El género en la época romántica: intimidad y sensibilidades

Hace más de un año, Deborah Gutermann-Jacquet presentó su tesis doctoral en la Universidad Paris 7: “Incarner l’homme et la femme. Les normes sexuées et leur appropriation à l’âge romantique”. Antes y después ha ido publicando unos pocos artículos sobre el asunto, pero ahora llega su conversión en libro: Les équivoques du genre. Devenir homme et femme à l’âge romantique (Presses Universitaires de Rennes). El texto tiene cierto aire académico, como corresponde a ese tipo de operación, pero resulta de interés y, lo que es más importante en este caso, trata sobre el período al que me dedico. Así pues, veamos los primeros párrafos de la introducción:

“El esclarecido siglo XVIII es, de acuerdo con Georges Gusdorf, “un siglo sin mal”, en el que el individuo “se desposa con su época” contrariamente al siglo XIX que nació bajo los auspicios de un malestar consagrado en la expresión de “la enfermedad del siglo” y caracterizado por un sentido de la diferencia radical entre el “hombre” y su tiempo. Este término fue popularizado en los escritos de los críticos hasta el punto de constituir un topos que vino a designar el romanticismo y el tormento de los héroes marginales e inasimilables. Característico de la juventud, el “mal del siglo”  también es sospechoso de albergar la impostura y marca a toda una generación. Aquella que, para George Sand, reúne a los admiradores del “inmortal amigo” Rousseau, que fueron “completados” y habitados por las Confesiones,  sacando de esa adhesión el “sentimiento compartido de pertenencia a un grupo”. Al centrarse en una sensibilidad común, George Sand, que utiliza un “nosotros” federador para designar esta generación, define a su manera la generación romántica nacida en las postrimerías de la Revolución. Pero esta sensibilidad tiene otros puntos de anclaje, y el El genio del cristianismo es también fundador, ya que marca la conversión del hombre sensible – el de aquel para quien el sentimiento es “en esencia, la medida de una falta“- a la negatividad. ¿Cómo este mal del siglo se refleja también en un “mal del sexo”? De la fuerza de la marca de la diferencia sexual y del “miedo a la indiferenciación” que es el reverso, el del siglo XIX es el de un “malestar” que grava las identidades. ¿Cuál es el síntoma del ser sexual en la época romántica, en este primer siglo XIX que sueña la unión  primitiva de los sexos mientras su oposición radical se ve confirmada?

Desde el siglo XVIII, el discurso médico identifica  hombres y  mujeres según sus sexos biológicos concebidos en términos de oposición, que es sinónimo para estos últimos de una reclusión de sus cuerpos, polarizados en torno a la matriz. La diferencia de los sexos, naturalizada, se erige en sistema y la mujer se somete al escrutinio de los médicos que buscan descifrar su esencia. El Código Civil de 1804 confirma este pensamiento de la diferencia proclamando la omnipotencia paterna y la inferioridad de las mujeres que pasan de de la autoridad del padre a la del marido. La teoría de las esferas que asocian las mujeres a lo privado, y a los hombres a lo público,  completan esta estructura binaria que sitúa la relación de los sexos no sólo en términos de dualidad, sino también en términos de jerarquía. Esta separación de espacios está en el origen de la producción de la ley “de la separación de los sexos” que, según Fichte, dicta los atributos de lo masculino y de lo femenino. Sin embargo, esta posición binaria tradicional, que funda la dominación masculina y su reverso -la sumisión de la mujer-, en parte oculta la realidad compleja de las relaciones que se establecen entre los sexos y las situaciones que a su vez cortocircuitan el poder de los hombres y la dicotomía de las esferas.

Hacer la historia de las modalidades de ser hombre y de ser mujer en el primer siglo XIX es partir del pensamiento de la diferencia de los sexos y de su “pobreza” – el hombre se inscribe del lado de la fuerza, de la cultura y de la acción, y la mujer del lado del corazón, del sentimiento y de la debilidad-  para observar la forma en que lo exhibe, en que puede ser interiorizado, y tratar de prestar atención, a nivel individual, a lo que lo sacude, a lo que hace tambalear esta dicotomía. La “época romántica”, es decir, el período que eclosiona en los albores del Imperio con El genio del cristianismo y René y termina bajo el Segundo Imperio, es el del  “autoconocimiento” (connaissance de soi), una búsqueda del yo cuyas condiciones cambian a partir de 1870, cuando el desahogo romántico da paso a una introspección más “psico-sociológica“, confinada sobre todo a la experiencia. Este sondeo del alma al que se libran los seguidores de Rousseau es un excelente medio de acceso a la representación del ser sexual y a los interrogantes que lo habitan. La correspondencia amorosa y el diario íntimo son sus receptáculos, en los que se despliegan las estrategias individuales, alojamientos singulares que cada uno se adecúa,  conformándose o alejándose de las normas establecidas por la sociedad en esa esfera. La manera de confiarse, el estilo adoptado y el contenido de la confesión dependen en gran medida en las lecturas que se hacen y de los modelos propuestos por la literatura. En este sentido, si bien el éxito de algunos autores, como Sophie Cottin, Eugéne Sue o Walter Scott, atestigua la popularidad del movimiento romántico, no se debe subestimar el peso de la cultura clásica, que también ayuda a forjar representaciones de los individuos, así como la importancia de las obras morales, de la educación, que son también correas de transmisión de las normas sexuadas.

Estudiar como se encarnan el hombre y la mujer en los discursos normativos y en sus escritor íntimos supone, pues, proponer una historia cultural de la intimidad, de las sensibilidades (…)”

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