Eduardo Galeano: Los hijos de los días

Radar, el suplemento de Página12, ofrece una amplia semblanza de Galeano y de su último libro: Los hijos de los días (Siglo XXI).

El artículo que firma Juan Pablo Bertazza es largo y merece ser leído, pero aquí solo ofreceremos un pedazo para abrir boca:

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Calendario perpetuo, almanaque literario, agenda existencialista, rutina espiritual, Los hijos de los días está compuesto de 366 historias breves, una para cada día del año. Las temáticas de esas historias trascienden, por supuesto, los límites territoriales de América latina, la gran obsesión de Galeano, y también saltan los muros del tiempo: historias que van desde la Antigüedad de un Aristóteles políticamente incorrecto asegurando que “la mujer es un hombre incompleto” hasta el inicio de la tumultuosa década en que una banda desconocida –dos guitarras, un bajo, una batería–grababan en Londres su primer disco. Después regresaron a Liverpool y se sentaron a esperar. Contaban las horas, contaban los días. Hasta que no les quedaron uñas por comer, hasta que llegó la franca respuesta de la discográfica diciendo: “No nos gustó su sonido, las bandas de guitarra están desapareciendo”. Galeano culmina el texto con un rotundo y esclarecedor: “Los Beatles no se suicidaron”.

Sin embargo, a pesar de que resulta temporalmente ubicuo, es un libro anclado en el 2012, al menos ése es el presente de referencia de esta verdadera máquina del tiempo. De hecho, dentro de esos 366 días, está incluido el 29 de febrero: “el día de hoy tiene la costumbre de fugarse del almanaque, pero regresa cada cuatro años”. Otro día especial es, por supuesto, el 1º de enero, aun cuando para muchas culturas como los mayas, los judíos, los chinos y los árabes, no sea en rigor el primero del año. No obstante, ese rito de pasaje que constituye cada celebración de año nuevo, esa solidaridad acelerada, algo artificial y fugaz que acarrean cada uno de esos días festivos, también forma parte del ritual del tiempo, también es parte de este libro.

“Todos los días tienen alguna historia que contar, que vale la pena escuchar. Yo creo, como los mayas, que somos hijos de los días, y por lo tanto estamos hechos de átomos pero también de historias. Me costó elegirlas. Tuve que sacrificar muchas para que quedaran las poquitas que quedaron. Es tan vasto el mapa del tiempo, es tan enorme el mapa del mundo. Y todos tenemos algo que contar, algo que vale la pena ser escuchado y celebrado o perdonado. Y dicho sea de paso, creo que mis hermanos de la teología de la liberación se equivocan cuando dicen que son, o quieren ser, la voz de quienes no tienen voz. Todos tenemos voz, todos, todos, pero ocurre que son muy pocos los que pueden ser escuchados”, responde Galeano, desde Montevideo. Y una de las sensaciones más fuertes que despierta este libro es precisamente ese vértigo temporal, como si estuviéramos haciendo equilibrio en la soga de la historia, viendo el pasado convertirse en historia y la historia proyectarse de manera irreversible hacia el futuro, sobre todo por un eficaz recurso que emplea a lo largo de todo el libro y consiste, básicamente, en la repetición de frases como: “en el día de hoy del año 2002”, “en este día de enero de 1808”, “esta noche en 1770”, “hoy es el día de la mujer”. Es decir, enunciados que problematizan y desmienten la escena de lectura, enunciados que distorsionan la percepción del tiempo. Como si Galeano hubiera encontrado el 3D literario, como si hubiera descubierto la fórmula secreta para vencer la linealidad de la escritura y poder dar cuenta, así, de la simultaneidad del tiempo, de esos lockers limitados pero infinitos que se van vaciando y llenando cada amanecer. De ahí, la posibilidad de encontrar extraños parentescos entre mismos días de diferentes años, un extraño ejercicio que se suele realizar en la actualidad sobre todo cuando intentamos recordar cómo fuimos celebrando los cumpleaños.

Imagen: Maria Gracia Geraci

Un libro, en definitiva, que da cuenta del inabarcable mapa del tiempo a partir de un ahora eterno, interminable presente hecho de literatura. Uno de los efectos que genera esta sensación es, de hecho, tener que vérselas con las simetrías y las recurrencias de la historia. Por ejemplo, la imbricada y riquísima relación que existió y existe, en Estados Unidos, entre la Paz y la Guerra. Veamos: en 1917, el por ese entonces presidente Woodrow Wilson anunció que su país entraba en lo que sería la Primera Guerra Mundial. Cuatro meses y medio antes había sido reelegido por ser el candidato de la Paz. Es decir, la opinión pública recibió con el mismo entusiasmo sus discursos pacifistas y su declaración de guerra. Noventa y dos años después, en 2009, precisamente el día de la Declaración de los Derechos Humanos, Barack Obama recibía el Premio Nobel de la Paz y en su discurso de agradecimiento no tuvo mejor idea que rendir homenaje a la guerra justa y necesaria contra el mal. Las mismas extrañas similitudes que unen dos de las grandes catástrofes nucleares hasta el momento: la de Chernobyl, Ucrania, en 1986, para la cual el gobierno soviético dictó orden de silencio, incluso cuando la lluvia radioactiva invadía buena parte de Europa, y la del año pasado en Fukushima, exactamente un cuarto de siglo después, ahora con un gobierno japonés decidido a negar, hasta las últimas consecuencias, versiones que ni siquiera eran tan alarmistas. Galeano recuerda, al respecto, el consejo de un viejo periodista inglés llamado Claude Cockburn: “No creas nada hasta que sea oficialmente desmentido”.

También hay recurrencias que no sólo son temporales sino también espaciales, como demuestran varias de estas historias al hacer referencia a deudas económicas que, son en realidad, deudas políticas y, por lo tanto, deudas ilegítimas. En la entrada correspondiente al 27 de febrero, llamada “También los bancos son mortales” dice Galeano: “En 1995 el Banco Barings, el más antiguo de Inglaterra, cayó en bancarrota, este banco había sido el brazo financiero del imperio británico. La independencia y la deuda externa nacieron juntas en América latina. Todos nacimos debiendo”. Menos de dos meses después, el día 9 de abril encontramos: “En el año 2011, por segunda vez la población de Islandia dijo no a las órdenes del Fondo Monetario Internacional. El Fondo y la Unión Europea habían resuelto que los trescientos veinte mil habitantes de Islandia debían hacerse cargo de la bancarrota de los banqueros, y pagar sus deudas internacionales a doce mil euros por cabeza. Esta socialización al revés fue rechazada en dos plebiscitos. –Esa deuda no es nuestra deuda. ¿Por qué vamos a pagarla nosotros? En un mundo enloquecido por la crisis financiera, la pequeña isla perdida en las aguas del norte nos dio, a todos, una saludable lección de sentido común”.

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