Herodoto, inventor de la historiografía

Peter Green, un destacado historiador norteamericano dedicado al mundo antiguo, reseña en TNR la obra de su colega Jennifer T. Roberts, aparecida hace ya algunos meses: Herodotus: A Very Short Introduction (OUP, 2011). Este es su comentario:

Hay una antigua anécdota, probablemente apócrifa, según la cual el adolescente Tucídides rompió a llorar al escuchar una alocución de Herodoto. Siempre he sospechado que su reacción no se debió (como la anécdota claramente indica) a la admiración o al asombro, sino más bien a una precoz irritación intelectual. En todo caso, creció hasta alcanzar una concepción de la escritura de la historia que podría haber sido diseñada para denigrar los métodos de su famoso predecesor: racional, secular, limitada a los asuntos públicos de la diplomacia y la guerra (y por tanto a los mandamases y políticos de la clase alta de cuyo única competencia –pace Lisístrata- tales asuntos serían considerados), y haciendo caso omiso de todo lo relativo a la vida privada, la de las mujeres en particular. Hasta hace muy poco, este clubbish, esta ultramasculina visión de historiogafía sostuvo el campo prácticamente sin oposición.

Pero entonces sucedió algo. El movimiento feminista, entre otras cosas, se propagó entre algunos excelentes historiadores de la antigüedad, de los cuales Jenny Roberts es una de sus practicantes más distinguidas, y aplicaron una nueva y más crítica mirada sobre Tucídides. Los etnógrafos y los sociólogos comparativos, que siempre habían obtenido comparativamente pocas enseñanzas de Tucídides, de repente se dieron cuenta de que Herodoto, desde su punto de vista, parecía asombrosamente moderno. Descartado durante mucho tiempo por ser un narrador de entretenidos cuentos pero poco serio, un divulgador patriótico con un respeto supersticioso por los presagios y los oráculos, siempre propenso a ver la divinidad trabajando en la regulación de los asuntos humanos, y con una lamentable la parcialidad –cherchez la femme!– sobre el papel de la mujer en la sociedad, y no sólo en el dormitorio, Heródoto comenzó a ser reconsiderado, por fin, como un historiador serio, y de manera extraordinariamente contemporánea, no sólo de las guerras entre griegos y persas, sino también de toda una serie de antiguas culturas mediterráneas.

Este nuevo Herodoto ha estimulado una enorme cosecha de buena y emocionante investigación profesional, por parte de académicos -no es casual, sospecho, que una alta proporción sean mujeres, como Carolyn Dewald, Virginia Hunter, Rosaria Munson, Rosalind Thomas y la misma Jenny Roberts. Lo que ha faltado hasta ahora, en el mundo de habla inglesa, es una introducción clara y completa, y bien fundada, pensada para un lector común, del historiador recientemente redescubierto por esos esfuerzos combinados, el que brilla más bien con sus colores frescos que como una pintura del Quattrocento cuidadosamente limpiada. Es un placer poder decir que la corta pero afilada presentación de Roberts cubre esta necesidad con notable perspicacia y saber, amén de con el agudo ingenio irónico que caracteriza a la autora.  Escuchemos, por ejemplo, su ilustrativa parodia británica, cuando habla de la inclinación de Herodoto a reunir detalles al azar en sus imaginativas generalizaciones : “Siendo Inglaterra un país muy frío, los londinenses se alimentan de una vianda que ellos llaman curry, que comen todo el día. … Este alimento lo reciben de la India, y lo traen desde allí sobre las espaldas de los perros que se ven por toda Gran Bretaña. Esta, me parece, debe ser la razón del gran cariño que los británicos conceden a los perros”. La mezcla de  crítica sagaz y afecto genuino es tan rara como bienvenida.

Roberts divide su estudio en ocho apretados capítulos (precedidos de una provocadora introducción), en los que cada palabra cuenta: no es un libro para hojear cuando uno esté cansado. Comienza con las desalentadoras definiciones de la historia ofrecidas por Gibbon, Ambrose Bierce  y Jane Austen: “registro de los crímenes, delirios e infortunios de la humanidad” provocados “por gobernantes, bribones en su mayoría, y soldados, en su mayoría tontos”, un catálogo de peleas entre personas principales, contra un fondo de guerras y plagas, “todos hombres muy buenos para nada, y casi ninguna mujer”. Por supuesto, este es en esencia, aunque ella no lo diga,  el modelo de Tucídides, y el resto de su libro se propone demostrar cuánto más de la vida humana cubre Heródoto en su historia, una palabra griega cuyo significado esencial es simplemente “indagación” o “investigación”.

No inspirado por ninguna musa o deidad, ni por encargo de ningún rey, usando la observación personal, la tradición oral, los pocos textos e inscripciones disponibles y su ingenio congénito, Heródoto se propone, en prosa llana en lugar de en el verso tradicional, separar el mito de la realidad, comparar y contrastar las costumbres sociales y, en última instancia, responder, si pudiera, a la gran pregunta de su época: ¿cómo los griegos y los persas llegan a la guerra?, ¿qué representó la victoria griega, cuando los persas tenían una ventaja tan clara en hombres y dinero? En otras palabras, casi ex nihilo, inventó la historiografía.

Roberts le describe, con razón, como “de insaciable curiosidad”, una frase ya prácticamente inseparable del “hijo del elefante” en Just-So Stories de Rudyard Kipling. Ella comienza situándolo en su híbrido mundo – Halicarnaso, su ciudad natal, se emplaza en la encrucijada de Oriente y Occidente, entre los colonos griegos de la costa y las antiguas rutas de caravanas de Anatolia en Asia- y especulando, como han hecho otros, con la visión más amplia que tal trasfondo le daría frente a la ofrecida por la sociedad de la polis (Ciudad-estado) de la península griega. Además, los pensadores griegos contemporáneos que surgieron entre los colonos jónicos justo al norte de Halicarnaso eran un hervidero de creatividad: la especulación sobre los orígenes de la materia, atacando a las nociones simplistas de la religión  y, quizás lo más importante, el establecimiento de la tradición médica que se asocia con el nombre de Hipócrates, quien trabajó en la cercana isla de Cos

Parece claro que Herodoto tomó una buena dosis de metodología hipocrática y que la renovó para sus propios fines: como dice Roberts, “la observación del testigo presencial, la entrevista, la evaluación de las pruebas, el uso de la analogía  y un análisis acumulativo de los datos vinculan la obra de Herodoto al mundo de los médicos”. También tomó en préstamo sus teorías ambientales acerca de los efectos del clima y la geografía sobre las sociedades. Sin embargo, al mismo tiempo aprendió mucho de Homero y de otros poetas (la poesía formaba el núcleo básico de la educación griega): no sólo la forma de enmarcar el desarrollo de una guerra o las maravillas (thomata) del relato de un viajero, sino también la presentación en estilo indirecto, la mejor manera de dramatizar los acontecimientos y el ritmo de una narración. Su obsesión por los orígenes supuso un universal, aunque  poco fiable, orgullo por los ancestros y lo utilizó para desarrollar y perfeccionar los instrumentos de la crítica de fuentes.

Sensiblemente, Roberts dedica sólo un capítulo al conflicto real entre la ingente fuerza imperial expedicionaria de Jerjes y los Estados griegos: este relato fue hecho para fenecer en el pasado, aunque sigue siendo la sección más inmediatamente comprensible de las Historias  y es el que ha sufrido menos cambios en cuanto a interpretación (las Termópilas para Roberts sigue siendo una victoria moral, que compara – medio en broma, por lo que yo entiendo- a Byron en Grecia y a El Álamo). Esto deja espacio para dedicar un capítulo a cada uno de los aspectos en los que realmente ha habido cambios: la relatividad cultural de Heródoto como etnógrafo (sí, condena en alguna ocasión, pero no con tanta dureza como el gran antropólogo Malinowski); la frecuencia (375 referencias) de las mujeres en su narración, utilizadas por Heródoto “para ilustrar las tendencias peligrosas de los hombres, pero al mismo tiempo … como actores por derecho propio”;  la actitud ambivalente del historiador hacia lo divino, moviéndose entre el respeto tradicional y genuino por los dioses y el escéptico énfasis de los jónicos sobre la dimensión humana; el Herodoto narrador (más sutil y menos simple de lo que el viejo saber convencional había asumido); y el Herodoto, por último, historiador (más sólido en los hechos de lo que mantendría The Liar School of Herodotos de Pritchett : “Al final, la cantidad de información precisa en Las Historias es sorprendente, al menos a la luz de los muchos obstáculos que se interponían en su camino”).

Construido sobre un enorme pero discreto basamento de buena erudición, con una investigación actualizada, unos juicios e interpretaciones equilibrados, sin que su evidente afecto por el tema obstaculice la necesaria corrección, con un tono tan irónico como divertido, y humano como el propio Herodoto, este pequeño volumen es una introducción  al padre de la historia casi tan perfecta como uno podría esperar: los lectores en general a los que está destinado pueden considerarse afortunados, y los especialistas también pueden aprender un par de cosas.

2 Respuestas a “Herodoto, inventor de la historiografía

  1. Gracias,profesor A.Pons, por esta interesantísima reseña.Se la pasaré de inmediato a mi viejo amigo Carlos Medina, psiquiatra de procedencia manchega que vive su merecida jubilación en Otawa. Le apasionará el libro y seguro que sentirá la tentación de profundizar aún más en la relación Heródoto/Hipócrates

  2. Pingback: La historia, profecía sobre el pasado « Clionauta: Blog de Historia·

Los comentarios están cerrados.