La América blanca

No hay duda, uno de los libros del año apareció a finales de enero, al menos a juzgar por las múltiples reacciones y porque a nadie deja indiferente:  Coming Apart: The State of White America, 1960-2010 (Crown Publishing Group), la nueva apuesta de Charles Murray. Disponemos de un perfecto resumen que el propio autor ha elaborado para The New Criterion.  Así que, en esta ocasión, me centraré en la nota aparecida en el NYTimes, que firma Jennifer Schuessler:

Cuando en 1994 apareció The Bell Curve, de Murray y Richard J. Herrnstein, el libro fue denunciado por científicos sociales, expertos liberales y un poco conocido abogado de los derechos civiles de Chicago, de nombre Barack Obama, que en un comentario en la NPR acusó a los autores  de calcular que “la América blanca está lista para volver al buen y viejo racismo siempre y cuando se lo empaquete con primura”.

Cualquiera que recuerde la tormenta desatada a propósito de los densos argumentos contenidos en las 845 páginas dedicadas a la raza, la clase social, la genética y el coeficiente intelectual podría tener la tentación de mirar la portada del último libro del señor Murray y pensar: “Ya ha vuelto”.

Sin embargo, Coming Apart, que presenta a los miembros de las élites blancas como hipócritas que viven en una burbuja y a la clase trabajadora blanca sucumbiendo a la decadencia moral, no es un retrato adulador de los blancos y mucho menos, insiste Murray, un barnburner. “No es un texto para la derecha”, dijo Murray en una entrevista reciente en el American Enterprise Institute, donde ha sido profesor desde 1990. “El problema que describo no es un problema que se pueda definir en términos conservador-liberal. Es un problema cultural que todo el país tiene”.

Coming Apart, (…), sin duda ha dado mucho que hablar,  con disparidad de opiniones. David Brooks, columnista de The New York Times, preveía que iba a ser el libro más importante del año, diciendo: “Me sorprendería que hubiera otro libro que describiera  tan convincentemente las tendencias más importantes de la sociedad estadounidense”. Pero, para los críticos de la izquierda, los argumentos de Murray son sólo un esfuerzo por cambiar de tema. La definición del problema en términos de desigualdad cultural en lugar de desigualdad económica, como dijo el blogger del New York Magazine  Jonathan Chait, permite empezar a hablar sobre el matrimonio y la laboriosidad y “dirigir el debate de nuevo al terreno conservador, cómodo”.

En cuanto a América, Murray ve un país cada vez más polarizado en dos demografías cultural y geográficamente aisladas. En Belmont, el nombre de ficción que Murray da a la parte alta de América donde vive el 20 por ciento, el divorcio es bajo, la ética del trabajo es fuerte, la práctica religiosa alta  y los nacimientos extramatrimoniales son casi inexistentes. Mientras tanto, en Fishtown, la parte baja, donde habita el 30 por ciento, lo que Murray llama las “cuatro virtudes fundadores” – matrimonio, laboriosidad, comunidad y fe- se han colapsado. El libro dice poco acerca de las raíces de los problemas de Fishtown, pero en la entrevista Murray no duda en nombrar al villano. “Los años 60 fueron un desastre en términos de política social”, dijo. “Las elites pusieron en marcha todo un conjunto de reformas que creo que cambiaron fundamental las señales y los incentivos para las personas de bajos ingresos y alentaron una variedad de tendencias que pronto se autoreforzaron”.

Se trata de un argumento familiar al de su otro libro de 1984, Losing Ground, que lo convirtió en un importante intelectual político y ayudó a sentar las bases para la ley de 1996 que revisó el estado del bienestar. Pero en Coming Apart las recomendaciones de Murray son más vagas y mucho más ambiciosas. El primer paso, escribe, del pueblo de Belmont ha de ser abandonar su “nonjudgmentalism” y convencer a Fishtown sobre la importancia del matrimonio y la no dependencia: “predicar lo que practican”, como dice Murra . A continuación tienen que dejar enclaves de clase media-alta y acercarse a Fishtown.

Eso es exactamente lo que Murray dijo que hizo hace dos décadas, cuando él y su segunda esposa, Catherine Cox, profesora de inglés jubilado, se trasladaron de Washington a Burkittsville, Maryland, una histórica localidad rural de aproximadamente 170 personas a unos 50 kilómetros al noroeste. “Yo no quiero que mis hijos crezcan conociendo sólo otros niños de clase media-alta como ellos”, dijo Murray, quien tiene dos hijos con la Sra. Cox y otros dos de su primer matrimonio. “Esa fue una preocupación muy consciente compartida por mi trabajo”.  La vida en Burkittsville, como él la describe, se aproxima a las virtudes de las ciudades pequeñas que disfrutaba en Newton, Iowa, donde creció como hijo de un gerente de Maytag y podía mezclarse fácilmente con los hijos de los trabajadores de la línea de montaje.

En Burkittsville, dijo, él y su esposa asisten a las reuniones cuáqueras y disfrutan de la amistad de otros profesionales y comerciantes, cuyos afanes cita para sugerir que los problemas descritos en Coming Apart podrían tener algo que ver con la desaparición de puestos de trabajo de la clase trabajadora.  Hasta la recesión,  insiste Murray, sus amigos estaban dispuestos a contratar aprendices con buenos salarios, pero tenían problemas para encontrar a alguien dispuesto a hacer el trabajo. “Ellos ven un marcado deterioro de la laboriosidad que es real y palpable”, dijo.

Los críticos de Murray saltan sobre tales argumentos moralizantes, diciendo que ignora alegremente una gran cantidad de investigaciones sobre las causas de la desintegración familiar entre la clase obrera. “Quiere volver atrás y culpar a la contracultura de todo”, dijo Claude S. Fischer, sociólogo de la Universidad de California, Berkeley, en una entrevista telefónica. “Pero la inmensa mayoría de los científicos sociales lo atribuiría a la crisis económica sufrida por los menos educados en la última generación”.

Murray, quien tiene un doctorado en ciencia política del MIT, es muy consciente de la tensión que causa a sus compañeros científicos sociales, hasta el punto de que en su último libro sice que estar incluidos en los agradecimientos  “puede causarles problemas en el mundo académico”. Pero se describe como “casi completamente rehabilitado”, ya que desde la batalla que rodeó The Bell Curve, dice, “ya no soy un paria total en algunos sectores académico”. Sin embargo, recibe pocas invitaciones para hablar en los campus, y en una aparición en la primavera pasada en el Earlham College de Indiana fue interrumpido en dos ocasiones por haberse disparado una alarma contra incendios. Su audiencia real, sin embargo, no es académica, sino los responsables políticos y los ciudadanos de a pie.

Ambos grupos puede que encuentren Coming Apart un reto. Parece poco probable que ningún político vaya a aceptar el llamamiento de Murray para reemplazar todos los programas federales de transferencia de rentas por un modesto ingreso garantizado para todos los estadounidenses mayores de 21 años. Él está “completamente desconectado” de los círculos políticos partidistas hora mismo, reconoce, y agrega: “Ninguna de las partes quiere decir, como usted sabe, que tenemos un problema real con la clase obrera,  cada vez menos capaz de participar en la vida americana”.

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Pase lo que pase,  Murray, que cumplió 69 años hace poco, prometió que Coming Apart sería su última declaración importante sobre la relación entre la virtud, la felicidad y la política pública. “Si no puedo persuadir a la gente en este momento, no voy a convencerla con otro libro”, dijo.

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