Las universidades

El alud de libros sobre las universidades, sus muchos males y la crisis que les acecha es de tal envergadura que nadie parece capaz de pararlo y mucho menos de aprovecharlo. Nadie excepto quizá Anthony Grafton, que como presidente anual (saliente) de la AHA parece haberse impuesto el penoso deber de salir a la palestra en lo tocante a cuestiones académicas. Así que, ni corto ni perezoso, en uno de los números de noviembre de la NYRB compuso una reseña multicolor en la que afrontaba hasta ocho volúmenes distintos, aparecidos en diversos años. A saber:

Naomi Schaefer Riley, The Faculty Lounges: And Other Reasons Why You Won’t Get The College Education You Paid For (Ivan R. Dee); Benjamin Ginsberg, The Fall of the Faculty: The Rise of the All-Administrative University and Why It Matters (Oxford University Press); Jerome Karabel, The Chosen: The Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton (Mariner); Christopher Newfield, Unmaking the Public University: The Forty-Year Assault on the Middle Class (Harvard University Press); William G. Bowen, Matthew M. Chingos y Michael S. McPherson, Crossing the Finish Line: Completing College at America’s Public Universities (Princeton University Press);   Richard Arum y Josipa Roksa, Academically Adrift: Limited Learning on College Campuses (University of Chicago Press); Anthony T. Kronman, Education’s End: Why Our Colleges and Universities Have Given Up on the Meaning of Life (Yale University Press); y  Nancy Folbre, Saving State U: Why We Must Fix Public Higher Education (New Press).

De todos sus comentarios, traducimos unos cuantos:

“Muchas universidades copan los primeros puestos de las clasificaciones mundiales, y a pesar de que estas calificaciones son básicamente un divertimento para administradores y egresados, reflejan hechos ciertos. Un buen número de universidades estadounidenses ofrecen unos salarios a los profesores y unas condiciones de trabajo, de laboratorios y de bibliotecas que pocas instituciones pueden igualar. Gastan más en personal, y también en sus estudiantes, que sus pares en el extranjero. Aunque sus tasas parecen enormes para los estándares europeos o asiáticos, han trabajado mucho en los últimos años para no excluir a los estudiantes más pobres, ofreciendo becas más generosas para los estudiantes de grado y cubriendo todos los costes de los estudiantes de doctorado. En todos los niveles del sistema, los profesores se dedicana a sus estudiantes con  entusiasmo, ya sea tratando la estructura de los cristales o la estructura de los poemas.

Sin embargo, las universidades estadounidenses también suscitan  la crítica feroz, en gran parte de profesores y periodistas que las conocen bien, y eso es también razonable. Cada moneda tiene su reverso, cada virtud su correspondiente vicio -y cada universidad sus llagas purulentas. En las escuelas de medicina más prestigiosas, los profesores publican el trabajo de publicistas pagados por las compañías farmacéuticas con sus propios nombres. En las universidades estatales y en más de una privada,  los entrenadores de fútbol y baloncesto ganan millones y sus asistentes cientos de miles por dirigir equipos semiprofesionales. Pocos de estos equipos ganan dinero para las universidades que los patrocinan, y algunas explotan brutalmente a sus jugadores.

En los college y las universidades privadas competitivas,  los directores de admisión  reservan plazas en cada clase para los hijos de exalumnos y los donantes potenciales; para los atletas, muchos de los cuales harán menos uso de sus oportunidades académicas que sus compañeros de clase; y simplemente para aquellos que lo pueden pagar. Y en las universidades que se jactan de su compromiso con la docencia de grado, demasiados profesores parlotean en torno a un PowerPoint dos veces por semana y confían la enseñanza cara a cara de los estudiantes a estudiantes de posgrado mal pagados y doctores con contratos a tiempo parcial, que se esfuerzan en impartir conocimientos sobre escritura y análisis cuantitativo ganando unos pocos miles de dólares por curso.

No es difícil ver por qué los colegios y universidades se oponen a las evaluaciones simples. En la actualidad hay cerca de cinco mil universidades y colleges -dedos años y cuatro años- en EE.UU.. Millones de personas asisten a sus aulas, incluyendo alrededor de un 40 por ciento de alumnos entre 18-24 años y muchos estudiantes de mayor edad. La educación superior se extiende desde los Olimpos del grupo privado de la Ivy-plus y los imponentes cuadrángulos de las grandes universidades públicas a los colleges comunitarios urbanos que funcionan doce horas al día, rodeadoa solamente por amplios aparcamientos que nunca son lo suficientemente grandes. Público y privado, de masas y la élite, antiguos y cubiertos de hiedra, actuales y de vanguardia. Ninguna generalización puede hacer justicia a este lugar amplio y variado.

Muchos -quizás demasiados-  libros sobre la universidad americana caben en dos categorías. Las jeremiadas parecen surgir de las editoriales cada  semana. Un buen número de ellas se ajustan a un tipo único, que abarca libros tan variados en sus orígenes como The Faculty Lounges (2011), una diatriba contra los profesores escrito por una distinguida periodista, Naomi Schaefer Riley, y The Fall of the Faculty (2011), un ataque a los administradores escrito por un distinguido politólogo, Benjamin Ginsberg. En lugar de examinar estas complejas comunidades desde múltiples puntos de vista, señalan a un grupo de actores como villanos. En lugar de ofrecer descripciones detalladas de colleges y universidades concretos, lo que podría dar una idea de los ritmos y las texturas de la vida académica, acumulan crónicas recortadas de medios de comunicación populares y páginas web; describen experiencias individuales, a menudo atroces, como si fueran una regla general; y reciclan anécdotas desgastadas, exprimidas ya en anteriores obras polémicas.

Aún así, no todas sus flechas se alejan de la diana. Riley ofrece un relato triste y fundamentado de los malos tratos que sufren los profesores más precarios. Ginsberg señala con razón que el número de administradores y miembros del personal profesional ha crecido mucho más rápidamente que el número de profesores, elevando los costos que los estudiantes y sus familias pagan sin mejorar el aspecto académico de su experiencia. Sin embargo, cuando Riley rechaza la mayoría de investigación como algo carente de valor porque unos pocos veteranos profesores dicen que no la tiene, o cuando Ginsberg descarta a todos los administradores como ociosos a los que solo interesa la próxima e inútil reunión en Hawai, ambos viajan al reino de la mordacidad, resultado de lo cual es que sus libros son divertidos de leer, pero inútiles en última instancia .

El otro conjunto de libros es muy diferente. Seriamente investigados, ricos en datos y  a veces adornados con decenas de cuadros que los no iniciados pueden encontrar crípticos, trabajos como The Chosen (2005) de Jerome Karabel, Unmaking the Public University (2008) de Christopher Newfield, Crossing the Finish Line (2009) de William Bowen, Matthew Chingos y Michael McPherson, así como Academically Adrift (2011) de Richard Arum y Josipa Roksa, se centran en aspectos particulares del sistema. Excavan un mundo de hechos horribles y las prácticas insatisfactorias que tienen un aspecto vidrioso y dan una sensación de  realidad -una realidad que poco tiene que ver con el lustroso bombo del mundo de los rankings universitarios.

En Academically Adrift, Arum y Roksa pintan un retrato escalofriante de aquello en lo que se ha convertido el programa de estudios universitario. La prueba central de que los autores despliegan proviene de las respuestas de 2.322 estudiantes en la Collegiate Learning Assessment, una prueba estandarizada que se pasa a los estudiantes en su primer semestre universitario y, otra vez, al final de su segundo año (…)

Sus resultados son alarmantes. La Collegiate Learning Assessment revela que cerca del 45 por ciento de los estudiantes no había hecho ningún progreso en pensamiento crítico, razonamiento complejo ni escritura en sus primeros dos años. Y un vistazo a su experiencia académica ayuda a explicar el por qué. Los estudiantes expresan que pasan una media de doce horas a la semana estudiando, por debajo de las veinticinco horas por semana de 1961 y las veinte de 1981.  (…)

(…)

En segundo lugar, y más deprimente: un gran número de estudiantes acuden a la universidad sin interés particular en sus cursos y no les preocupa cómo podrían prepararles para futuras carreras. Su deseo, escriben Arum y Roksa, es seguir  las “pautas culturales de la vida universitaria que muestran en películas tan populares como Desmadre a la americana (1978) y National Lampoon’s Van Wilder (2002). (…)

      

(…)

En muchos sentidos, las universidades se han reformado en las últimas décadas para apoyar la versión actual de la vida estudiantil. Particularmente en las ciencias naturales y sociales, a los profesores se les anima a pensar que es legítimo dedicar la mayor parte de su energía a la investigación. Cuando se hace un descubrimiento, reciben una recompensa: la exención de tiempo en el aula. Incluso aquellos que no han descubierto América, como los italianos solían decir, pasan tanto tiempo como puedrn en el laboratorio o la biblioteca. La enseñanza ha sido reasignada, cada vez más, de los profesores titulares a  estudiantes de posgrado y adjuntos.

En teoría, las restricciones presupuestarias han obligado a estas medidas a las que eran reacios los decanos. De hecho, sin embargo, también hacen que sea más fácil reclutar y retener a académicos estrella, cuyos salarios y apoyos a la investigación son muy costosos. (…)

Incluso en estos tiempos supuestamente de vacas flacas, finalmente, proliferan administradores bien remunerados y profesionales no académicos, al igual que las actividades extraescolares costosas que ofrecen, de las actividades para hacer equipo para estudiantes de primer año a los deportes intercolegiales. El mensaje es claro: nadie considera el aprendizaje en el aula como una actividad primaria.

¿Es esto una crisis? Arum y Roksa decir que no, ya que los estudiantes y sus padres siguen buscando y pagando plazas en los colleges y universidades, y el gobierno y las escuelas de posgrado siguen aceptando sus productos, y las empresas continúan contratándolos (y gastan más de 50 mil millones al año para capacitar a sus empleados en las habilidades que necesitan).

(…)

Consideremos lo que ocurre en las universidades públicas, que ofrecen la gran mayoría de plazas en los programas de licenciatura (bachelor’s degree). Algunas de ellas -Universidad de Virginia, William and Mary, Berkeley- gradúan al 90 por ciento o más de sus estudiantes en seis años. Otras quince más o menos tienen tasas de graduación en seis años del 80 por ciento o superior. En el resto, las cifras son aún peores. En Nueva Jersey, el campus estatal de referencia, Rutgers/New Brunswick, tiene una tasa de graduación en cuatro años del 52 por ciento y su tasa para seis años es del  77 por ciento. 5.835 estudiantes de primer año comienzan los estudios todos los años. De ese grupo, 1.342 no se graduarán en seis años. Ohio Satte, Indiana University, Florida State y Iowa pierden una proporción similar de cada curso. En la Universidad de Wisconsin-Madison, históricamente uno de las más grandes universidades públicas de los Estados Unidos, sólo el 48 por ciento de los estudiantes acaban en cuatro años, y más del 30 por ciento en seis años. Sin embargo, esta es la parte alta, la parte brillante del iceberg que se eleva sobre el nivel del mar. En algunas universidades estatales y en el sector privado, la mayoría se da por vencido mucho antes del día de la graduación. América, que una vez fue líder mundial en la educación de su población, es ahora décima.

La deserción escolar no siempre es el peor destino: a veces resulta más costoso quedarse. Si los estudiantes pierden interés o abandonan sus plazas, ellos y sus familias quedan endeudados hasta las cejas. Durante el período de gran expansión de la década de 1950 y 1960, el número de estadounidenses con estudios universitarios aumentó rápidamente. Lo mismo ocurrió con la práctica de exigir un título para muchas ocupaciones para las que las universidades no proporcionaban formación técnica. Así que, finalmente, creció el tamaño de la inversión pública, que proporcionaba fondos para la educación superior. Dado que los Estados financian gran parte de los presupuestos de las universidades con ingresos fiscales, los gastos de matrícula se mantuvieron bajos. Los estudiantes pueden tomar prestada la modesta cantidad de dinero necesaria para pagar su matrícula, trabajar las horas suficientes para ganar lo que necesitaban para vivir  y acabar con modestas deudas. Si abandonaban, se enfrentaban a dificultades financieras, pero no era una catástrofe, ya que las sumas eran pequeñas.

Desde la revolución de Reagan, sin embargo -como Christopher Newfield muestra en su detallado estudio del sistema universitario californiano-  los costos de la educación se han transferido cada vez más desde los propios presupuestos a los de los estudiantes y sus familias. Las Universidades de primer nivel del Estado fijan sus precios por debajo de los de la élite de las universidades privadas. Pero no son baratos. En la Universidad de Michigan, un estudiante de primer año afrontará gastos totales de 25.204$, que para un senior subirán a 26.810$. En Penn State, un estudiante de primer año pagará 25.416 dólares por matrícula, cuotas y otros gastos anuales. En muchísimos casos, los ahorros familiares, los ingresos de los estudiantes y las becas no llegan a estas cantidades, así que los estudiantes y sus padres deben pedir prestado el resto. Este año, los estudiantes que piden prestado para poder estudiar, y las dos terceras partes lo hacen, acabarán con una deuda media de 33.798 dólares cuando se gradúen, el doble que hace diez años. Y eso con cuatro años relajados en un college,  muy a menudo eso es a expensas de pasar en la servidumbre los diez años siguientes o más por deudas.

Los americanos, como Malcolm Harris ha señalado recientemente, deben ahora casi un billón de dólares en préstamos estudiantiles, más de lo que deben por sus tarjetas de crédito. La deuda de los estudiantes, explica, “es un tipo excepcional de castigo. No sólo es ineludible en caso de bancarrota, sino que los préstamos estudiantiles no tienen fecha de vencimiento y los acreedores pueden embargar los salarios, pagos de la seguridad social e incluso las prestaciones por desempleo”. La carga se distribuye invietiendo el principio de San Mateo:  A quien no tiene, no se le da nada. Los estudiantes pobres y de color piden prestado más que los estudiantes blancos. También, tal vez porque no los conocen mucho, hacen menos uso de los programas federales Stafford y Parent Plus, que son relativamente baratos; dependen más de unos prestamistas privados a los que Dante habría situado, junto con los administradores de tarjetas de crédito, en el círculo más bajo del infierno.

(…)

¿Está la burbuja de la educación superior a punto de estallar? No sé. Los escritores más incisivos nos previenen contra las explicaciones monocausales. Bowen y sus colegas, por ejemplo, estudian los efectos de los préstamos estudiantiles en las tasas de deserción. Llegan a la conclusión de que no está claro que la deuda sea la principal causa de fracaso escolar. Sin embargo, estos procesos están entrelazados, si no en las intenciones de los legisladores sí en la experiencia de muchos estudiantes. Imagínese lo que es ser un estudiante normal hoy en día. Lo has hecho bien, incluso muy bien, en el instituto. Pero llegas a la universidad con poca experiencia en investigación y escritura y poco sentido de lo que las clases tienen que ver con tus proyectos vitales. Comienzas el primer año lleno de deudas, que aumentarán en el futuro. Trabajas en una tienda o en un establecimiento de comida rápida para pagarte los gastos diarios. Vives en una residencia enorme y destartalada o en un un enorme y endeble complejo de apartamentos fuera del campus, donde tu cuarto con baño te proporciona intimidad y aislamiento. Y ves a los profesores desde una gran distancia, en el espacio, así como la cultura: desde la parte trasera de un gran auditorio oscuro, lleno de sus compañeros dándole al Facebook en sus portátiles.

No es de extrañar, en estas circunstancias, que muchos estudiantes no intentes realmente interiorizar las nuevas exigencias y normas del trabajo universitario. En su lugar, van de un curso a otro, en busca de entretenimiento y grados fáciles. (…)

Afortunadamente, muchos estudiantes no sólo sobreviven, sino que prosperan entre tantos obstáculos. (…)

(…)

Tal vez no sea  una crisis. Después de todo, como muchos observadores han señalado, esta es la forma en que vivimos ahora, y queda espacio para las excepciones y para la esperanza. Sin embargo, las hordas oscuras de estudiantes olvidados que dejan la universidad como el ejército de Napoleón salió de Rusia,  sin que sus cursos les hayan inspirada en nada, heridos en muchos casos tanto por lo que han experimentado como por sus propios fracasos, agobiados por sus deudas, necesitan ser atendidos y escuchados. Tal vez algunos de los que escriben en serio de las universidades podrían dejar de preocuparse tanto de los que van a Harvard, Yale y Princeton, y empezar a preocuparse por los mucho más numerosos que acuden a Illinois y Virginia Occidental, Vermont y Texas. También sería instructivo mirar a profesores comprometidos como Anthony Kronman, autor de Education’s End: Why Our Colleges and Universities Have Given Up on the Meaning of Life (2007), una reciente polémica contra la corrupción de las humanidades, y preocuparse por la situación concreta en la que la mayoría de los estudiantes estadounidenses se encuentran. La polémica sobre la muerte de las humanidades, aun siendo elocuente, no remediará la inhumanidad en la que año tras año, y como era previsible, se hallan miles de estudiantes.

(…)”.

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Una respuesta a “Las universidades

  1. Podríamos comenzar con la fábula del dinosaurio de Monterroso, es decir que despertamos de un sueño y el dinosaurio sigue allí. El problema va más allá de las estadísticas y tiene que ver con la pérdida del sentido, de la conversión del saber en un no lugar. Esta pérdida dificulta poder fijar un campo de observación y poder entender en consecuencia, que lo observado no excluye a un observador que va dentro del proceso de inteligibilidad de lo que nos acontece. Es decir que el ámbito educacional implica a todos y cada uno de los participantes de la sociedad. Deseos, frustraciones y logros se reparten en todo el tejido social, pero las consecuencias internas en cada estrato son distintas dadas las urgencias que aquejan a unos y otros. Esta situación marca la diferencia abismal entre la normalidad y el malestar cultural que nos aqueja y que no logramos entender y mucho menos con ruido de fondo darle salida. Las estadísticas son buenos indicadores, pero no me explican la experiencia educativa de sistemas cuyas fallas son cada vez más visibles y más susceptibles de ser irritados por el entorno material y por la crisis de valores. Bajo la capa superficial de indicadores y de lamentaciones de Jacob se encuentra la pregunta por lo que significa enseñar, por equilibrar repetición y creación. En estos tiempos la condición del diálogo es necesaria sino se quiere naufragar en medio del mar de la deshumanización y de la invertebración de la cultura.
    Luis Manuel Cuevas Quintero.
    Profesor de la Universidad de Los Andes. Escuela de Historia. Venezuela. 2011

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