Pierre Nora: La politización de la historia

Recordarán los habituales de este blog que a principios de octubre anunciábamos el Rendezvous de l’histoire de 2011, dedicado en esta ocasión a “Oriente”. El magno evento concluyó con una solemne conferencia a cargo de Pierre Nora, con el título de “L’histoire au péril de la politique”. La podemos disfrutar a través de la grabación realizada por el periódico Le Monde, o bien con la transcripción que nos ofrece Eurozine, en el original y en inglés. Como es costumbre, les ofrezco un extracto:

Hasta hace poco -sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX-  la historia siempre había sido una actividad política en el sentido amplio de la palabra:  mitos de origen, relatos de fundación y legitimación, genealogías celebradoras, patrones de vida y lecciones de conducta para quienes alcanzaban determinada posición. Sólo la ambición por convertirse en una ciencia ha hecho de la historia una actividad autónoma, profesional, basada en un método de análisis crítico de los documentos, y estrechamente vinculada a la educación, cuyo primer deber era, como todos saben, entender y amar la patria. Esto es, significaba escribir la famosa “novela nacional”, una expresión que generosamente me atribuyen haber inventado o popularizado y que hace aguas por todas partes.

Desde hace treinta años, hay un fenómeno generalizado que conviene destacar:  la evolución que, de manera insidiosa pero radical, ha dado lugar a lo que podríamos llamar una politización general de la historia , de estilo muy diferente.

Por esta expresión no debe entenderse un fuerte politización de los propios historiadores, sino una ideologización inevitable de su producción, una ideologización del mundo en el que trabajan los historiadores y con el que han de tratar, al igual que en el pasado tuvieron que hacer frente al descubrimiento de su propia historicidad.

Esto es debido al hecho de que la historia más reciente ha pasado al primer plano. Este es un fenómeno muy nuevo, que data de finales de 1970. Es difícil imaginar que, antes de esa fecha, las universidades no permitieran que el objeto de una tesis fuera algo posterior a 1918. Hoy en día ocurre lo contrario. Las grandes conmociones y revueltas del siglo pasado exigen un análisis histórico,  una explicación de lo que hemos visto, vivido, de aquello en lo que nosotros, o nuestros próximos, hemos estado involucrados. Esos trastornos han estado vinculados aquí al totalitarismo, en otros lugares a la independencia de los países coloniales y por doquier  a la acelerada transformación general de las condiciones de vida. Y si tomamos el caso de Francia, al debilitamiento de los referentes tradicionales del Estado y la nación, algo que no ha cesado desde el colapso de 1940. ¿Cómo no iban a suscitar el interés de los historiadores  la guerra, Vichy, el Holocausto, la Guerra Fría, la confrontación del nazismo y el comunismo, el gaullismo y todo lo demás? ¿Cómo podían interesar solamente a los historiadores?  Toda esa historia se ha convertido en un área sensible, y sensible para todos.

(…)

Conclusión: el actual antagonismo afecta a la historia y a la política, donde el término “política” remite a la vez a memoria e ideología.

Esta pareja antinómica ha sustituido a los términos que sucesivamente han ocupado el primer plano de la disciplina histórica: erudición contra filosofía, ciencia frente a literatura, estructura contra acontecimiento, problema frente a relato. Sin embargo, el antagonismo entre historia y política va mucho más allá que el de sus predecesores, ya que no sólo afecta a la forma de hacer historia, sino al lugar y al papel de la historia en la vida ciudadana.

Este lugar y este papel se han convertido en algo problemático; marcado por una profunda contradicción.

Los propios fundamentos de la profesión han cambiado. El historiador ya no se inserta ni se deja llevar por una continuidad histórica de la que en tiempos fue depositario y garante. Ha perdido sus propias certidumbres y su magisterio. Sin embargo, como intérprete y como experto en la demanda social, como baluarte contra la presión política y pública, es más necesario que nunca.

Su papel se ha vuelto más difícil. ¿Por dónde pasa la frontera entre la ampliación de sus objetos y el abandono de los criterios tradicionales de la disciplina que le permiten desarrollarlos? ¿Dónde está la frontera entre tener en cuenta a los titulares de la memoria, a los testigos, a las víctimas de la historia, y la reconstitución de esta historia solo desde el punto de vista de los testigos y las víctimas? ¿Qué papel juega la historia nacional en una historia de Europa y del mundo? ¿Dónde está la frontera entre asumir las identidades singulares y el respeto a lo colectivo, y qué colectivo? Son preguntas que cada uno ha de responder a su manera, pero que todos deben plantearse.

Por supuesto, para un historiador no es posible abstraerse de sus determinaciones, romper los vínculos con su país, su clase, su religión, su familia, su partido, ni siquiera con su corporación. Pero nunca antes la situación le había exigido adoptar, como si de un antropólogo se tratara, tal distancia crítica frente a sí mismo y frente a su objeto, buscando una verdad que pertenece a todos, porque no pertenece a nadie. Persiguiendo un objetivo que no puede alcanzar, pero que siempre debe buscar, la conciencia de los límites y el análisis de las limitaciones son, aquí y en todas partes, la primera condición de la acción y de la libertad.

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