Keynes versus Hayeck: un duelo de largo alcance

El economista (y reputado euroescéptico) Tim Congdon reseño para el TLS uno de los libros que más interés han despertado enntre los lectorers de todos los signos, dada la crisis que nos corroe y las disputadas recetas que se le aplican. Se trata del libro del destacado periodista y escritor Nicholas Wapshott: Keynes-Hayek: The Clash That Defined Modern Economics (Norton). Estas son sus palabras:

En 1929, el director de la London School of Economics (LSE), William Beveridge, nombró a Lionel Robbins, de treinta y un años de edad, para ocupar la cátedra de economía política, convirtiéndole en “el profesor más joven del país”. Robbins tenía un programa definido, en el que la parte política de la “economía política” era tan importante como la económica. No le gustababa el intervencionismo, la corriente semisocialista de mucha de la teorización económica de entonces, sobre todo de la que se hacía en Cambridge, donde John Maynard Keynes tenía cada vez más influencia. Quería que la LSE representara la amplitud del pensamiento económico europeo, incluido el de la  llamada Escuela Austriaca, que veneraba al empresariado y al capitalismo de libre mercado.

Desde hacía algunos años, la actividad principal de Keynes había sido juntar en un solo lugar su comprensión de la teoría del dinero y de la práctica de la política bancaria y monetaria. Estos esfuerzos culminaron con la publicación de un Treatise on Money (Tratado sobre el dinero) en dos volúmenes en 1930. El éxito de Keynes hizo que rápidamente se lo considerara como la última y mejor palabra  sobre el tema. En la Universidad de Chicago, un  trabajador estudiante de posgrado, Milton Friedman, tomó ochenta y siete páginas de notas sobre el Treatise. Las primeras palabras de esas notas de lectura rezan “Econ 330 Keynes” y la primera frase ofrece el veredicto del lector,  diciendo que “es probable que el marco general de la obra de Keynes  dure mucho más tiempo que los detalles que contiene”.

En Londres, Robbins había experimentado el lado menos atractivo de Keynes. Ambos habían sido designados para el Comité Macmillan de Finanzas e Industria, cuya misión era encontrar respuestas a la grave recesión económica que se padecía. Keynes había sido un partidario del libre comercio durante la mayor parte de su vida, pero en las condiciones de crisis de la década de 1930 convenció a la mayoría de la comisión para que apoyara los aranceles a la importación. Robbins, que mantenía su compromiso con el libre comercio, insistió en redactar un informe para emitir un voto minoritario disidente. Según relataría más tarde Robbins, Keynes “entonces, como siempre, era capaz de manifestar unos ataques de ira casi imposible”. De hecho, estaba “furioso” con Robbins y lo trató “de forma muy áspera”.

Según Nicholas Wapshott en Keynes Hayek: The Clash That Defined Modern Economics, la disputa Keynes-Robbins en el Comité Macmillan tuvo consecuencias de largo alcance. Robbins estaba tan enojado que invitó a Friedrich Hayek, uno de los jóvenes más prometedores de la Escuela Austriaca, a dar una serie de conferencias en la LSE. Las conferencias fueron planteadas – tanto por Robbins como por Hayek – como la presentación de una visión alternativa a la del Treatise on Money. El propósito de traer a Hayek de Viena a Londres era que este actuara, a decir de Wapshott, “como un pistolero del oeste” cuya prioridad fuera “atacar al problemático Keynes”.

En el verano de 1931, Hayek reseñó el Treatise en Economica, la revista especializada en economía de la LSE. La recensión fue extremadamente crítica, alegando que Keynes había sido descuidado en su definición de los términos utilizados, que su significado era difícil y oscuro, que las conclusiones no se desprendían de sus premisas y que no había leído lo suficiente la literatura continental. Implícitamente, la culpa de Keynes era que no se había familiarizado con las doctrinas de la Escuela Austriaca, en particular, con su recóndito análisis del “roundabout” de los métodos de producción [procesos de producción cada vez más indirectos, más complejos]. Este análisis había surgido de una rama de la economía, conocida como “teoría del capital”, en la que los austriacos eran famosos.

La reseña de Hayek parecía de carácter técnico, pero contenía una carga política. En el Treatise , como en su posterior Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes defendió el uso activo de la política fiscal y monetaria para regular la demanda, la producción y el empleo. De hecho, su prescripción política clave era lo que Keynes llamó “una política monetaria à outrance” – y lo que ahora llamamos “flexibilización cuantitativa” – para luchar contra una depresión emergente en la economía mundial. Hayek rechazaba este activismo monetario por inflacionario. Creía que durante el boom los bancos tenían la mala costumbre de proporcionar demasiado crédito, en particular para la producción de tipo “roundabout” . En estos atracones de crédito, algunos empresarios cometían errores y pecaban contra el libre mercado, y el Estado no debería hacer nada para aliviar su dolor.

Pero no fue tanto el contenido de la reseña de Hayek lo que llamó la atención cuanto su tono ferozmente polémico. Hayek – cuyo trabajo fue supervisado y aprobado, sin duda, por Robbins – se mantuvo dentro de los aceptados y corteses límites del debate académico, pero por muy poco. Por desgracia para Hayek, Keynes era capaz de tomar represalias de la misma manera. En su respuesta, dijo que Hayek había sido descuidado en su definición de los términos utilizados, que su significado era difícil y oscuro, que las conclusiones no se desprendían de sus premisas y que no había leído lo suficiente, incluyendo la propia obra de Keynes . Y lo que es peor, Keynes consideraba que Hayek “tiene una pasión que le lleva a meterse conmigo, pero yo me quedo preguntándome qué pasión es esa”.

Wapshott hace un buen trabajo al ubicar el debate en su contexto, insuflando vida a personajes e ideas. Los capítulos que se centran en el “choque” que da título al libro – el enfrentamiento que surgió a partir de la reseña que hizo Hayek en 1931 del Treatise – son legibles y a menudo divertidos. Es fácil pasar las páginas, a pesar de la naturaleza abstrusa de los asuntos en cuestión. Divertidas anécdotas son intercaladas cuando el relato amenaza con languidecer, y la tarea Wapshott se hace más más fácil con las a menudo coloristas vidas privadas de los principales personajes.

El “Circus” de los discípulos de Keynes en Cambridge sin duda disfrutó de la emoción de estar presente en la concepción de avances intelectuales tan importantes  como el efecto multiplicador y la trampa de la liquidez. Sin embargo, Richard Kahn y Joan Robinson, dos de las figuras más prominentes del circus, acrecentaron esa emoción manteniendo una duradera relación extramatrimonial. Para ceñirse a lo que dice el libro, “en una ocasión la pareja fue sorprendida flagrantemente por Keynes, y  este le relató a Lidia [su esposa, por carta] que la pareja estaba `amorosamente enredada en el suelo del estudio de Kahn’, aunque espero que la conversación versara solo sobre la Teoría Pura del Monopolio'”.

Pero el libro de Wapshott tergiversa la relativa importancia de los numerosos debates librados por los economistas, y no sólo por Keynes y Hayek, en la década de 1930. Tanto el título del libro como el peso de la narración en los primeros capítulos dan la impresión de que la reseña de Hayek del Treatise de Keynes fue “el” choque – casi el exclusivo y único choque- que definió a la moderna economía. Pero no fue así. Francamente, en el tardío siglo XX, la controversia entre Hayek y Keynes de la década de 1930 era considerada por la inmensa mayoría de economistas como algo secundario frente a otras batallas intelectuales. La lectura de Wapshott puede confundir a lectores no especializados al hacerles pensar que la teorización monetaria del joven Hayek fue y sigue siendo el principal rival intelectual del keynesianismo. Eso no es así.

La verdad es que Keynes abrumó a Hayek, simplemente haciendo afirmaciones más interesantes y relevantes. Por supuesto, el roundaboutness de la producción bajo el capitalismo a veces puede conducir al despilfarro, pero eso no justifica la inacción del gobierno. Los economistas han peleado por muchas cosas desde 1930, incluida la eficacia relativa de las políticas fiscal y monetaria en un mundo donde los gobiernos “hacen algo” en caso de una profunda recesión. Pero la cuestión del tipo de activismo político es bastante controvertida. Los conceptos e ideas que figuraban en el debate Keynes-Hayek de 1931 apenas han sido mencionados en los debates posteriores.

En la década de 1950, Hayek era una figura marginal en la macroeconomía angloestadounidense. Wapshott trata de establecer  la importancia de la disputa de 1931 viéndola como la fuente de las posteriores y multiples controversias entre keynesianos y  entusiastas del libre mercado. Pero este tampoco es un relato correcto de cómo comenzaron y se desarrollaron las diversas controversias, ni sirve como apreciación de la grandeza de Hayek. (Y mi interpretación -puedo estar equivocado – es que Wapshott es más amable con Hayek que con Keynes.  Al igual que una buena novela de detectives, el suspense se mantiene hasta la última página).  Hayek se rindió a Keynes y a los keynesianos en lo tocante al dinero y a la macroeconomía, y desde mediados de los años 1940 reconstruyó su reputación con magníficas contribuciones en los campos de la filosofía política y la filosofía del derecho. Estas contribuciones guardan sólo una leve relación con la teoría austríaca del capital y con la teorización acerca de los métodos de producción roundabout. Wapshott no debería pretender que hubo algún tipo de continuidad entre los primeros trabajos de Hayek sobre el dinero y su obra posterior sobre la filosofía del Estado, ni que el debate 1931 tuvo un papel especial originando ideas posteriores.

En la década de 1970  el keynesianismo estaba en retirada, porque el uso excesivo del activismo fiscal y de la política monetaria habían conducido a una creciente inflación, así como a un alto nivel de empleo. Hayek recobró la fama, sobre todo porque Margaret Thatcher se mostró entusiasmada con su trabajo. Como a menudo se ha relatado, a principios de su liderazgo arengó al departamento de investigación del Partido Conservador por ser demasiado flojo y centrista. En palabras de Wapshott, “echó mano de su bolso y estampó una copia de la Constitution of Liberty (Los fundamentos de la libertad) de Hayek sobre la mesa. Esto es en lo que creemos, exclamó”. Wapshott, por supuesto, habla de este repentino e inesperado avivamiento de la reputación de Hayek, y lo ve como parte del entonces compromiso de los Conservadores con el monetarismo y las políticas antiinflacionarias.

Pero, de hecho, Hayek nunca fue un monetarista en el sentido habitual del término. La cepa monetarista del thatcherismo vino, sobre todo, de Milton Friedman, el posgraduado que había tomado aquellas copiosas notas sobre el Treatise de Keynes. La deuda de Thatcher no era con el Hayek economista monetario, sino con el Hayek filósofo político y jurídico. Aquí, también, Wapshott pierde una oportunidad. En el primer volumen de sus memorias, The Path to Power (El camino hacia el poder), Margaret Thatcher dice que leyó por primera vez a Hayek cuando era estudiante en Oxford, al final de la Segunda Guerra Mundial. Muchas personas han indicado que esto es improbable, increíble incluso, y la propia Thatcher dice que su verdadera conversión a Hayek llegó en la década de 1970. Pero, de hecho, lo expuesto por Thatcher tiene pleno sentido. De hecho, los conservadores de la década de 1940 adoptaron rápidamente The Road to Serfdom (Camino de servidumbre) como uno de sus textos favoritos.

¿Pero qué copia de The Road to Serfdom? Estaba el libro completo en sí, del que solo fueron impresas unas pocas miles de copias en el Reino Unido en 1944, y un resumen americano en el Reader’s Digest, que tenía una enorme masa de lectores en todo el mundo de habla inglesa. Wapshott menciona el compendio del Reader ‘s Digest y la posterior y lucrativa gira de conferencias de Hayek por los EE.UU. Pero también hubo una tercera versión del libro, que pasa por alto Wapshott por completo y que es de evidente importancia para el relato.

Al parecer, Churchill haber quedado fascinado por The Road to Serfdom desde el principio, y decidió utilizarlo como munición intelectual contra la izquierda. En la sede del Partido Conservador, se le pidió a Geoffrey Rippon, que acababa de llegar de Oxford (y que más tarde se convertiría en diputado conservador y ministro del gabinete), que coordinara la impresión y publicación de una versión abreviada del libro de Hayek  (el actual compendio -que apareció en 1946- fue el trabajo de un diputado conservador, el oficial del ejército del aire Sir James Sir Archibald). La primera página de The Road to Serfdom normalmente lleva dos citas,  de Hume y de Tocqueville, pero la edición compuesta por Rippon reemplazó estas dos citas por una de Churchill.

Thatcher, quien presidió la Asociación Conservadora de la Universidad de Oxford en el trimestre del otoño de 1946, seguramente habría estado más al corriente de esta edición, incluso aunque también hubiera leído el resumen en el Reader o el libro entero. Wapshott dice que, cuando Margaret Thatcher derrotó a Edward Heath por el liderazgo del Partido Conservador en 1974, era “una hayekiana declarada”. A diferencia de los cínicos que creen que cualquier tipo de actividad intelectual excede la capacidad de los políticos modernos, es totalmente plausible que Thatcher hubiera leído y pensado sobre Hayek treinta años antes (el asunto es relatado en “Hayek, ‘The Road to Serfdom’ and the British Conservatives“, de Jeremy Shearmur, en The Journal of the History of Economic Thought, 2006.)

El Keynes-Hayek de Nicholas Wapshott es un ambicioso, bien escrito y agradable intento de lidiar con los debates fundamentales sobre la organización económica y social. Se trata de un entretenido relato de la obra de dos pensadores de gran alcance que han hecho contribuciones duraderas a esos debates. Hay un gran panteón de otros grandes pensadores que merecerían el tratamiento de Wapshott. Pero el autor tiene que ser más sincero acerca de las limitaciones de su principio  organizativo, al menos si pretende que su trabajo tenga autoridad.

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