado o que jamás la haya tenido; una cosa está clara: Palestina está en el centro de un flujo constante de información y compromisos”. Gracias o a causa del papel de Al Jazeera y del mantenimiento de la colonización de los territorios ocupados por Israel después de 1967, el reclamo palestino sigue siendo una referencia común para todos los países de la ribera sur del Mediterráneo. A pesar de las divisiones entre Hamas y Fatah y de la fuerza del gobierno de derecha nacionalista de Benjamin Netanyahu, y a pesar del fracaso de los Estados por imponer una solución que todo el mundo conoce pero que nadie exige realmente, la población árabe es el zócalo de una comunidad de indignación y movilización, en tanto la solución de los dos Estados en Próximo Oriente no se concrete  de acuerdo con el derecho internacional y las demandas legítimas de convivencia pacífica de los Estados de Israel y Palestina.

Un futuro en forma de interrogación, pero un continuum de aspiraciones.

Mientras Bashar al-Assad reprime en sangre las aspiraciones democráticas en Siria, este libro ofrece claves útiles para la comprensión de ese  “complicado Oriente”. Se puede saludar el impulso democrático que se inició en el mundo árabe, sin ser incauto ni ingenuo ante las ambivalencias de estos cambios y el riesgo siempre real de retroceso. El volumen consigue de manera desapasionada dar cuenta de las últimas sacudidas políticas, aún recientes, insistiendo justamente en la heterogeneidad de las situaciones nacionales y de las trayectorias históricas. La reforma constitucional en Marruecos, el inmovilismo en Argelia, los temores sobre el olvido de las demandas de la población en Túnez, Libia y Egipto, la inestabilidad en Líbano y Bahrein, los resultados ambiguos de Arabia Saudita y Qatar, o incluso el papel fundamental que desempeñan dos países no árabes, Turquía e Irán, constituyen desafíos a los puntos de vista globales que ignoran el significado de las tendencias latentes en cada uno de los Estados en el mundo árabe.

Desde Marruecos a Yemen, pasando por Argelia, Jordania y Arabia Saudita, aunque los sistemas políticos sean de naturaleza muy diferente y las aspiraciones socioeconómicas estén marcadas por las especificidades de cada contexto nacional, el deseo de  democratización, sin ser irresistible, sitúa a todos los gobiernos ante la obligación de tener en cuenta las reivindicaciones formuladas por sus pueblos, de lo contrario a medio o largo plazo su permanencia en el poder será  algo más que hipotético.