La escritura histórica digital: teoría y práctica

El profesor Jack Dougherty, en coedición con Kristen Nawrotzki, nos presentan su experimento de escritura digital: Writing History in the Digital Age. Dejémosles hablar, como es costumbre en este blog, traduciendo los primeros párrafos de la introducción:

Nuestro libro comenzó como una conversación entre los historiadores en torno a uno de nuestros principales procesos de trabajo: el acto de escribir. ¿La revolución digital ha transformado la manera de escribir sobre el pasado – o no? ¿Las nuevas tecnologías han cambiado nuestro esencial trabajo artesanal como académicos, y la forma en que pensamos, enseñamos, creamos y publicamos? ¿La era digital tiene implicaciones más amplias para los procesos de escritura individual, o para la profesión de historiador en general? Tratamos de responder a estas preguntas en Writing History in the Digital Age, un volumen editado bajo contrato con la University of Michigan Press para la Digital Humanities Series de su digitalculturebooks.  En esta colección de ensayos, los historiadores discuten, debaten y demuestran cómo nuestra escritura está reformulada por una serie de herramientas y técnicas: crowdsourcing, bases de datos relacionales, codificación de texto, análisis espacial,  medios audiovisuales, simulaciones, juegos y colaboración en línea. Incluso la práctica convencional sobre cómo difundir esta colección de ensayos se está alterando.

En lugar de crear un libro convencional, el asunto nos llevó a experimentar con un enfoque diferente para la publicación académica. En primer lugar, nuestro volumen es de origen digital, lo que significa que hemos integrado la tecnología web más profundamente en los procesos fundamentales de escritura, revisión y publicación de nuestro trabajo. ¿Qué mejor manera de reflexionar sobre las herramientas digitales que utilizarlas para escribir un libro? La industria de la computación, que cuenta con un lenguaje más colorido,  llama a esto “Eating your own dog food“.  La sección “cómo funciona” detalla la plataforma de código abierto WordPress que aloja todos nuestros ensayos y comentarios. En el espíritu de la web abierta, hacemos más transparente lo que por lo común queda entre bambalinas. En “cómo evolucionó este libro“, los lectores pueden rastrear nuestras ideas a partir del proyecto piloto de 2010, el posterior contacto con la editorial y las respuestas a los revisores, así como los primeros intercambios entre los autores en la fase de ensayo de la idea.

En segundo lugar, hemos creado un libro abierto a la revisión (open-review)  para alentar los comentarios de tres expertos invitados (designados por la editorial), así como de todo tipo de lectores durante un período de seis semanas, desde el 6 de octubre al 14 de noviembre de 2011. Como explica el tutorial de “cómo hacer comentarios“, cualquiera puede responder al texto en tres niveles: comentarios generales sobre el libro como un todo, a la página de un ensayo individual o a un párrafo específico. Todos deben identificarse con su nombre completo, no se permite comentarios anónimos. El objetivo es animar a todos los lectores -tanto los expertos invitados como el público en general, académicos veteranos y estudiantes novatos- a participar abiertamente en el proceso de revisión por pares y hacer que sean más visibles nuestros juicios personales acerca de lo que una “buena escritura” significa para la profesión histórica.  Para cerciorarnos del resultado, la editorial puede confiar principalmente en los comentarios publicados por los expertos que ha designado a la hora de tomar su decisión final de publicación. Sin embargo, la “sabiduría de la multitud” puede influir, o incluso superar, sobre los expertos. Por otra parte, para destapar el trabajo que hay tras la revisión por pares, se invitará a un máximo de tres de los comentaristas en línea más cuidadosamente involucrados a que envien ensayos reflexivos para la conclusión del volumen editado. La concesión del honor de escribir las “últimas palabras” de esta manera, en lugar recurrir de forma automática a “nombres famosos” en el campo, se debe a una sugerencia de dos defensores de la open-review en las humanidades Kathleen Fitzpatrick y Kathleen Rowe.  Nuestro objetivo es premiar el compromiso intelectual independientemente de su condición, ya sean estudiantes de postgrado, investigadores independientes  o voces de fuera del campo, y recompensar el comentario reflexivo que hace posible las comunidades de edición académica.

Por último, nuestro volumen digital es de libre acceso, compartido libremente con los lectores de la web pública. No hay cuota de suscripción, ni contraseña ni se requiere un dispositivo patentado (e-reader)  para ver o comentar nuestras investigaciones. Basado en software de código abierto, nuestro libro-web puede ser leído con la versión actual de todos los principales navegadores, ya sea en un ordenador de sobremesa o en un portátil (y en algunos dispositivos de tableta y teléfono, aunque con capacidad limitada para enviar comentarios). Como se describe en nuestra “Política Editorial y de Propiedad Intelectual“,   todos los contribuyentes aceptan distribuir el contenido de sus ensayos bajo la licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial (BY-NC), que permite a los autores conservar los derechos de autor de la obra al tiempo que la comparten libremente con otros, siempre y cuando la fuente original sea citada. Además, como se indica en nuestro contrato, si la editorial aprueba el texto final, también se publicará bajo una licencia Creative Commons, y anticipamos que estará disponible en dos formatos: edición impresa (en venta) y versión en línea (gratis).

Incrustarse en esta web-kibro es un argumento más amplio para repensar cómo los académicos publicamos nuestro trabajo, en especial en la historia yen  otros campos de las humanidades que han sido relativamente lentos en abrazar el cambio en la era digital. En comparación con otros estudiosos, los historiadores tienden a investigar y escribir de forma aislada unos de otros. Por lo general escribimos voluminosas monografías que nos cuestan varios años, en gran parte sin que otros nos vean, hasta llegar finalmente a la audiencia. Por esta razón, hemos decidido explorar cómo las herramientas digitales nos puede ayudar a producir un tipo de publicación más colaborativa: un volumen editado. Como género, el volumen editado puede representar las peores cualidades de los estudios de humanidades: capítulos fragmentados, desarticulados, que tienen poca vinculación intelectual unos con otros. Los revisores se refieren amablemente a los volúmenes mal implementados como de “calidad desigual”  o, menos cortésmente, como “puestos de trabajo de primera necesidad”. Parte del problema se remonta a las viejas prácticas. Tradicionalmente, se difunde un “call for papers”, contribuyentes individuales presentan capítulos terminados y los editores del volumen hacen recortes, sugieren revisiones  y se esfuerzan para empaquetar el conjunto. Sin embargo, bajo este modelo, los autores suelen tener poco acceso a las ideas del otro o a los borradores cuando se están elaborando o revisando, y por tanto no pueden compartir comentarios y construir conexiones con el volumen en su conjunto.

Por contra, Writing History in the Digital Age propone una mejor manera de crear un volumen editado. Trasladar la fase “convocatoria de ensayos” en línea, como hicimos a  principios del verano de 2011, permitió a los contribuyentes potenciales  ofrecerse  y responder a las ideas de los otros, creando más oportunidades para la coherencia intelectual antes de la redacción de sus ensayos completos. En la actualidad, nuestra fase de  “revisión abierta” incita a la participación de expertos invitados y lectores en general en la web pública, con el potencial de mejorar nuestra edición más allá de las prácticas convencionales. Pensemos en esto como en un “trabajo líquido”, similar a las demandas de “democracia líquida” – el encadenamiento de las ideas y recomendaciones- que crecen en determinados partidos políticos europeos. Por último, si nuestro manuscrito completo es aceptado, la asociación con una editora académica establecida para publicar el volumen en formato doble (a la venta en papel y digital de forma gratuita) podría aumentar enormemente su audiencia más allá de la exclusiva y típica tapa dura de alto precio. Las herramientas digitales no hacen el trabajo solas. Un volumen de éxito reúne autores  perspicaces y perspectivas divergentes, así como lectores reflexivos que recomiendan recortes, reformulaciones y revisiones cuando es necesario. Nuestra propuesta es simplemente que la tecnología web, sabiamente aplicada, nos puede ayudar a crear y distribuir un volumen editado de manera más coherente con nuestros más amplios valores académicos.

Los historiadores como escritores

Los historiadores valoran la buena escritura. Todos los estudiosos construimos nuevas formas de conocimiento, pero tendemos a reservar para nuestra profesión un alto estándar cuando escribimos acerca de nuestros descubrimientos. Preferimos una prosa clara y convincente frente a los cuadros estadísticos o el lenguaje abstracto. Estamos a favor de voluminosos libros monográficos frente las tradiciones de publicación de las ciencias sociales, basadas en el artículo . Y, sobre todo, apreciamos la importancia de la narrativa, la capacidad de envolver la mirada significativa sobre el pasado en una buena historia.

A pesar del papel central que la escritura  juega dentro de nuestra profesión, su práctica sigue estando en términos generales  fuera de la mirada pública. En general, los historiadores hacemos nuestro trabajo -los actos de investigación, redacción y publicación- solos, en lugar de hacerlo en colaboración con los demás. A pesar de que apreciamos los libros de gran alcance que tienen un lugar especial en nuestros estantes y en nuestras mentes, los historiadores rara vez revelamos los procesos subyacentes que condujeron a estos productos acabados. La escritura es nuestro oficio compartido, el pegamento que une a nuestra profesión, pero tendemos a la privacidad. “No difunda ni cite sin permiso del autor” es una advertencia demasiado familiar que aparece en los borradores de los estudios presentados en nuestros congresos.  Ante este estado de secreto, ¿cómo podemos esperar que los historiadores en formación aprendan nuestro oficio? ¿Cómo podemos esperar que desarrollen sus habilidades como escritores, en especial para tesis y libros, sin compartir abiertamente ni comparar nuestros procesos de escritura? ¿Cómo podemos mejorar la calidad general de la escritura en la profesión sin pedirnos a nosotros mismos reiventar nuestras propias ruedas? En conjunto, las ideas presentadas aquí tratan de romper esta norma de silencio dentro de nuestra profesión, descorrer las cortinas  y hacer más público nuestro proceso de trabajo individual.

El hecho de que este volumen sobre la escritura haya sido digitalmente concebido, desarrollado y publicado no tiene nada de casual. Vemos en este volumen y en los ensayos en él contenidos como una intervención en el paisaje complejo y cambiante de los estudios digitales y de la edición académica. Por un lado, en la última década, los autodenominados humanistas digitales  han delineado y demostrado las numerosas y amplias formas en que la tecnología puede hacer que se acelere y mejore la calidad de la investigación y la escritura en las humanidades.  Esfuerzos disciplinarios en el campo de la historia digital han sido liderados por instituciones como el Roy Rosenzweig Center for History and New Media (CHNM) de la George Mason University, alentados por la American Historical Association y realizados por individuos y grupos de académicos y de fuera de la academia.  Como Dan Cohen y Roy Rosenzweig explicaron en su fundamental guía de 2005, la tecnología digital permite a los historiadores “hacer más, llegar a más personas, almacenar más datos, dar a los lectores las fuentes más variadas; podemos conseguir más materiales históricos para las aulas, dar a los estudiantes un mayor acceso a documentos antes restringidos, escuchar más puntos de vista”.  Además, los medios digitales amplian y cambian fundamentalmente la manera en que leemos y entendemos la información haciéndola manipulable e interactiva, permitiéndosenos acceder a ella en forma no lineal.

Por otro lado, ya pesar de estos supuestos beneficios, los expertos en  humanidades -y los historiadores en particular- han sido especialmente lentos a la hora de adoptar la tecnología digital para la investigación, la redacción y difusión de su trabajo. Los resultados de las recientes encuestas indican que la gran mayoría de profesores de historia no se comprometen con las herramientas digitales ni para el análisis ni para la difusión digital de sus borradores o trabajos con¡ncluidos. Estos mismos estudiosos utilizan el correo electrónico, el procesador de textos, los motores de búsqueda en línea y los archivos digitales en el curso de la producción de sus estudios, pero que no hacen uso de las muchas tecnologías diseñadas para ayudar en el análisis de datos y la composición de textos. Aproximadamente el veinte por ciento de los historiadores afirman que han publicado en línea, pero más de la mitad pueden haber sido versiones digitalizadas de artículos publicados en revistas impresas. Eso indica que sólo un diez por ciento de los historiadores han compartido su saber en forma digital en la web abierta, ya sea en blogs personales o institucionales o sitios web específicos, documentales digitales, juegos o aplicaciones, ensayos en revistas exclusivamente digitales o en la Wikipedia. ¿Por qué tan pocos? Las pistas están tanto en las circunstancias que dan forma a los procesos y productos de la escritura de los historiadores como en los motivos por los que los historiadores publican.

Para los historiadores -como para todos los autores- la escritura es un proceso individual y muy personal, así como algo material y culturalmente situado.  Hay algo comprensible – incluso loable – en que los estudiosos quieran conservar lo que saben, aprecian y hacen bien. Hasta hace muy poco, las personas que querían publicar piezas cortas para ser leídas por un público amplio y de manera regular se convertían en periodistas, no en historiadores. Así que a pesar de que todos podríamos beneficiarnos de tener más historiadores exponiendo sus investigaciones en los blogs, por ejemplo, no es ninguna sorpresa que no sea así. Por otra parte, tal como subraya el lingüista Ken Hyland, “La escritura académica no es sólo transmitir un  “contenido” ideacional, también se trata de la representación de uno mismo”.  En otras palabras, somos lo que escribimos -y lo que hemos leído- y los historiadores, en general, parecen poco dispuestos a alterar  la lógica que impone lo que subyace. Y, sin embargo, como dan fe los ensayos de este volumen, la lógica es ciertamente irresistible, como lo es nuestra responsabilidad como intelectuales, es decir, en palabras de Donald Hall: “cuestionar, reinterrogar, inquietar y disipar las familiaridades … y nosotros -nosotros mismos- no deberíamos disponer de una posición privilegiada frente a ese compromiso crítico”.

Más allá de lo personal, la disposición de los historiadores para participar en la historia digital descansa, en exceso, sobre las limitaciones (percibidas ) materiales, tecnológicas y temporales. Por definición, la historia digital utiliza herramientas diferentes, y de otra manera, de las que la mayoría de los historiadores están acostumbrados a emplear. Tiene su propio vocabulario y requiere diferentes conjuntos de habilidades (con énfasis en, por ejemplo, más en la conservación [curation] que en el trabajo detectivesco). Los aspirantes a historiadores digitales que están acostumbrados a trabajar solos, con su procesador de textos, pueden quedar intimidados o consternados por la perspectiva de gestionar un proyecto multisoftware o de varios contribuyentes. Muchos de nosotros carecemos de los conocimientos básicos en los géneros digitales, tecnologías y arquitectura de la información para ser capaces de articular nuestras ideas, mientras que otros no se atreven a sumergirse en las nuevas tecnologías, no sea que queden obsoletas antes incluso de que el trabajo del historiador esté terminado. Los historiadores puede que no tengan tiempo, dinero o el soporte técnico necesarios para realizar algún tipo de estudio digital. O bien, podemos no ser conscientes de que, de hecho, tenemos ese acceso o de que podemos hacer algunas formas de historia digital -incluyendo unirnos a los proyectos existentes- sin ellos.

La tercera mayor influencia en la participación de los historiadores en la historia digital ha sido la cultura de investigación dentro de la propia disciplina. Hasta la fecha, la cultura de los historiadores y su modus operandi han sido tradicionalmente opuesto a la rapidez y a la apertura, al espíritu de colaboración y la mentalidad del hágalo usted mismo que caracteriza lo mejor de Internet. En su trabajo, los historiadores por lo general tratan de ser exhaustivos y no (necesariamente) innovadores -y la exhaustividad lleva su tiempo. “En la parte lenta de compartir”, acaparamos y perfeccionamos nuestras ideas antes de su publicación, en lugar de difundirlas ampliamente working papers o pre-prints como hacen otras disciplinas, y una vez sometidos a revisión por pares, nuestros artículos y monografías puede tardan hasta tres años en aparecer editados. Mientras tanto, tememos que la revelación de nuestro confuso camino a la perfección pueda conducir a otros ya sea a aprovecharse de nuestras ideas o a descubrir que no somos tan inteligentes como nuestras obras revisadas y publicadas les han hecho creer. El secreto mantenido por los los historiadores acerca de su trabajo puede apoyar de hecho la dura competitividad que algunos piensan que ha acabado por definir ampliamente al mundo académico. Por el contrario, de acuerdo con el hágalo usted mismo de la cultura de la Internet, el intercambio del thinking-in-progress parece fomentar más la colaboración que la competitividad entre los estudiosos (y otros), al mismo tiempo que modela  los “hábitos históricos de la mente” que tratamos de enseñar a nuestros estudiantes.

(…)

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