Sherlock Holmes y el paradigma indiciario

Al calor de las relecturas fímicas (en cine y televisión) de Sherlock Holmes y su acompañante Watson, el mundo del libro replica con sus armas, la letra impresa. En Francia al menos acaban de aparecer tres volúmenes de desigual pretensión que abordan este asunto, y a ellos dedica su pluma nada menos que Elizabeth Roudinesco en las páginas de Le Monde. No es este un tema habitual en el blog, pero sus ecos no les dejarán indiferentes, así que vayamos a lo que nos dice esta estudiosa de la historia y el psicoanálisis:

En un ensayo magistral de 1979, Crisi della Ragione (que contenía el texto “Indi­cios. Raí­ces de un pa­ra­dig­ma in­di­cia­rio“), Carlo Ginzburg señaló que hacia finales del siglo XIX el campo de las humanidades y de la literatura habían visto emerger un modelo de pensamiento según el cual la sociedad humana está dividida entre la búsqueda racional y la atracción por lo oculto, entre mente lógica y delirio paranoico.

Y para definir lo que él llamaba el “paradigma indiciario” – es decir, una cosa confusa y perturbadora- le asociaba tres nombres: Giovanni Morelli (1816-1891), inventor de un método susceptible de distinguir entre una obra de arte y una imitación, y por tanto identificar a los falsificadores; Sigmund Freud, fundador de una ciencia del inconsciente que concede a elementos insignificantes un valor determinante (lapsus, actos fallidos, sueños, etc.); y Sherlock Holmes, famoso detective, maestro en el arte de resolver un enigma mediante la simple observación de algunos rastros (ceniza, pelo, hilo de tela, polvo, restos de piel …)

Si bien es correcto decir que todo el fin de siglo aparece rodeado por la irrupción de un determinado discurso narrativo, basado tanto en su sumisión al positivismo como en la fascinación por los signos de la anormalidad, no es habitual constatar que un personaje de ficción, Sherlock Holmes, pueda ser tan real que casi olvidemos el nombre de su creador: Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), escritor victoriano, nacido en Edimburgo, discípulo de  Poe, médico comprometido en Sudáfrica contra los Boers, rebelde y visionario, que abrazó apasionadamente la causa del espiritismo y la de su madre, a quien obedeció en todo.

Es inspirándose en ese asunto de la oscura dualidad que Emmanuel Le Bret (Conan Doyle contre Sherlock Holmes; Editions du Moment) muestra en un ensayo biográfico cómo Conan Doyle se vio obligado, durante su vida, a dar existencia a Sherlock mientras soñaba con ser el equivalente a Walter de Scott o Alejandro Dumas. Sir Arthur le dio ás importancia a sus novelas, sus ensayos y su teatro -un gran trabajo que nadie lee hoy en día- que a la saga del detective, su doble maldito…

Nacido en 1854, Sherlock, soltero empedernido y violinista melancólico,  alto y delgado, aficionado al opio, al tabaco y a los combates marciales, parece por primera vez en 1887 en Estudio en escarlata, flanqueado por su biógrafo, el Dr. John Watson , con quien comparte un apartamento en Londres, en el 221b de Baker Street . Sin embargo, en los escritos de Doyle, no pronunciará la frase que le atribuye una película de 1929: “Elemental, mi querido Watson”.

Con los años, y gracias a la Strand Magazine, que le sirve de apoyo, el Sherlock  narrado por Watson perfeccionó su método a través de una larga serie de folletines que vendían más de 300.000 copias: El Signo de los Cuatro, Las aventuras de Sherlock Holmes, etc.

Constantemente confundido con su héroe, Conan Doyle, exasperado, decide en 1893 matarlo a la edad de 39 años, al borde de las cataratas de Reichenbach en Suiza, en combate singular con su archienemigo, el profesor James Moriarty, la encarnación de las malas artes y apodado el “Napoleón del crimen” (…). Durante diez años, Doyle se siente liberado de su mal interior: “No podría hacerlo revivir, al menos por unos años. Tengo tal sobredosis  -como si me hubiera empachado con un paté de foie gras– que la sola mención de su nombre me da náuseas”.

Sin embargo, en 1903, avergonzado de haber hecho triunfar el mal (Moriarty), resucita a su héroe, primero en El sabueso de los Baskerville, que sitúa la acción antes de la muerte de Holmes, y después en una serie de nuevas aventuras. El mundo de habla inglesa suspiró con alivio y la Strand Magazine dobla sus suscripciones. Sir Arthur nunca hará desaparecer a Sherlock. En total, le dedicó cuatro novelas y cincuenta y seis relatos breves (el “canon”), traducidos a ciento diez idiomas. A ello se añaden, ochenta años después de su muerte, doscientas películas, dos millares de pastiches, cientos de novelas, varios museos y la proliferación de institutos holmesianos, repartidos en todo el mundo y dedicados al estudio del “canon” y sus variantes.

Entre ellos, la sociedad holmesiana de Chicago, encabezada por Ely M. Liebow, autor de (…) Dr. Joe Bell: Model for Sherlock Holmes, que retrata al verdadero Dr. Joe Bell, uno de los modelos de Sherlock.

Por su parte, inspirándose en la tesis de Carlo Ginzburg, Dominique Meyer-Bolzinger (La Méthode de Sherlock Holmes. De la clinique à la critique. Campagne Première) muestra que Sherlock, medio científico y medio brujo, anticipa el enfoque psicoanalítico: de hecho, su método de investigación se refiere a una clínica de los signos contemporánea de Joseph Babinski (1857-1932), inventor de una semiología lesional que le llevan a aislar el famoso signo de la reacción inversa del dedo gordo para detectar una lesión del tracto piramidal (reflejo de BabinsKi). Por cierto, este generial neurólogo, muy “sherlockiano”, era un ser doble, fascinado tanto por el positivismo como por la telepatía.

Dominique Meyer-Bolzinger estudia el perfil de los dos sucesores de Sherlock: Hércules Poirot, que acompañó a Agatha Christie durante cincuenta y cinco años (1920-1975), y Jules Maigret, que fue de 1931 a 1972 la sombra de Simenon. Uno y otro, dice, habrían vinculado el “paradigma indiciario” al psicoanálisis, lo que contribuye a una “continuidad psíquica” del modelo holmesiano. La tesis también es compartida por el psicoanalista Patrick Avrane en Sherlock Holmes & Cie. Détectives de l’inconscient (Campagne Première), que compara la posición del psicoanalista a la del detective del alma.

A todos los lectores que sufran de depresión, se recomienda la novela jubilosa de Jean-Marcel Wanders, Le Mystère Sherlock (Buchet-Chastel) …