Italia: aquellos años maravillosos

En plena crisis europea e italiana, la historiadora Patrizia Gabrielli vuelve los ojos atrás, a los años esplendorosos, en su libro Anni di novità e di grandi cose.  Il boom economico fra tradizione e cambiamento (Il Mulino). Emilio Gentile lo reseña para ilsole24ore:

Los números hablan por sí mismos. En el período comprendido entre 1951 y 1958 el producto interno bruto de Italia creció a una tasa promedio anual de más del 5%, en 1959 alcanzó el 7% y superó el 8% en 1961. En 1964, el ingreso nacional neto había aumentado un 50 por ciento. Entre 1953 y 1961, el promedio de crecimiento de la productividad fue del 84%, acompañado de un aumento de los salarios de un 49 por ciento. En esos años, por primera vez en la milenaria historia de los pueblos que han habitado la península, la proporción de población ocupada en la industria y los servicios superó a los trabajadores agrícolas. En poco más de una década, Italia se había convertido de forma irreversible en un país industrializado. Fue la transformación económica más radical nunca ocurrida en la península. En mayo de 1959, el periódico británico Daily Mail dijo que el nivel de eficiencia y prosperidad alcanzado por Italia era “uno de los milagros económicos del continente europeo.” Al año siguiente, mientras se celebraban los Juegos Olímpicos en Roma y el “milagro económico”  de la  nueva Italia era visible en todo el mundo, un jurado internacional nombrado por el Financial Times le concedió a la lira italiana el Oscar a la moneda occidental más fuerte .

Muchos historiadores han adoptado el término “milagro económico” para denominar ese período; pero sería conveniente evitar las metáforas taumatúrgicas para definir los fenómenos históricos, los cuales, por extraordinarios que sean, son humanos, simplemente humanos. Así se aprecia en la simplicidad del título, Anni di novità e di grandi cose, en el libro en el que Patrizia Gabrielli nos cuenta cómo los años del “boom” económico fueron vividos por los italianos de a pie, gentes que confiaron esa experiencia a diarios, autobiografías, memorias, ahora recopilados en el Archivio Diaristico Nazionale di Pieve Santo Stefano, que desde 1984 lleva a cabo una encomiable labor de conservación de los registros privados de la vida vivida. “El llevar un diario o escribir a una cierta edad sus memorias -había pedido el autor de El Gatopardo- debería ser un deber impuesto por el Estado: el material acumulado después de tres o cuatro generaciones tendría un valor incalculable: muchos problemas psicológicos e históricos que aquejan la humanidad estarían resueltos”.  Sin llegar a compartir el optimismo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa sobre la eficacia resolutiva de los problemas, es sin duda válida la contribución que los documentos de la vida de la gente común pueden ofrecer para unconocimiento más realista del pasado.

De hecho, partiendo de los testimonios estudiados por Gabrielli,  no aparece ninguna percepción milagrosa de aquellos años, mientras que muchos recuerdan, por experiencia directa, la explotación de los trabajadores sin protección, la lucha diaria de las mujeres objeto de discriminación y acoso en el hogar y en el trabajo, los sufrimientos de los emigrantes. Entre 1955 y 1963 más de un millón de agricultores, “carne de vagón”, se trasladaron del Sur al Norte, Milán, Turín, Génova. Nunca en la historia de los antiguos habitantes de la península  se produjo el éxodo del campo a la ciudad tan impresionante. Entre 1951 y 1967, Milán pasó de ser una población de más de 400.000 habitantes a tener más de 800.000. En 1951, Roma tenía 1.651.754 habitantes, diez años después eran más de dos millones.

No hay nada milagroso en el vórtice de un rápido cambio que afecta tanto a las ciudades como al campo, a todas las regiones de Italia, a obreros, campesinos, obreros, artesanos, amas de casa, estudiantes. Millones de italianos e italianas asisten en esos años a cambios profundos de sus vidas, “mentes que se alimentan, el transporte que utilizan, la música que escuchan y la ropa que llevan”.  Para muchos, el año 1960 fue el “mítico” punto de inflexión, “el paso a la modernidad”, que cavó un surco profundo entre el antes y el después: “Yo siempre digo – señala uno de los diaristas- que el que ha vivido antes de la guerra, como yo, ha vivido en dos mundos diferentes”. Y en esos mismos años, los italianos empezaron a convertirse en una nación de consumidores. El consumo privado creció a una tasa promedio anual de 5% durante el período 1951-1959 y del 8% entre 1959-63. Entre 1958 y 1963 las familias italianas que tenían televisor pasaron del 12 al 49%, y del 13 a 55% las que tenían frigorífico.  Más aún: en 1954 circulaban unos 700.000 vehículos por las carreteras italianas, diez años más tarde eran cinco millones. Entre 1959 y 1964 se completaron los 755 kilómetros de la Autostrada del Sole, de Milán a Nápoles. Además, en 1954 se inició la difusión del televisor: menos de 90.000 abonados en 1954, más de 600.000 en 1957 y tres años después superaban los dos millones. la televisión cubría ya toda la península, habituando a millones de italianos a un lenguaje común, más de lo que consiguió la escuela en los primeros cien años de la unidad.

En el recuerdo de italianos e italianas, dice Gabrielli, “sorprende el juicio positivo de aquellosaños”, porque “el acento se pone sobre el nuevo bienestar logrado, la mejora de la  vivienda y los electrodomésticos, la disponibilidad de tiempo libre, la oportunidad de comer más y mejor que la década anterior”. Y la nueva riqueza se extendió entre los 50 millones de habitantes de la península con nuevas costumbres, nuevos hábitos, nuevas actitudes, una nueva mentalidad, haciendo más semejantes a los italianos de lo que jamás lo habían sido en siglos anteriores. Sin embargo, no les hizo más ciudadanos del Estado-nación, que celebró su centenario en 1961.

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